Era mi padre hombre de complexión fuerte y bien parecido, al que los años respetaban tanto como yo lo hice. Con ojos pequeños que a fuerza de noches en los caminos, se habían convertido en solo dos cabecitas de agujas con un techo de cejas que se unían en su frente y le daban un aspecto de seriedad y firmeza que realmente venían muy bien al negocio.
Extrañamente, su pelo, del color del oro, se hacía fuerte como hebras aceradas a los lados de su cabeza y sin embargo, escaseaba en la frente y la coronilla. Según él, “demasiados calores bajo el yelmo y la malla…”
Fornido y compuesto en sus músculos, en algunas cicatrices de sus antebrazos faltaban trozos de carne y daban fe de su ardor en la contienda que para cuando sus brazales eran arrancados por los golpes de las cimitarras y ya solo recubiertos por celdas de algodón, aún seguía amortiguándolos a base de golpes de carne y huesos. Sus manos eran grandes y duras en piel, capaces de sujetar escudos para amortiguar y espadas para blandir sin descanso, en tanto en cuanto, otras heridas le permitieran seguir la lucha. Sus piernas, algo arqueadas, pero recias aún, sostenían poderosos muslos que pese a la edad aún se mostraban duros como pilares de puente.
Cuando lo miraba con detenimiento, me evocaba la imagen de un guerrero griego como Ajax, desafiante y sanguinario, de quien solo imaginarlo avanzar en combate podría valer la huida del enemigo…
Cuando aún cabalgaba, obtuvo prebendas y dádivas del mismísimo monarca leonés agradecido por sus derroches de fidelidad y valentía en luchas ganadas contra Alfonso II de Borgoña, apodado el gordito, y por sus dotes de mando y nobleza demostrada durante el juicio habido entre los Caballeros de Alcántara y su Maestre, D. Gonzalo Martínez, quien fuera condenado a muerte por traición, pese a que mi padre que ejerció de Oficial de Justicia por mandamiento real, y solicitó por condena el confinamiento en el Convento de San Benito, donde sería vigilado por sargentos y carceleros de la Orden, de la que, en otros tiempos, vistiera las galas blancas de lana con el blasón del peral.
En su nombre y con él, tuve la oportunidad de conocer castillos y torres, moradas y abastos, posadas y tierras que jamás hubiera sabido que existieran de no ser por la santa suerte de acogerme cuán hijo propio, de tratarme como tal y demostrarme día tras día, que no había mejor hombre en las tierras de León, de Asturias; del ducado de Cantabria; de la Galicia y las Extremaduras.., y aún sin saber de las lejanía, yo diría que tampoco en el resto de los reinos cristianos.
Su cuerpo y sus ropajes destilaban olores a ungüentos de cura y sanación que disimulaba con aceites olorosos de almendras y lavandas que derramaba por los caminos reales que llevan de Toro a Zamora y de Zamora a León por donde le precedía su fama de hombre defensor de la ley , de los Fueros, del Rey y de Dios y su Hijo, así como de justo en los negocios con otros comerciantes y clientes… Aún hoy, llevo su olor entre mis recuerdos, impregnándome de su presencia siempre añorada y de una etapa de mi vida junto a él y una edad que ya no tengo.
Gracias a mi Padre (de quien lleno mi boca con orgullo porque siempre me trató como se debe el progenitor a un hijo), aprendí todo cuanto se necesita saber sobre los negocios que él maduraba: La Tenería y la Curtiduría que le fueron entregadas por sus padres. Me enseñó todo sobre la compra de pieles de oso, de lobo, de armiños, de nutrias… que desde las montañas de la vieja Asturias le eran enviadas por otros comerciantes en los que fiaba; entonces se explayaba y perdiendo la mirada en las alturas, se refería a ello…
-La preparación de pieles –hijo mío- es un negocio muy antiguo y cercano a los poderosos, quizás por ello es muy valorado entre los nobles. Y tu debes saberlo todo sobre ello porque tu futuro estará ligado a los negocios de nuestra Casa y las tenerías y las curtidurías son parte de tu heredad…
-Lo primero que debes saber es que se comienza curándolas con sal. Esto puede hacerse salando fuertemente las pieles y prensándolas en paquetes durante unos 30 días. Luego se mojan en agua limpia para eliminar la sal y en una solución de cal y agua para ablandar el pelo. La mayoría del pelo se elimina entonces quitando los restos a mano con un cuchillo romo. Antes del curtido las pieles se limpian de pelos, grasa y sal y se remojan en agua por un periodo de 6 horas a 2 días. Se usa tanino que es de donde procede la palabra Tenería y, por ende, la Curtiduría designan al lugar o fábrica donde se curten las pieles. El tanino lo producen las plantas por eso, querido Pedro, debes entenderte con comerciantes de la Galicia que son los más honrados en ello a la hora de su comercio. Muchos de ellos lo recogen de la corteza de algunos árboles, siendo los más usados los de castaño, roble, zarzo y cerezo. Después, las pieles se estiran sobre marcos y se sumergen durante varias semanas en cubas con concentraciones crecientes de tanino. Luego se tintan del color que se prefiera y se dejan en secaderos..., pero de momento, no olvides esta lección que el resto ya lo irás viendo.
Me habló también de las sacas de lana que nos servían desde Castilla y que mi padre tenía el privilegio de escoger antes de ser enviadas a Burgos para mandarlas a los puertos del norte y de ahí a otros palacios, a otros reinos, pues era muy valorada la calidad de la producida en éste. Los fardos eran llevados a conventos y abadías con las que manteníamos negocios. La parte que más me gustaba era cuando me enseñaba algunos trucos sobre el arte de guerrear y, debo reconocer que a la larga, muchos de ellos salvaron mi vida en alguna ocasión. Mi padre decía que cuando se batalla a muerte contra el moro no se puede ser un cristiano pese a que sea la Cruz nuestra guía. No, según él, debes servirte de todo tu cuerpo y de cualquier otra cosa que tengas a mano. No vale clavar una espada sino la clavas al fondo y además la giras para que la muerte sea rápida..”usa las piernas desde el caballo y patea sin temor las cabezas de quienes quieren la tuya en un túmulo para orar a su falso profeta”. Toma escudo largo, pero que sea ligero, de esta forma, además de protegerte te servirá para cercenar los brazos de quienes blandan espadas o lanzas…
Mi padre también me dedicaba tiempo para repasar el latín y los números, para bien de las cuentas del negocio, aunque por otro lado, también me permitió (aun sin ser de su agrado) el aprendizaje musical de los laúdes que viejos músicos tañían en ofrendas y fiestas y que, a decir de los mismos, parecía innato en mí.
Así, día tras día, - con el permiso y la sombra de Elvira-, me acercaba hasta las escalinatas que alzaban la Iglesia de San Salvador y la del Sancti Spiritu donde juglares y trovadores, dedicaban canciones al amor y las hazañas de los bravos y nobles guerreros del buen Rey –a quien Dios guardare muchos años- y dedicaba algunas horas, que el día me regalaba, para ejercitar versos y trovas…
Con el tiempo y no poca paciencia (pues no eran de gusto y recibo las prácticas de números) aprendí a usar la lengua y los modales de la Corte; perfeccioné mis cálculos –con la suma a favor y los fardos en contra – y manejé espadas y escudos con tanta soltura como tenía con los laudes, las viyuela hasta encallecer mis dedos, devoción ésta que se convertiría en el refugio de mis lamentos de juventud por penas de amores y desamores.
De esta forma cuando ya manejaba con soltura cordeles y acordes, trastes y melodías, pasábame más horas sentado sobre fardos de hilo y lino en el almacén trovando historias de héroes enamorados, -sobretodo porque cada una de estas historias me llevaban directo a los ojos de Iberia- como que también es cierto, que tanto amor no me dejó ver la precaria salud de mi buen padre…
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Volvió mi buen padre de su viaje a la castellana villa de Burgos donde le habían sido encargadas telas, esclavinas, pellotes y gabanes de buen cuero cordobés, así como túnicas talares y vestidos de sedas damasquinas -ya confeccionados- para hacendados y sus damas; que eran clientes conocidos de él y que precisaban de las mejores ropas para la próxima boda del Infante D. Fernando III con quien fuera princesa extranjera, Doña Beatriz de la Suavia, que tendría lugar en la Iglesia de San Lorenzo de la ciudad castellana y que fue largamente celebrada , (pues no en vano, era hija y nieta de un Emperador cristiano), aunque no lo fuera tanto en estas tierras, donde Nuestra Majestad -y padre de don Fernando- no guardaba grandes respetos por el mismo, dado que nuestro Rey era pretendiente al trono y las tierras castellanas que por derecho dinástico le pertenecían, según las noticias que venían de la Corte.
Le esperaba deseando que me abrazara y me contara los aconteceres de tan largo viaje por aquellas tierras de la Castilla, en esta ocasión, también cargado con el amor de Iberia y la esperanza de que diera su consentimiento…
Se me hicieron las horas eternas, como nunca me había sucedido y, mientras tanto, pensaba en su reacción, en su respuesta y los nervios y la tensión se apoderaban de todo mi cuerpo. Por un lado me acechaba la idea de que se opusiera por cualquier cuestión de nobleza o linaje.., pero por otra parte, me atenazaba la posibilidad de encontrar reparos a mi compromiso por otras cuitas de riquezas o heredades.
Entonces, llegaron las carretas y algunos esclavos que la precedían. Pregunté por padre y me dijeron que venía tras del último carro, junto a la soldada contratada como escolta, (pues era época dada a la sorpresa de algunos maleantes y asesinos que pululaban por las cañadas y caminos reales en busca de victimas con fácil bolsa de la que hacerse botín) le hice señas con el brazo y él espoleó su hermoso corcel holandés, aunque “verga” se lo tomó con más calma y simplemente lo acercó con un trote propio de los muchos años que ya acumulaba…
Mi padre, como tantas otras veces, tomó mis antebrazos en señal de cariño y me atrajo hasta su cuerpo, después preguntó como había ido todo en su ausencia.
Le respondí que los negocios estaban en buenas manos y que tenía una gran noticia que darle, entonces, sin más, tuvo que agarrarse a mis hombros como si a punto de caer estuviera y le vi la palidez de su cara. Al borde de perder la conciencia, sin fuerzas para sostenerse. Tuvimos que sostenerlo entre varios y llevarlo a la casa, mientras se daba aviso a don Santiago Minguez, físico de la Villa, pese a que el señor de Montánchez seguía negando la orden dada con movimientos de su cabezas.
Se encontraba demasiado cansado, su cuerpo temblaba sin que pudiera controlar los espasmos que le sucedían y que, por momentos, se convertían en sudores que encharcaban sus pelos, sus ropas…
Cuando la cordura se imponía lejanamente al delirio y lograba articular palabra alguna, era para restar importancia a las fiebres altas que le sacudían de un lado al otro de la cama donde lo acostamos y agradecer, a todos, sus esfuerzos por cuidar de su salud de la que decía solo estaba un poco maltratada.
Cuando llegó don Santiago, mandó que se le desnudase y a regañadientes, aunque tambaleándose por las tiriteras, mi buen padre accedió malhumorado. Casi sin fuerzas en su voz, tomándome la mano, me pregunto cual era esa buena noticia.., pero yo no tenía ánimo alguno para contestarle sobre ello, ya habría tiempo de alegrías si el Cielo estaba de acuerdo…Le dije que se tumbara y dejara las noticias para mejor momento. Mi querido padre, me contó con un hilo de voz que había estado reunido con sus viejos amigos Nuño, Rodrigo y Alvar, y que algo de lo que comieron, debió de sentarle mal. El físico le hizo un sangrado, pinchándole en diversos puntos del cuerpo y aplicando, después, varias sanguijuelas sobre el pecho y la espalda y allí donde el físico conoce de sus estudios; pidió que se refrescara su cuerpo, y sobretodo su frente, con agua templada y se le diese a beber una mezcla hervida de hojas de eucaliptos con aceite de tomillo con cada cuarto del día, mientras mi padre dormía acurrucado entre las mantas, rendido a la enfermedad.
El médico pidió que se le administrase dicha mezcla dos veces al día y que se le dejara descansar.., después con un pequeño gesto me invitó a salir fuera de la habitación.
Cuando dejamos las estancias del señor de la casa, serio y adusto, el médico -mirándome fijamente a los ojos como si estuviera planteándose si ya era un hombre para decirme la verdad- me pidió paciencia y grandes oraciones pues “se trata de un humor de bilis, aunque no estoy seguro de que sea amarillo o negro, estoy convencido, -decía el buen sanador-, que lo ha contraído en alguna de las posadas al tratar con peregrinos que van a Santiago, pues cuentan que esta vez la plaga ha venido desde Somport por el camino de Jaca. Ruego a Dios para que en las próximas tres noches, la fiebre remita y el humor sea solo amarillo, con lo cual solo será cuestión de descanso para vuestro padre. Debéis estar preparado para todo, puesto que si se trata de la bilis negra, nada podremos hacer por él”.
Cuando se marchó el galeno, aguanté las preguntas de la servidumbre, la cual andaba realmente preocupada por la salud de mi padre, a quien me consta que amaban como buen amo y mejor señor. Pese a mis 21 años y mis ganas de llorar como un niño, supe calmar sus almas e infundirles esperanzas rogándoles que hicieran rezos al Apóstol en su nombre. Les conminé (aunque no hacía falta decirlo) a cuidar de D. Fernán constantemente; vigilar su ánimo y avisarme ante cualquier cambio que creyeran vislumbrar, después, fui a mi habitación y me dejé caer sobre el banco de madera acolchado con pieles que se hallaba bajo la ventana desde donde se veía la Iglesia de San Pedro, mi patrón, a quien dediqué un buen puñado de oraciones hasta quedarme dormido.
Mi padre, D. Fernán de Montánchez y Peláez, dejó de ver en la hora tercia de aquel segundo día de encamarlo y, para el asombro de todos, tuvimos que poner una vela ante sus ojos para comprobarlo; cuando las campanas del monasterio de San Lorenzo anunciaban los laudes del tercer día, se fue apagando como cirio en los pies de San Lucas, no sin antes, y con los últimos estertores, bendecir mi frente y pedirle al Altísimo perdón por cuanto mal hubiera hecho en esta vida (Que Dios lo tenga a su lado porque nunca encontrará mejor consejero ni más fiel amigo …) mientras D. Nicasio, el cura de Santo Tomás, y amigo de la familia, que asistía el alma de mi padre, cerraba sus ojos aquel día del Apóstol Santiago musitando lejanamente un “Ego te absolvo a peccatis tuis: In nomine Patris et Fillii et Spiritus Sancti”
El buen Creador quiso que muriera mi protector por causa de la bilis negra, llamada también “fiebre de los tres días”, (las viejas curanderas la contaban así porque ese era el tiempo para saber si te curabas o te plantabas ante el Divino Juez), un nueve de diciembre de aquel año mil doscientos diez y nueve.
Le dimos cristiana y santa sepultura en el viejo cementerio del Monasterio de Santo Tomás de Molacillos, entre las verjas de San Pelayo, lugar dedicado a nobles y hacendados leoneses; muy cerca de sus negocios y tan lejos de sus orígenes…
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Pese a ser su única y reconocida familia, mi padre, (que conocía este mundo mejor que yo) había hecho firmar en tiempo y formas, testimonio de voluntades y heredad en casa de su buen amigo Maese Cebrián, conocida por La Posada de los Giles, de donde solíamos ser huéspedes con cierta habitualidad (y con quien confesaba amistad en otros tiempos de soledades en las Marcas).
Allí firmarían los documentos don Nuño Bermúdez, Arcediano de Benavente y Toro. Igualmente, estamparon sello don Rodrigo de Castro Fernández, Mayordomo Real -del que se dice que es lo que es por las faldas de la Reina y no de méritos propios, pues en más de una ocasión que han sido requeridos sus servicios de espadas para con el moro, siempre ha encontrado “otros quehaceres” importantes para el reino que no defenderlo de los infieles. Aunque claro, eso solo son habladurías de villanos y mercados…- y por encima de todos los presentes, el siempre nombrado amigo de guerras y partidas, Merino Mayor del reino, don Alvar Enríquez de Traba, de quien le oí decir en más de una ocasión, que no había mejor aliado en campaña, ni peor enemigo en batalla, pues mi benefactor lo tenía en gran consideración como guerrero, y en mejor pensamiento como noble a quien el mismísimo rey otorgara títulos que competían con el mismísimo Conde de Galicia de quien se decía que descendía.
Cuando marchamos de la Posada, a la mañana siguiente y despedidos los amigos, enfilamos a Tordesillas donde mi padre debía atender ciertos negocios.
A fin de entregar el testamento firmado ante el Secretario del Reino, mi padre fió el documento al Arcediano (quien aprovecharía la visita de don Godino Gil Lara al obispado para hacérselo llegar) y se hizo acompañar por el resto de los testamentarios.
El tiempo, y las lenguas de los maltratados, me contaron que fue el propio don Nuño, quien necesitado de fondos para la compra de voluntades reales (pretendía el sillón del Obispado) les propuso -y convenció- a sus ahora socios, repartirse la heredad y los tesoros que aseguraba guardaba don Fernán de Montánchez, pero para ello, primero debía morir y que era muy fácil, en aquellos tiempos, hacerlo con algún tipo de veneno entre la bebida o la comida…Después, ya se encargaría, el propio Arcediano, de encontrar la causa para arrebatárselo todo.
El triunviro encontró en mi pasado la mejor de la excusas para ello, y como la avaricia no conoce amigos, urdieron la trama sin remordimiento alguno y sin conciencia sobre el aliado muerto y sus voluntades. Me habían sentenciado desde aquel día en la Posada de la Reina y ante el cuerpo, aún caliente, de don Fernán desencadenaron los siete pecados capitales contra mi persona, porque hicieron Gula de la heredad; Avaricia de las posesiones del de Montánchez; Pereza en la defensa del buen nombre de mi padre; Envidia de su felicidad y la armonía con la que vivió; Soberbia por esconder la verdad de aquel a quien debían amistad y respeto; Lujuria por cuantos pensamientos posesivos tuvieron sobre toda su fortuna y finalmente, la Ira, por el sentimiento de rencor escondido que dejaron aflorar en ese momento desposeyéndome de todo cuanto quise y tuve, y ordenando el daño moral y físico contra mi persona…
Fue el propio don Nuño, avalado por los testimonios de sus amigos, quien dispuso que “por mandamiento de la Santa Madre Iglesia que procura el bienestar de sus hijos y cuida que la Fe en Cristo sea la Fe del Reino de León bajo la cristiana majestad de don Alfonso IX en estos tiempos de Cruzada contra los hijos de Mahoma, se ordena la investigación y documentación del acusado llamado Pedro de Montanchez, por si incurriera en el pecado de ser hijo de esclava mora abandonado, según parece, para engañar a las buenas gentes de Toro y Tagarabuena y con la intención demostrada, según testigos, de infestar con su sangre mala al resto de los súbditos de este cristiano reino y toda la cristiandad”.
Dando fe de ello como Arcediano de Benavente y Toro y conminando, igualmente, al Adelantado de los Reinos, don García Torrano Saldaña, como representante de la ley a tomar las medidas que creyera necesarias y a las que se unirían las de la Santa Madre Iglesia.
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El día que sepultamos con cristiano proceder a mi padre y aún con su cuerpo en nuestra presencia, el entonces Secretario del Rey, don Godino Gil Lara, acompañado por un buen número de soldadesca, y ante los deudos allí presentes, dispusieron grilletes en mis manos, y leyó una acusación sellada por la propia Majestad de don Alfonso que en su nombre disponía se diera justicia “a don Pedro de Montanchez y Tagarabona, por engaño al Reino de León en el Arzobispado de Benavente y Toro, encontrándose que el ahora fallecido don Fernán de Montanchez y Peláez, no tenía hijo cristiano alguno, dado que quien se hacía pasar como tal, es natural de esclava mora y a quien el finado, por caridad y amor al prójimo -como nos enseña y demanda la Santa Madre Iglesia de Jesús- acogió bajo su protección sin permiso de esta Majestad, o tan siquiera del Obispo de Astorga que creyó de buena fe la mentira urdida” (delito tal, que grave como fuera, no fue ni tanto como el hecho de que se retiraran nombre cristiano y apellidos que llevare, doliéndome en lo más profundo de mi alma desposeerme del apellido de Montánchez, más por el pobre de mi padre que por mí incluso…) por lo que demostrada dicha traición a la fe del reino cristiano y católico y apostólico, se decreta el destierro, por un periodo no menor de 8 años, para quien así obrare, siendo advertido que una muerte segura tendrá aquel que retornara a cualquiera de los pueblos y tierras de los reinos de Asturias y León y Galicia.
-Igualmente, -continuó en su lectura- se condena públicamente a 10 latigazos a dicho reo, que habrán de ser administrados al término de la lectura de este decreto, por el engaño mantenido y ocultado entre el condenado y la esclava, que lo fuera, la llamada Elvira Hernández. Lo que hago valer por el derecho que me otorga mi linaje y la defensa de la Fe cristiana en todos mis Reinos”.
Sin comprender siquiera lo que sucedía. Sin saber que pasaba ni el por qué. Fui conducido por ocho escudados, como un reo, deshonrado, sin apellidos, ni posesiones, hasta la prisión de la Villa de Zamora, donde mis carceleros no dejaron de golpearme, una vez y otra vez, mientras recibían una pequeña bolsa con monedas de las manos de Alonso Hernández, hombre de confianza de don Alvar a quien pude oír como les conminaba para que se emplearan en su cometido.
Después, me afeitaron la cabeza con la hoja de un cuchillo tan afilado que, con cada rasgada se llevaban tiras de la piel ensangrentando mi cara y las calvas que producían. Gritaba el nombre de aquellos que un día se dijeron amigos de mi padre buscando ayuda desesperadamente, pero no estaban allí; no tenían gusto por tales faenas, mientras aquellos desalmados seguían sin remordimiento alguno, riendo y burlándose de mi aspecto. Al cabo de un rato de recibir golpes ya no sentía prácticamente nada. Mi boca no podía emitir sonido alguno por la inflamación de los labios; los dientes me temblaban y la sangre me corría hacia la garganta buscando un lugar por donde salir y encontrando, únicamente, los doloridos orificios de la nariz. Me ardía la cabeza como si todos mis pensamientos fueran leños prendidos dentro, consumiéndome.., y los huesos de la espalda me oprimían los pulmones dejándome sin respiración alguna y produciendo brotes inaguantables de fatiga y angustia …
Ya no me resistía. Ya no lloraba. Ya no vivía…Pasé de los gritos y la desesperación a dejarme morir sin más, mientras los dos carceleros reían y se excitaban con mi desnudez. En un momento que el tal llamado Fortum (quien parecía ser el de más rango) escupió sobre mi cara, se me quedó mirando, limpiando su saliva con la manga de su camisola y aún recuerdo sus palabras: “pero que sucio estás…no, no, no, no llores muchachito.. -dijo con sorna el torturador mientras manoseaba mi culo- aquí abajo pasan años sin ver mujer, así que uno termina acostumbrándose a todo.., ¿verdad viejo?
-y guiñó el ojo a su compinche, que se relamía frotándose su pestilente falo expuesto sin pudicia alguna-, así que vas a ser nuestra zorra hasta que volvamos a entregarte para el ajusticiamiento, además…, ¿Quién se va a preocupar de ti, si tu propia gente es la que te ha vendido?, nadie reclamará, piénsalo..
-Después, -siguió diciendo- ¿quién sabe?, si te gusta nuestra compañía y te portas bien, a lo mejor prefieres quedarte a vivir escondido aquí el tiempo que dures, claro que tendrás que ganártelo cocinando para nosotros, lavándonos los ropajes y dándonos calor en las noches de invierno.., si llega ese momento, podemos hablar con el Justicia para que bendiga el trato…tenemos buenas cuentas con él-, y rió de forma grotesca dejando ver sus dientes negros de podredumbre y arrastrando mi inerte mano hacia su sucio y asqueroso miembro. Mientras, su cómplice dejaba el cuchillo en la mesa y lamía mi espalda lascivamente, –¡eh, Munio! ¿Has probado alguna vez culo de noble?-
-¡el de tu madre! Le contestó el otro sin dejar de babear mientras reía su propia gracia-
-..Podríamos.., si eres bueno esta noche, -llegó a decir el torturador - ..dejarte dormir en un jubón junto a los nuestros y si eres una mejor puta, darte algo de comer…já, já, já, já…-
Después, me empujó violentamente de espaldas al suelo y fui a golpear mi cabeza contra las piedras de un foso donde, según supe, acababan sus días los menos afortunados, mientras les caía por las barbas grandes sorbos de vino caliente…Uno de ellos, -ya no se cual- me sujetó por la cabeza mientras hundía ésta en su purulenta y maloliente verga produciéndome bascas y violentas arcadas, a la vez que su compinche me hundía la suya en un dolor interminable hasta que sació su arrobamiento soltándome un fuerte puñetazo en la espalda que me tumbó.
-¡Lo vas a matar…!-le dijo el tal Munio amonestándole por el golpe- Esta perra tiene que durarnos.., por lo menos dos noches más, antes de entregarla.
-¡Calla, viejo! ¡y toma la parte que te corresponde o vuelvo a empezar yo! –le contestó mientras me arrastraba como a un fardo hasta apoyarme, cabeza abajo, en la boca del foso- ¡Ahora lo tienes mojadito y no te costará tanto como a mi…¡Si es que esa poya podrida tuya no se rompe al metérsela!... já, ja, ja, já
Durante dos de aquellas noches, estuve muriendo lentamente cada vez que la lujuria les llevaba hasta el sucio jubón que ocupaba.., cuando esto ocurría intentaba, con la escasas fuerzas que me quedaban, resistirme al atropello. Les lloraba por mi; les imploraba por mi; pero borrachos y enloquecidos por la impudicia se reían regodeándose en su lascivia, golpeándome una y otra vez en brazos, en piernas y en la cabeza.., después me tomaban salvajemente destrozando cuanto de humano podía quedar en mí. Primero uno y después el otro, hasta que agotados y ajumados se rendían al sueño. Apabullado por el dolor de todas mis heridas y recostado entre mis propios vómitos, caí en el desmayo de los muertos en vida…
En el anochecer del tercer día, aquellos dos demonios me tiraron un cubo de agua sucia y helada por encima y me dejaron sobre un montón de paja seca en una celda cercana. Ya no volvieron más.
De todas formas, ya nada tenía importancia ni valor para mi..
Pedro de Montánchez desapareció entre aquellas paredes de la mazmorra y nunca más regresaría. Murió con cada embestida, con cada penetración de aquellos demonios. Murió cuando mis fuerzas no respondían y ellos saciaban su obscenidad ebrios de vino caliente que les llevaba a comportarse como perros rabiosos. Murió cuando no podía oponer defensas y llenaron mi boca de tal asquerosidad… Casi hubiera preferido que aquellos bichos, aquellas alimañas, me hubieran quitado la vida, pero no fue así.., me quitaron el alma.
Quizás el Altísimo tenía, con mi nombre escrito, algún plan que desconocía. Lo único que me consolaba era pensar en el martirio de los Santos y de Nuestro Señor… aunque terminaba revolviéndome contra ellos ¿Perdonar?…¡Yo no podría, y aunque pudiera, no lo haría! ¡¡Jamás!! ¡¡Y juro por el sagrado manto de Nuestra Señora que buscaré, tarde o temprano, a dicho demonios y haré que paguen con cada trozo de sus carnes por cuantas vergüenzas padecí en aquella cárcel!!
A la mañana siguiente llegaron de nuevo los soldados mandados por el Justicia para custodiarme hasta las afueras de la noble villa.
Mis violadores me vistieron con una vieja camisola por encima y adecentaron mi rostro con grasa de cerdo para disimular los golpes (cosa que no consiguieron pues mi cara era una masa oscurecida por la sangre seca y los morados recuerdos que servían de burla a los niños y de advertencia a otros).
Cuando me sacaron de la cárcel, muchos esperaban verme llevar como si fuera una fiera. Las calles estaban llenas de curiosos y malnacidos que me escupían y gritaban toda clase de insultos que iban desde traidor al de moro en los más suaves; pasando por toda clase de improperios y groserías ..y aún así, ya no me importaba nada de lo que ocurriera, no lloraba, solo quería huir, que todo terminara, que me soltaran y huir… Encontrar un lugar –si lo había- donde esconder mi deshonra como hijo y como hombre. Llorar y, quien sabe, con un poco de suerte morir. Sudaba y olía a vino fermentado; al humo de los hachones y a esa fetidez que despedían los cuerpos eviscerados de mis torturadores.
Trataba de disimular tapando con las manos las señales, que me avergonzaban, de mis propios orines y de mis propias heces, mientras era arrastrado como un animal entre el empedrado de las callejuelas.
Con los ojos sin vida, enrojecidos, ensangrentados y que apenas podía abrir, pude ver a algunos conocidos que se santiguaban a mi paso y cuchicheaban sobre mi aspecto y si lo merecía, mientras aquellos en quien fiaba; aquellos a quien quería y creía que me querían, escondían su mirada y se sonreían en algún caso, que desgraciadamente, seguía sin comprender.
Solo don Alonso de la Zarza, don Nicasio, don Cebrián y algún sirviente de la Casa de Montánchez que no había huido aún y que esperaban en la Plaza Mayor, pusieron el grito en el cielo ante tal injusticia cuando me vieron aparecer arrastrado y procuraron hacer entender al Secretario del Rey (quien pasaba unos días en casa de don Alvar Enríquez hasta que se diera fe y “cumplimiento cierto a la sentencia”) el error en el que estaba, pero de nada sirvió porque en el caso del Posadero recibió incluso la amenaza de ser juzgado por hacer defensa de mi persona, sin que ello fuera óbice para que el buen hombre intentara liberarme de mis captores, acto por el cual fue golpeado hasta derribarlo y en los días siguientes, según pude saber mas tarde, detenido por la mesnada, pasando varios días encerrado en una de las torres del castillo de Zamora, de donde pudo salir gracias a la mediación de don Nicasio y don Rodrigo, quienes pudieron comprobar el trato recibido por el viejo posadero a quien, aún encamando y cuidando durante varias semanas, dejaron secuelas en sus piernas por las mutilaciones que sufriera. Así se hicieron una idea de cómo fue mi encarcelamiento y el tormento por el que atravesé.
Era tal mi confusión, mi desventura, mi lamento que, aturdido y desbordado por cuanto me sucedía, no podía sino, a duras penas, mantenerme en pie, llorar por mis desgracias y entristecerme por ser el causante de la vergüenza caída sobre el apellido de mi padre y la que habría de sentir Iberia…¡Dios mío, Iberia! Entonces grité sin saber bien a quien ¡¡ ¿Iberia?!! Y alguien, escondido, bisbiseando, entre las voces soeces que me increpaban me dijo: “estese tranquilo don Pedro, Iberia está bien guardada”. Creí reconocer a don Alonso, pero no estoy seguro, no podría estarlo…
Al atravesar la Puerta del Postigo y antes de llegar al camino de Tordesillas, la escolta -decidió aderezar mi rostro con algunos golpes y repartirse los aplausos de los presentes como si fueran valías que llevara encima- me hicieron desnudar completamente y para mayor vergüenza (aunque las gentes decentes de la villa se hubieron marchado con la excepción de los intrigantes y sus sirvientes, además del Secretario Real y el buen Nicasio, que como Simón Cirineo, intentó ayudarme en mi calvario y rogó en varias ocasiones para que, al menos, no fuera golpeado,- hasta que le fue ordenado volverse a la parroquia de Santo Tomás bajo amenaza de detención-, no sin que antes me dijera “aguanta, hijo mío, pues también Jesús fue vilipendiado por aquellos en quienes creía. Aguanta Pedro que Dios velará por ti”, aunque sinceramente, Dios estaría en otras cuentas que no fueran las mías..., después el oficial de la guardia cumplió con la sentencia y se aplicó en el manejo del látigo que se clavaba una y otra vez en mi espalda hasta tal punto, que llegados a la mitad del castigo, ya no sentía nada..., ni la sequedad de mi garganta empastándome la boca como si fuera llena de tierra; ni escuchaba el restallar de los cueros; ni quien miraba el escarmiento o si era mi sangre lo que llegaba hasta mis tobillos y me hacía resbalar..y así fue, hasta que ya no tuve conciencia de nada.
…/…
Me dejaron desnudo y con las carnes abiertas, tirado en el suelo. Horas más tarde, me despertó el frío que en forma de escarcha rellenaba los surcos dejados por el látigo. Me encontré tumbado, sobre mi costal, entre el fango que mi propia sangre me había procurado.
Me ardían la espalda, los brazos y los muslos; me dolían, con el simple roce del viento, los ojos, la boca y la cabeza y por encima de todo, me atormentaba, en lo más profundo de mi corazón, la vejación a mi alma; el escarnio sobre mi nombre y la afrenta carnal sufrida…Entonces, me acuclillé como buenamente pude y entre enormes dolores y quejas conseguí apoyarme sobre la piedra húmeda y resbaladiza de la Cruz de Fierro -y que otros llaman Crucero- que marca el camino del Apóstol…
Volví a llorar amargamente durante no sé cuanto tiempo y solo la creciente oscuridad de la noche que se abatía sobre los campos y el viento helado que sentí, me hizo pensar en buscar algún refugio lo más alejado de las miradas y los delatores, que podrían volver a acusarme de romper el destierro y entonces, no habría piedad en la conjura para conmigo, así que decidí arrastrarme como bien podía y, de vez en cuando, mal andar entre los arbustos y los lindes del camino principal sin rumbo, sin destino. Sólo.
Tras dejar atrás la última de las pallozas recordé, tragando sal de lágrimas, que me encontraba muy cerca de las propiedades de la familia de don Alonso de la Zarza, el maestro y padre de mi amada Iberia, de la que más tarde supe que ante los acontecimientos y desgracias sucedidas, al volver de León y antes de que cometiera una locura, o en evitación de tentaciones para otros hombres, recurrió a la Iglesia para protegerla y terminó haciéndola guardar como novicia hasta el día que ella decidiera seguir como mujer en la vida o como novia de Cristo en el viejo Monasterio de la Padana cerca de Benavente de donde, mas tarde, llevaron al Convento de Carvajal.
Intenté no acercarme a las corralizas para evitar que otros males les vinieran y así, dolorido hasta en el alma; vilipendiado en el orgullo; saqueado en la dignidad y flagelado en la memoria de las gentes, me fui alejando de mi amada y de cuanto amé, con el peor de los agravios: el destierro.
Mientras abandonaba los caminos de Toro sin rumbo a ninguna parte, sin más abrigo que una sucia camisola; mugriento, cansado, aterrado, noté que alguien me seguía…
Dolido por la molienda de palos y rendido de vivir, me senté sobre las piedras del viejo puente romano que cruza el rio Sene, deseoso de que aquel que me siguiera fuera algún ladrón o asesino dispuesto al degüello para, de esta forma, no sufrir más, y si así fuera, estaría dispuesto a pedirle al Altísimo, cuando lo viera, el perdón para ese ser que acabara con mi vida, puesto que realmente, lo que habría hecho sería procurar alivio a mi profundo dolor.
Tras los Taray emparrados -ahora desfloridos y que en otra época ventean sus inigualables olores a bosque y ribera, y sus maravillosos colores en racimos blancos y rosas-, apareció la figura de un chiquillo, de ojos grandes y azules, y no mayor de diez años, en el que creí reconocer al menor de los hijos de maese Cebrián, Alonso, quien se atrevió a decir “me manda mi madre, ya que mi padre está encarcelado por pedir por Vos. No sabemos cuanto tiempo estará allí pero mi madre me ha dicho que le hiciera el encargo”. Se sentó a mi lado y dejó manta, calzas, sayo, botas y una cestilla de mimbre con queso, carne seca de mula, vinosangre y pan negro, así como una faltriquera donde conté bastantes maravedíes en fracciones y una vieja daga, aunque bien conservada, guardada en funda donde se podía distinguir el escudo de la Casa de Montanchez que estreché contra mi pecho mientras las lágrimas volvían a tomar caminos que dejaban surcos en mi tez.
El pequeño me miró como si supiera lo que iba a encontrarse, sin sorprenderse de mi estado, pero con tanta ternura que tuve que hacer verdaderos esfuerzos para esconder mi llanto ante él, conmovido al ver mi infinito dolor y antes que yo le preguntara me dijo: -“ella está bien, mi Señor. Mi madre dice que está rezando por Vos y que seguro que os esperará si Dios lo tiene a bien. ”-…Le dije que se marchara, pues no quería que pudieran descubrirlo y procurarle desgracia alguna. Alonso se levantó y puso una mano sobre mi hombro como queriendo hacerme saber que todavía me quedaba alguien…Después, silenciosamente, como llegó, se desvaneció entre los arbustos y cañaverales que hacen de rivera al río.
Sin pensarlo, busqué abrigo en interior del bosque y tras vestirme delicadamente y con grandes esfuerzos, entre infinitos dolores, hice por entrar en calor con un buen fuego y dí buena cuenta de parte de las viandas y la chacina aunque me propuse racionarla, pues “mejor guardar pan entre las ropas para mañana que haberse de comer éstas pasado un tiempo”.
Mientras troceaba la hogaza en fracciones (para varias jornadas) encontré en su interior un trozo de papiro liado a modo de caña que, tras desanudarlo, leí ávidamente: “Hay una vieja y solitaria Ermita en Estebanvela de Segovia, casi ni lo parece por cuanto se cuenta de ella y de sus misterios, y por ello alejada de cristianos donde, si mal no recuerdo, vuestro padre tenía una afamada Forja que le concedió el buen rey de las Castillas por diversos servicios que no vienen al caso. Allí, si mi buen hermano Favila sigue vivo, ordena sus rezos por orden del Arzobispo de Toledo.
Si, cuando lo encuentres -Dios lo quiera- te sugiere que le hagan una nueva campana, -proseguía el mensaje- contéstale que Jesucristo lo manda y que el Señor de Montánchez lo hace… entonces sabrá quién eres. Entrégale este documento y él velará por Vos, como vuestro padre lo hizo por nosotros cuando coincidimos en las guerras al moro.
No tengáis preocupación por vuestra amada Iberia, la hija de mi buen amigo, don Rodrigo “el Teñidor”, pues gracias a la mediación del bienaventurado don Nicasio, ha sido aceptada en el Convento de Santa Maria de Carbajal, donde será protegida por Dios y las Madres Benedictinas a las que por allí llaman “las Carbajalas” de todo mal que intentaren procurarle. Que el Altísimo os guarde mi Señor y que el Cielo bendiga el alma de D. Fernán y la vieja Elvira”.
Del tal mensaje, me quedó la tranquilidad por Iberia y entre lágrimas inacabables, la sensación de que mi destino estaba en Estebanvela. Avivé fuego lo suficiente para que las brasas alcanzaran mayor temperatura. Después tomé la daga que previamente había enrojecido entre los leños y, precedido de un pánico sin igual- fui mordiendo un trozo de avellano caído, una y otra vez, entre grandes padecimientos, cauterizando las heridas sufridas en las mazmorras entre dolores insufribles que dejaron tantas cicatrices como acerté a cerrar con el cuchillo, hasta que apenas me quedaban fuerzas. Quemé mi carne y mis heridas, aunque bien es cierto que algunas no estuvieron a mi alcance, y esas, nunca curaron…
A la mañana siguiente, sin haber cerrado ojos por culpa del frío, los sonidos del bosque y el miedo a ser prendido por los hombres de armas del Rey, escudriñé el camino y sin dar tiempo a que las nubes se abrieran, aprovechando la casi oscuridad que traían consigo, dirigí mis pasos a Castronuño evitando en la medida de lo posible los puestos de vigilancia, las huertas y alquerías donde poder ser visto…
Renqueante, caminaba sin pensamiento alguno, solo caminaba.., cabizbajo y escondido de mi propia vergüenza, mi único objetivo era que un pie siguiera al otro pie y de esta forma, sumar distancia entre, lo que llegó a ser mi vida, y lo que el destino me deparaba.
Cuando se cumplían más de diez horas de camino y habiendo parado tan solo para beber en algún arroyo de Villaguer, estiré mi manta sobre el frío suelo y encendí un fuego al abrigo de un covacho entre las laderas que rodean la vieja villa.
Aquella noche volví a los recuerdos y al llanto por cuanta desdicha se cebó en mi persona y a rezar por el alma de mi buen padre, mientras me repetía que encontraría el modo de devolver el mal a quien tanto mal nos hizo… Al clarear, nuevamente, dispuse la caminata y desahogué mi hambre con algunas targaninas que crecían entre los riscos, masqué, deleitándome cuán manjar, el cacho de pan que correspondía y ataqué la empedrada vereda que bordeaba el pueblo.
Al mediodía hallábame en las estribaciones de Nava del Rey y más de lo mismo. Bebí presto en un manantial, y me curé las heridas de los pies que se me hacían como lanzadas y sacudiéndome el dolor y el cansancio proseguí hasta bien entrada la noche, cuando sin más fuerzas que aguantar, me dejé caer en una cabaña de ganado en pleno campo de Dueñas, ya cerca de Medina.
El heno estaba mojado por las lluvias pero, una vez me hube calentado, yo lo encontré de lo más mullido que hubiera probado.
Tras los descansos que el cuerpo me pedía, me propuse hacer lo posible por paliar los dolores y lamentos que me acosaban. Puse barro mezclado con orines a partes iguales en mis ampollas –tal y como vi hacer en mas de una ocasión para curar las heridas que producían las abejas y otros insectos- y fui cubriéndolas con varias hojas de albahaca. Al principio, el escozor es soportable, pero a medida que el orín se descompone, crea una efervescente y maloliente capa blanca que se incrusta sobre la herida quemando de tal modo que, pese a sacudírmelo con celeridad y entre grandes agitaciones, no pude evitar llevar cicatrices en empeine y dedos, para el resto de la vida.
Aquel remedio no sanó del todo las bullas y llagas abiertas pero el alivio al caminar me parecía cierto aunque no seré yo quien vuelva a usarlo así me tengan que cortar los pies..Lo peor no estaba en ello, lo peor me sobrevenía de cuando en cuando, en mis tripas, con pinchazos tan agudos que parecían dagas clavadas en mis entrañas que me hacían retorcerme sobre mi mismo y caer por la intensidad de los dolores. Para ello no sabía de remedio alguno y aguantaba el tiempo que fuera agarrándome la barriga y mordiendo la piel del viejo zurrón que cargaba. Supuse que dichos dolores, eran producto de las violaciones a las que me sometieron mis carceleros en Zamora, y sentía las náuseas que preceden a los vómitos…
Después de varias jornadas que se me hicieron inacabables, mis sangrantes heridas me guiaron a la siempre hermosa Arévalo donde, necesitado de cama y comida, así como de mirada y remedio de físico, no dudé en alojarme en la Posada del Pinar. Sin duda alguna, la mejor de la comarca, porque ésta era parada de nobles en ruta y por ello, su fama le precedía.
En mi caso, la conocía de algunos viajes con mi prócer en las distintas visitas a sus compradores y suministradores del comercio de telares y curtidurías, pues allí se daban cita mercaderes de Aragón y Navarra y algunos Francos. Así que, una vez vencido el miedo a ser descubierto y entregado, hice uso de los maravedíes que el buen Cebrián me entregara y tras saciar el estómago con un buen puchero de carne de cerdo, mandé al posadero buscar galeno para las curas, después que me alojara en una de las habitaciones cercanas a las cuadras, pues prefería este lugar a otros aposentos que me fueron ofrecidos, por si hubiera de huir con prisas de la Posada.
Habiendo más de uno en tan importante villa me ofreció los servicios de don Gonzalo López del Tormo que, aunque mayor, había estudiado en el Estudio General de Salamanca y leído las obras traducidas más importantes de la época, como las de Abad-al-Latif y los médicos árabes: Rahez, Abulcasis, y en especial la traducción del árabe al latín del “Canon medicinae” de Avicena. Gonzalo López era hombre muy reconocido en Olmedo y una autoridad en sanaciones. Consentí de inmediato pues no estaba dispuesto a seguir con los sufrimientos de ningún tipo aunque me costara la cárcel…
Al llegar el hombre en cuestión, tan viejo como la Posada, me preguntó si podía pagarle –algo muy al uso en esta época donde pillos y pícaros se aprovechan de insensatos confiados y viudas desprotegidas- le enseñé dos fracciones de moneda y le pregunté si eran bastante, agradeció mi gesto y me pidió que desnudase mi espalda, algo a lo que tuvo que ayudarme pues no fui capaz yo solo. Entonces, al mirarla, primero quedó apabullado ante las marcas y enmudecido ante tantas heridas aún abiertas y llagadas. Enternecido, su mirada se cruzó con la mía como si comprendiera el sufrimiento por el que había pasado. Sin hacer preguntas, me dio a beber vino mezclado con unas gotas de mandrágora, que evitaría en buena medida los dolores. Rascó la carne quemada y extrajo los granos de sal que se habían secado bajo la capa de piel raspándola con sumo cuidado con una piedra llana que llevaba entre sus herramientas.
Después, me preparó en voz baja: “esto le dolerá un poco” y despegó la parte muerta de la piel mientras yo me retorcía y mordía parte del remordido zurrón para no gritar.
Tras limpiarlas con agua de rosas (que reconocí por el olor del perfume que usaba mi Aya) y unas gotas de aceite, colocó una cataplasma de yerbas llamadas Aloe –de las que decía que obraban milagros y que había que agradecer su descubrimiento a los moros- de seguida noté frescura y alivio sobre mi espalda. Me pidió que volviera a vestir la camisola y me invitó a recostarme sobre el banco de madera.
Desabroché mis botas y, no sin remilgos al olor que desprendían, el viejo desvendó mis destrozados pies que se encontraban ennegrecidos -como si hubieran sido quemados por teas de resina- desnudándolos de las tortas de orín resecas y pidiendo al Posadero que se llevara y quemara lo antes posible vendas, hojas secas y orines, por miedo a otras enfermedades que mejor no nombrar, -no fuera a ser que al diablo, que siempre anda buscando males, le diera por asomarse atraído por el hedor- Me obligó a lavarlos y cuando estos estuvieron secos y limpios, mojó sus manos en una cubeta con agua y puso sobre la madera de la mesa una cazuela de barro donde se adivinaba una especie de manteca blancuzca (que desprendía un suave olor de almendras y jengibre), después, sacó un frasco del que extrajo una gotas de lo que pude adivinar que fuera miel y mezcló con una cuchara de madera todo ello. Entonces, con la misma achicadora, esparció una medida en cada pie y con sus manos la fue llevando desde los dedos hasta los tobillos, de forma que aquella mezcla formara una pasta que se fundía con la piel.
Me pidió que lo dejara secar mientras solicitaba al tabernero un vino, al que me sumé de inmediato, porque a aquellas alturas de viaje, ya nada dependía de mi…
Al acabar con el vino caliente y un buen trozo de queso que mandé traer, tomó mi cara y con una espadilla y algo de hilo de cáñamo, cosió la herida de mi frente y vendó la misma no sin antes aplicarle un poco de aquella extraña mezcla que ya usara.
Más tarde conocí por boca de viajeros con los que dormí en la citada Posada del Pinar, y que sabían de su historia que fue “hombre de las milicias segovianas en las Navas donde tras la matanza habida juró dejar espadas y dedicarse a la vida y no a la muerte..” con el tiempo supe de su propia boca que marchó a estudiar medicina en la recién estrenada Escuela de Salamanca, decisión que no era la pretendida por su muy noble familia de la que decía estaba emparentada con el linaje sagrado de Pelayo …
El anciano galeno seguía siendo una autoridad en enfermedades muy consultado por viajeros adinerados, hombres de oficio, ricos y damas de castillos y señoríos cercanos. Me sorprendió que no me preguntara el por qué del tan mal estado de mi cuerpo…quizás por ello, y venciendo el miedo a la vergüenza, le dejé entrever algo más; y él entendió perfectamente ese “algo más! impronunciable para mí y aunque sin entrar en razonamiento alguno le expliqué los enormes pinchazos y dolores que sentía dentro de mi…El experimentado curandero, sorprendido por la noticia, me pidió que me bajara las calzas y después de examinarme a ojo, resolvió que las heridas estaban abiertas pero sin peligro alguno, que eso era normal cuando se penetraba tan salvajemente y que las grietas solían cerrarse rápido pero con cada intento de defecar, éstas volvían a abrirse aunque cada vez menos. Me recomendó lavarlas con agua templada y que les aplicara aceite de higos y telillas de la cáscara del huevo, un par de veces al día, hasta que cerraran del todo.
Gonzalo López del Tormo, prosiguió con el resto del cuerpo. Tomaba el instrumental necesario y movía las manos gastadas por la edad, pero aun respetadas por síncopes y temblores, con enorme precisión entre mis tendones doloridos, llagas purulentas y laceraciones infectas y malolientes, en algunos casos estirándolos mientras yo maldecía a todo lo posible y en otras limpiándolas con instrumentos metálicos que desconocía que existieran (de las que me dijo que ya usaban los antiguos romanos), colocando las cataplasmas adecuadas en el lugar acertado para después irlas cerrando con un vendaje de lino limpio.., en éstas estábamos cuando dijóme que marchaba al día siguiente a Santa María la Real para dirigirse a Segovia, donde uno de sus hijos, Martin González y López, ejercía como Escribano del Concejo de la Tierra y se encontraba necesitando su ayuda médica urgentemente, para con un “huésped muy honrado y noble, del que ya sabréis más adelante y que precisa del mejor cirujano y–querido padre- no creo que exista otro mejor que Vos”. Tal y como leyó de la carta que guardaba en su faltriquera como si cada palabra fuera un dinar de oro…
Me preguntó por mi destino y comprendiendo mi forzado silencio se atrevió a decirme que, “en estos tiempos la justicia se esconde de los oprimidos”, como si hubiera leído en mi cara los terribles acontecimientos que me tocaron vivir.
-Mañana –siguió hablando el médico mientras me ponía la mano en el hombro y lo golpeaba suavemente- tendré que hacer el camino a Segovia y no estaría de más llevar un “aprendiz” a mi lado…
Después, me invitó a viajar con él si nada me lo impedía pues tal y como expuso “nos haremos compañía en este largo viaje y de paso, estaremos más protegidos cuidando el uno del otro, pues ya sabéis que el hambre que otorga la guerra, no se quita con palabras y es por ello que los caminos están repletos de asaltadores que buscan bolsa o viandas”, acerté a confirmarle que era cierto cuanto decía y, de paso, lógicamente, vi en ello la oportunidad de pasar inadvertido moviéndome con un conocido y reconocido físico en estas tierras, amén de no ser cansado el viaje, pues el tal don Gonzalo viajaba en carro de mulas…
-No tienes pinta de ladrón – me dijo- más bien de holgado proceder y rendido infortunio. En cualquier caso, se ve en ti a un buen hombre demasiado joven para cargar con tanto peso.
-No quisiera causarle trastornos u otros males que pudieran acaecernos en el camino al encuentro de su hijo.
-Hijo, si así lo creyera, hubiera puesto en tus heridas más cicuta que curanderías. Además, En esta Villa de Arévalo, nadie osará preguntarme con quien viajo, y ya puestos, ni tan siquiera los hombres y soldados del Rey pueden impedir que recoja a un “humilde santiagrino que se ha perdido cuando buscaba el camino y el perdón del apóstol”, -díjome con cierta sorna- tal y como demanda el Señor Arzobispo de Toledo, que a la sazón, tiene ley sobre todos aquellos que buscan el Reino de los Cielos que es más, mucho más, que las leyes de los hombres o de los reyes por ser Prelado de nuestro Santo Padre, el Papa Inocencio IV.
No pude por menos que sonreírme por ocurrencia de mi nuevo amigo. Llegado el momento, nos despedimos con la promesa de vernos al amanecer frente a esta casa de comidas y mi agradecimiento sincero.
-No es el primero que me ayuda en mi desgracia y paréceme que Dios y su Hijo Jesús estuvieran empeñados, ambos, en no desproveerme en estos malos tragos y pendientes de que mis pasos me guíen a mejores procederes. Gracias por todo buen amigo y tened seguridad de que aquí me hallareis en lo que apenas se acueste la Luna
-Que así sea entonces, y si es verdad que el Cielo os mima, que él nos procure un viaje alejado de peligros y asaltadores, que en estos tiempos son muchos los que carecen y pocos los que tienen y quizás por ello, cada bosque es un refugio para fugitivos y gentes de malvivir. Cada cueva un hogar para familias que un día tuvieron techo, animales y tierras pero que el moro se encargó de derribar, saquear y quemar. Cada puente un lugar donde pelear por los derechos y cada soldado una mano que llenar…¡Quedad con Dios y que permita que mañana sea mañana!
-Lo mismo os deseo.., ah! Por cierto, don Gonzalo, permitidme que pague mi viaje con algo de vino y algunas cosas para entretener el hambre…
-Pues entonces, mejor que mejor, y si puede ser algo del queso que nos han ofrecido…, ¡que tierno y sabroso que estaba!
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