Pensándolo mejor
Cuanto más lo pensaba Maggie, más se daba cuenta de que no tenía que sorprenderla hacia adonde había ido su vida, teniendo en cuenta las numerosas decisiones equivocadas que había tomado. Oh, Dios, ¿por qué no se había casado con Charles Hodges III cuando éste se lo pidió? Sus padres la adoraban y a Maggie le gustaban mucho. Se habían portado muy bien con ella. El día de su cumpleaños, la llevaron al Birmingham Club, en lo alto de Red Mountain, donde se había quedado hipnotizada con la pista de baile giratoria, con sus luces de colores y la gente que, a su lado, vestida con maravillosa elegancia, tomaba cócteles en sus mesas mientras la señorita Margo tocaba el piano como todas las noches en la Sala Dorada, ante una amplia panorámica de la ciudad. Charles era un joven alto, de cabello rubio, ojos azules y una piel tan bonita como la de una chica.
La noche que se lo pidió, la llevó allí a cenar y la obsequió con una velada maravillosa. Acababan de coronarla Miss Alabama, y cuando entró en la sala, la banda comenzó a tocar Stars Fell on Alabama en su honor. Estaba en el séptimo cielo.
Se pasaron toda la noche bailando y cuando volvió a la mesa después del último baile, Maggie se encontró en su plato de postre, depositado allí siguiendo instrucciones de Charles, un anillo de compromiso con un diamante de gran tamaño dentro de una cajita de terciopelo negro.
Fue un año mágico. Eran la pareja de moda y asistieron a mil y una fiestas y bailes a lo largo del verano. Charles era un bailarín extraordinario y estaba guapísimo con su esmoquin y sus zapatos de charol negro con cordones. A ella le encantaba cómo se movía cuando bailaban. La abrazaba tan estrechamente que podía sentir la cálida humedad de su cuerpo a través de la chaqueta. Estaban tan pegados, que costaba saber dónde terminaba el uno y dónde empezaba el otro. Cuando volvía a su casa por la noche, el olor de su colonia seguía impregnándolas a ella y a su ropa durante horas. Aún era demasiado joven para saber que la magia de aquel verano no duraría eternamente. Pensaba que había tiempo de sobra para todo.
Y aunque no se hubiera casado con Charles, al menos podría haber seguido con las clases de arpa. Pero sólo había aprendido dos canciones antes de dejarlo. Con dos le había bastado para ganar el concurso de Miss Alabama, pero no podía ganarse la vida tocando Tenderly y Ebb Tide una vez tras otra. ¿Por qué habría escogido precisamente el arpa? Era casi imposible viajar con una. ¿Por qué no el oboe, la flauta o el violín? Nunca se le había dado muy bien el arpa, pero había aprendido a hacer grandes y fluidos movimientos que la hacían parecer mucho mejor de lo que era en realidad. Hasta su profesora había dicho:
—Lo que te falta en talento musical, lo compensas con elegancia y estilo, querida.
Era la historia de su vida, y posiblemente como había sobrevivido hasta entonces: con un poco de talento y mucha elegancia. Poca gente sabía que en realidad sólo tenía seis o siete trajes y vestidos realmente buenos, pero todos ellos tenían estilo. Gracias a las rebajas en prendas de marca y al hecho de que era capaz de anudar un pañuelo de más de cuarenta maneras distintas e interesantes, siempre había logrado mantener una buena apariencia, al menos superficial. Pero lo que había por dentro era otra historia.
No sabía por qué, pero siempre se había sentido un poco insegura y durante años se había replanteado cada una de sus decisiones con un «Tendría que haber hecho esto» o «Tendría que haber hecho aquello»; siempre tan temerosa de equivocarse, siempre en busca de alguna señal del universo que la ayudara a decidir lo que debía hacer, que normalmente terminaba por no hacer nada. Pero gracias a Dios, aquel día, a las cinco y media, por fin había tomado una decisión que parecía la correcta. Qué alivio.
Cruzó el pasillo y recogió el correo de la bandeja de plata del vestíbulo. No había nada más que basura y un folleto de Willow Lakes, una comunidad para jubilados de vida activa. Lo tiró todo a la papelera. Al entrar en la cocina y encender la luz, vio una tarjeta de Dottie Figge, de la inmobiliaria Century 21, que debía de haber estado allí para enseñar la vivienda. Dottie era una trabajadora muy concienzuda, que había llevado al edificio a la misma pareja de Texas no menos de tres veces en las últimas tres semanas. En aquel momento, sólo había un piso de dos dormitorios en venta, pero Maggie se dio cuenta de repente de que el suyo estaría disponible a partir del 3 de noviembre. Probablemente llamase a Dottie al día siguiente para avisarla. No le diría de qué piso se trataba, sólo que iba a quedar uno libre dentro de poco. La mujer le caía bien. Habían participado juntas en el concurso de Miss Alabama. Dottie había tocado el trombón y bailado claqué, pero ahora era únicamente una esforzada comercial, como ella misma, colgando del abismo, sujeta sólo con la punta de los dedos. Dos años antes, había anunciado que ya no era baptista sureña y que había decidido «abrazar lo oriental». Dijo que, de no ser por OM Yoga y por sus plegarias diarias a la diosa Guan Yin, no habría podido continuar. Al principio había resultado un poco raro ver centenares de pequeñas banderitas de oración budistas ondeando en la casa de Dottie a través de los cristales, pero la chica era un verdadero encanto. La última vez que había vendido un piso en el edificio de Maggie, le había regalado a ésta un cuenco yin yang a modo de agradecimiento. Ella no sabía lo que se suponía que debía hacer con un cuenco yin yang, pero tampoco quería herir los sentimientos de Dottie preguntándoselo.
Tras servirse una gran copa de vino, entró en el salón y se sentó, se quitó los zapatos y apoyó los pies en la mesita de café. Mientras saboreaba el vino a pequeños sorbos, pensó en las demás cosas que tenía que hacer para asegurarse de que todo salía perfecto a partir de entonces. No sólo quería irse sin dejar deudas, sino también sin dejar preocupaciones. Aquella noche estaba demasiado cansada, pero al día siguiente, lo primero que haría por la mañana sería redactar una lista de «Cosas que hacer antes de irme». No podía confiar en acordarse de todos los detalles si no los apuntaba. No sabía si era por lo cansada que estaba, pero últimamente había empezado a olvidarse de cosas, como nombres de personas o de estrellas de cine que antes adoraba. La semana anterior se le había borrado el nombre de Tab Hunter. Siempre había sido uno de sus favoritos. ¿Cómo había podido olvidarlo?
Tomó otro sorbo de vino y volvió a pensar en los derviches giróvagos. Oh, Dios. Esperaba que la gente de Artes y Conferencias no los metiera en uno de aquellos feos hoteles para convenciones del centro. Hazel siempre decía: «La gente que viene a Birmingham espera lo peor. Así que es doblemente importante que al irse hayan visto lo mejor». Consultó su reloj. Ya era demasiado tarde para llamar a Cathy a la oficina. Lo haría por la mañana y si no les había reservado aún un hotel, quizá pudiese sugerirle sutilmente algo con un poco más de encanto local, como el Dinkler-Tutwiler, o incluso una de las preciosas casitas de invitados del club de campo de Mountain Brook. Pero allí eran muy estrictos respecto a la vestimenta y, a pesar de acoger el baile anual de la Sociedad Escocesa, era muy posible que miraran mal a unos hombres con falda.
Tomó otro sorbo de vino. Al menos de una cosa no debía preocuparse: sabía que a los derviches los tratarían a cuerpo de rey mientras estuvieran en Birmingham. El año pasado, cuando visitó la ciudad la cantante de ópera Marilyn Horne, recibió más de sesenta y cinco cestas de fruta de bienvenida. Los habitantes de Birmingham eran famosos por su amabilidad y su hospitalidad sureña. Algunas personas eran incluso demasiado amigables, estaban demasiado deseosas de agradar, hasta tal punto que, cuando los visitantes abandonaban la ciudad, normalmente estaban tan exhaustos que no deseaban otra cosa que volver a casa y descansar.
Pero al margen de que fueran amistosos por naturaleza, Maggie pensaba que otra razón por la que se esforzaban tanto en caer bien a la gente era porque seguían tratando de luchar contra la mala prensa que había tenido la ciudad durante la época del movimiento por los derechos civiles. Había sido algo devastador. Incluso en la actualidad, cuando había problemas raciales en cualquier parte del mundo, todavía sacaban las mismas imágenes de Birmingham, con los perros y las mangueras contra incendios, y volvían a pasarlas una y otra vez. A Maggie eso le partía el corazón. No porque no hubieran sucedido cosas terribles, realmente habían sucedido, sino porque la prensa había hecho que pareciera que hasta el último habitante de la ciudad era un racista furibundo, cosa que no era cierta.
En la carta había utilizado la palabra «deprimida» porque era un término que la gente entendía con facilidad. Pero el mejor modo de describir cómo se sentía habría sido «triste». Nunca le había contado a nadie lo que le sucedió en Atlantic City el año en que fue elegida Miss Alabama, y nunca lo haría. Los habitantes de Alabama, y más concretamente los de Birmingham, ya habían oído suficientes cosas malas de sí mismos para toda una vida.