Córdoba. Año 1.236 de N.S.
La comitiva real, llevaba varios días acampada en la axarquía cordobesa. Los “comtes” de Fernando III le habían aconsejado hacer la mejor de las entradas en la Qurtuba Califal. De tal forma, que sus asustadas gentes quedaran, además, impresionadas por la pompa y el boato del rey cristiano.
“El Rey de Castilla, de León, de Asturias y Galicia, despierta entre el arrullo de las tórtolas y los frescos sonidos del Guadalquivir cercano. Hoy es el día y en el piar confiado de los pájaros, parece anunciarse…Llama a sus ayudantes y con ensayados movimientos, Fernando el Tercero, comienza a vestirse: Calzas, Túnica, botas, grevas, espuelas áureas y su espada “Lobera” ceñida sobre su grueso abdomen. Sobre el pecho, por seguridad, una cota de maya confeccionada con fuertes hilos de oro y plata. En sus hombros.., una capa granate y ligera dadas las calores que se observaban por esas fechas. Fernando El Santo, sale de su tienda real, henchido de orgullo y nervioso por el espectáculo de ver a miles de sus vasallos esperándolo que gritaron su nombre al verlo aparecer. Saluda con un gesto regio y natural, y monta sobre su caballo…
-Lo primero es lo primero –pensó el gran rey, y se dirigió a la ahora bendecida y cristianizada Catedral y que antes fuera Gran Mezquita de Al-Jama.
Sobre los tejados de la que fuera la gran capital de los califas, cientos de ballesteros y arqueros se aprestan para asegurar el paso del Rey, del Infante Alfonso, del Prelado Papal y de todos los magnates de los reinos que le acompañan. En las principales calles, guardias de a pie se reparten la misión de impedir el paso a cualquier agareno.
El Rey de esta nueva Hispania, ordena el avance. Cien banderas y gallardetes abren paso a la soldadesca. Capitanes y sargentos, se afanan por dignificar el paso de todos, pues tales son las órdenes recibidas. El Rey ha perdonado a los cordobeses, otorgándoles la posibilidad de abandonar la ciudad antes de su entrada. Pueden llevarse sus familias, enseres y ganado, aunque en ningún caso joyas, oro o plata…Los que se queden, podrán seguir profesando su fe y mantener su estatus social y sus riquezas, aunque tendrán que pagar tributos por ello…
Las tropas desfilan altaneras ante la mirada desde los alfeizares de algunos cordobeses. La caballería pesada antecede a los condes y nobles y estos al Monarca. Su primera parada será en la ahora bendecida como Catedral y que fuera la bellísima Mezquita mandada construir por Abderramán. Sus símbolos han sido destruidos. Sus puertas, patios, sala de abluciones y oratorios, la quibnla, la mihrab, el haram, las fuentes…, todos bendecidos por el mismísimo Rodrigo Ximénez de Rada y los Obispos de Cuenca, Zamora y Salamanca. Las aceiteras y lámparas traídas desde todas las iglesias, cenobios, monasterios y catedrales arrasadas durante tantos siglos, han sido desmontadas, catalogadas y embaladas. Una gran Cruz reina bajo los arcos arabescos y en lo alto del minarete desde donde los mahometanos llamaban a la oración en distintos momentos del día que ellos conocen como: Fajr, Dohor, Assr, Magrib e Isha.
Le esperan, los mozárabes
cordobeses. Los cristianos viejos venidos al calor y al color de la
victoria. Las huestes y compañías fronteras. Muchas mujeres,
ataviadas con sus mejores ropajes. Algunas de ellas siguen a las
tropas y proporcionan placeres a los combatientes…, otras, las que
ocupan las gradas construidas para la ocasión, más cercanas a la
entrada del templo, y vigiladas por una guardia, son las damas de
la corte; las esposas de los caballeros; sus barraganas y
familiares; monjas venidas desde los territorios cristianos y un
sinfín, de prelados, obispos, curas y monjes. …Y el Rey, entre los
vítores de sus súbditos, se arrodilló y se persignó . Haciendo su
entrada en aquel lugar -ahora santo- para la cristiandad hispana.
(descripción basada en la obra de Francisco Ansón Oliart “Fernando
III, rey de Castilla y León”).
Tras la Santa Misa oficiada por
los Obispos, el rey de las Españas, continúa su triunfal paseo
hasta la alcazaba y los palacios que lo fueran de los emires y los
califas…
Cuando Fernando III tiró de las
riendas de “Yamil” (el hermoso corcel que le regalara Ben Anchad,
emir de Sevilla) éste se detuvo ante la Puerta de la Azuda, la
principal de las situadas en las murallas del Alcázar, al suroeste
de la Medina, y no pudo más que estremecerse ante la
imponente alzada de la misma y la maestría de cuanto componía su
ornato hecho en piedras coloreadas y revestimientos de plata tan
pulida, que parecía un espejo donde se reflejaba el Santo... Cruzó
bajo ella y ya en su interior, el rey de Castilla y León, encontró
el Palacio – o los palacios- tal y como contaban las crónicas
antiguas; aquellas que habían dado a Córdoba tal fama, “que la
misma Damasco lloraría de envidia…”
Ni tan siquiera las luchas
intestinas entre las distintas facciones religiosas que gobernaron
el Al andalus, ni los reyezuelos siguientes, ni las revueltas
sociales entre árabes y bereberes, le habían robado a la vieja
capital andalusí su histórica belleza. Pese a las luchas intestinas
y los saqueos a que fuera sometida, una y otra vez, los palacios se
habían respetado en su mayor parte porque en ellos residía el poder
de los cordobeses y su grandeza...,”hasta el más ruin de los hijos
de Alá sabe que el oro y las piedras preciosas de estos sitios no
le traerán más que infortunios y el acoso y la persecución de por
vida, pues le robaría a sus hermanos, a su familia y a su
pueblo”.
Fue el propio monarca castellano
quien tuvo que echar pie en tierra ante la magnificencia de los
edificios que se mostraban ante él y sus leales.
....
Paso a paso, acompañado por su primogénito y por un séquito de señores y obispos, además del hachib o encargado de dirigir personalmente los diferentes consejos o secretarías que allí llamaban diwan, así como de otros responsables palaciegos que se daban cita con objeto de rendir cuentas en persona si les fueran requeridas éstas y que al mismo tiempo, servían como traductores en las recepciones del depuesto rey moro a las embajadas de los otros reinos existentes, pues hablaban la lengua romance, el incipiente castellano y el idioma romano o latín vulgar, además de otras lenguas orientales, fueron siendo invitados a conocer el interior de cuarteles y palacios.
Tras la acostumbrada genuflexión y sin mirar a la cara al rey-santo, -como mostraba el protocolo andalusí-, caminando con sus cuerpos arqueados y en reverencia, se abrieron diversas habitaciones acondicionadas como oficinas en un edificio destinado a la burocracia, donde se extendían las órdenes, pasando por la gobernación del propio Alcazar y todo lo relacionado con el bienestar de sus inquilinos, además del aprovisionamiento, la intendencia, la hacienda, el tesoro real y otros asuntos de campos y justicias que fueran necesarios para la ciudad y los habitantes de los palacios. En cada una de ellas, se detenían ciertos condes y señores cristianos para dar las órdenes oportunas y hacerse cargo al instante del trabajo que allí se llevara a cabo.
Los conquistadores, admirados, oían las explicaciones sobre el conglomerado de palacios que evocaban cuentos y leyendas... Sus pasos, guiados por los funcionarios cordobeses les llevaban de la magnificencia de los salones, a la ostentación de las habitaciones, la suntuosidad de los mobiliarios y el esplendor de los jardines.
Palacios construidos por califas y reyes con nombres evocadores: Al Zahir (el dorado) donde los baños eran de oro y las paredes habían sido decoradas con cerámicas de una belleza indescriptible. Aquí las piedras preciosas de colores verdes y azuladas, adornaban el techo a imagen del cielo que invitaban al descanso del cuerpo y el placer.
Al Mubarak, (el bendito) con espacios áulicos de representación y salas acondicionadas ornamentalmente con metales nobles y espejos con filigranas de plata que componían pasajes del Corán. Al Rawda, -el Jardín del Paraíso-, lleno de parterres floreados tan hermosos que sus ojos, maravillados, no descansaban entre los arroyos, acequias, fuentes y aves y peces nunca vistos.
Finalmente, llegaron a otra de las construcciones conocida por Al Badí, donde se situaba la gran Biblioteca mandada construir por Al Hakan II, que fuera mandada destruir por el “demonio Al Mansur”, y de la que se salvaron la mayor parte de los libros al ser arrojados a un aljibe seco para ser quemados y que por la voluntad de los propios guardianes de la biblioteca no llegaron a ser pasto de las llamas al hacer arder maderas y diverso mobiliario así como solo algunos libros en otro pozo cercano para llevar a cabo su engaño. La gran mayoría de la composición se salvó y a la muerte de Almanzor, fueron devueltos a sus estantes. En lo sucesivo, ninguno de los nueve califas siguientes como ninguno de los saqueos que ocurrieron tras las luchas intestinas en Córdoba, redujeron su contenido, es más, se siguieron adquiriendo textos llegados en caravanas y amontonando libros traídos desde los reinos cristianos del norte que se conseguían con las aceifas sarracenas, sobretodo, de los conventos y palacios conquistados.
El ahora rey católico de Córdoba, ordenó a los responsables y tenedores de los libros que abrieran sus puertas y se regocijó ante tan prodigiosa visión…Fernando III tuvo que asirse a un hermoso pasamanos de madera oscura que limitaba los pasillo, mientras el Infante Alfonso dejaba escapar lágrimas de alegría por el descubrimiento de tan valioso tesoro. Aquel tesoro llenaba salones y almacenes de todo el palacio. Allí estaban los más antiguos sellos escritos y entre ellos, los que un día llenaron páginas de la historia de Hispania en tiempos de los reyes godos que la gobernaron.
Pasó sus manos por los estantes, que llenaban enormes corredores, salpicados de tapices y alfombras; de estatuas de los grandes pensadores árabes: Al Idrisi, Ibn Hazzam, Averroes, Maimónides, Ziryab…Estancias abiertas, límpidas, diáfanas.., Mesas extensas de caobas negras y brillantes. Salas de estudio y libros, miles de limpios y cuidados libros; los viejos tomos en diferentes lenguas se apilaban en espacios precisos según la lectura deseada: Tratados de Música. De Ciencias. De Medicina. De la Historia Califal… De la guerra…De la vida.. De la Religión… De Oficios y Artesanos…
Situados en un doble piso al que se accedía por unas escaleras de maderas y pasamanos de cuero, los textos en lengua de griegos; papiros egipcios y babilónicos, Latín y en otras lenguas desconocidas, ornamentados con precisos dibujos realzados en oro y en plata, con escenas de oración algunos; de sexo en otros; imágenes de animales y de extraños seres; de batallas; mapas y conquistas…
Cientos, miles de libros y acunados que ofrecieron en los días siguientes un hermoso placer a tan regios lectores, sobretodo a uno de ellos, quien ya por aquel entonces era conocido por “el sabio” dada su amplia cultura y su interminable afán por seguir aprendiendo, quien más tarde, hizo de este descubrimiento, parte su gran biblioteca toledana.
Agotados por la emoción, aún tuvieron tiempo los conquistadores de conocer el pasadizo que unía el Palacio de Al Kamil (el Perfecto) con la propia Mezquita, ahora bautizada como Catedral de Santa María. Cansados y exhaustos, y pese a que el Infante Alfonso prefería seguir indagando entre libros, Fernando III, pidió de comer en el salón del Trono y un sinfín de siervos del mejor de los palacios: Al Badi (el Maravilloso), éste tenía techo de panes de oro y paredes de grueso mármol blanco y estaba hecho a imagen y semejanza del destruido Salón Grande de la Madinat Al-Azahara, con los tesoros rescatados de la destrucción de la que fuera Ciudad de los Califas. El Palacio estaba revocado en oro y plata y se situaba también una alberca llena de azogue. Sus puertas estaban enjambradas en arcos de marfil y ébano con incrustaciones de solidas piezas de ámbar, ágatas, aguamarinas y alejandritas, dispuestas como caireles, que reflejaban todos los colores ante los brillantes destellos de las teas encendidas. Gigantescas columnas de mármoles de color rosáceo se alineaban soportando el esplendor de los siglos califales. El lugar estaba presidido por una mesa de 60 codos policromada y rematada en su base por mármoles del mismo color que las columnas pero que apenas se levantaba del suelo.
A la señal del visir, todos los empleados de las cocinas de palacio, se afanaron en preparar la mejor de las comidas ante la atenta mirada de los cocineros cristianos y diversa guardia, en previsión de que aquellos infieles pudieran envenenar al rey. Aquella noche, el gran conquistador y sus Fidelis Regis, cenaron y bebieron copiosamente aunque incomodados por tenerlo que hacer al estilo árabe, sentados sobre cojines en el suelo, algo que en los sucesivos días tendría que cambiar... En el final, comprobaron, directamente, la fama de los postres del Al andalus: bandejas con los dulcísimos pastelitos de miel; los alfajores; el turrón; las almojábanas…Y declinaron “otros dulces” del harén por orden del propio Fernando III y para frustración de algunos de sus acompañantes que ya se relamían ante la visión de las primeras y asustadas bailarinas…Fue el Rey quien, sorprendido primero e irritado después con los responsables andalusíes por no haber sido informado de que existiera el tal harem en palacio, ordenó que le fueran presentadas las principales y sus hijas e hijos si los hubiera. Al poco tiempo y ante sus hombres de confianza, un número de 60 mujeres, ancianas, mayores y jóvenes, además de treinta infantes de varias edades, ataviadas con las mejores telas y sedas; adornadas de joyas brillantes y doradas, se postraban ante El Santo. El las recibió con todo respeto aun a sabiendas que se trataba de esclavas compradas o hijas de Señores que en su día fueron entregadas a Ibn Hudm, pues sus mujeres principales estaban en su palacio murciano. A todas les ofreció la libertad para que decidieran si querían irse o establecerse en Córdoba cómodamente si profesaban la verdadera Fe. Algunas optaron por quedarse siendo respetadas por los vencedores una vez que fueron bautizadas y otras, sin embargo, tuvieron que abandonar la Córdoba de sus padres escoltadas “y lo antes posible para evitar tentaciones y enemistades” a Murcia, donde se encontraba su derrocado rey.
Después se retiró a descansar.
.…
El rey castellano, entró en aquella habitación donde un día durmieron los Omeya. Sus suelos de un mármol blanco, inmaculado, llenaron sus ojos. No estaba excesivamente recargada, más bien, eran austeras y parcas en mobiliario. Apenas un hermoso y gran lecho, rodeado de un dosel de finas sedas en diferentes colores que imitaban al arco iris y que velarían sus sueños. Había varios pequeños muebles de gran belleza, fabricados en cuero con excelencias de nácar y botonaduras de cristal con enmarcaciones de ámbar; el entorno, de paredes limpias pintadas de tonos verdes suaves sin ninguna otra decoración que no fueran cortinas bailando con la brisa que se dejaba sentir desde el cercano Guadalquivir, relajaba al rey cristiano en tanto escudriñaba todo cuanto le rodeaba.
Se sentó en el borde de una piscina de agua perfumada, entre celosías y zócalos de relieve con dibujos de lacería arabesca y recién preparada para su aseo. El agua se mantenía templada gracias al hipocausto que corría bajo el suelo proporcionando el calor necesario a través de las galerías de los hornos principales del palacio, que para estas fechas de sofoco, se mantenían en la temperatura apropiada porque se servían del pozo frío haciendo circular el agua del mismo.. En invierno, el calor se filtraba por las celosías y el agua mantenía su calor o el que le fuera ordenado al encargado de los hornos. El castellano no pudo por menos que sorprenderse de la tal habilidad de los ingenieros árabes.
Entonces se acercó a la balconada de una de las terrazas que convergían con los jardines. Se dejó seducir por los arrullos del agua del Caño de Escarabita que corría por el acueducto que surtía al Palacio de Palacios. En este éxtasis sensitivo, Fernando III acarició los arriates de claveles; los alineados gladiolos; los esbeltos rosales; las coloridas hortensias…Recorrió con su olfato las albercas de hierbabuena, de hinojos, salvias, romeros y lavandas que se arremolinaban junto a los pequeños cauces que, tomando impulso por las acequias, subían en imponentes chorros hasta las bocas de las fuentes.., como en los cuentos que un día su madre, la reina Berenguela, le contara; y fue testigo de como los jazmines se disputaban con la serpenteante hiedra y madreselva, la balaustrada de alabastro jaspeado, para oír, por fin, las campanas de Santa María llamar a Maitines por primera vez en los casi 500 años que habían pasado desde que “Rodrigo, el desdichado”, perdiera el reino godo de Hispania. Y lloró…
-Demasiada sangre cristiana derramada- pensó El Santo, antes de rezar sus oraciones a San Pelayo. Aquella noche, durmió entre sábanas de seda con remates en oro e hilos de platas y soñó con el último de los reyes godos, sonriéndole…
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