Tenía quince años. El 31 de diciembre de 1980, pasaba las vacaciones de Navidad en Verbier, en el cantón del Valais, donde mi padre había comprado un chalet. El día de Nochevieja había conseguido entrar en el Farm Club con mi hermano y un grupo de amigos antes de que llegara la muchedumbre. El Farm Club era una discoteca de madera, que de hecho sigue existiendo. En un rincón penumbroso, una dama muy elegante de pelo entrecano recogido en un moño bebía una copa de champán con un hombrecito que parecía un bulldog con abrigo de terciopelo rojo y enfundado en una inmensa capa negra que le daba un aire del Zorro (o, más bien, de Bernardo después de haberle birlado la capa al Zorro). Mientras el pueblo entero se besaba en la plaza mayor, nosotros nos habíamos infiltrado en el club más exclusivo del lugar y, por supuesto, armábamos jaleo y nos comportábamos como maleducados, lo que todavía hoy me provoca una enorme vergüenza. Por hacer el burro, mis amigos me empujaron hacia la pareja del rincón apartado. Caí sobre su mesa y tiré las copas al suelo con gran estrépito. Giuseppe, uno de los gemelos italianos que regentaban el Farm Club, se disculpó ante la señora Chaplin y me dijo que me largara inmediatamente. Entonces, el bulldog del abrigo rojo salió en mi defensa, en francés con acento norteamericano.

–Deje tranquilo al chico, no pasa nada. Es joven y es Nochevieja, de algún modo tienen que divertirse estos pequeños granujas.

Hablaba con dificultad, con la voz pastosa. El encargado del local me soltó el brazo y fue a abroncar a mis amigos. Me deshice en disculpas mientras recogía los trozos de cristal esparcidos por la moqueta.

–Lo siento mucho, señores, perdón. Han sido mis amigos, que me han empujado... Perdonen la intromisión, pero... el tipo del local la ha llamado «señora Chaplin»... ¿Es familia de Charlot?

–Bueno, un poquito sí, señor...

–Beigbeder. Lamento muchísimo haber roto sus copas...

–Debo admitir que, cuando ha caído sobre nuestra mesa como un auténtico gamberro, Mister Big-bidé, me ha recordado las primeras películas de mi difunto marido.

–Aunque muchísimo menos dddivertido –balbuceó con voz nasal su amigo sonrosado de pelo blanco y gafas azules.

–Charlie interpretó muchos papeles de borrachín que se tambalea y lo tira todo al suelo –dijo Oona–. Cuando debutó en el teatro, decía que ésa era la fuente de todo su humor: el beodo siempre provoca carcajadas, da igual en qué país, da igual ante qué público.

Estaba muy impresionado y contrariado. En esa época, los adolescentes todavía conocían la obra de Chaplin; encontrarme a su viuda era un acontecimiento increíble para mí. Ya no se parecía demasiado a la fotografía que hay al principio de este libro. Cuando me hube levantado, le conté mi gag preferido de Charlot: en Luces de la ciudad, cuando se come unas serpentinas colgadas del techo mezcladas con los espaguetis de su plato.

–A Charlie le gustaba filmar los espaguetis –dijo ella–. Por ejemplo, en La quimera del oro, cuando se come su zapato hervido. Se acordará de cómo enrolla los cordones con el tenedor... Pues bien, figúrese que se inspiró en una historia verdadera, la de una expedición que se había perdido en la montaña. Los buscadores de oro, muertos de hambre, se comieron los zapatos... antes de comerse entre ellos.

Recordando a su marido, Oona sonreía como una auténtica fan. Se encendió un cigarrillo y le echó el humo a los ojos a Truman Capote, que ni pestañeó, acostumbrado como estaba a ello desde hacía cuarenta años, y balbuceó con su voz de pito:

–También... salen... espaguetis en Charlot, héroe del patín –exclamó–. Al principio, Charlot es camarero en un restaurante... ¡y calcula la cuenta observando las manchas en la camisa de un orondo cliente! Ah, bien, así que ha tomado usted una sopa..., melón, espaguetis..., ¡serán cuatro dólares!

–Ja, ja, ja, ¡es verdad! –rió Oona–. ¡Y luego le sirve un gato vivo! Charlie era desternillante. Pues mi gag preferido es ese en el que se limpia los dedos en un bol y luego se seca en la barba del vecino. ¡Está tan serio mientras lo hace! ¡Ja, ja, ja, ja!

Bajo las bombillas intermitentes, Capote reía cada vez más fuerte, y yo también, hasta que a Oona se le ensombreció el semblante. Con un ligero acento norteamericano que me recordó a mi abuela, me despidió educadamente.

–Maldita sea, ya no puedo ver todas esas películas –dijo–, es demasiado duro. Gracias, joven. No me gusta hablar de Charlie, pero sí que los demás me hablen de él. Tengo muchos nietos que lo rompen todo como usted. Pero a ellos se lo perdono porque son mis nietos. Vuelva con su panda de brutos, y de camino dígale a Giuseppe que nos traiga dos copas que no estén rotas.

–Happy new year, gggranujja –masculló Capote mientras se limpiaba las gafas.

Salinger no es el único a quien Oona dio calabazas.