Toro, Junio de MCCXXXIX . Año de N. S.
En una carreta preparada a tal fin don Gonzalo deja instrucciones a su sirviente para que acompañe a Iberia y cuide de ella, entonces se unen a una caravana de peregrinos a Santiago que previamente había sido contratada y que hizo su entrada en Toro, por el hermoso Puente de Piedra para llegar a la Puerta del Mercado. Sin demora, trata de no recordar, ni dejarse llevar por las emociones que se agolpaban en su mente y busca el camino de la Posada de los Giles; cuando al fin la encuentra, entra en ella por las corraleras donde convence, previo pago, a una sirvienta para que de aviso al ya anciano y gran amigo de su padre y del padre de su amado.
-Y…¿Quién le digo que lo busca? –le inquiere sibilinamente la criada, recelosa de aquella mujer morisca que decía traer un mensaje para don Cebrián-
-Decidle que me envían desde Montánchez. El entenderá…
El viejo posadero se hallaba sentado en una de las mesas del negocio que, a esas horas, lucía apenas un par de borrachos y algún viajero comiendo. Hacía ya mucho tiempo que solo se dedicaba a vigilar a las cocineras y sus jóvenes ayudantes. Le gustaba verlas moverse entre los fogones y, de vez en cuando, si ellas se descuidaban, soltarles una mano en las posaderas que ellas no rechazan porque saben de la inocencia del viejo. Desde que su mujer muriera no había hecho otra cosa más que llorarla y rozarse con las mozas en la cocina. Su hija Ava, casó con un joven caballero portugués y marchó con su marido a Viseu, donde él procuraba viajar alguna vez para ver a sus dos nietos. Su hijo, Alonso, aquel chaval que se atrevió a llevar ayuda a Pedro cuando, después de ser azotado, se le desterró del Reino, era ahora el verdadero Maese de la Posada de los Giles. Y Cebrián se sentía afortunado y orgulloso de sus hijos...Cuando recibe el aviso, algo se remueve en sus entrañas y sobresaltado por el mensaje, sale a las corraleras con una agilidad que no se le presuponía para su edad…, y su peso. No quiere ojos ni oídos ajenos, así que mientras camina ordena a los sirvientes que nadie salga. De repente, junto al gran pozo que abastecía la Posada, ve a una mujer de espaldas vestida con atavíos propios de las moras y se pregunta si no será una macabra broma o un truco de los enemigos de siempre para acabar con su vida…
Entonces, la mora, que hasta entonces había estado recordando sus juegos infantiles en la Posada de la mano de Ava, la hija de don Cebrián, se hallaba mirando los hermosos árboles del limón, llenos de amarillo fruto, cuando, al oír los pasos que se acercaban, se gira hacia él y Cebrián se queda paralizado ante la visión…
-¡Iberia –grita acongojado y exultante- Iberia de la Zarza! ¡Mi niña!
Y sus ojos se llenan de pasado mientras ambos se abrazan.
El Posadero cuenta, entre sollozos de alegría, como unos días antes, un viejo médico que viajaba con prisas para llegar a Zamora, le cuenta una historia sobre un guerrero y una historia que en todo, se parecía a la sucedida allí.
-Entonces, comprendí, mi alegría fue tal que mi propio hijo tuvo que hacerme callar para no gritar en esos momentos, que Pedro de Montánchez estaba vivo. Que Iberia de la Zarza seguía viva… Debéis saber, hija mía, que los pocos amigos que os quedaron aquí, hicimos todo lo posible por saber de vosotros.., pero los oídos del Merino Mayor eran muy grandes y nos costaron no pocos males.
Yo no podía creerlo; saber que estabais vivos –continuó el posadero- me devolvió la parte de mi vida perdida y las ganas de serviros en todo lo que os sea menester. Siempre supe, no se porque extraña razón que Dios no podía dejaros de lado. Y ahora, miraos, ¡estáis aquí! ¡bella como siempre! y Pedro.. se ha convertido en un héroe entre los guerreros. Una leyenda que todos conocen sobre un capitán de frontera que bien pudiera ser la mismísima reencarnación del propio Cid…¡Dios mío!¡si lo cantan hasta los juglares! –y rió abierta y sonoramente- si el ínclito Alvar supiera que ese guerrero es el hijo de Fernán de Montánchez…
Iberia, desatada por la alegría que le contagia el posadero, le pregunta por la casa de su padres, por las telerías y curtidurías.., por todas las posesiones, por los amigos de su familia, por los restos de su padre…El le resume cuanto aconteció tras los dramáticos hechos y su secuestro del Convento.. Como intentaron mediar para que fuera liberada por el Merino Mayor, incluso la carta rogando por vuestro perdón escrita al mismísimo Rey, -de la que al parecer –dijo- supimos mas tarde que nunca llegó a su destino- No hizo falta contarle los malos tratos recibidos por ello y las sanciones que a lo largo del tiempo tuvieron que soportar por seguir preguntando…
Le contó como fueron vendidas todas las propiedades que no se quedaron para si mismos los tres abyectos y miserables nobles. Y como siguieron buscando en los años posteriores, el tesoro que nunca existió. Después, le contó algunas cosas de la gente de Toro.., quienes trabajaban para Alvar; quienes regentaban negocios del noble y cuales eran éstos; de quienes debiera tener sumo cuidado y quienes seguían siendo fieles a la Casa de Montánchez. De la misma forma, le relata los cambios habidos en la ciudad desde que aquellos acontecimientos nublaran su vida y siguiendo las instrucciones de don Gonzalo, Cebrián le entrega las llaves de una casita a las afueras de Toro que pertenecía a la familia del posadero y una buena bolsa de monedas de plata y oro que el propio Pedro de Montánchez le ha hecho llegar, a través del médico, para tal ocasión. Iberia abre la bolsa y se asombra de la fortuna que la llena. Son piezas del oro mas puro y gran cantidad de dinares de plata brillante y grisácea. Aparta unas cuantas y le entrega el resto a Cebrián..
–Tomad, viejo amigo, esto no paga vuestra amistad y el dolor que os ha tocado vivir por ser fiel a don Fernán
Pero el posadero empujando su brazo, se la devuelve con lágrimas en los ojos –No, querida niña, bien sabe el Cielo que lo volvería a hacer. No hace falta que seas generosa conmigo, Pedro me ha hecho llegar varias bolsas como ésta que os entrego, y el caballero de Santiago que me las trajo me dijo que moriría si osaba rechazarlas; y por su cara.., ¡juro a Dios que lo habría hecho! –dijo con una expresión de susto en su cara que arrancó la sonrisa de Iberia- Si aún no me he ido de este lugar, es porque quiero ser testigo de cuanto mal les acontezca a esos hijos de puerca.
Con la promesa de verse pronto y acudir cuando ella lo necesite, Cebrián besa la frente de Iberia y se despide no sin antes advertirle de que ponga el máximo cuidado en su aventura para no descubrir todo el plan que don Gonzalo le había hecho saber para que estuviera al tanto por si era necesaria su ayuda. Ella, se abraza al viejo y le dice que no se preocupe, que será cuidadosa y prudente en sus investigaciones, pero que aún así espera poder ser ella quien blanda el cuchillo que cercene la vida del innoble Alvar.
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