WHISTLE STOP
(ALABAMA)
8 DE ABRIL DE 1986
Evelyn no fue a ver a Mrs. Hartman hasta el primer día soleado de primavera. Le desagradaba la idea de ver Whistle Stop por vez primera en pleno invierno. Llamó a la puerta y una mujer bien parecida de pelo castaño salió a abrir.
—Ah, Mrs. Couch, pase usted. Me alegro mucho de conocerla. Mrs. Threadgoode me habló muchísimo de usted, es como si ya la conociese.
Hizo pasar a Evelyn a una inmaculada cocina, donde tenía ya preparados dos servicios de café y un bizcocho recién hecho, sobre la mesa verde de fórmica de la rinconera.
—Sentí mucho tener que escribirle aquella carta, pero sabía que usted preferiría saberlo.
—Se la agradecí mucho. No tenía ni idea de que hubiese dejado Rose Terrace.
—Ya lo sé. Su amiga Mrs. Otis murió una semana después de marcharse usted.
—Oh, no. No lo sabía… ¿Por qué no me lo diría ella?
—Ya le dije yo que tenía que decírselo, pero ella me dijo que usted estaba de vacaciones y no quiso preocuparla. Así era ella, siempre pensando en los demás…
»Hemos sido vecinas puerta por puerta desde poco después de morir su marido, cuando nos mudamos, así que la he tratado durante más de treinta años, y nunca la oí quejarse, ni una sola vez; y no tuvo una vida fácil. Su hijo, Albert, era como un niño. Pero ella lo levantaba todos los días, lo afeitaba, lo bañaba, lo empolvaba y le colocaba el cinturón ortopédico de su hernia… igual que si fuese un bebé, y era ya bien mayor… Dudo que haya habido un hijo más querido por su madre. Que Dios la bendiga. La echo mucho de menos, y ya sé que usted también.
—Sí, sí que la echo de menos; y me reprocho no haber estado aquí. Quizás hubiese podido hacer algo, llevarla al médico, o no sé.
—No, encanto. No hubiese podido usted hacer nada. No tenía ninguna enfermedad. Siempre la llevábamos con nosotros a la iglesia los domingos y, por lo general, cuando íbamos a recogerla, nos la encontrábamos ya vestida y aguardando, sentada en el porche. Pero aquel domingo por la mañana, al ir ya a salir, vimos que no estaba allí; cosa muy rara. Así que Ray, mi marido, fue a llamar a la puerta, pero ella no salió a abrir. Entonces entró y al cabo de un momento salió, pero solo. «¿Dónde está Mrs. Threadgoode, Ray?», le pregunté yo. Y él me contestó: «Mrs. Threadgoode ha muerto, cariño», y se sentó en el porche llorando. Murió mientras dormía, en una total placidez. Creo que ella sabía que su momento estaba cercano, porque siempre que yo pasaba, me decía: «Mira, Jonnie, si alguna vez me sucede algo, quiero que Evelyn se quede con estas cosas». La adoraba a usted. Siempre se deshacía en elogios sobre usted y decía que estaba segura de que un día se presentaría usted a llevarla a dar un paseo en Cadillac. Pobrecita, murió casi con lo puesto, sin más que cuatro cosas. Que, por cierto, se las voy a traer.
Mrs. Hartman volvió al poco con una fotografía de una niña desnuda columpiándose, con un fondo de azules nubes; una caja de zapatos y un jarrón con lo que parecía gravilla en su interior.
—¿Y esto qué es? —preguntó Evelyn al coger el jarrón.
—Son las piedras de su vesícula —dijo Mrs. Hartman riendo—. Dios sabe por qué creería ella que usted las querría.
Evelyn abrió la caja de zapatos. En el interior encontró la partida de nacimiento de Albert, el título de Masajista Diplomado que obtuvo Cleo en la Palmer School, en Davenport, Iowa, en 1927, y unas quince esquelas. También encontró un sobre lleno de fotografías. La primera era la fotografía de un hombre y de un niño con traje de marinero, sentados en una media luna. Otra era una fotografía escolar de 1939, de un niño rubito, y al dorso decía: «Muñón Threadgoode, 10 años». Otra de las fotos era un retrato de la familia Threadgoode hecha en 1919. Evelyn tenía la sensación de que fuesen algo suyo. Reconoció a Buddy de inmediato, con aquellos ojos chispeantes y su amplia sonrisa. Allí estaba Essie Rue, y los gemelos, y Leona, con pose de reina, y la pequeña Idgie, con su gallo de juguete. Y, al fondo, con un largo delantal blanco, estaba Sipsey, posando muy seria.
La foto siguiente era de una joven con vestido blanco, de pie en el mismo patio, protegiéndose los ojos del sol con la mano y sonriéndole a la persona que sacaba la foto. Evelyn se dijo que era una de las caras más bonitas que había visto nunca, con aquellas largas pestañas y esa dulce sonrisa. Pero no la reconoció. Le preguntó a Mrs. Hartman si sabía quién era.
Mrs. Hartman se puso las gafas que llevaba colgando de un cordón alrededor del cuello y observó la fotografía unos instantes, perpleja.
—Ah, sí, ¡ya sé quién es! Es una amiga suya que vivió aquí mucho tiempo. Era de Georgia, Ruth… no sé qué más.
Dios mío, pensó Evelyn; Ruth Jamison. La foto debía de ser del primer verano que había pasado en Whistle Stop. Volvió a mirarla. Nunca había imaginado que Ruth fuese tan hermosa.
La siguiente fotografía era de una mujer de pelo cano, con gorra de montería, sentada en las rodillas de Papá Noel, con un «Felices Fiestas 1956» escrito al dorso.
—¡Uy!, ésta es la loca de Idgie Threadgoode, la que llevaba el café de aquí —dijo Mrs. Hartman cogiendo la fotografía y riendo.
—¿La conoció usted?
—¿Y quién no? Era una polvorilla; nunca había forma de saber por dónde te iba a salir.
—Mire, Mrs. Hartman, aquí hay una fotografía de Mrs. Threadgoode.
Era una fotografía que le habían hecho en los almacenes Loveman’s, unos veinte años atrás. Mrs. Threadgoode ya tenía canas y un aspecto muy parecido al de la última vez que Evelyn la vio.
Mrs. Hartman cogió la fotografía.
—Alma de Dios, recuerdo muy bien este vestido. Era azul marino con lunares estampados. Debió de llevar este vestido por lo menos treinta años. Dijo que, cuando muriese, quería que todas sus prendas fuesen para el Ropero de la Parroquia. Pero la verdad es que no tenía nada aprovechable, pobrecilla, sólo un viejo chaquetón y algunos vestidos de estar por casa. Se llevaron los pocos muebles que tenía, salvo el columpio de frente al porche. No me dio la gana de que se lo llevasen. Ella siempre se sentaba en el columpio, día y noche, a ver pasar los trenes. No me pareció bien que fuese a parar a manos de extraños. La casa se la dejó a nuestra hija Terry.
Evelyn seguía sacando cosas de la caja.
—Mire, Mrs. Hartman, aquí hay un viejo menú del café Whistle Stop. Debe de ser de los años treinta. Parece mentira, qué precios. Una ración de carne a la barbacoa por diez centavos… ¡y una cena, treinta y cinco centavos!… ¡y una tarta, cinco centavos!
»Asombroso. Hoy en día un cubierto normalito no te sale por menos de cinco o seis dólares, incluso en un snack, y encima te cobran la bebida y el postre aparte.
Antes de acabar de rebuscar, Evelyn encontró una fotografía de Idgie con una de esas gafas con nariz postiza, en un grupo, todos con indumentarias de lo más extravagante. Al dorso decía: «Peña del Hinojo, Función Anual, 1942»; y había también una postal que Cleo envió por Pascua, la que Evelyn le envió desde California, un menú del vagón-restaurante de un tren de la Southern Railroad de los 50, un lápiz de labios, una fotocopia del salmo 90 y un brazalete de hospital en el que decía:
MRS. THREADGOODE
ANCIANA DE 86 AÑOS
Y, en el fondo de la caja, Evelyn encontró un sobre dirigido a Mrs. Evelyn Couch.
—Anda; debió de escribirme una carta —dijo Evelyn, abriéndola.
Evelyn:
Te he anotado algunas de las recetas de Sipsey. No sabes lo que he disfrutado con ellas. He pensado en pasártelas, sobre todo la de los tomates verdes fritos.
Con todo mi cariño, queridísima Evelyn. Sé feliz. Yo lo soy.
Tu amiga,
NINNY THREADGOODE
—Alma de Dios —dijo Mrs. Hartman—; le hacía ilusión dártelas.
Evelyn dobló la nota, contristada, y volvió a meterlo todo en la caja. Dios mío, pensó: una persona de carne y hueso, viviendo durante ochenta y seis años, y esto es todo lo que queda; una caja de zapatos llena de papeles.
Entonces le pidió a Mrs. Hartman que le dijese por dónde se iba a donde estuvo el café.
—Son sólo dos manzanas calle arriba. Estaré encantada en acompañarla, si quiere.
—Se lo agradecería mucho, si le es posible.
—No faltaba más. Sólo retiro una cacerola que tengo al fuego con alubias y meto el pollo en el horno. Es un momento.
Evelyn fue a dejar la caja de zapatos y la fotografía enmarcada —la de la niña del columpio— en el coche y, mientras aguardaba, se acercó al patio de Mrs. Threadgoode. Alzó la vista y se echó a reír. Todavía enredada en la frondosa copa de un abedul plateado estaba la escoba que Mrs. Threadgoode les había lanzado a los arrendajos, creía recordar que había dicho; y, posados en el cable del teléfono, los mirlos que Mrs. Threadgoode creía que escuchaban sus conversaciones telefónicas. La casa era tal como Mrs. Threadgoode la había descrito, con sus macetas de geranios, en una hilera que llegaba hasta unos rosales.
Cuando Mrs. Hartman estuvo lista, fueron con el coche hasta unas pocas manzanas de allí y le mostró dónde había estado el café, apenas a veinte metros de la vía del tren. Justo detrás había una pequeña casa de ladrillo, también abandonada, pero Evelyn acertó a ver un descolorido rótulo en la ventana: PELUQUERÍA OPAL. Todo era tal como ella lo había imaginado.
Mrs. Hartman le enseñó el lugar donde estuvo la tienda de papá Threadgoode; entonces habían puesto allí una farmacia, y en la planta de arriba estaba la sede del Club de los Alces.
Evelyn le preguntó si podían ir a Troutville.
—Pues, claro. Está nada más cruzar la vía.
Al internarse por la pequeña población de gente de color, a Evelyn le sorprendió lo pequeña que era, tan sólo unos pequeños grupos de desvencijados barracones. Mrs. Hartman señaló a una casita, con unas sillas de tubo metálico pintadas de verde, ya muy descoloridas, frente al porche, y le dijo que allí era donde habían vivido Big George y Onzell hasta que se mudaron a Birmingham con su hijo Jasper.
Siguieron con el coche y pasaron frente a la tienda de Ocie, contigua a lo poco que quedaba de una barraca de tiro pintada de azul celeste. La fachada de la tienda estaba llena de descoloridos rótulos de los años treinta: BEBA… MILLONES DE MINUTOS DE SABOR…
Evelyn recordó de pronto algo de su infancia.
—¿Cree usted que aquí tendrán refrescos de fresa, Mrs. Hartman?
—Apostaría a que sí.
—¿Y si entrásemos?
—Claro. Muchos blancos compran aquí.
Evelyn aparcó y entraron. Mrs. Hartman se dirigió al anciano tendero, que llevaba una camisa blanca y tirantes, y le gritó al oído.
—¡Ocie! Es Mrs. Couch. ¡Una amiga de Ninny Threadgoode!
En cuanto Ocie oyó el nombre de Mrs. Threadgoode, sus ojos se iluminaron, se levantó y fue a abrazar a Evelyn.
A Evelyn, a quien en toda su vida no la había abrazado un negro, aquello la pilló desprevenida. Ocie empezó a hablar sin parar, pero Evelyn no entendió una palabra, porque el anciano no tenía dientes.
Mrs. Hartman le volvió a gritar.
—Que no es su hija. Es su amiga Mrs. Couch, de Birmingham…
Ocie siguió sonriéndole, pese a todo.
Mrs. Hartman empezó a rebuscar entre los refrescos de la nevera y sacó uno de fresa.
—¡Mire! ¡Aquí lo tiene!
Evelyn iba a pagar, pero Ocie seguía hablando sin parar, y ella sin entender una palabra.
—Dice que ni hablar, Mrs. Couch; que quiere invitarla.
Evelyn se sintió un poco abrumada, pero le dio las gracias a Ocie y él las acompañó al coche, sin dejar de hablar ni de sonreír.
—¡ADIÓS! —le gritó Mrs. Hartman, volviéndose luego hacia Evelyn—. Está sordo como una tapia.
—Ya. ¿Por qué se ha venido a abrazarme de esa manera?
—Bueno, es que adoraba a Mrs. Threadgoode. La conocía desde niña.
Volvieron a cruzar las vías con el coche.
—Si tuerce a la derecha —dijo Mrs. Hartman—, le enseñaré dónde estaba la vieja casa de los Threadgoode.
Y, nada más doblar la esquina, la vio: una casa de madera de dos plantas, pintada de blanco, totalmente rodeada por un porche. La reconoció por las fotografías.
Evelyn detuvo el coche enfrente y bajaron.
Casi todas las ventanas estaban rotas y tapiadas, y la madera del porche estaba pandeada y carcomida, de tal manera que no pudieron subir. Parecía como si la casa fuese a venirse abajo de un momento a otro. Fueron por detrás.
—Qué lástima que dejen esto en ruinas —dijo Evelyn—. Debió de ser preciosa.
—Fue la casa más bonita de Whistle Stop —convino Mrs. Hartman—. Pero todos los Threadgoode han muerto, así que supongo que la echarán abajo cualquier día.
Al llegar al patio trasero, Evelyn y Mrs. Hartman se sorprendieron mucho al ver que el viejo emparrado de rejilla, que se había vencido y estaba apoyado en la pared, estaba totalmente cubierto de miles de rosas de pitiminí, como si aún no se hubiesen enterado de que ya no quedaba nadie dentro para admirarlas.
Evelyn se asomó por una de las rotas ventanas y vio una agrietada mesa esmaltada de blanco. Se preguntó cuántos miles de bizcochos habrían desfilado por aquella superficie.
Al devolver a Mrs. Hartman a su casa, le dio las gracias por haberla acompañado.
—Ah, lo he hecho con mucho gusto; casi nunca tenemos visitas por aquí, sobre todo desde que suprimieron los trenes. Lamento que hayamos tenido que conocernos en estas circunstancias, pero me ha gustado mucho conocerla. No deje de volver siempre que quiera.
Aunque era ya tarde, Evelyn decidió regresar volviendo a pasar por la vieja casa. Oscurecía ya al enfilar la calle, y los faros del coche iluminaron las ventanas de una manera que le dio la impresión de que hubiese alguien dentro andando por allí… y, de pronto… habría jurado que oía a Essie Rue aporreando el piano en el salón…
«Mocitas de Buffalo, venid esta noche, mocitas…».
Evelyn detuvo el coche y se quedó allí sentada, sollozando y deshecha, preguntándose por qué tenían las personas que envejecer y morir.