Villa de Toro. Febrero del año MCCXXXIX de N.S.
La tarde se hizo grisácea y penosa con nubes oscuras que, como en un presagio, no auguraban nada bueno. Los chopos que rodeaban el camino de entrada mostraban sus hojas en ámbar esperando que la madre tierra los pintara en breve, con tonos esmeraldas. El viento soplaba con su silbido angustioso y empujaba a los árboles como si quisiera derribarlos… Acababa de llegar sobre unas parihuelas de caja cerrada, decoradas con ricas telas de color verde y borlones de hilo amarillo y a hombros de sus propios sirvientes vestidos con libreas del mismo color, que en número de cuatro y con claros síntomas de cansancio, (dado el peso de don Alvar Enríquez), se afanaban en bajar la carroza sin muchos temblores, cuando le salió al paso ante la gran puerta principal de su Palacio el que fuera Adelantado del Reino, don Iñigo Ximenez y su cubicularius.
Bajo la cita «Omne solum viro: forti patria est» “Para el varón fuerte todo suelo es su patria”, estrechó los antebrazos del Merino Mayor, con parsimoniosa ceremonia–Te estaba esperando, viejo zorro- y con un gesto familiar y educado, le conminó a entrar al zaguán entre los poco iluminados corredores que daban acceso al primer piso. Alvar Enríquez, se sentía cómodo en aquel palacio que pudo ser el suyo si hubiera aceptado las condiciones que el viejo Señor de la Casa Jimena le propuso para celebrar la unión de ambos linajes con el casamiento con una de sus hijas…Pero el noble no quería que su blasón pudiera ser el segundón si el hijo del de Ximenez reclamara, como así sucedió –pensaba satisfecho mientras entregaba su pellote al sirviente-.
El era noble por sangre e historia, desde que el reino de Pelayo se hizo fuerte en las montañas. Sus antepasados ganaron estas tierras para los reyes de Asturias, primero, y de León más tarde.
Su sangre mezclaba con la nobleza asturiana y con la del propio “Príncipe de Zamora”, título que se le daba al Conde Ponce y sus descendientes. Según se contaba en la villa, uno de los nobles que ardieron en el interior de la Iglesia de Santa María durante la revuelta popular que dio lugar al llamado “Motín de la Trucha”, fue el abuelo de don Alvar. Ni su heredero, ni incluso el Merino Mayor, obtuvieron nunca la venganza reclamada ante el rey Fernando el Segundo, ni ante el hijo de éste, el gran Alfonso el nueve de León.
Aquel hecho acaecido entre las viejas murallas en Zamora, era lo único que le envenenaba cada día que tuvo que compartir hazañas, batallas y otros hechos con el que fuera su “amigo”, el Señor de Montánchez que, desconocía el odio escondido que le profesaba el descendiente de los Enríquez y que se remontaba a los tiempos de Benito “el Pellitero”, (que fuera nombrado Caballero Villano por sus servicios en las guerras contra los ismaelitas, donde sus descendientes consiguieron otros títulos que sumar a su blasón), “el Pellitero” fue el verdadero artífice de aquella masacre, y consiguió para los 7.000 habitantes de la villa, después del levantamiento que acabó con la destrucción de la Iglesia de Santa María, el perdón real a cambio de reconstruir la Iglesia y no despoblar la ciudad y marchar al vecino Portugal, tal y como amenazara.
Cuando se sucede el nombrado “Motín de las Trucha”, y al haber muerto todos los Nobles de más alto rango en aquel sonado crimen, Alfonso el séptimo, le erigió en Tenante de la Villa y defensor de sus fueros y su hijo, Pedro Benítez, dedicó el resto de su vida a penar por aquellos hechos en la guerra y, de paso, a engordar los negocios de curtidurías y pelleterías con las conquistas y los saqueos que se derivaban cada vez con más asiduidad en las correrías contra el agareno.
La valentía de las milicias villanas que encabeza contra el poder de Córdoba y Sevilla, le dan fama en la Corte de León y ésta otorga crédito y títulos que comprenden las recién reconquistadas tierras de Montánchez, que añade a su nombre, por ser originaria su familia de este lugar del que tuvieron que huir al norte ante la presión de los bereberes. Después, será su heredero, Fernán Pérez, quien vuelva a demostrar el valor salvando la vida del propio rey, y siendo hombre muy querido y valorado en la Corte de Alfonso el nueve de León.., pero también de los más envidiados por su fortuna…
-Iñigo, tenemos que hablar –le dijo con sequedad y altivez el todavía Merino Mayor pese a que su edad poco le ayudaba para el cometido encargado-
-Lo sé querido amigo y por eso os he llamado, pero antes, si nos os importa, tomemos asiento mientras nos sirven un buen vino que he hecho traer desde mis tierras de Cacabelos. Por cierto, mi buen nombrado Alvar, -dejó caer como sin querer dar importancia al asunto- ¿Qué hay de cierto en aquel extraño suceso de la monja que fuera raptada hace ya seis años del Convento de la Carvajalas? Nada me contasteis entonces durante el entierro de la Abadesa, doña Blanca..
Alvar Enríquez tornó sus semblante relajado y el color anaranjado de sus mejillas y fue adquiriendo un tono más violáceo, como si las venas de su cuerpo le fueran a estallar todas en la misma cara. Sus ojos, se cargaron de una ira oculta y su voz se endureció para responder…
-¿Me estáis acusando de algo, don Iñigo? –le preguntó haciendo hincapié en el tratamiento, que había pasado de ser amistoso a simplemente oficial.
-Para nada, para nada.., -le dijo el que fuera Justicia del Rey, intentando quitar hierro a su pregunta- ..solo que me hubiera gustado saberlo todo entonces y no tener que esperar que fuera nuestro propio Rey quien me diera los dolorosos detalles…Al parecer –continuó- como diría…se os fue un poco la mano en la detención de la muchacha, pero Vos me contasteis otra historia en la que la Superiora quiso ayudaros a detenerla y la acusada, en su huida, la asesinó con una pequeña daga que escondía, o algo así, creo recordar…
-¡Me siento ofendido! ¡Cuestionáis mi honor y mi palabra! –contestó airadamente el de Enríquez mientras se levantaba con tanta furia que a punto estuvo de volcar la mesa en la que apoyaba su vaso- ¡¿Acaso Fernando el Tercero, hijo del gran Alfonso, no recuerda mis muchos servicios prestados a la causa de su padre por los que él puede disfrutar ahora de su trono?! ¿Cómo se atreve el advenedizo ese a reclamarme nada cuando su propia madre, la reina Berenguela de Castilla, ha tenido que pagar a sus hermanas para darle una corona? –gritaba fuera de si el ahora agitado vejestorio.
-¡Cuidad vuestro lenguaje, Merino Mayor! Pues aunque sois para mi un buen amigo, mi casa, mi escudo y mi linaje siempre estarán con el Rey, sea quien sea éste, antes que con cualquier otra causa –respondió Ximénez de Torrano al tiempo que le invitaba, levantando su brazo, con un gesto firme que no admitía contrariedad ninguna, a tomar asiento- La dama que ejercía de superiora era doña Blanca Gatonez,
-prosiguió impasible don Iñigo mientras Alvar Enríquez volvía a sentarse pálido ante la reacción de su anfitrión-, descendiente del propio Gatón del Bierzo e hija del Dux de Galicia. ¿Son estos suficientes títulos para Vos?, porque puedo seguir enumerando con quien estuvo casada y lo cercana a la Corte que quedaba con ese matrimonio…Cuando enviudó, como toda dama de la Casa del Rey, fue nombrada Superiora, ¡Priora de las Carbajalas!, pero no por ello perdió ni apellidos, ni linajes y son éstos los que ahora están en el oído de Fernando el Tercero, Rey de Castilla y de León, pidiendo justicia ante ciertas informaciones que han ido llegando con el tiempo a los descendientes Gastonez. ¡Y es él propio Rey y su asesor el Arzobispo de Toledo, quienes me piden cuentas! Así que dejadme de orgullos y vanidades y contadme todo lo que pasó aquel aciago día. ¡Pero esta vez, sin mentiras! Y no olvidéis que sigo siendo vuestro amigo, pero no podré defenderos si no se cuanto se dio cita ese día y los siguientes, sobretodo, ahora que hay un nuevo Justicia Mayor…
-Un nuevo Justicia Mayor…¿Se sabe quien es? –preguntó el abatido noble zamorano mientras secaba sus sudorosas manos en las perneras de sus calzas damasquinas- Supongo que será algún noble de familia y linajes conocidos, por lo que también lo conoceré y si es así, nada de esto tendrá trascendencia…¡Hablaré con él y llenaré sus bolsillos para inclinar el plato de la balanza a mi favor!
-No cantéis victoria tan rápido, Alvar, Su nombre aún no ha sido dado, y son pocos los que lo saben, al parecer se dice que es el propio Ximenez de Rada quien ejercerá el título –le explicó- por lo que, si se trata del Prelado Papal, poca mano tendremos, ni Vos, ni yo mismo, pues bien sabéis que el Arzobispo de Toledo no tiene en buena consideración a aquellos que apoyamos la causa del Infante Alfonso, hermano de Fernando el Tercero, y de Gonzalo Pérez de Lara, cuando intentaron recuperar el reino de Castilla para el entonces nuestro Rey, Alfonso el noveno. Perdimos la partida y ahora, debemos inclinarnos. Y os juro por Dios que nada me duele hacerlo pues considero a este joven Rey un digno sucesor de su padre, como guerrero y aún más como legislador. Son otros tiempos amigo mío, y hay que saber adaptarse a ellos. Así que retomemos la conversación desde el principio y empezad de una vez a referirme todo cuanto sucedió aquella tarde y que acabó con la hermosísima Blanca a quien todos en la Corte hubiéramos cortejado de no entrar a servir a Jesucristo Nuestro Señor…
-Te lo contaré lo más concisamente posible, añadiendo solo, que el honor de mi familia quedó salvado y límpido cuando conseguí lo que ni mi padre, ni mi abuelo, ni el padre de éste, pudieron contra los descendientes de aquel desgraciado al que se llamaba “el Pellitero”. Y sí –afirmó el zamorano dejando caer todo el peso de sus palabras como si le hubiera sido perdonado su pecado por el mismísimo Jesús- la Carbajala murió sin que fuera mi intención que pasara, pero su corazón no pudo con la ceremonia del arresto y dejó este mundo entre los brazos de sus “hermanas de oración”. En cuanto a lo que sucediera con la tal llamada Iberia Rodríguez, fue arrestada y llevada a los calabozos de mi propio palacio.
Allí la interrogué durante algunos días pero sin mayor dolor que algunos manotazos en su cara y al ver que no contestaba a mis preguntas, decidí entregarla a un noble portugués conocido para que limpiara sus pecados en las labores de los campos que éste tiene en sus tierras de Viseu y que, según supe más tarde, la revendió a un “caravanero” que se quedó prendado de la muchacha a la que llevó consigo a tierras de la frontera del sur. Fuéronme entregados los maravedíes correspondientes por ello y que, inmediatamente, como podéis suponer, doné al monasterio de Santa María de la Moreruela, del que sabéis que soy protector desde los tiempos en que mi señor padre, otorgó las tierras a la Santa Madre Iglesia… Eso es todo, don Iñigo, podéis quedar tranquilo porque nada más hay de este asunto –mintió don Alvar Enríquez de Traba, Merino Mayor de Toro y Zamora- fue una pena, lo sé y con el tiempo he llegado a preguntarme si realmente esta mujer se merecía tanta desgracia –siguió mintiendo en un intento de parecer más humano y mejor cristiano ante su demandante.
-Espero, Merino Mayor –le espetó el viejo leonés que fuera Justicia Mayor de Alfonso el nueve, volviendo al tratamiento seco y sin connotaciones amistosas, sabedor de que la historia que le había contado no coincidía con la de los muchos de los testigos de peso y cargo que tenía el Arzobispo de Toledo- que tengáis las pruebas para demostrar todo ello que me habéis contado, pues desde este mismo momento tendréis que dar las explicaciones pertinentes ante quien designe el propio Rey o el ya nombrado Ximenez de Rada.
Debéis saber que, particularmente, no me creo ni una sola de las palabras que habéis pronunciado y que, por desgracia, soy cómplice de cuanto sucedió por haber firmado y mandado ejecutar duras penas a tantos hombres buenos que amargan mis sueños desde entonces…Nada sabía de una conspiración de tal tamaño para robar, pues no encuentro otra palabra, a un buen vasallo del Rey y mucho menos que esta se cebara en la venganza de una causa tan antigua para Vos. De haberlo sabido, no lo hubiera ni permitido ni consentido, pero está claro que eso no entraba en los planes previstos por cada uno de los conjurados y de los que, como a Vos, se les pedirán cuenta.
-¡Sé toda la historia!, -continuó mientras encaraba al que fuera su amigo- la conozco porque de ella pende ahora el deshonor sobre mi casa y mi linaje al que no estoy dispuesto a dar más amparo. Es mi propio honor ¡mi dignidad! La que me obliga a limpiar cuanto se hizo mal en aquellos momentos hasta donde pueda; a reponer cuanto materialmente se esquilmó y a penar por lo que pensé era una causa de la Iglesia y de los nobles que juraron defender los fueros …Vos, si queréis hacerme caso, aunque sea por esta vez, recluiros en aquel convento del que decís que protegéis y pedidle a Dios perdón cada hora, cada día y cada año que aún os quede, porque aún siendo así, será el nuevo Justicia Mayor el que irá a por Vos y os puedo garantizar que no os tiene en buen criterio. Y ahora, por favor, abandonad mi casa que ensuciáis con vuestra presencia miserable y carcomida por el rencor y la maldita venganza que por mala justicia tomasteis.
-¡¡Vos sois el enfermo!! ¡¡Vos y el miedo que os corroe!! –contestó visiblemente alterado el ahora denostado don Alvar- Ese miedo que siempre tuvisteis y que os impedía ver más allá de vuestro honor y vuestra gloria, que no fueron tal, pues todo os fue dado desde niño. ¡Jamás os vi en batalla alguna! ¡Jamás escuché decir de Vos que sembrasteis el miedo entre los caldeos! ¡Jamás cantaron victorias vuestras mesnadas y villanías porque jamás aparecisteis en algarada, conquista o saqueo que no fuera el de medrar, como antes lo hizo vuestro padre, al calor del sitial y el trono real! ¡¡Quedaos con vuestro honor, don Iñigo, que yo sabré defender el mío.-
-¿Cómo os atrevéis, miserable y condenada alma que se llevará el diablo a insultarme en mi propia casa? –respondió furibundo, encendido de ira y colérico don Iñigo, mientras levantaba su brazo derecho para golpear al Merino Mayor.
-¡No solo me atrevo, sino que no permitiré otra ofensa ni sobre mi nombre, ni sobre mi persona! –le gritó abalanzándose sobre el que fuera su amigo y con un rápido movimiento para su edad, Alvar Enríquez, levantando el brazo izquierdo bloqueó el golpe que se le venía encima, mientras se hacía con la bella y brillante daga de rodelas que lucía al cinto y hundiendo la misma en el corazón del altivo caballero leonés.
Don Iñigo de Ximénez y Torrano, descendiente de la Casa Jimena de León, de la que fuera reina, Numila Ximenez. Hijo, nieto y bisnieto de héroes y guerreros astures; heredero de un linaje que tras la muerte de su hijo, ahora solo podría morir en el apellido de su hija, Berenguela Iñiguez, se apoyó sobre los hombros de su asesino y con la mirada extrañada y dolorosa de quien no esperaba su muerte, miró, cuando ésta se apagaba, la cara sonriente de su asesino. Mientras sentía que se le escapaba la vida, notó su sangre cálida y abundante abandonando su cuerpo y con un ¡Dios mío!, cayó como fardo sobre las alfombras verdes del suelo de su palacio, tiñendo éstas de un color arcilloso.
-¡¡Maldita sea, no me dejasteis otra salida!! –balbució el zamorano, mientras corría espantado hacía la puerta.
En aquel momento, el criado de don Iñigo volvía a entrar en el salón portando otra jarra de vino, chocando frontalmente con el homicida que al abrir las puertas no pudo evitar caer junto al sirviente y la jarra en estruendoso atropello. A patadas, se desembarazó del dolido criado y siguió su renqueante camino hacia la escaleras que daban acceso a la puerta principal. Arriba mientras tanto, los gritos de socorro del fiel servidor, cubicularius, al descubrir el cadáver de su señor, llenaban las estancias y las carreras de los sirvientes, a ellos se unieron los de las cocineras que iban llegando al lugar del crimen y los llantos de la hija del linajudo con sus damas de compañía, que parecían reverberar por cada uno de los arcos que decoraban el hermoso patio central.
Alvar Enríquez, el último del linaje de los Traba, salió a la calle donde esperaban sus criados con el carruaje en parihuela y ordenó a éstos que acudieran raudo a su palacio. Tenía que pensar…Debía encontrar la forma de justificar aquella muerte. El era la justicia en el lugar. El era el Merino Mayor.., ¿Quién iba a declarar en su contra? De todas formas aquello se le había ido de las manos y tras escuchar lo que le dijera el finado, tenía miedo a que el nuevo Justicia del Rey no quisiera oír sus mentiras y mandara detenerlo, o algo peor aún…¡No, no podía arriesgarse!
Su otra opción sería huir, esconderse y esperar al perdón del Rey Santo que por los derechos ganados por su familia, podría llegar si las circunstancias se daban y previo pago de los daños causados a la familia de don Iñigo Ximenez. Otras veces se había hecho así y todo quedaba saldado con el pago que imponía la Santa Madre Iglesia o los sueldos determinados por el Rey. “Sí, -pensó don Alvar Enríquez- esperaré mejores momentos. Aguardaré en el convento a que los amigos que aún me quedan en la Corte, respondan ante el Justicia Mayor y le hagan reconsiderar cualquier postura contraria a esta, mi Casa, y llenando algunos bolsillos con algo de oro y tierras, estoy seguro que podré volver pronto a Toro.
¡Maldito Iñigo! ¡Maldito traidor! ¡Ojalá te pudras en el Infierno, allí donde querías que yo acabara!
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