De vuelta en Nueva York, Oona no lo había olvidado todo, pero fingió no acordarse del final de la velada en Point Pleasant. Jerry no volvió a hablar de ello. Se pasaron el otoño y el invierno de 1941 flirteando sin mencionar jamás su pequeño problema gástrico. Era la primera vez que tanto el uno como el otro se consideraban «en pareja»; aun así, no se daban la mano delante de sus amigos.

El primer amor raras veces es el más logrado, ni el más perfecto, pero siempre es... el primero. Este hecho es incontestable: ninguno de los dos olvidaría nunca esos comienzos. Jerry iba a buscar a Oona a la salida de la Brearley School, paseaban por Central Park, se encontraban en el gigantesco apartamento de Carol Marcus, en la esquina de Park Avenue y la calle Cincuenta y cinco, o en cafeterías, tiendas de juguetes, iban al cine. Tenían la mesa seis del Stork Club, su banco en Washington Square, su librería preferida (Strand, en la Cuarta Avenida), donde robaban libros de ocasión para declamar en voz alta las frases que habían subrayado los lectores anteriores. Pegados el uno al otro, daban de comer a las ardillas, se besaban un poco o leían revistas de cine. Hay que estar muy, pero que muy enamorado para soportar la lectura de una revista a dúo; es un poco el equivalente de una pareja que, en pleno siglo XXI, ve la televisión sin importarle cuál de los dos tiene el mando a distancia. Compraban cucuruchos de castañas asadas a la salida de los grandes almacenes Bendel, con los bolsillos repletos de objetos robados. Entre los dieciséis y los veintidós años es cuando se ama de verdad. El amor es absoluto, sin la más mínima duda, ni la más mínima vacilación. Oona y Jerry se querían así, sin reflexionar, con los ojos como platos. A veces Jerry deslizaba la mano bajo el vestido de Oona para acariciarle los pechos tiernos a través del sujetador, hasta que ella le suplicaba que parara y cerraba los ojos para besarlo abrazándolo muy fuerte, como si quisiera que continuara.

–Nunca he querido a nadie antes que a ti –decía él.

–No hables de lo que no conoces –respondía ella.

Jerry le leía sus primeros relatos: «Ve a ver a Eddie», «El corazón de una historia quebrada», «La larga puesta de largo de Lois Taggett». Oona le hablaba del personaje de ingenua que iba a interpretar en los escenarios en Pal Joey, una comedia musical que después de la guerra, en 1957, se adaptaría al cine (con Frank Sinatra, Rita Hayworth y Kim Novak). Se lo contaban todo, charlaban de sus hermanos y hermanas, se quejaban de sus padres (demasiado presentes para él, demasiado ausentes para ella). No hacían el amor, pero cuando dormían juntos se estrechaban largamente el uno contra el otro, en pijama y camisón, hasta sudar. Oona se negaba a quitarse las bragas, Jerry terminaba por correrse en los calzoncillos, reprimiendo los gemidos. Respetaba la virginidad de Oona. Ella repetía sin cesar: «Una niña no puede permitirse quedarse embarazada.» Jerry no terminaba de creerse que podía abrazarla, deslizar la punta de la lengua por su boca roja, acariciarle con la mano el pelo sedoso, frotarle la espalda desnuda, imitando con los dedos separados las patas de una araña que le subiera por la columna vertebral, sentir durante horas su torso trémulo contra el suyo y su respiración en su cuello. ¡Menudo lujo! Jerry y Oona eran castos, pero muy sensuales; resulta difícil de comprender en el siglo XXI, cuando nos interpenetramos para decirnos hola, pero esos mimos algo forzados les bastaban. No había prisa; ella era demasiado joven para casarse, y él se hacía el desganado para no asfixiarla. Ella suspiraba con sus caricias, la boca entreabierta, él la observaba mientras dormía y le contaba los lunares de la espalda y de los blancos brazos; para Jerry, contemplar esos lunares era como admirar las estrellas del firmamento; era abdicar ante un misterio superior. Era un tipo apuesto, habría podido desvirgarse con chicas menos ariscas, pero prefería mimar a esa starlet aniñada. Su manera de resistirse a sus avances era mil veces más erótica que una noche con cualquier zorra de grandes pechos llamada Samantha.

¿Qué clase de información sobre el sexo existía en Nueva York en 1940? Es fácil: ninguna. Ni imágenes eróticas, ni fotos porno, ni películas hot, ni novelas sexuales. No había acceso a ningún modo de empleo de las relaciones corporales, en ningún lugar. Ése es el cambio principal si comparamos la Nueva York de 1940 con la Nueva York actual, donde los adolescentes tienen acceso ilimitado, instantáneo y gratuito a toda la pornografía del mundo. Pese a que se atraían mucho, Jerry y Oona estaban completamente paralizados en cuanto al sexo porque nadie les había explicado cómo hacer el amor, ni cómo salir de su horrible bloqueo de enamorados. Demasiado respetuoso, Jerry no se atrevía a apremiarla, y por su parte Oona estaba demasiado intimidada para animarlo (y demasiado asustada ante la idea de quedarse embarazada).

Como no podían encontrarse en casa de Oona, que vivía con su madre en el Hotel Weylin, en Madison Avenue, a veces se veían en una habitación que Jerry alquilaba por semanas o, más a menudo, en casa de Carol. Tenían que ir con cuidado para no hacer ruido. Jerry abandonaba el apartamento de puntillas en mitad de la noche, cerrando la puerta con suavidad, y volvía a casa a pie, con una sonrisa en los labios y frustración en los pantalones. La insatisfacción aumentaba su felicidad, como les ocurre a algunos monjes, cuyos rostros extáticos son una excelente publicidad para la castidad. Nada le prohibía regalarse un orgasmo fulgurante en soledad, en su propia cama, pensando en los besos inalcanzados de Oona, en la firmeza de su piel, en su perfume de bebé su tez de leche sus ojos entrecerrados su braguita blanca de niña sus piececitos arqueados sus lunares sobre los pechos su boca de vampiresa sus suspiros al oído su lengua afrutada oooh yyeeess.

Cuando salía con su grupo de amigos, a veces Oona aparecía en plena noche para dormir junto a él, pues detestaba dormir sola. Apestaba a alcohol y tabaco, pero Jerry estaba feliz de poder acogerla en su habitación alquilada de Poeta Maldito. Tenía necesidad de charlar, de que la mimaran, la cubrieran de besos castos, de que los brazos amorosos de Jerry la tranquilizaran. No dejaba de repetir que odiaba su cuerpo, que se veía bajita y gorda, y, por mucho que Jerry protestara, le pedía que apagara la luz. Luego se dormía en posturas absurdas, roncando o mordisqueando una punta de la funda de la almohada. O bien se comportaba como una princesa dando órdenes: «Desnúdame, please... Cepíllame los dientes, por favor, estoy demasiado cansada... ¿Me traerás un vaso de agua?...» A Jerry no le molestaba que lo tratara como a un criado mientras pudiera contemplar sus pies menudos. Una noche bebió champán en uno de sus zapatos de tacón. Oh, Dios, ese pie blanco que se arqueó al emerger del calzado..., esos dedos esmaltados que rozaron el cuero y se sonrojaron antes de liberarse... Es una estupidez, pero a los veintidós años te llena de orgullo que una belleza como ésa te escoja a ti, aunque sólo sea para dormirse en tu cama mientras tú le acaricias la cabeza para que ronronee como una gatita y te embriagas con su perfume a alcohol y cigarrillos. Cuando Oona se iba, Jerry lamentaba no haber sido más exigente con ella. ¿Presentía acaso que la amabilidad, la dulzura, las caricias en la espalda eran una inversión que no amortizaría nunca?

También tenían el baile en el Stork Club. La fiesta no era lo mismo cuando bailaban jazz. Además de acercar los cuerpos, la orquesta proporcionaba un tema de conversación.

–Espera a oír el clarinete –decía Jerry–. Ya verás, ese tío soplando es un poeta.

–No, el guitarrista es mucho mejor –respondía Oona–. Habla con los dedos.

–¡Qué dices! ¿Estás sorda o qué? Escucha este solo de batería, ese tipo es un enfermo: acaricia las pieles como si le tocara las nalgas a una negra.

–¡Cállate dos décimas de segundo y disfruta de la trompeta, atontado! Ese tío expulsa notas que lo asesinan en público.

Woody Allen tiene razón: todo cambió con el rock and roll. Ya nadie espera que cada músico de la banda se luzca en solitario (a no ser que se llame Led Zeppelin). Antes de la invención de la discoteca, la música se escuchaba de verdad, nunca sonaba dos veces igual, no era un ruido de fondo pregrabado para llenar el vacío.

–¿Sabes bailar el charlestón? –gritó Oona.

–¿Ese baile de viejos?

–Vamos, pruébalo: mueve los brazos y lanza las dos piernas hacia delante, ¡pero no a la vez, que te partes la crisma!

«Sólo tenía un defecto: era perfecta. Fuera de eso, era perfecta», escribiría más tarde Truman Capote sobre Oona O’Neill, su amiga de la infancia, en los años setenta, mientras se autodestruía en Studio 54 esnifando coca a cucharadas y contemplaba cómo los efebos se morreaban en la pista de baile. Era verdad: el problema de Oona era su perfección. A fuerza de enmascarar su sufrimiento bajo una amabilidad excesiva, corría el peligro de explotar un día u otro (lo que le ocurriría a los cincuenta y dos años). Jerry, en cambio, no era perfecto: tenía un carácter difícil y una ambición desmesurada. Era posesivo, megalómano e irritable. Sus instantes de felicidad absoluta e inmaculada duraron apenas unas semanas, lo que tardó Oona en empezar a cansarse de ese príncipe azul demasiado exclusivo, y lo que tardó Jerry en darse cuenta (antes que ella) de que la aburría y de que sus gustos, sus aspiraciones y su estilo de vida eran rigurosamente incompatibles. Se resistía a resignarse, pero no estaba ciego y en el fondo sabía que Oona, abandonada por su padre, sería incapaz de querer nunca a nadie, tal como ella misma había tenido la extrema delicadeza de advertirle en su boardwalk de Jersey girl.

–¿Qué haces con esas estúpidas? –soltó Jerry una noche en que no pudo contener más su irritación–. Tus amigas son incultas. Sólo piensan en empinar el codo y casarse con un millonario. ¿No ves que tienen la cabeza hueca?

–Su compañía me tranquiliza –dijo Oona–. Me gusta que finjan estar siempre de buen humor, mis «Poor Little Rich Girls». Necesito airearme.

–Yo también, ¡dejando de verlas!

La falta de sueño marcaba las facciones de Oona. Cada dos por tres había una fiesta en casa de Carol, con un ponche servido con cucharón por criadas de uniforme blanco que previamente habían retirado la alfombra del salón; los padres estaban exiliados en el piso de arriba. Cuando iba a visitar a Jerry a altas horas de la noche, Oona tenía ojeras, el rostro apagado, los dientes grises por el vino tinto, el pelo con olor a ceniza. Éste es el aspecto que tendrá si me caso con ella, se decía Jerry. Tengo que perderla para que permanezca inocente en mi recuerdo. Los ojos de Jerry querían ser cínicos, pero nunca lo conseguían. Era ardiente a su pesar.

–Estoy harto de ver cómo te pudres viva –dijo Jerry.

–Para que deje de ver a mis amigos –dijo Oona–, tendrías que cortarme el teléfono. ¿Tienes unas tijeras?

–Nadie te obliga a salir corriendo cada vez que te llaman.

–¿Te imaginas que todos lleváramos un teléfono portátil en el bolsillo? Sería una pesadilla, un martirio. Nos molestarían todo el rato.

–¡No cambies de tema! Sabes perfectamente que una aberración así no existirá nunca: siempre necesitaremos un hilo para conectar a las personas entre sí.

El novelista posterior se encuentra en posición de contradecir a su ilustre personaje en este punto.

–¿Es posible tener una vida tranquila contigo? –preguntó Oona–. Quiero decir, sin pelearnos todo el rato.

–Soy más tranquilo que tú. Eres tú quien pierde el tiempo y me lo haces perder a mí de rebote, con esa panda de nictálopes triviales.

–Eres demasiado serio. Me encanta mi cansancio. Levantarme tarde. No pasarme la vida reflexionando. Es agradable dormir de pie. Los problemas resbalan... Son amigos míos, me quieren, son divertidos. Nos lo pasamos bien, ¿tan grave es?

–No te lo pasas bien, ¡mírate la cara! Se aprovechan de tu amabilidad para arrastrarte en su alcoholismo y sus chismes superficiales. La verdad es que eres incapaz de estar sola. Tienes miedo de encontrarte contigo misma. ¡Huyes de ti como de la peste!

–Vale, vale, ¡menudo aguafiestas! Relájate un poco si quieres ser escritor. ¿Sabes cuánto champán bebía Fitzgerald en una noche? El suficiente para querer abrir al barman en canal y ver qué había en su interior.

–¿Y el barman estaba de acuerdo? Te diré una cosa: ese barman soy yo, ¿entiendes? ¡Y yo me niego a que me abras el alma en canal! ¡Adiós!

Jerry se iba, pero siempre volvía, y Oona lo sabía. Podía resistir muchas tentaciones, pero no el sufrimiento infinito que le infligía Miss Oona O’Neill. «¡Ay, el sufrimiento! ¡El sufrimiento de estar cerca de Oona y no poder inclinarte para besar sus labios abiertos! ¡El sufrimiento imposible de expresar!» Esta vez, sin embargo, Oona consiguió cogerlo por el brazo.

–Tendrías que hacer como yo –dijo–. Tener una conversación frívola y así reservar lo esencial para tus libros. Lo que cuenta para un escritor es lo que escribe, no lo que vive.

–Me niego a perder el tiempo –respondió Jerry.

–Hablas como mi padre, el hombre más melancólico que he conocido en mi vida.

–Lo sé. Lo dijo en una entrevista: «Writing is my vacation from living» («Escribir son mis vacaciones de vivir»).

Cuando el Trío de amigas comía en el Oak Room, el restaurante del Hotel Plaza, entre las macetas de palmeras y los dorados centelleantes, parecían la viva imagen de las Andrews Sisters. De hecho, Truman Capote las llamaba «Rhum and Coca-Cola», y Jerry añadía: «Working for the yankee dollar», lo que equivalía a tratarlas de putas. Jerry estaba harto de salir con aquella panda de adolescentes alcohólicas, pero era la única manera que tenía de ver a Oona. Oona dormía cada vez más a menudo en casa de Carol Marcus, en el enorme apartamento de Park Avenue, donde los dieciocho criados la servían como a una reina, y nunca se separaba de sus dos «hermanas adoptivas», Carol y Gloria. A menudo la gente les preguntaba:

–¿Sois hermanas? ¿Trillizas?

–No, sólo somos sosias. Pero ya no sabemos cuál imita a cuál.

–Una por una somos horribles, pero juntas ¡somos la bomba!

La madre de Oona la dejaba dormir fuera de casa desde los quince años, ya que así tenía más tiempo para escribir y verse con su nuevo amante a escondidas de su hija. Este acuerdo tácito les convenía a las dos, sobre todo desde que Shane (hermano de Oona, cinco años mayor que ella) se había largado a las Bermudas a fumar porros.

–Mi madre se dedica a ligar y a deprimirse, mi padre vive en San Francisco y no contesta a mis postales... Veámosle el lado positivo: ¡soy la chica más libre de Nueva York!

La ciudad entera admiraba al trío de chicas, Oona, Gloria y Carol, que se vestían, se maquillaban, almorzaban, cenaban, bailaban, bebían y dormían juntas. Las tres resplandecían con sus ojos maquillados y la cuenta bancaria de sus padres. Jerry comprendió muy pronto que no había que interponerse entre ellas. No tenía otra opción que seguirlas como un caniche.

Su deporte preferido: subir y bajar la Quinta Avenida imitando el acento nasal de Mae West.

Gloria: «When I’m good, I’m very good. But when I’m bad, I’m better.»

Carol: «I’ll try everything once, twice if I like it, three times to make sure.»

Truman: «Good girls go to heaven, bad girls go everywhere.»

Oona (tapándose la nariz): «I used to be Snow White, but I drifted.»

Truman: «Ten men waiting for me at the door? Send one of them home, I’m tired.»

Traducir las ocurrencias de la legendaria Mae West no es moco de pavo, pero la presión de mis amigos francófonos me obliga a intentarlo:

«Cuando soy buena, soy muy buena. Pero cuando soy mala, soy mejor.»

«Lo pruebo todo una vez, dos si me gusta, tres para estar segura.»

«Las chicas buenas van al cielo, las malas a todas partes.»

«Antes era Blancanieves, pero me descarrié.»

«¿Que hay diez hombres esperándome en la puerta? Manda a uno a casa, hoy estoy cansada.»

Jerry no conocía citas de Mae West, pero contó la escena de una película en la que un enamorado desconsolado la persigue hasta su camerino. Ella suspira y alza los ojos al cielo mientras el tipo suplica: «Me hace perder usted la cabeza, desde la primera vez que la vi estoy loco por usted, ¿es que quiere llevarme al manicomio?» Mae lo mira con aire compasivo y contesta con calma absoluta: «No, mejor le llamo un taxi.»

La historia de Jerry hizo reír mucho a las chicas. No era inocente que citaran a la actriz: Oona la admiraba porque era la primera femme fatale que maltrataba a los personajes masculinos con tanta desenvoltura. Antes de ella estaba bien visto parpadear con ojos enamorados; con Mae West nació el concepto de hombre objeto (hoy se llama toy boy). Mae West revolucionó la condición femenina tanto como Simone de Beauvoir. A partir de Mae West, los chicos ya no se atrevieron a decir a las chicas «te quiero» por miedo a resultar ridículos o trasnochados.

Jerry no tenía los medios, pero como era el más viejo, pagaba a menudo la cuenta con el semblante cada vez más sombrío, refunfuñando contra la superficialidad de aquella asociación de malhechores. Al cabo de unas semanas, Oona continuaba negándose a acostarse con él y aducía falsas excusas para no verlo tan a menudo. Por ejemplo, le contaba con aire ingenuo que había pasado la noche bailando descalza en el jardín de los Vanderbilt, escuchando Moonlight Serenade, y hasta qué punto esa canción le había hecho pensar en él... y él se moría de rabia. He aquí el drama: a base de seguirla como un perrito, se había convertido en un perrito para ella. Por supuesto, cuanto más se le escapaba Oona, más la deseaba. Y cuanto más se dedicaba ella a divertirse, a beber, a sonrojarse, a jugar al gin-rummy en el Stork con tipos viejos y a reírse luciendo su bonita dentadura, más se enfurruñaba Jerry en su rincón, triste y taciturno como una gran cigüeña manchada de petróleo.

–Eres un lunático –dijo Oona–. Estás contento y al segundo estás triste. Dentro de sesenta años dirán: eres bipolar. Pero de momento eres simplemente imprevisible, como mi padre.

–Eres tú quien me deprime –respondió Jerry–. No sé qué he visto en ti. No puedes proclamarte Irlandesa Dislocada y que al mismo tiempo te importe un comino lo que ocurre en Europa.

–Vaya, ya estamos, ya vuelve a hablar de la guerra. Ojo, se avecina una discusión.

–¿Quieres divertirte como si no hubiera existido la crisis? Hoy todas las flappers son indigentes o se han casado, y tu padre lo ha comprendido: si sus obras son tan siniestras es porque todos los que andaban de fiesta se suicidaron en 1930. Ya no es momento de reír, ahora lo que funciona es la desesperación, lo que vende es el miedo.

–Sí, siento mucho haber nacido en 1925. Recuérdame que corrija mi fecha de nacimiento.

–La fiesta terminó cuando tenías cuatro años.

–Y la guerra empezó cuando tenía catorce. Genial. Gracias por la lección de aritmética. Aun así, no voy a dejar que Hitler arruine mi juventud, ¿verdad?

Jerry cavilaba:

«Tengo que centrarme en dejar de ser invisible. Quiero ser amado por esta niña a la que odio. Quiero que el desprecio cambie de bando. En lo que escribo, tengo que ser más monstruoso que ella. ¿El amor? Por favor, nada de términos obscenos, estamos entre gentlemen. Al principio hubo, como mucho, cierta curiosidad por ambos lados. ¿Puede hacerme daño esta persona? El amor es la utopía de dos egoístas solitarios que quieren ayudarse mutuamente para que su condena sea soportable. El amor es una lucha contra el absurdo a través del absurdo. El amor es una religión atea. Si es temporal, ¿dónde está el problema? Al fin y al cabo, la vida también lo es. Dios mío, cómo la odio cuando la veo, pero es mucho peor aún cuando no la veo...» Para una descripción realista de lo que le pasaba a Jerry por la cabeza habría que releer este párrafo en bucle.

Entonces Oona lo miraba sonriente y Jerry dejaba de pensar para contemplar los hoyuelos excavados en el óvalo de sus mejillas. A veces Oona tomaba conciencia de su poder; Jerry ya no conseguía ocultarle que había ganado el combate. Ansiaba que llegara otra guerra que lo liberara de la que perdía todas las noches.

Al final, Oona dejó de entregarle sus besos. Jerry trataba de deslizar la lengua en una boca cerrada. Lo más doloroso era su delicadeza. A veces Oona permanecía toda la noche echada a su lado, vestida de pies a cabeza, inmóvil, silenciosa y deprimida, y para no herirlo se dejaba acariciar los pechos sin moverse. Una chica guapa petrificada por el desamor es quizá la peor humillación que puede sufrir un hombre.