RESIDENCIA
ROSE TERRACE

ANTIGUA AUTOPISTA MONTGOMERY,

BIRMINGHAM (ALABAMA)

14 DE SETIEMBRE DE 1986

Evelyn y Mrs. Threadgoode habían salido a dar un paseo, por la parte de atrás de la Residencia, cuando una bandada de patos canadienses las sobrevoló graznando alegremente bajo el cielo otoñal.

—Ay, Evelyn, ¿a ti no te gustaría volar con ellos? ¿Adonde irán?, me pregunto yo.

—Pues a Florida o a Cuba, supongo.

—¿Tú crees?

—Probablemente.

—Bueno, pues no me importaría ir a Florida, pero no daría un paso por ir a Cuba. Smokey decía que los gansos eran sus amigos, y si le preguntábamos dónde había estado, contestaba: «Pues a donde van los gansos…».

Ambas siguieron las evoluciones de la bandada, hasta que ésta se perdió de vista, y continuaron paseando.

—¿A ti no te gustan los patos?

—Son bonitos, sí.

—A mí son las aves que más me gustan. Supongo que es porque no soy imparcial en materia de plumas…

—¿Qué?

—Pájaros, pajaritos y pajarracos…

—Ya.

—Cleo y yo solíamos tomar café en la parte de atrás del porche, todas las mañanas, y veíamos salir el sol y oíamos a los pájaros cantar… Siempre nos tomábamos tres o cuatro tazas de caracolillo con mezcla super y tostadas con gelatina de melocotón o de pimiento verde, y hablábamos… es decir, yo hablaba y él escuchaba. No sabes qué pájaros tan bonitos venían a posarse en casa: petirrojos, cardenales y unas palomas preciosas… Ya no se ven pájaros tan bonitos como antes.

»Un día, al salir Cleo, señaló hacia arriba, hacia los mirlos, que siempre se posaban en un cable de teléfono enfrente de casa, y me dijo: “Vete con tiento con lo que digas por teléfono, Ninny, que se suben ahí a escuchar lo que dices. Oyen con las patas”. ¿A ti te parece que puede ser verdad?

—No, creo que sólo le estaba gastando una broma, Mrs. Threadgoode —dijo Evelyn.

—Bueno, seguramente sí, pero siempre que tenía que hablar de algo reservado, miraba por la ventana para asegurarme de que no estaban allí posados. Se lo podía haber callado, sabiendo lo que me gusta a mí colgarme del teléfono. Hablaba con toda la ciudad.

»Creo que hubo una época en la que llegamos a ser más de doscientos cincuenta habitantes en Whistle Stop. Pero, desde que suprimieron casi todas las líneas férreas que pasaban por allí, la población se dispersó como los pájaros con el viento…

Fueron a Birmingham, o a cualquier otra parte; y ya no volvieron.

»Donde estuvo el café pusieron una tienda; y un supermercado, junto a la autopista, que a Mrs. Otis le gustaba mucho porque coleccionaba cupones. Pero yo nunca encontraba allí nada que me interesase, aparte de que tienen una iluminación que me molesta mucho, así que me daba un paseo hasta Troutville e iba a comprar a la tienda de Ocie lo poquito que necesitaba.

Mrs. Threadgoode se interrumpió un instante antes de proseguir.

—Oh, Evelyn, ¿no hueles? Alguien está haciendo carne a la barbacoa…

—No, encanto —dijo Evelyn—, me parece que queman rastrojo.

—Pues a mí me huele a barbacoa. A ti te gusta la carne a la barbacoa, ¿no? A mí me pirra. No sé qué daría por una barbacoa como las de Big George; o por una tarta de limón helada, como las hacía Sipsey. Nadie hacía la barbacoa como Big George.

»Primero hervía la carne en una enorme olla de hierro, en la parte de atrás del café, y se olía a quilómetros a la redonda, sobre todo en otoño. Yo la olía desde casa. Smokey dijo que un día iba él en el tren y la olió a diecisiete quilómetros de Whistle Stop. Venían desde Birmingham por la barbacoa. ¿Adonde vais tú y Ed para la barbacoa?

—Casi siempre al Golden Rule o al Ollie’s.

—Bueno, lo hacen bien. No sé qué opinarás tú, pero yo creo nadie hace la carne a la barbacoa como los negros.

—Casi todo lo hacen mejor —dijo Evelyn—. Ojalá fuese negra.

—¿Negra-negra?

—Sí.

Mrs. Threadgoode se quedó estupefacta.

—Dios santo, cariño, ¿pero por qué? Si casi todos ellos quieren ser blancos; se pasan la vida aclarándose la piel y estirándose el pelo.

—Ya no.

—Bueno, puede que ahora ya no, pero antes sí. Ya puedes dar gracias a Dios por haberte hecho blanca. No concibo que nadie quiera ser negro si no le ha tocado serlo.

—Ah, pues no sé; porque a mí me parece que se llevan mejor…; que se lo pasan mejor, o yo qué sé. Siempre me he sentido… como agarrotada, o cohibida, no sé, y en cambio ellos, creo que se divierten mucho más.

Mrs. Threadgoode lo pensó un poco.

—Bueno, puede que eso sí sea cierto. Se divierten mucho, saben desmelenarse cuando quieren, pero también tienen sus penas, como todo el mundo. No habrás visto nunca nada más triste que un funeral de gente de color. Gritan y gimen como si alguien les arrancase el corazón. Creo que el dolor les afecta más que a nosotros. A Onzell tuvieron que sujetarla entre tres hombres cuando enterraron a Willie Boy. Estaba como loca, y trató de saltar al interior de la tumba con él. No pienso asistir a un entierro así en mi vida.

—Ya sé que todo tiene su lado bueno y su lado malo —dijo Evelyn—, pero no puedo evitar envidiarlos en muchas cosas. Me gustaría ser tan natural y abierta como ellos.

—Pues mira, no sé yo qué decirte —dijo Mrs. Threadgoode—. Me conformaría con una barbacoa y un trozo de tarta.

Tomates verdes fritos en el Café de Whistle Stop.
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