Mientras tanto, en Avon Terrace…
Aunque Maggie estaba segura de que había tomado la decisión correcta, aún se preguntaba: «¿Por qué hoy? Algo ha tenido que desencadenarlo». Se acordó de una conversación que había mantenido con Ethel aquella misma tarde.
Cuando Maggie volvió de almorzar, Ethel le había dicho:
—Dios, echo de menos a Hazel. A pesar del tiempo que ha pasado, aún no puedo creer que ya no esté entre nosotros.
Ella asintió.
—Ni yo… Todos los domingos sigo esperando que me llame y me diga: «Eh, Maggie, vamos de paseo». Le encantaba salir en aquel viejo y enorme coche suyo por toda la ciudad, haciendo lo que fuera y disfrutándolo al máximo.
—Oh, sí, hiciera lo que hiciese siempre se lo pasaba en grande.
—Ethel, tú la conocías mejor que nadie —dijo Maggie—. ¿Crees que alguna vez se cansaba de ser tan alegre y estar siempre en marcha?
Ethel sacudió la cabeza.
—Ni un segundo… Nosotras sí, pero ella no, y era agotador. ¿Recuerdas todas las cosas en que nos metió? El equipo de softball, las fiestas, la búsqueda de huevos de Pascua, aquellos locos viajes… Me tenía siempre tan atareada que tuve que divorciarme por teléfono.
—¿Y cómo lo aguantaba, me pregunto?
—No lo sé, pero yo me agotaba tratando de seguirle el paso. Todas nos hacíamos más viejas, pero ella no. ¿Te acuerdas de cuando nos hizo tomar aquellas clases de hula y marchar en el desfile Do Dah? Tuve agujetas en las caderas durante dos meses.
Maggie eligió con mucho cuidado las palabras para su siguiente pregunta. Ethel era muy susceptible con respecto a su edad.
—Ethel… para ti ¿qué es lo peor de… eh… envejecer…?
—¿Lo peor?
—Sí.
La mujer lo pensó un momento.
—Oh, supongo que cuanto mayor te haces, menos cosas te quedan que esperar. Cuando eres joven, aguardas con impaciencia casarte y tener hijos, y luego esperas con impaciencia que se muden de casa.
De repente, Maggie comprendió que se trataba de eso. Ethel había puesto el dedo en la llaga. Ella no tenía absolutamente nada que esperar. Aparte de las primaveras (las flores y los cornejos eran preciosos en Mountain Brook) y los otoños, cuando las hojas se teñían de colores tan bellos, no tenía una sola razón para quedarse.
Consultó su reloj. Eran ya las nueve y cuarto. Pensó que sería mejor que comiera algo si no quería que le entrase dolor de cabeza. El día siguiente tenía que trabajar, así que se levantó, fue a la cocina, sacó una cena congelada de Stouffer a base de pechuga de pollo estofada, puré de patatas y verduras, y la metió en el horno. Nunca preparaba nada en casa, salvo congelados o buñuelos al microondas, porque A) no quería tener que limpiar la cocina, y B) aunque sabía poner una mesa preciosa y doblar una servilleta de más de cuarenta y ocho maneras interesantes y distintas, nunca se le había dado demasiado bien cocinar. Y no porque no lo hubiera intentado. El año que entró a trabajar para Hazel, invitó a las chicas de la oficina a una pequeña cena festiva, pero los rollitos de levadura que sirvió no estaban hechos del todo y después de irse las invitadas a casa, la levadura continuó subiendo en sus estómagos y, aquella misma noche, acabaron todas en urgencias del Hospital Universitario; con la sola excepción de Brenda, que no tuvo el menor síntoma. Después de eso, Maggie abandonó la cocina para siempre. Pero como sucedía con todo, aquello tenía un precio. El sodio de la comida congelada hacía que se le hincharan las manos.
Mientras esperaba que la cena se calentara, se sentó, cogió la revista New Age que Dottie le había dejado con un post-it en el que decía: «¡Material de primera!», y la hojeó. Pero lo único que vio fue publicidad de esterillas de yoga, velas de meditación y numerosos libros de autoayuda: La sabiduría de la menopausia, La dieta orgásmica, Cómo nutrir tu cuerpo y tu libido al mismo tiempo, y también uno titulado 100 posturas sexuales secretas de culturas antiguas de todo el mundo. Buen Dios. No quería herir los sentimientos de Dottie, pero aquello no le interesaba, ya no, así que la tiró a la basura y cogió el periódico del día.
Tal como le había dicho Brenda, en la primera página de la sección de espectáculos había una fotografía a gran tamaño de los derviches giróvagos dando vueltas en círculo. Parecían sacados de una película… Pero a Maggie casi todo le parecía sacado de una película. Richard por ejemplo le había parecido idéntico a Eddie Fisher.
Cuando conoció a Ethel Clipp, la directora de su oficina, con aquel pelo fino y morado que le crecía en vertical desde la cabeza y aquellas gafas también moradas que hacían que sus ojos parecieran el doble de grandes, Maggie pensó que era idéntica a un bicho alienígena sacado de una mala película de ciencia ficción. En 1976, a Ethel le teñía el pelo un peluquero del centro comercial que le había dicho que los colores que mejor le sentaban eran el morado y el lavanda, y desde entonces no había vuelto a utilizar ningún otro. Hazel apodaba a Ethel «El Relámpago Morado». A Brenda la llamaba «Pies de Trueno», porque decía que siempre la oía llegar y Maggie era «La Urbanita Mágica».
Tras terminar de cenar, se lavó la manos, metió los platos y los cubiertos en el lavaplatos y lo puso en marcha. Luego fue al dormitorio, se desvistió, se dio un baño caliente, se cepilló los dientes, se metió en la cama y conectó el televisor para ver las noticias. Como de costumbre, sólo se hablaba de las próximas elecciones presidenciales. Últimamente, la gente no hacía más que decirse cosas horribles. Entonces se dio cuenta de una cosa: no estaría allí el 4 de noviembre para saber quién había ganado. Así que, ¿por qué ver las noticias? Éstas la alteraban. Siempre eran malas.
Y la política nunca le había interesado. Ella no era como Brenda, que estaba muy metida en eso, ni como Ethel, que era una adicta a los canales que daban noticias las veinticuatro horas del día. A Maggie no le interesaban las noticias. Ella sólo las veía para poder mantener una conversación razonablemente inteligente con sus clientes. Pero en aquel momento, la idea de no tener que verlas nunca más se le antojaba maravillosa. Así que apagó el televisor.
Y si alguien le preguntaba algo durante los próximos días, diría: «Lo siento, no lo sé».
A decir verdad, había muchas cosas que Maggie preferiría no haber sabido. La asombraba lo que gente a la que acababa de conocer podía llegar a contar de su vida personal. Ella nunca había hablado sobre Richard con sus amigos, y mucho menos con desconocidos. Puede que fuese una mojigata, pero para Maggie, el hecho de no conocer los detalles gráficos de las cosas siempre había sido algo encantador y civilizado. Le gustaría que la gente se mostrase un poco más discreta, pero en esos tiempos, y sobre todo en el negocio inmobiliario, uno no se podía permitir el lujo de ser discreto o de mostrar siquiera la menor sensibilidad respecto a algo. Si no querías que te echaran del juego, tenías que ser duro o, como en el caso de Babs, implacable. Maggie había tratado con todas sus fuerzas de ser dura, pero simplemente no había podido conseguirlo.
Una más de las razones por las que tendría que haberse casado con Charles cuando se lo pidió, pero por aquel entonces estaba decidida a irse a Nueva York y hacerse rica y famosa para que su estado se sintiera orgulloso de ella. No sabía cantar, actuar ni bailar, y con su evidente falta de talento musical, lo único que podía hacer en realidad era lucir ropa con elegancia. Pero pronto descubrió que, con metro sesenta y ocho, en Nueva York no se tenía estatura suficiente para ejercer como modelo de pasarela. Al cabo de un año, el único trabajo que había conseguido para desfilar había sido en el salón de té del entresuelo del centro comercial Neiman Marcus, en Dallas. La otra carrera que podría haber probado era la de azafata de vuelo, pero por aquel entonces las ex Miss Alabama no se hacían azafatas. Se casaban bien y tenían 2,5 hijos.
Ella podría haberse casado bien. La mayoría de sus compañeros de instituto pertenecían a las antiguas familias del hierro, el carbón y el acero, y aunque los padres de Maggie eran bastante pobres, había algunos chicos de dinero que le habían propuesto salir, pero el único que a ella le gustó fue Charles.
Cuando lo rechazó, él se portó como un caballero y no reaccionó de manera dramática. Sin embargo, luego Maggie se enteró de que había estado a punto de matarse bebiendo cuando ella se marchó a Nueva York. ¿Por qué no había luchado? ¿Por qué no había insistido para que se quedara en Birmingham? ¿Por qué no había ido a buscarla? Hubo un momento, antes de dejar Nueva York para marcharse a Dallas, en que, si él hubiera aparecido, habría regresado a casa de buen grado. Si lo hubiese hecho, nunca habría conocido a Richard. Dios… ¿por qué había tenido Charles que ser tan noble? ¿Por qué había sido tan caballeroso? La vida de los dos podría haber discurrido por derroteros totalmente distintos. Pero suponía que no podía ser de otro modo, igual que ella tampoco podía dejar de ser lo que era: una persona increíblemente estúpida.
Después de regresar de Dallas, vivió algún tiempo con el miedo a encontrarse con Charles, pero por suerte no fue así. La mayoría de la gente tuvo el tacto de no mencionárselo y sólo una vez, una chica a la que apenas conocía y que se había casado con un amigo común, le preguntó:
—¿Tienes noticias de Charles Hodges?
—No, me temo que no.
—Oh, nosotros tampoco. Lo único que sabemos es que se casó con la hija de un banquero suizo y se mudaron allí, según he oído.
Esperaba que Charles fuese feliz. Se lo merecía, igual que ella se merecía la infelicidad que sentía. A fin de cuentas, se la había ganado a pulso.