V. Esperando la guerra

Era el aire de ese cielo inmaculado en el que brillaba tanta gloria, en el que resplandecía tanto acero, lo que los niños respiraban entonces. Sabían que estaban destinados a las hecatombes. [...] De todos modos había que morir, ¿qué más daba? La muerte era tan bella entonces, tan grande, ¡tan magnífica en su púrpura humeante!

ALFRED DE MUSSET,

La confesión de un hijo del siglo, 1836