RESIDENCIA
ROSE TERRACE
ANTIGUA AUTOPISTA MONTGOMERY,
BIRMINGHAM (ALABAMA)
15 DE DICIEMBRE DE 1985
Una hora después Mrs. Threadgoode seguía hablando. Evelyn Couch ya había dado cuenta de tres tabletas de chocolate con leche y estaba desenvolviendo su segundo emparedado, preguntándose cuándo se callaría de una vez la anciana.
«Es que es una lástima que la casa de los Threadgoode esté en un estado tan ruinoso. Sucedieron tantas cosas allí, nacieron tantos niños, y lo pasamos tan bien… Era un caserón grande, de dos plantas, pintado de blanco, con un gran porche que se prolongaba por los lados… y todos los dormitorios estaban decorados con un papel de rosas estampadas que hacían muy bonito cuando se encendían las luces por la noche.
»La vía del tren pasaba justo frente al patio trasero y, en las noches de verano, olía a madreselvas que crecían a su aire y se llenaba todo de luciérnagas junto a los raíles. Papá había plantado higueras en la parte de atrás y también manzanos, y le había hecho a mamá un precioso emparrado de rejilla blanca que rebosaba de hojas de wistaria… y las rosas de pitiminí crecían por todas partes en el patio. Cómo me gustaría que lo hubieses visto.
»Mamá y papá Threadgoode me criaron como si fuese una hija, y yo quería mucho a todos los Threadgoode. Sobre todo a Buddy. Pero me casé con Cleo, su hermano mayor, el masajista, y fíjate tú que a la larga empezó a darme la lata la espalda, así que me fue estupendamente.
»Así que ya puedes ver que he estado en contacto con Idgie y con los Threadgoode durante toda mi vida. Y puedes estar segura de que ha sido mejor que una película…, ya lo creo. Lo único malo es que yo siempre he ido un poco a remolque. Lo creas o no, nunca fui muy habladora hasta que cumplí los cincuenta, pero desde entonces no paro. Una vez Cleo me dijo: "Ninny", me llamo Virginia pero me llaman Ninny; me dijo, "Ninny, todo lo que te oigo es Idgie dijo esto, Idgie hizo lo otro. ¿Es que no tienes otra cosa que hacer que estar todo el día metida en el café?".
»Yo me quedé pensativa un largo rato y le repuse: "Pues no…", y lo dije sin el menor ánimo de desairar a Cleo, pero era la verdad.
»El pasado febrero hizo treinta y un años que enterré a Cleo, y a menudo me pregunto si heriría sus sentimientos por decirle aquello, pero no lo creo, porque, cuando nosotros ya nos lo teníamos todo más que dicho, él quería a Idgie tanto como al resto de nosotros y todo lo que ella hacía le parecía gracioso. Era su hermana pequeña y un verdadero trasto. Ella y Ruth eran las propietarias del café de Whistle Stop.
»Idgie hacía siempre las cosas más disparatadas sólo para hacerte reír. Una vez echó patatas fritas en el cestito de la colecta de la Iglesia Baptista. De que tenía un carácter fuerte no cabe duda, pero no me entra en la cabeza que alguien pudiera pensar que ella mató a aquel hombre».
Por primera vez en todo aquel rato Evelyn dejó de comer y miró por el rabillo del ojo a aquella anciana de dulce aspecto y descolorido vestido azul con estampado de flores, que no paraba de tamborilear con sus plateadas uñas.
«Hay quienes creen que todo empezó el día que conoció a Ruth, pero yo creo que fue en la cena de aquel domingo, el primero de abril de 1919, el mismo año en que Leona se casó con John Justice. Recuerdo que fue el primero de abril porque, aquel día, Idgie se sentó a la mesa a la hora de cenar y nos mostró a todos aquella cajita blanca que tenía, con un dedo humano dentro sobre un trocito de algodón. Dijo que lo había encontrado en el patio de atrás. Pero luego resultó que era su propio dedo, que lo había metido por un agujero por el fondo de la caja. ¡INOCENTE!
»A todos nos pareció gracioso salvo a Leona, que era la mayor y la más bonita de las hermanas y a quien papá Threadgoode tenía muy consentida… como todos, diría yo.
»Idgie tenía por entonces diez u once años y llevaba un vestido blanco de organdí, recién estrenado, y todas le habíamos dicho que estaba preciosa. Lo estábamos pasando en grande y ya a punto de dar cuenta de una tarta de arándanos cuando, de pronto, allí, bajo un claro cielo azul, Idgie se levantó y anunció así de fuerte: "¡No volveré a llevar un vestido en mi vida!".
Y, chica, que se fue derecha para arriba y se puso unos pantalones viejos de Buddy y una camisa. Aún no me explico por qué le dio aquel arranque. Ni los demás tampoco.
»Pero Leona, que sabía que Idgie nunca decía las cosas por decir, empezó a lamentarse: "Ay, papá, esta Idgie me va a fastidiar la boda; ¡como si lo viera!".
»Pero papá le dijo: "Qué va, pequeña; ya verás como no. Vas a ser la novia más bonita de todo el estado de Alabama".
»Papá, que llevó siempre un enorme mostacho, nos miró y nos dijo: "¿Verdad que sí?", y todos pusimos nuestro granito de arena para contentarla y hacer que se callase.
»Todos excepto Buddy, a decir verdad, que no paraba de reír, Idgie era la niñita de sus ojos y todo lo que ella hacía le parecía bien.
»Bueno, el caso es que Leona estaba terminando de comer su trozo de tarta y, cuando creíamos que ya se había calmado, empezó a gritar tan fuerte que a Sipsey, la morenita, se le cayó no sé qué en la cocina. "Oh, papá", dijo Leona, "¿qué pasará si uno de nosotros muere?".
»Era para dar que pensar, ¿no?
»Todos miramos a mamá, que dejó caer el tenedor en la mesa. "Bueno, niños, estoy segura de que vuestra hermana hará una pequeña concesión y se pondrá un vestido adecuado para cuando llegue la ocasión. Porque es testaruda pero razonable."
«Entonces, un par de semanas después, oí que mamá le decía a Ida Simms, la costurera a quien habían encargado el ajuar, que iba a necesitar un traje de terciopelo verde y una corbata de lazo para Idgie.
»Ida miró a mamá divertida y le dijo: "¿Un traje?". Y mamá dijo: "Sí, ya sé, Ida, ya sé. He intentado convencerla de todas las maneras para que se ponga algo más propio de una boda, pero esa niña tiene ideas propias".
»Y las tenía; incluso a aquella edad. Creo que quería ser como Buddy, pienso yo, porque… "¡vaya par de trastos!", exclamó la anciana riendo.
»Tenían aquel mapache llamado Cookie y yo me pasaba horas mirándolo, viendo cómo mojaba las galletas. Le ponían una cacerola con agua en el patio y le daban galletas, y él mojaba una galleta tras otra sin entender por qué le desaparecían en la cacerola. Cada vez se miraba sus manitas vacías con cara de asombro. Y nunca acertó a averiguar adonde iban a parar las galletas. Pasó gran parte de su vida mojando galletas. Y también caramelos, pero no era tan divertido… Una vez hizo lo mismo con un helado…
»Me parece que será mejor que deje de pensar en el mapache, o van a creer que estoy tan loca como esa Mrs. Philbeam del fondo del pasillo; una bendita que cree que está en el Barco del Amor rumbo a Alaska.
»Muchas de las pobres criaturitas que hay aquí ni siquiera saben quiénes son».
El marido de Evelyn, Ed, asomó en aquel momento por la puerta del salón gesticulando. Evelyn hizo una pelotita con los papelillos de los caramelos, la metió en el monedero y se levantó.
—Perdone, pero es mi marido. Me parece que ya quiere que nos vayamos.
—Oh, ¿tienes que irte ya? —dijo Mrs. Threadgoode, alzando los ojos sorprendida.
—Sí, creo que no hay más remedio. Se está impacientando —dijo Evelyn.
—Bueno, pues encantada de haber hablado contigo… ¿Cómo te llamas, encanto?
—Evelyn.
—A ver si vuelves otro día a verme, ¿de acuerdo? Me ha encantado hablar contigo… Adiós —dijo despidiéndose de Evelyn y disponiéndose a esperar otra visita.