Prólogo
Septiembre de 1955
Es curioso lo que una persona recuerda al cabo de muchos años. Lo que permanece en su mente y lo que no. Siempre que él pensaba en el año en que trabajó en la oficina de la Western Union, se acordaba de aquella muchachita.
Por aquel entonces, la ciudad de Birmingham estaba rodeada por una serie de suburbios de menor tamaño, cada uno de ellos con su propio nombre y su zona comercial. La mayoría tenían sus dos o tres iglesias, su farmacia, su escuela y su instituto, su logia masónica, sus almacenes J. C. Penney y su cine.
En East Lake, donde trabajaba, había un cine llamado EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS, frente a las oficinas de la Western Union, al otro lado de la calle, entre la barbería y la frutería. Estaba sentado a su mesa, mirando por la ventana, cuando reparó en una bonita chica de cabello castaño y vestido de tartán verde. Era la más alta de las tres o cuatro jóvenes que volvían juntas a casa aquella tarde desde la escuela. No era insólito ver grupos de muchachos a esas horas del día. Estaba acostumbrado, pero tras pasar la barbería, la chica alta se detuvo delante del cine, se despidió de sus amigas con la mano y luego cruzó las dos grandes puertas de cristal y desapareció en el interior.
El País de las Maravillas no abría hasta las siete de la tarde los días laborables y él se preguntó qué estaría haciendo una chica sola en un cine vacío. Pensó incluso en cruzar la calle para ver si le sucedía algo, pero unos minutos más tarde se encendió una luz en una ventana del segundo piso, junto al gran cartel de neón, y pudo ver las siluetas de una mujer y de la chica caminando de acá para allá, por lo que supuso que viviría allí.
Aun así, a partir de entonces, todas las tardes cuando no estaba ocupado, permanecía atento a la ventana, para asegurarse de que la muchacha llegaba a casa sana y salva. Hasta que un día, justo antes de entrar, ella se volvió y lo saludó tímidamente. Él le devolvió el gesto.
Unos tres meses después, se marchó para servir en el ejército. Cuando regresó a la oficina de la Western Union, el cine había cerrado y no volvió a verla.
Tuvo seis nietas, pero hasta su último día se preguntó qué habría sido de la bonita muchacha que vivía en el piso de arriba de El País de las Maravillas.