Por qué Babs odiaba a Maggie

Se dice que la envidia es un carbón ardiente y siseante procedente directamente del infierno. Si eso era así, su calor había abierto un agujero en el interior de Babs Bingington desde el mismo momento en que Hazel Whisenknott le presentó a Maggie como su nueva agente. El de Babs por Maggie fue odio a primera vista. Aquella antigua diosa de la belleza, con sus modales educados, había entrado de puntillas en el negocio aprovechándose de su apariencia y de sus contactos al «otro lado de la montaña»… Babs se ponía enferma al ver que todos los agentes masculinos de la ciudad revoloteaban como idiotas a su alrededor, presumiendo y pavoneándose como memos. Ya era bastante malo tener que competir con la maldita enana, y ahora aquello.

Tres semanas después, al enterarse de que Maggie se había quedado con la casa de los Caldwell para venderla, se puso lívida. Esa casa estaba en un paraje que ambicionaban muchos de los constructores con quienes ella trataba. Un mes antes, se había puesto en contacto con los propietarios y le habían dicho que no estaban interesados en ponerla a la venta. Y ahora, aquella estúpida reina de la belleza se había metido por medio y le había robado el negocio. Y por si eso fuera poco, el lunes por la tarde, cuando fue hasta allí esperando encontrarse camionetas de limpieza por todas partes, no vio ni el menor rastro de que la casa hubiera sufrido una inundación. El crío al que había pagado para que subiera al piso de arriba, pusiera el tapón en la bañera y dejara el grifo abierto, evidentemente había metido la pata. Pequeño cretino… Babs tenía la esperanza de que la preciosa cabeza hueca acabara de patitas en la calle, y la venta pasara a sus manos. Y lo que terminó de ponerla furiosa fue que, antes de que tuviera tiempo de urdir otro plan, la casa ya se había vendido.

Las cosas nunca eran fáciles para Babs. Su belleza no era de nacimiento y le había costado una fortuna. Antes de los cuarenta, había pasado por dos estiramientos faciales, una remodelación nasal, un implante de barbilla y un retoque de la línea del cuero cabelludo. La gente siempre había tratado de sabotearla. Una empleada resentida lo había hecho en Newark. Tras perder su licencia como agente inmobiliaria en Nueva Jersey, Babs se había cambiado de nombre y se había mudado a Birmingham, donde su hijo estaba estudiando Medicina en la UAB. Pero eso tampoco había sido fácil. Había tenido que abrirse camino a empujones y codazos para ganar cada milímetro del camino, hasta hacerse un hueco en el mercado inmobiliario de la ciudad. Aquellas sureñas formaban un clan muy cerrado. Todas se mostraban muy amables, pero Babs sabía que pensaban que eran mejores que ella. Bien, se cobraría su venganza en la pretenciosa señorita Santurrona, Maggie Fortenberry. De momento, sólo estaba esperando a que llegara el día.