RESIDENCIA
ROSE TERRACE
ANTIGUA AUTOPISTA MONTGOMERY,
BIRMINGHAM (ALABAMA)
12 DE OCTUBRE DE 1986
Evelyn se levantó temprano, se metió en la cocina y empezó a prepararle un banquete a Mrs. Threadgoode. Calentó la bandeja justo antes de salir hacia la Residencia, la envolvió en papel de aluminio y la guardó en una bolsa termo para que se mantuviese caliente. Y, de nuevo, achuchó a Ed para que corriese mientras cruzaban la ciudad con el coche.
La anciana estaba aguardando, y Evelyn le hizo cerrar los ojos mientras desenvolvía la bandeja y levantaba la tapa de la jarra de té frío con menta.
—Ahora ya puede mirar.
Al ver Mrs. Threadgoode lo que había en la bandeja, empezó a batir palmas, tan entusiasmada como un niño con zapatos nuevos. Allí delante tenía una bandeja de primorosos tomates verdes fritos, maíz, seis lonchas de beicon, un cuenco de habitas tiernas y —pero sólo la corteza— cuatro panecillos de Viena.
Evelyn casi se echa a llorar al ver la cara de felicidad de su amiga. Le dijo a Mrs. Threadgoode que empezase a comer antes de que se enfriase, se excusó un minuto y fue al pasillo a hablar con Geneene.
Le dio cien dólares en un sobre, y veinticinco dólares para ella, y le pidió si podía hacerle el favor de que Mrs. Threadgoode pudiese comer lo que quisiera mientras ella estuviese ausente.
—Ah, yo no quiero dinero —dijo Geneene—; no, maja. Es una de mis preferidas. No tiene por qué preocuparse, Mrs. Couch. Yo cuidaré de ella por usted.
Al volver Evelyn al salón, su amiga había dejado la bandeja vacía.
—Oh, Evelyn, no sé qué he hecho yo para que me mimes así. Es lo mejor que he comido desde que cerró el café.
—Usted se lo merece todo.
—Pues, no sé qué quieres que te diga. No sé por qué eres tan buena conmigo, pero te lo agradezco. Ya lo sabes que sí. Y le doy gracias a Dios todas las noches y le pido que vele por ti cada día.
—Ya lo sé.
Evelyn se sentó a su lado, le cogió la mano y le dijo al fin que iba a estar fuera de la ciudad una temporada, pero que volvería y le traería una sorpresa.
—¡Uy!, me encantan las sorpresas. ¿Cómo de grande es la sorpresa?
—Eso no se lo puedo decir. Entonces ya no sería una sorpresa, ¿no?
—Eso es verdad… Pero no me tardes mucho, ¿eh?, que ya sabes lo impaciente que voy a estar. ¿Una caracola? ¿Vas a Florida? Opal y Julián me enviaron una caracola de Florida.
—No, no es una caracola —dijo Evelyn meneando la cabeza—. Pero no me sonsaque. Tendrá que esperar un poco —añadió dándole un trozo de papel—. Éste es el número de teléfono, y la dirección donde voy a estar; y me llama si me necesita, ¿de acuerdo?
Mrs. Threadgoode dijo que así lo haría, y siguió sin soltarse de su mano hasta que Evelyn tuvo que irse. Luego fueron ambas hacia la entrada, donde Ed estaba aguardando.
—¿Qué tal está hoy, Mrs. Threadgoode? —le preguntó él.
—Oh, estupendamente, encanto… llena de tomates verdes fritos y habitas tiernas que la moza ésta me ha traído.
Evelyn estaba ya dándole un abrazo de despedida cuando una mujer pechugona en combinación y con pieles de zorro fue hacia ellos proclamando a voz en grito: «¡Todos ustedes, largo! ¡Mi marido y yo hemos comprado el edificio y tendrán que haberse marchado todos a las seis!».
Y siguió pasillo adelante, aterrorizando con lo mismo a todos los ancianos de la Residencia.
—¿Vesta Adcock? —preguntó Evelyn mirando a Mrs. Threadgoode.
Mrs. Threadgoode asintió con la cabeza.
—Ella es, sí. ¿Qué te había dicho yo? Esa pobrecita no tiene ni un tornillo en su sitio.
Evelyn rió y se despidió saludándola con la mano. Su amiga correspondió de la misma manera y le gritó: «Anda, corre, pero… oye… Le enviarás una postal a una anciana alguna que otra vez, ¿no?».