Si la luna es redonda y amarilla como una rodaja de limón es porque la vida entera es un cóctel. Las olas atlánticas rompían en la arena infatigablemente, con una respiración continua, un rugido líquido que envolvía el ruido de los pasos de Jerry y Oona sobre las planchas del boardwalk en dirección al Martell’s Tiki Bar. Los silencios resultan menos embarazosos a la orilla del mar.
Permitidme que traduzca un extracto de un relato inédito en nuestra lengua,3 publicado por la revista Esquire en septiembre de 1941 y titulado «El corazón de una historia quebrada». En él, según mi opinión, J. D. Salinger escribe lo que pensó de Oona O’Neill la primera vez que la vio. Es el primer texto en el que da con el tono que configurará El guardián entre el centeno al cabo de diez años.
«Shirley estaba leyendo un anuncio de cosméticos en el tablero de la pared del autobús: y cuando Shirley leía, a Shirley se le aflojaba ligeramente la mandíbula. Y en ese breve instante en el que la boca de Shirley estuvo abierta y los labios estuvieron separados, Shirley fue probablemente la más fatal de todo Manhattan. Horgenschlag vio en ella un seguro curalotodo contra el gigantesco monstruo de soledad que le había estado rondando el corazón desde que había llegado a Nueva York. ¡Oh, aquella agonía! La agonía de estar controlando a Shirley Lester y no poder inclinarse y besar los labios separados de Shirley. ¡Aquella inefable agonía!»
La repetición de la palabra «agonía» es quizá un homenaje pueril a la repetición de la palabra «horror» al final de El corazón de las tinieblas, de Conrad.
«El corazón de una historia quebrada» imagina las diferentes versiones de un encuentro que no tiene lugar: las frases que el hombre enamorado es incapaz de pronunciar. «En una historia del tipo chico-conoce-chica, el chico debería conocer siempre a la chica.» Al final, Justin Horgenschlag le roba el bolso a Shirley con la esperanza de volverla a ver, es detenido y encarcelado, y desde la celda le escribe a Shirley cartas apasionadas, pero un guardia lo mata a tiros durante un motín. Jerry tiene esta visión del amor a los veintiún años, cuando sueña con Oona por la noche: el amor es más bello cuando es imposible, el amor más absoluto nunca es recíproco. Pero el flechazo existe, ocurre todos los días, en cada parada de autobús, entre personas que no se atreven a dirigirse la palabra. Los seres que más se quieren son aquellos que no se querrán jamás.
«Lo importante es amarla, Miss Lester. Hay alguna gente que cree que el amor es sexo y matrimonio y besos a las seis y niños, y tal vez sea así, Miss Lester. Pero ¿sabe qué creo yo? Creo que el amor es un chispazo y sin embargo no es un chispazo.»
Esta última frase no es fácil de traducir. Salinger escribe: «Love is a touch and yet not a touch», y no sé cómo trasladar esta expresión. ¿«El amor es atrapar y no atrapar»? ¿«Tocar y no tocar»? ¿«Conocer y no conocer»? ¿«El amor es alcanzar sin alcanzar»? Una cosa sí es segura: es una de las más perfectas definiciones del amor incipiente, y suena mejor en inglés. Recuerda al título de una novela de Hemingway: To Have and Have Not.
Es en «El corazón de una historia quebrada» donde Salinger inventa su estilo de tierno autoescarnio y el personaje de chico extraviado, romántico y patético que seducirá a los lectores del mundo entero en los años cincuenta. Antes de la guerra, Salinger ya alberga la idea del individuo abandonado en la gran ciudad, del eterno adolescente desamparado y perdido, egocéntrico y lúcido, pobre y libre, enamorado inoperante y frustrado empedernido que es el auténtico estereotipo de la condición humana occidental en el siglo XXI. (Salinger se mostró muy orgulloso de que su relato fuera publicado en Esquire por Arnold Gingrich, quien había hecho lo propio, cinco años antes, con tres fragmentos autobiográficos de Scott Fitzgerald conocidos bajo el título El crack-up.) Vivimos en la era salingeriana de la indeterminación orgullosa, del lujo sin un duro, del presente nostálgico, del conformismo de la revuelta endeudada. Tenemos una sed infinita de placer, de felicidad, de amor, de reconocimiento, de ternura. Una sed que nunca se verá calmada por el simple consumo ni consolada por la religión. Justin Horgenschlag hace una bella declaración de amor a Shirley Lester, pero antes ¡le ha birlado el bolso! Envía la carta desde la cárcel. Ella no le responde. (En el relato le responde educadamente, pero al final descubrimos que su carta es imaginaria.)
El mundo presente está habitado por seres horrorosamente independientes, acomplejados, insatisfechos; enamorados incapaces de amar, ovejas que se niegan a ser ovejas y aun así pacen, imaginándose al margen del rebaño; en definitiva, unos excelentes clientes para Freud, Buda, Fashion TV y Facebook.
Jerry Salinger no puede prever todo este futuro galimatías, pero siente confusamente que algo va a ocurrir cuando, en el verano de 1941, visita a una amiga de la madre de Oona O’Neill, Elizabeth Murray, cuyo hermano conoció en el instituto. Quiere volver a ver a Oona, su rostro de ángel, sus pómulos respingones, sus traviesos hoyuelos, sus ojos de cierva asustada. La chica le irrita un poco con su faceta «prensa rosa»: finalmente Oona ha sido elegida Glamour Girl del Stork Club y ha aparecido una fotografía suya, rodeada de viejos encorbatados, en la página seis de The New York Post. ¿Qué puede haber más vulgar que eso? Hoy en día, sería como aceptar participar en un reality show. Luego, la Debutante of the Year posa para varios anuncios en los que explota la notoriedad de su padre: «La magia de la crema facial Woodbury le permite a Oona O’Neill mantener todo su brillo y su frescor.» La rueda de prensa en el Stork es uno de los peores errores en la vida de Oona. En plena guerra, posa sosteniendo un enorme ramo de rosas rojas. Sherman Billingsley, el propietario del Stork, le pone un vaso de leche en la mano para no tener problemas con la policía. Un periodista poco informado pregunta a Oona a qué se dedica su padre... Sin perder la compostura, Oona responde: «Escribe.»
Otro periodista: «¿Cómo ha reaccionado a su elección como Debutante del Año?»
Oona O’Neill: «Lo ignoro y no me apetece preguntárselo.»
Otro periodista: «¿Qué opina de lo que ocurre en el mundo?»
Oona O’Neill: «Estaría fuera de lugar que diera mi opinión en un club nocturno mientras tiene lugar una guerra mundial.»
Al descubrir la fotografía de Oona en el Post, su padre hizo una única declaración pública: «Dios, ¡líbrame de mis hijos!» A continuación escribió una carta a su abogado (quien gestionaba la pensión alimenticia a Agnes O’Neill): «Oona no es ningún genio, sólo es una mocosa mimada, perezosa y frívola que, de momento, no ha demostrado nada fuera del hecho de que puede ser más estúpida y maleducada que la mayoría de las chicas de su edad», y luego otra carta muy cruel a Oona: «Toda esta publicidad de la que gozas es de mala calidad, a menos que tu ambición sea convertirte en una actriz de cine de segunda fila, de las que aparecen en los periódicos durante dos años y luego vuelven a la oscuridad de su estúpida vida desprovista de talento.»
Este retrato poco halagador no impide que Jerry vuelva a experimentar problemas respiratorios cuando se encuentra a Oona en la playa de Point Pleasant. Sabe que Oona ha leído a Fitzgerald, ¿y cómo resistirse al peligro de una joven morena de dieciséis años con buenos contactos que ha leído a Fitzgerald? Oona viste otra vez de negro, aunque en esta ocasión se trata de un pantalón y un picardías de punto que demuestran que no se para a pensar tres horas antes de vestirse para salir. Esa chica lo vuelve asmático. Se sientan en un bar a la orilla del mar con Elizabeth y Agnes, la madre de Oona. Su gracia infantil, su silueta esbelta, su tez lechosa le hacen apretar los dientes. Se ha fijado en que, cada vez que alguien le despierta ternura, ya sea un ser humano o un gatito, aprieta muy fuerte los dientes, como un sádico. Al principio es un fracaso. Imaginad que sois la it girl de Nueva York y vuestra madre os presenta a un tipo larguirucho que respira mal y aprieta los dientes. «Ya nos conocemos, ¿no se acuerda de mí?» No, no recuerda su primer encuentro en el Stork Club. Es la pregunta que no hay que hacer nunca a la gente que sale a menudo: «¿Te acuerdas de mí?» ¡Claro que no se acuerdan, atontado, cada noche se cruzan con trescientas personas! Jerry se siente humillado. Mientras las dos señoras piden té, empieza a hablar sobre sus cursos en la Universidad de Columbia y la clase de escritura de Whit Burnett, el director de la revista Story.
–Ah, ¿y cómo se porta con sus alumnos, ese famoso Whit? –pregunta Oona.
–Llega tarde a clase, lee en voz alta un relato de Faulkner y luego se marcha antes de la hora –dice Jerry.
Aquí se apunta un tanto, ya que Whit Burnett es amigo del padre de Oona, quien reprocha a su padre no haberse ocupado nunca de ella pero no puede reprimir una curiosidad enfermiza por todo lo que lo rodea. A Jerry le cuesta admitirlo: sí, Oona le atrae TAMBIÉN porque es hija de uno de los más grandes escritores norteamericanos vivos; no es muy honroso por su parte, pero ¿para qué negarlo? Está nervioso, acalorado, teme los silencios tímidos de la última vez, trata de impresionarla describiendo a Burnett, que le ha publicado su primer relato, «The Young Folks», en su revista.
–Me ha rechazado un montón de textos. Y entonces, de pronto, va y me da veinticinco dólares. ¡Es la primera vez que escribir me da dinero!
–Si alguien le paga por lo que escribe, o él es un loco o usted es un escritor –dice Oona con la suficiencia de una maestra de escuela que felicita a un buen alumno–. Sobre todo si ese alguien se llama Whit Burnett.
Durante los meses transcurridos entre el Stork Club y la playa de Point Pleasant, Jerry ha tenido tiempo de ponerse al día: ha leído todo Eugene O’Neill. Mete la pata al piropear a Oona por sus «piernas separadas», cuando quería decir sus «dientes separados», y al final Oona vuelca su vaso de cerveza sobre la mesa del Tiki Bar. Jerry estalla en carcajadas y seca el charco con la manga de su camisa. Por primera vez, Oona baja de su luna. Son dos extraterrestres con gesto ella enfurruñado, él intenso. La madre y su amiga han terminado su té con hielo y se levantan para volver a casa, al fin tendrán un momento tranquilo para beber alcohol a solas con la música de Benny Goodman de fondo, que carraspea en la radio. Oona se fija en los dedos largos y finos de Jerry. Le apetece tocar una de esas dos grandes manos posadas sobre la mesa: la palma parece suave; se dice para sí misma que le gustaría comprobarlo. A los dieciséis años, poner la mano encima de la de un chico no te compromete a nada. A los cuarenta, es más grave. Se dispone a hacerlo cuando él adopta un aire reprobador.
–Perdona que vuelva a sacar el tema, pero... ¿qué es esa historia de la Debutante of the Year? ¿Diste permiso para que el Stork Club se hiciera publicidad a tu costa?
–Mmm... No..., o sea, sí... Lo organizan unos amigos... Ya lo sé, es ridículo... Por culpa de esa mascarada ahora mi padre cree que me aprovecho de su nombre para divertirme y que me inviten en todos lados..., ¡lo cual es rigurosamente cierto! Él nunca está aquí, pero su nombre me sirve de algo, ¿no? De todos modos no me ha dirigido la palabra en su vida, así que si no me habla nunca más no cambiará nada. Por ejemplo, mira qué carta me ha enviado.
Saca del bolso un sobre escrito con caligrafía severa, el tipo de escritura que quiere demostrar su importancia sólo por la forma de las consonantes y las vocales. El típico sobre que te da miedo abrir porque te dices que debe de ser una inspección fiscal o una citación judicial. Oona lee el contenido en voz alta: «No quiero ni imaginarme en qué clase de chica te has convertido en el último año. Las únicas noticias que tengo de ti me llegan a través de la prensa rosa.» Las comisuras de los labios le descienden un centímetro. Levanta la cabeza y dice:
–Si tuvieras una hija, ¿le escribirías algo así?
–No lo sé, a lo mejor quiere impresionarte para que no te conviertas en una de esas furcias de la prensa rosa. Eso demuestra que la vida que llevas no le es indiferente, al contrario de lo que crees.
–Qué va, sólo piensa en sí mismo y en que ensucio el apellido «O’Neill», yo le doy igual, es el prestigio de escritor lo que teme ver mancillado en las crónicas del corazón. No puedes entender hasta qué punto le importo un comino, supongo que tus padres siguen casados...
–Si te ha de hacer feliz, puedo pedirles que se divorcien.
Oona se encoge de hombros. Jerry lleva un abrigo gris con cuello de terciopelo llamado Chesterfield, como los cigarrillos y los sofás. Es demasiado estrecho y los brazos le sobresalen por las mangas; es una prenda que empieza a estar un poco pasada de moda. Pero Jerry está más seguro de sí mismo que antes; la publicación de sus primeros textos le ha dado la confianza que le faltaba. Se toma por un personaje de novela. ¿Va a tirarse de cabeza? Se tira de cabeza:
–Oona, termina la cerveza, pide un vodka con martini y dime cosas importantes. No quiero chismorrear, quiero conocerte. ¿Qué coño pasó? ¿Por qué te abandonó? Dejar a la madre no significa dejar a la hija. Voy a decirte lo que creo: creo que tu padre es un gran creador de tragedias, incluso en su vida familiar. Ya no distingue entre su vida y su arte. Se ve en su última obra: habla de él, utiliza su infelicidad, es decir la tuya, para engendrar su teatro. En resumen, es un gran autor, pero una persona pequeña.
Oona está atónita. Normalmente todo el mundo le habla de su padre en términos elogiosos. Nota cómo le suben las lágrimas a los ojos, se lleva una mano a la boca, se levanta y sale del bar a toda prisa (no para huir de Jerry, sino para esconder sus resoplidos). Jerry paga la cuenta y sale detrás de ella. La agarra de un brazo, ella se vuelve y... a Jerry le parece que llora muy bien.
–Perdona –dice–. No quería atosigarte...; qué digo, sí quería atosigarte.
–No..., no pasa nada, tienes razón, lo único que ocurre es que estoy harta de que todo el mundo me hable siempre de él.
–Has sido tú quien ha empezado. No te tomes a mal que me interese por Gene. En realidad... en realidad eres tú quien me interesa. No hay nada de malo en ello, ¿entiendes? Me gustas, es así. Si quieres me voy ahora mismo y no me volverás a ver nunca más. Sólo tienes que decir una palabra y desaparezco.
–¿Qué palabra?
–Good bye.
–Eso son dos palabras. Quédate.
Oona comprende que vuelve a tenérselas con un pretendiente desconsolado. Le parecen penosos, es la peor categoría de seductores, aunque también son los únicos amables. Las demás categorías son: el violador pálido con tendencias suicidas, el Don Juan malvado, el chulo que presume de sus conquistas anteriores, el pasivo agresivo que insulta para provocar el rechazo que teme, el graciosillo antierótico y, por supuesto, el perverso narcisista, que junto con el homosexual reprimido es la categoría más dolorosa. Sea como sea, el pretendiente desconsolado es el más pesado de todos. «¡Qué bonita sonrisa tiene después de las lágrimas!», se dice Jerry. Le apetece morderle la lengua hasta hacerla sangrar. Le apetece hundir los dedos en esa boca inocente. Le apetece escrutar esa alma perdida de buena familia. Tiene la voz azucarada, ronca, áspera, melancólica. Es la clase de chica que habla contemplando el mar. Las gaviotas ladran, no lo digo en broma, en serio que hacen «guau, guau» como perros sobrevolando la playa en vuelo rasante. Escuchemos más de cerca qué dice Oona al borde del agua.
–A Gene..., o sea, a mi padre, no lo conozco. Lo he visto más veces en foto que en carne y hueso, te lo juro. No he leído sus obras. Cuando todo el mundo me habla de él, hago como si supiera de quién hablan, pero en realidad no tengo ni idea de quién es ese tipo que me dio la vida. Llevo el apellido famoso de un desconocido que posa en los periódicos y me reprocha que haga lo mismo. Cuando se fue de las Bermudas, yo tenía dos años. Se largó para ensayar una obra titulada Extraño interludio... Ya ves. ¡Eterno interludio habría tenido que titularla! Siempre he tenido la sensación de ser una molestia para él; nunca ha soportado a sus hijos, siempre nos ha considerado una carga. Si me lo cruzara por la calle ahora mismo, no sé ni si me reconocería... Bah, a la mierda.
Mira a Jerry, deja de mirarlo, y la barbilla empieza a temblarle de forma incontrolada. Se reprocha no ser nunca capaz de hablar de su padre sin venirse abajo.
–¿Comprendes ahora por qué evito el tema? –dice Oona–. Es ridículo, con el tiempo tendría que poder controlar las emociones. Bah, a la mierda, ¡al final habrá conseguido joderme toda la vida!
–No consigo decidir si te prefiero cuando lloras o cuando sonríes –dice Jerry.
–Al menos espero que prefieras hacerme sonreír –dice Oona–. Si no, no nos entenderemos.
–Entonces, ¿quieres que nos entendamos?
–Tranquilo, gran Jerry, por supuesto que nos acostaremos esta noche, así te lo quitarás de encima y podrás pasar a la siguiente.
Sonríe de nuevo, con crueldad. Ha recobrado la compostura. Jerry no dice nada. ¡Qué fuerte es! Enclaustrada en su dulce soledad de adolescente de la high society, orgullosa de su aflicción y de su medio. Oscila entre la ternura y el cinismo de un modo irresistible. ¿Lo hace adrede? Una chica es algo que se abre y se vuelve a cerrar: la cuestión es dar con la contraseña correcta. Cuanto más guapas, famosas y mimadas son, más cuesta descifrar el código de entrada. Seducirlas exige sofisticadas habilidades de espionaje que Jerry no adquirirá hasta dos años más tarde, en 1943, en los servicios de información del Regimiento n.º 12 de la IV División de Infantería.
Caminan a lo largo de la playa hacia el espigón. El océano Atlántico sigue rugiendo como música de fondo, lo que resulta práctico para llenar las conversaciones. Las gaviotas ríen, parece que se burlen de esa pareja tan desigual, el gigante moreno y el pequeño elfo. El viento arrastra granos de arena que se les posan en el pelo y las cejas. En una película podríamos seguirlos con un largo travelling hacia atrás. Este recurso estilístico, muy utilizado por Woody Allen, se llama walk and talk. Suerte que, al final, Oona vuelve a hablar, porque andar en silencio da un toque más bien propio de Bergman.
–Oye –dice Oona–. Antes, cuando he dicho que no me acordaba de habernos conocido, te he mentido. Sé quién eres: el gigante misterioso del Stork. Hablamos a menudo de ti con el Trío de las Huérfanas. Truman te ha apodado «El Que Desaparece Antes De Que Llegue La Cuenta».
–¡Cómo! ¡Pero yo creía que invitaba la casa!
–¡Que sí, que te tomo el pelo! A Capote le gusta meterse con la gente que le gusta, es su manera de demostrar afecto. He leído tu relato, «The Young Folks», en Story. ¡Me pareció como si hubieras tomado notas sobre nuestra velada!
–Tomé notas sobre nuestra velada.
–¿Puedo hablarte con franqueza?
–Mmm... Esa pregunta siempre tiene algo de inquietante...
–Lo que escribes es divertido, pero no se acaba de ver adónde quieres ir a parar. Es un diálogo de sordos, el chico y la chica se rondan pero no llegan a encontrarse, ¿es eso? ¿Y a qué viene? Aparte de burlarte de la juventud dorada y contarnos que los jóvenes con pasta son todos unos cretinos que sólo piensan en empinar el codo y ligar...
–¡Sí, eso es! Has entendido perfectamente mi mensaje.
–Vale, pero en ese caso Fitzgerald ya lo ha hecho antes que tú, y mejor.
–Estoy empezando...
Jerry no consigue ocultar su humillación. Suspira mientras se pasa la mano por el pelo con los dedos separados, un gesto que pretende significar: «estoy por encima de todo eso», pero que Oona descifra como: «¿quién se habrá creído que es esta pequeña zorra?». El viento que azota las velas de Point Pleasant silencia ahora el grito de los perros voladores.
–Vale –continúa ella–, te estás entrenando. Pero no pongas esa cara, es genial que te hayan publicado a tu edad. ¿Sabías que Truman se puso verde de envidia cuando supo que habías publicado antes que él? Creí que había pillado una hepatitis... ¿Sabes qué dijo? «Lo que cuenta no es que te publiquen, es que te publique The New Yorker.»4
–Capote parece un feto.
–¡No está bien criticar a las personas bajitas! –exclamó Oona partiéndose de risa.
–No es ninguna crítica, es una constatación: ese ser humano no está terminado, a menos que sea un trol. Como trol es un éxito total.
–¡Deja de meterte con mi mejor amigo, señor Desaparezco Antes De Que Llegue La Cuenta!
Continuaron charlando mientras andaban y andando mientras charlaban. Jerry fue a buscar dos cervezas más al chiringuito, y una bolsa de palomitas. Se las lanzaron a las gaviotas, que las atrapaban al vuelo. Oona reía sonoramente mientras bebía de la botella, como la madre de Jerry –medio irlandesa–, y a lo mejor eso era uno de los motivos de su atracción por ella. Las irlandesas tienen algo especial. Sexis como las inglesas, pero más vivaces, menos esnobs, más auténticas, menos altivas. Ríen más fuerte, tienen los pechos más grandes y más pecas en las mejillas. También beben más. Un organillo se puso en marcha a su lado.
–¡Socorro! –exclamó Oona–. Odio la música de autómata.
Se alejaron de la máquina a manivela –un ancestro del tecno– y se acercaron a una sala de baile con farolillos donde una banda de jazz tocaba swing.
–Hace demasiado calor para bailar –dijo Oona.
–Suéltate el pelo.
–Si me lo suelto, me vuelvo demasiado guapa. Así que no puedo permitírmelo esta noche.
–¿Por qué?
–Porque entonces todos quieren acostarse conmigo. Nos estropearía la velada.
Jerry no sabía bailar, así que bailaron mal, pero bailaron mucho. El sexteto tocaba bajo los farolillos con solos alternados; los instrumentos, plateados o dorados, brillaban bajo las bombillas de colores. Oona se puso una flor en el pelo. Jerry llevaba el suyo engominado por el sudor. Se quitó el abrigo y sus cuerpos se entrelazaron. En esa época, bailar era el único modo legal de acercarse a alguien. La orquesta rugía más fuerte que el mar. El baile liberó la cabellera de Oona: el moño se soltó y empezaron a lloverle cabellos sobre los hombros. La flor cayó al suelo y la pisaron salvajemente mientras cantaban «I can’t dance, got ants in my pants», que significa «No puedo bailar, tengo hormigas en los pantalones» (en aras de la corrección, no traduciremos la continuación de la letra:
Let’s have a party,
Let’s have some fun,
I’ll bring the hot dog
You’ll bring the bun).
Extenuados, eufóricos por haber transformado su timidez en sudor, volvieron a sentarse frente a las dos cervezas, ya templadas, que les dibujaron dos bonitos bigotes blancos.
–¿No te gusta gustar? –preguntó Jerry.
–No. Lo que me gusta es esto –respondió Oona.
Reía de sus propias bromas, pero no por autocomplacencia, sino más bien porque temía no resultar divertida. Jerry nunca sabía si Oona hablaba en broma o en serio.
–Bailas casi tan mal como yo, y sabe Dios que eso es difícil –dijo Oona.
–Tengo ganas de besarte, así que bailo mal para que podamos volver a sentarnos rápido.
Oona fingió no haberlo oído, pero al cabo de unos segundos se sujetaban por la cintura afuera, uno junto al otro. Oona le reprochó el perfume y el corte de pelo.
–Sólo piensas en seducir a miles de chicas –dijo.
–¿Quieres casarte conmigo? –preguntó Jerry.
–Jamás en la vida. ¡Eres demasiado joven!
–Mira qué tengo en el bolsillo. Creo que te pertenece.
Jerry hundió la mano en el abrigo y sacó el cenicero del Stork Club. Al reconocer el objeto, Oona soltó una carcajada todavía más fuerte y se sonrojó por primera vez aquella noche. Jerry frunció el ceño como un policía:
–Miss O’Neill, es usted culpable de robo de cenicero con nocturnidad.
–¡Oye! Técnicamente no soy yo quien lo robó: eres tú quien salió del Stork con ese pedazo de porcelana en el bolsillo.
–Cosa que me convierte en un encubridor clandestino. Gracias por el regalo. Tranquila, si me hubiera detenido la policía no te habría delatado. Habría ido yo solo a Sing Sing. ¿Crees que me habrían dejado llevar la máquina de escribir?
–Si me invitas a un cigarrillo podremos meter ceniza en este recipiente.
–Buena idea.
Se oyó el chasquido de una cerilla; dos farolillos rojos más en el crepúsculo. Jerry se fijó en que Oona no se tragaba el humo. Cada vez duraban menos sus silencios. El aire era templado, la noche se extendía sobre la arena, las farolas del paseo se iban encendiendo una tras otra, como una guirnalda. Pasaron por delante del cine de la playa, donde ponían Lo que el viento se llevó.
–Mira –dijo Oona–, ¿y si entramos?
–Ya la he visto –dijo Jerry.
–Dicen que es mejor que el libro.
–Bah... No veo qué tiene de interesante que nos encerremos tres horas en la oscuridad cuando puedo mirarte. Eres mejor que Vivien Leigh. No tienes más que cerrar los ojos e imaginarte que soy Clark Gable y que acabo de regalarte un ridículo sombrero francés.
–¿Sabías que Scott Fitzgerald trabajó en ese guión?
–No debieron de conservar gran cosa. Pobre diablo, ya sabes que me dio pena su muerte.
–Escucha, Jerry. Creo que me apetece que me beses, pero con una condición: que no tenga consecuencias.
–Sinceramente, ¿tengo pinta de ser un tipo que asume las consecuencias de sus actos?
Jerry se inclinó hacia Oona, pero no se atrevió a ir hasta el final. Fue ella quien se puso de puntillas para completar el trayecto. De pronto se sintió elevada por los aires, en sentido literal y figurado. Se besaban, ella levitaba y él la sostenía. El vértigo no estaba previsto: ese primer beso habría podido tener regusto de tabaco frío, pero como la nariz de Jerry aspiraba el pelo perfumado de Oona, le quedó para siempre su sabor azucarado, y ella inspiraba intensamente en el cuello de él un aroma de jabón a la canela. Cuando dos lenguas se tocan, a veces no ocurre nada. Pero a veces sí ocurre algo... Oh, Dios mío, ocurre algo que te da ganas de fundirte, de desintegrarte, es como si entraras en el otro con los ojos cerrados para ponerlo todo patas arriba. Jerry la sujetaba contra su boca en apnea. Cuando la posó sobre el boardwalk, Oona sólo tenía un deseo: volver a despegar.
–Todo esto es totalmente normal.
–Mmmm, sí, totalmente. ¿A lo mejor deberíamos volver a empezar?
Y era muy agradable volver a empezar. Volvieron a empezar muchas veces. Y cada vez que Jerry la besaba, ella tenía la sensación de alzar el vuelo y él de caer al suelo. Era un milagro que todavía se sustentasen de pie. Una proeza tan excepcional como este imperfecto de subjuntivo.
–Vaya, vaya. ¿Y si en lugar de ver la guerra de Secesión vamos a tu casa a beber botellas de vodka y escuchar discos de Cole Porter? Que nadie piense mal: nos quedaremos en el salón. Tu mamá subirá a acostarse y bailaremos Moonlight Serenade.
–Déjame decirte que Moonlight Serenade no es de Cole Porter, sino de Glenn Miller. En segundo lugar, no tengo vodka en casa, sólo vino blanco. Y en tercer lugar, he mentido cuando he dicho que me acostaría contigo.
–Ya lo sé, Adorable Muerta de la Mesa Seis.
–¿Cómo? ¿De qué hablas?
–«The Lovely Dead Girl at Table Six», es el título del relato que estoy escribiendo. Espero que me lo publique The New Yorker.
–Estás loco.
–También lo sé. ¿Tienes hambre?
–Nunca.
–¿Por qué yo?
–¿Cómo?
–¿Por qué me has elegido a mí? Tienes a todo Nueva York a tus pies.
–Yo no te he elegido, me dejo hacer, que es distinto. No pongas esa cara. Y vuelve a besarme antes de que cambie de idea.
Me permito recordar a los efectos oportunos, aunque es un inciso que tiene su importancia, que durante esa noche Churchill suplicó a Roosevelt que entrara en la guerra para cercar a Hitler, que invadía Rusia.
En el salón de la vieja casa de Point Pleasant, Jerry y Oona inventaron un juego: obedecer a las canciones. Por ejemplo, escuchar Night and Day ... «Only you beneath the moon and under the stars» bajo la luna y las estrellas, Smoke Gets in Your Eyes echándose el humo de los pitillos en los ojos, Cheek to Cheek pegados mejilla con mejilla, etcétera. Por suerte, Oona no tenía el disco de Stormy Weather.
Su madre, Agnes Boulton O’Neill, era muy liberal, confiaba en Oona y, de todos modos, no tenía ninguna autoridad. Como muchas madres que se divorciaron cuando no lo hacía nadie, se sentía tan culpable del fracaso de su matrimonio que a su hija se lo perdonaba todo. Jerry no podía creerse que estuviera ahí, en ese salón de oscuros cortinajes, con la famosa Oona O’Neill, durante horas, a solas con la adolescente más guapa de Nueva York, que sostenía un vaso en su mano blanca, que lo miraba, lo escuchaba, le respondía. Sabía que era una ocasión rara, que quizá no se repetiría nunca (y en cierto modo tenía razón, pues aquella noche no se repitió jamás).
–Pero ¿por qué no me has llamado ni una vez? –preguntó Oona.
Jerry no podía responder que no tenía teléfono en su habitación de estudiante.
–Quería escribirte una carta que hiciera que te enamoraras de mí –dijo.
–Deja de tomarme el pelo.
En algunos momentos, Jerry tenía la impresión de comprenderla cada vez mejor, de gustarle de veras, y de repente, ¡zasca!, Oona volvía a cerrarse durante media hora, no quería besarlo, no decía otra cosa que: «el cuerpo de las personas me repugna», o «de todos modos, eres como los demás», o aun «lo que te interesa de mí es mi padre» (a lo que él replicaba que la única obra maestra de Eugene O’Neill era su hija). Esos instantes en que lo ponía a prueba eran terribles: de pronto, como en el Stork Club, Jerry experimentaba el impulso de levantarse y volver a casa solo, se sentía como una Gran Mierda Desgarbada. Ya no «El Que Desaparece Antes De Que Llegue La Cuenta», sino más bien «El Hombre Que Está Harto De Que Lo Maree Una Pequeña Calientabraguetas». Y cada vez que Oona notaba que había ido demasiado lejos, volvía a ser dulce, amable y simpática. Probablemente, la ducha escocesa se inventó en Irlanda.
–No quiero la vida que han previsto para mí, ¿entiendes, Jerry? La vida de la gente me parece... Es imposible, no lo conseguiré, quiero otra cosa. Si la vida es eso, entonces... no es suficiente.
–¿Y qué quieres?
–Quiero ser la chica más feliz del mundo.
Oona pronunció la frase como si hubiera dicho «a todo condenado a muerte se le cortará la cabeza». Era un veredicto sin apelación.
–Voy a empezar a hacer teatro, ¿sabes? –prosiguió–. Cheryl Crawford, la directora del Maplewood, se ha fijado en mí. Por eso lo de la Debutante, la Glamour Girl... Es como cuando nos hemos besado antes, me dejo llevar. Es ridículo, lo sé, pero es mejor que continuar estudiando memeces que nunca me servirán para nada.
–En el fondo, no eres más que una starlet...
–¡Vale, cállate ya, Poeta Maldito! No, es que me da miedo la larga existencia que nos espera, no sé qué hacer con ella. Tengo la sensación de encontrarme ante un precipicio. ¿Acaso tú sabes qué hacer exactamente con tu vida?
Estaba apoyada en la balaustrada, frente al mar rugiente, como si contemplara su porvenir infinito, como si el océano fuera el futuro que tronaba contra ella, formando olas malvadas que estallaban en manojos de espuma.
–Sí, sé que quiero escribir la Gran Novela Americana –dijo Jerry–. Nada más. Quiero mezclar la emoción de Fitzgerald, la concisión de Hemingway, la violencia de tu padre, la precisión de Sinclair Lewis, el cinismo de Dorothy Parker...
–Vaya, modestia aparte, ¿no?
–Ya. Mira, el que sea humilde mejor que no escoja el oficio de escritor.
–Aun así, has olvidado citar a la mejor.
–¿Quién?
–Willa Cather.
–Ah, sí. Soy pretencioso, ¡pero no hasta ese extremo! Ella y las hermanas Brontë son insuperables.
–¿Escribirás papeles para mí?
–Sí. Papeles de tía exasperante que no sabe qué quiere en la vida. No me extraña que pienses en dedicarte al teatro, actúas todo el rato.
–¿Ah, sí?
–Sí: finges ser ingenua, pero no lo eres.
–¡Idiota! Lo único que ocurre es que no me gusta poner mala cara, como a ti.
–Tu tristeza... asoma tarde o temprano, siempre encuentra una salida. En eso radica tu encanto: te pasas la vida sonriendo, pero tus ojos gritan socorro.
Oona cambió de tema. Esa chica era una máquina de guerra. Si uno se para a pensarlo, es horrible esa injusticia que hace que las chicas de dieciséis años sean siempre más maduras que los chicos de veintidós.
–Para escribir tendrás que encontrar un lugar tranquilo, fuera de la ciudad –continuó Oona–. Mi padre escribe en una cabaña al fondo de su jardín.
–¿Ah, sí?
–Ya lo creo. Odia a los periodistas y no sale nunca. Un escritor no vive en el mundo, se encierra en una casita para trabajar, de lo contrario no es un escritor, es un bufón. La expresión «escritor neoyorquino» es una contradicción en sus términos.
Lo ponía a prueba a cada instante. Siempre hay un momento en el que un hombre enamorado se siente como un parado en una entrevista de trabajo. Jerry trataba de ganar puntos en cada frase. Cuando Oona sonreía, para él equivalía a un billete de lotería premiado. Tenía que reprimirse para no gritar «yess!». Oona tiró el cigarrillo hacia el jardín; a los pocos segundos era imposible distinguirlo entre los numerosos gusanos de luz que transformaban el césped en una galaxia.
–Es normal que te hagas esas preguntas sobre el futuro –continuó Jerry–. Pero yo no puedo permitirme ese lujo. Olvidas la guerra. Nuestro país envía dinero y armas a Europa, pero no será suficiente, muy pronto enviaremos hombres y yo iré ahí a morir.
–¿Vas a ir, soldado? ¿Para defender la libertad? A mí me da igual ser libre. No me interesa la libertad. Estoy a favor de la esclavitud.
–Deja de decir tonterías, ¿estás borracha o qué?
–Una O’Neill nunca está borracha –dijo Oona, alzando el índice de la mano derecha y la botella en la mano izquierda–. Bueno, vale, a lo mejor un poquito. Abramos otra botella... a la saluuud de los guerreroooos de la libertaaaad.
–Durante la guerra no me quedaré escondido en casa de mis padres, eso seguro.
–Eres mi héroe. Te acompañaré hasta el barco y agitaré mi pañuelo de encaje desde el muelle.
Esta vez, Oona apoyó suavemente la cabeza contra la barbilla de Jerry. Jerry trataba de aparentar seguridad, pero se sentía tan frágil como esa nínfula de dieciséis años repleta de interrogantes irresolubles. Cada vez que le ponía la mano en la cintura para bailar era como si apretara un interruptor: tocar la lana negra hacía que se entreabrieran automáticamente los labios de Oona, y cuanto más fuerte agarraba la cadera, más se abría la boca. Un sistema muy práctico. Fuera, el aire olía a perrito caliente, a patatas fritas, a mar yodado, a sábado por la noche. Qué monada de pareja, me encanta imaginármelos en la terraza de esa vieja casa de Nueva Jersey, con la luna reflejándose a lo lejos sobre el océano..., mientras yo escribo todo esto sentado al otro lado de ese mismo océano, en Biarritz. Estamos frente a frente, los contemplo a pesar de los setenta años que me separan de esa velada del verano de 1941, a pesar del Atlántico, a pesar de que estén muertos, veo cómo se buscan y se besan como si masticaran fruta madura, colmada de sabia... Besarse y pelearse, ése es el secreto de la felicidad. «Love is a touch and yet not a touch.»
El amor es tener y no tener. Cuando Werther toca por azar el pie de Charlotte, no lo hace adrede; es algo que cuenta y al mismo tiempo no cuenta. El amor nace de una caricia involuntaria, de un derrape no controlado. Es como cuando hablas con alguien por teléfono: la persona está ahí sin estar ahí.
El amor es fingir que te da igual, cuando no te da igual. Es buscarse sin encontrarse. El jueguecito, si se practica bien, puede ocupar toda una vida.
Bailan una lenta. Es muy raro que dos personas que bailan una lenta quieran lo mismo: por regla general, una quiere acostarse con la otra, mientras ésta espera educadamente que termine la canción volviendo la cabeza...
Acaba de ocurrir un suceso extraño. Mientras me imagino a Jerry Salinger y Oona O’Neill en Point Pleasant, decido hacer un descanso, enciendo el televisor y... veo la playa de Point Pleasant, asolada. Un huracán llamado Sandy acaba de atravesar el lugar. Las planchas del boardwalk donde Jerry levantó a Oona en sus brazos han volado como briznas de paja y han quedado apiladas como un juego de mikado, las piscinas de los chalés se han llenado de arena, la noria ha caído sobre la playa y algunos barcos han ido a parar a los tejados de las casas, a los jardines, junto a los toboganes azules y los árboles arrancados; algunos coches han entrado en las salas de estar a través de la ventana, transportados por dos metros de agua; las calles son lagos. En medio de una rotonda se ha posado un piano de cola, un contenedor volcado bloquea la carretera. Todos los vehículos se han convertido en submarinos, los postes eléctricos se han roto como cerillas. Extraño azar: justo cuando decido contar un flechazo en Point Pleasant, un ciclón bombardea el lugar. En octubre de 2012 ya no queda nada del decorado del verano de 1941.
Unas horas, dos botellas de vino blanco y una cajetilla de cigarrillos más tarde, a Jerry y Oona les daba vueltas la cabeza. Es el efecto que suele experimentarse cuando uno se enamora por primera vez en la vida. Te sientes tan bien que estás agotado, y de pronto temes no estar a la altura: ése es el momento de marcharte. Oona retomó la palabra volviendo a levantar el índice con gesto solemne:
–Soldado Salinger, nunca he tenido tanto miedo de nadie –dijo–. Tienes cara de asesino.
–Tienes razón: voy a estrangularte, así podré echarte de menos... y languidecer. Me gusta languidecer, es mi ocupación preferida. Pasé toda mi niñez languideciendo. De pequeño nadie me dedicó ningún cumplido, excepto «tiene unas piernas fuertes».
–Es cierto que tienes unas piernas fuertes. ¿Podemos languidecer a dúo?
–Por supuesto. Bienvenida al Club de los Languidecientes.
Bajo su piel marmórea, Oona tenía órganos palpitantes, complicados conductos llenos de sangre, bilis y ácido, detrás de esa cara vibraban músculos, nervios y huesos; Jerry quería pelarla como a una pera para ver las venas en carne viva, desfigurar aquel ángel para dejar de ser prisionero de su rostro, mascarla como un chicle de carne humana. Es innegable que, si no se hubiera dedicado a escribir, Jerry habría podido emprender una brillante carrera de asesino en serie. (De hecho, inspiró a unos cuantos.)
–A mí también me gusta languidecer –dijo Oona, girando el vaso entre las manos–. Cuando te vayas a la guerra, languideceré en vestido de noche. Seré ultraaustera, andaré cabizbaja y todo el mundo vendrá a consolarme. Tendré la mirada perdida, un médico me prescribirá bicarbonato sódico. ¡Ah, canalla, estoy impaciente por ser tu viuda!
Completamente borrachos, descubrieron que tenían el humor negro en común. En esa época nadie practicaba el humor gótico; Kurt Cobain y Marilyn Manson (dos futuros lectores de Jerry) no habían nacido todavía. Oona sabía permanecer totalmente inmóvil mientras decía cosas raras. Al fin y al cabo, quizá tenía razón en lo de querer ser actriz.
–Pronunciaré un discurso conmovedor en tu entierro –dijo Oona–. Te condecorarán a título póstumo. Elogiarán mi abnegación. Me estrecharán la mano con compasión. Estoy ansiosa por lloriquear sobre tu tumba, Jerry. Luego me casaré con un brasileño rico que, a cambio de las comodidades que me ofrecerá, obtendrá mi juventud y el aura intelectual de la hija de un Nobel.......... –Estos diez puntos suspensivos no bastan para expresar el malestar que siguió.
–Eres una auténtica puta. ¡Cómo me gustaría deshacerme de tu existencia! Sueño todas las noches con un mundo maravilloso en el que no habrías nacido. Cada segundo de mi vida es un infierno desde que te he conocido.
–Gracias. ¡Viva la guerra!
–¡Por la guerra!
Brindaron sin saber que muy pronto sus macabros deseos se verían satisfechos más allá de toda desesperanza. Luego Oona posó su vaso y empezó casi a estrangularlo con las dos manos, mirándolo fijamente, sin pestañear, como una hambrienta.
–Ya está, ya he empinado el codo lo suficiente para hablarte con franqueza. Vamos..., dilo..., sé que hay algo que quieres decirme desde hace meses..., venga..., te ayudaré..., repite conmigo... «I love you, Oona»..., vamos, estoy acostumbrada..., te sentará bien..., sólo son cuatro palabras... I, love, you, Oona.
–Te quiero, Oona. Mi vida entera está arruinada. Amarte es un suicidio, Oona. Estoy jodido, hundido. Nadie ha sido jamás tan feliz y tan miserable. Estás infamemente hecha para mí. Habría preferido que me amputaran las dos piernas antes que cruzarme en tu camino.
–Buenoooo. Muy bien..., ya te has desahogado..., ahora escúchame con atención. Acepto tu amor..., lo guardo con todo el cariño..., mírame bien a los ojos..., yo no sé querer, pero me apetece dejarme querer por ti, y únicamente por ti, y voy a decirte por qué: porque me escuchas como cautivado cuando no digo más que tonterías.
–¡Yo también podría ser actor! Trato hecho. Un día escribiré la novela más bella del siglo XX. Mientras tanto, deja que me ocupe de todo, little Oona. Quererte es fácil. Es algo inevitable, sin más. Incluso debería ser obligatorio.
Oona lo besó con los ojos cerrados, estrechándose contra él, con una exaltación exagerada. Supongo que aquí un novelista profesional describiría el paisaje oceánico que los rodeaba, y el viento, las nubes, los parterres cubiertos de rocío, pero no lo haré por dos motivos. Primero, porque a Oona y Jerry les importaba un comino el paisaje; segundo, porque no se veía nada, puesto que aún no había llegado el alba.
–Es curioso... Cuando me besas siento el mismo vértigo que en el ascensor que sube al Empire State Building...
–Eso es porque estás borracha, querida. ¿Sabías que si lanzas un penique desde lo alto del Empire State, cuando llega abajo, con la velocidad, es como si pesara doscientos kilos? Un penique puede matar a un peatón. Increíble ¿no?
–Oh, Señor, me da vueltas la cabeza, como si fuera a desmayarme...
De pronto Oona sintió una náusea, gritó «oh my God!», se precipitó dentro de la casa, subió las escaleras de cuatro en cuatro tapándose la boca con la mano y se encerró en el baño de arriba. La mezcla vodka-cerveza-vino siempre ha estado prohibida para la primera noche, pero los jóvenes no tienen por qué saberlo, ni siquiera cuando son de origen irlandés. Jerry oyó algunos hipos poco románticos tras la puerta del piso de arriba. Entró en la casa y se encontró solo en la planta baja, en el salón a oscuras. Acarició las novelas francesas de la biblioteca mientras se reprochaba haber contado esa mierda de historia del penique. ¿Irse, quedarse? No sabía cómo ayudar a Oona sin resultar inconveniente. La oía eructar: «¡Mi padre es el Empire State Building!» Su madre se despertó, salió de su habitación y se metió con ella en el baño. Jerry las oyó hablar.
–¿Oona? –gritó desde el pie de las escaleras–. ¿Quieres que te cepille los dientes?
Tras un largo instante en el que los mirlos empezaron a cantar en los árboles, Agnes, la madre de Oona, bajó a hablar con él.
–Oona no se encuentra muy bien, creo que debería irse, no desea que la vean en este estado.
Jerry se encontró tras la puerta cerrada sin haber tenido tiempo de decir nada más que «lo siento, dele las buenas noches de mi parte, mis respetos, señora». Antes de cerrar, la ex señora O’Neill (que también olía a alcohol) añadió sin agresividad:
–Le he dado bicarbonato. Va bien para todo, sabe usted, emblanquece los dientes, ayuda a digerir, incluso lo utilizo de máscara facial. Oona todavía es una niña, you know. Finge ser una mujer de mundo, pero en realidad es un pequeño bebé, hay que prestarle mucha atención. ¿Estamos de acuerdo en eso?
–Completamente de acuerdo, pero yo...
La puerta se cerró en mitad del balbuceo.
Como si él tuviera la culpa de que Oona no fuera capaz de superar su timidez más que borracha perdida. Había dado por sentado que una irlandesa aguantaba por fuerza el alcohol. Oona había conseguido hacerle olvidar que sólo tenía dieciséis años. Vio que amanecía. En verano, las noches son cortas en las playas de Nueva Jersey: el sol se pone; unas copas más tarde, vuelve a salir. Aquí, alguien como Sylvia Plath añadiría una frase fotosensible, del tipo: «El sol matinal, puro y simple, brillaba a través de las hojas verdes de las plantas de la pequeña vidriera y los motivos florales del diván de cretona aparecían cándidos y rosas a la luz de la mañana.» Me gustan estas pausas que dan al lector tiempo para respirar, beber o ir a mear. ¡Si supiera escribir así! Pero no, me limitaré a decir que el primer rayo de sol era de color malva y que era superbonito.
Andando solo por el paseo de Bradshaw Beach, delante del cine cerrado, frente a las olas brumosas y sonoras, Jerry se decía que nunca volvería a ser tan dichoso como esa noche. ¿Cuántas veces en la vida tiene lugar un encuentro completamente feliz? Una vez. Una sola vez, lo sabéis tan bien como yo.
Jerry se rascaba la cabeza mientras repetía en voz alta la misma pregunta: «¿Dónde me he metido, Dios mío?» Respiraba fuerte al tiempo que fruncía el ceño. Besar a la chica que más adoras del mundo es una victoria, pero si la chica vomita justo después, ¿cómo tienes que tomártelo? A lo mejor era la prueba de que la había conmovido. De que le revolvía el estómago, en sentido literal. O quizá era que le daba asco, de modo que a partir de ese día el nombre de Jerry Salinger sería sinónimo de náusea. No sabía si tenía que esperar que al día siguiente Oona se acordara de todo o que lo hubiera olvidado. Enamorarse es tener un nuevo problema por resolver. ¿Tenía que llamarla o escribirle una carta? ¿Cómo volverla a ver sin quedar como un pelmazo? ¿Cómo despertar la admiración de una niña mimada y admirada a su vez por la flor y nata de Nueva York? Jerry había entrado en guerra mucho antes que su país.