En 2014, en la radio ponen todo el día canciones que hablan de heroísmo. A Real Hero de College (la banda sonora original de Drive), Hero de Chad Kroeger (la música de Spiderman), The World Needs a Hero de Megadeth, Hero de Regina Spektor, Save the Hero de Beyoncé, Hero de Mariah Carey, Hero de Enrique Iglesias, por no hablar de los clásicos Heroes de Bowie, Heroes and Villains de los Beach Boys, Je ne suis pas un héros de Balavoine... Los adolescentes sólo tienen ojos para los superventas norteamericanos producidos por Marvel o DC Comics: Superman, Batman, Spiderman, Iron Man, los Watchmen, los X-Men, los Vengadores, el Capitán América, Lobezno, Hulk, etcétera. ¿Qué diferencia hay entre este deseo de poder y la fascinación nietzscheana por el superhombre? ¿Entre las tormentas de acero y Man of Steel? ¿Entre las valquirias de Richard Wagner y Thor? Cuando la industria del cine estadounidense no imagina esos hombres superiores, se gasta centenares de millones de dólares para contar todo tipo de fines del mundo. El Apocalipsis es su otro tema predilecto.

Llega un momento en algunos países, en determinadas épocas, en el que la gente parece esperar un acontecimiento importante y trágico que permita resolver todos los problemas. Generalmente, esos periodos se llaman «de preguerra».

El mundo está listo para la próxima. Un nuevo conflicto mundial enjugaría las deudas públicas, relanzaría el crecimiento económico, reduciría la superpoblación... Los niños mimados y amnésicos de los países ricos esperan inconscientemente que un nuevo cataclismo libere espacio para los supervivientes. Quieren dejar huella. Sueñan, sin confesárselo, que la Historia no haya llegado a su fin. Buscan una nueva utopía, nuevas divisiones. Anhelan un nuevo enemigo al que masacrar. Querrían estar traumatizados por algo más que una escena de Saw en YouTube. La juventud de 2014 está falta de elecciones trágicas. Está necesitada de destrucciones. Las generaciones precedentes le han legado un endeudamiento colosal, un paro masivo y un planeta contaminado. El aburrimiento existencial, la sensación de vacío, la frustración globalizada alimentan este deseo aterrador llamado nihilismo. Una necesidad de servir a algo, de pelearse por un ideal, de escoger un bando, de arriesgar la vida para convertirse en héroe. No es de extrañar que algunos se conviertan en terroristas: ¿qué es el terrorismo, sino la única oportunidad de los antihéroes para procurarse una guerra en tiempos de paz? El periodo de calma que atraviesa Occidente es el más largo de toda su historia, y quizá esté a punto de terminar.

Me asustan los héroes; sin embargo, escribo un libro sobre uno de ellos.