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Cuando nos enamoramos. Los laberintos del querer

1. EL INSTINTO AMOROSO: LAS RAZONES DEL QUERER

Desde que nacemos hasta que morimos ponemos en marcha una incalculable cantidad de proyectos, ideas, ambiciones, y múltiples afanes. Ese trasiego continuo de energía y sueños en el que consiste vivir no cuenta con mayor combustible ni razón de ser que el amor. Es el principio de todo, el motivo por el que estamos aquí y el norte que guía la mayoría de nuestros pasos, unas veces conscientemente, otras sin darnos cuenta, a lo largo de esta maravillosa aventura que es la existencia.

Precisamente por eso, por ser tan medular y decisorio en nuestras vidas, el amor es también uno de los principales generadores de sufrimientos y quebraderos de cabeza para hombres y mujeres. Lo recitan los poetas, lo susurran las parejas, lo cantan las coplas: el corazón tiene razones que la cabeza no conoce. Y en esa dificultad para entender los caminos por los que nos conduce ese impulso tan puro y sincero se nos va yendo la vida, entre instantes de felicidad absoluta y otros de lamentos.

No es casual que desde que la Fundación Eduardo Punset puso en marcha los servicios del grupo de Apoyo Psicológico Online (APOL), los asuntos del amor hayan sido los más solicitados y tratados, con muchísima diferencia, por los usuarios. No es casual porque, si algo somos por dentro, en última instancia, es amor.

Nos duele el corazón. Quien más, quien menos, todos hemos pasado por momentos en los que hemos sentido confusión o desasosiego a causa del querer, unas veces por su falta, otras por tenerlo y no entenderlo, y otras por no ser capaces de hacer compatible nuestro instinto amoroso con el de la persona amada. En ese terreno movedizo y complejo, difícil de tasar y medir, la ciencia se ha adentrado en las últimas décadas con la sana intención de identificar y explicar los resortes que lo ponen en marcha. No se trata de convertir al amor en una ciencia exacta, sino de comprender por qué nos pasa lo que nos pasa cuando sentimos lo que sentimos.

Y algo hemos avanzado en esa frontera del conocimiento humano. Sin que el misterio del amor haya sido desvelado, y reconociendo que su embrujo sigue fascinándonos y haciéndonos perder la cabeza como el primer día, hoy tenemos perfectamente localizado un completo menú de neurotransmisores, áreas cerebrales y mecanismos internos que dan relato entendible y razón de ser a ese mágico impulso. Esto no nos libra de sufrir por su culpa, ni nos previene contra sus trampas, pero nos sirve para saber lo frágil que es el terreno que pisamos.

Y la conclusión principal a la que llegan todos esos descubrimientos es que no albergamos en nuestro interior un instinto más poderoso, claro y natural que el amoroso. Somos un conjunto de seres montados a bordo de un planeta que gira a algo más de cien mil kilómetros por hora alrededor de una estrella. No exageramos si decimos que en ese viaje vamos cabalgando a lomos de un caballo, el amor, que nos lleva desbocados.

Es la fuerza que está presente en todas nuestras decisiones, de forma parecida a como participa en la lógica de la propia naturaleza. La voz que oímos cuando nos sentimos impelidos a acercarnos a la persona amada no dista mucho de la que movió a las dos primeras bacterias que se unieron para poner en marcha los primeros entes celulares y habla el mismo idioma que escuchan todas las especies animales cuando se lanzan a la aventura de la crianza. Es la fuerza de la supervivencia de los genes.

Después de escudriñar este impulso en multitud de estudios, sondeos y prospecciones, todos los psicólogos y neurólogos coinciden en señalar que la belleza y la juventud son los dos factores que más tiran de la atracción amorosa y sexual entre las personas. Moviendo ese campo magnético no hay otro motor que el interés de la especie por asegurarse la supervivencia, aproximándose allí donde hay mayores garantías de salud. Esto es fácil predicarlo de la juventud, pero ¿y la belleza? ¿Por qué nos atraen más los mejor agraciados? Y en última instancia: ¿dónde está escrito ese canon y por qué tiene esas medidas? ¿Cómo se decide quién es más guapo?

Tenemos un radar que detecta la belleza y nos hace dirigirnos hacia ella. Sin embargo, hemos dado por cierta la idea de que la estética es un territorio situado en el campo de lo subjetivo. Ya saben, aquello de «para gustos, colores». Sin embargo, hoy ya podemos afirmar que esto no es cierto: hay una serie de pautas que hacen que veamos más bella una cara que otra. En la Universidad de Tel Aviv (Israel) llegaron a computerizar ese mecanismo: tras introducirle a un ordenador las opiniones que un grupo de personas habían dado respecto al atractivo de una serie de rostros, la propia máquina era capaz de ordenar en más y menos guapos los nuevos rostros que se le mostraban, y sus resultados coincidían con las opiniones de los humanos.

Es decir: hay una serie de rasgos que estimulan nuestro instinto de atracción. En realidad, el poseedor de estas señales físicas anuncia que cuenta con unos genes estupendos para la reproducción. Los hombres altos y fuertes, con mentón y cejas muy marcados, delatan mucha testosterona en su interior, una hormona que va a ser muy útil para la fertilidad. De igual modo, se ha descubierto que las mujeres levantan más interés entre los varones cuando las medidas de sus caderas y sus cinturas guardan una relación de 0,7, un número que recuerda a la proporción áurea que se da en la naturaleza. Tampoco es casual: como recuerda Helen Cronin, filósofa de la ciencia y experta en darwinismo de la London School of Economics, esta combinación de cintura estrecha y caderas anchas es la más idónea para facilitar el parto.

Debajo de todos esos mensajes físicos hay uno más poderoso y sutil: delatan el grado de simetría orgánica del que disfrutan esas personas. Nuevamente, el interés por este factor no es caprichoso, sino que responde a razones poderosas, también relacionadas con la salud. La falta de simetría en los organismos vivos, desde las plantas a los humanos, está directamente implicada en la supervivencia, de modo que un mayor grado de asimetría, provocado siempre por mutaciones genéticas, es la promesa de una menor tolerancia a las enfermedades, las infecciones y los defectos fisiológicos. Desde un paramecio hasta un ser humano, contar con una morfología simétrica es garantía de una mayor supervivencia.

Estudios realizados con bebés confirman que éstos muestran mayor interés por los rostros más simétricos. De igual modo, aquellos hombres y mujeres con una fluctuación asimétrica más baja —es decir: con menores índices de desproporción física— son los que tienen más éxito a la hora de encontrar pareja. En realidad, como señala Randy Thornhill, biólogo evolutivo de la Universidad de Nuevo México (Estados Unidos) y experto en los mecanismos de la atracción sexual, son los genes los que están diciendo en esos lances: deseo acercarme allí donde me anuncian menos mutaciones, porque esto me hace albergar esperanzas de que mi descendencia también será más simétrica, y por tanto estará más sana.

De dictar esta orden se encarga toda una perfecta maquinaria que acaba emparejando el cerebro de un enamorado con el de un maníaco obsesivo. La química del amor se escribe con las letras de hormonas y neurotransmisores como la oxitocina, la vasopresina, la testosterona, la serotoninia y la dopamina. Los circuitos cerebrales responsables de generar sensaciones como el placer y el deseo experimentan fases de especial excitación en situaciones como el flechazo, el enamoramiento o el coito. Una estratagema bioquímica y neurológica se pone en marcha para que sintamos el impulso de ser fieles a la persona amada, nos encontremos recompensados al estar junto a ella y deseemos consolidar la pareja. No es casual que en los varones disminuya el nivel de testosterona cuando son padres, lo que les aleja de las tentaciones adúlteras y les concentra en la tarea de la crianza, ni que las mujeres liberen mucha oxitocina tras el coito, lo que refuerza el afecto con su compañero.

¿Esto quiere decir que todo en el amor lo dictan las sustancias y redes neuronales implicadas en las trampas de Cupido? No. Así como en los humanos influyen menos las feromonas a la hora de condicionar nuestra conducta sexual —son las servidumbres, o las ventajas, de contar con un sistema olfativo pobre y poco desarrollado—, somos una especie cuya complejidad cerebral ha sofisticado el mecanismo amoroso hasta llegar a tener en cuenta en él a factores como la memoria, la imaginación o el momento en el que se produce el encuentro.

Como recuerda Helen Fisher, antropóloga de la Universidad de Rutgers (Estados Unidos) y una de las mayores expertas mundiales en la investigación acerca del amor, en los humanos es muy importante el componente cultural en el proceso que desencadena el flechazo. Cada experiencia amorosa deja una marca en nuestro hipocampo, donde conservamos la memoria, y este guardián de los recuerdos va a estar vigilante el día que vuelva a desatarse la atracción por otra persona. Por eso es tan importante la predisposición emocional que uno tenga ante la posibilidad de enamorarse nuevamente. Sólo en la literatura romántica existen las pócimas del amor. En la vida real, aunque hoy conocemos sustancias y reacciones que antes ignorábamos, por suerte este mecanismo sigue siendo un misterio.

¿ES ENAMORAMIENTO O ATRACCIÓN?

Tengo cuarenta y cinco años, estoy casada y tengo una hija a la que adoro. Mi matrimonio nunca ha ido del todo bien. Con el paso de los años, el gran amor que le profesaba a mi marido ha pasado a ser indiferencia, y esa sensación me ha hecho sentirme libre y poderosa. Ya nadie puede hacerme daño de verdad. El problema es que hace un mes sentí un impacto irracional al notar la mirada de una persona. Creo que noté lo que llaman flechazo. Le conocía con anterioridad, y nunca había sentido nada hacia él, pero desde ese momento no puedo alejarlo de mi mente. Llevo dos semanas sin poder comer, duermo muy mal, a lo largo del día pienso en él constantemente. Trato de convencerme de que es homosexual, ya que está soltero con cuarenta y nueve años, y de darle una interpretación alternativa a esas miradas y atenciones que me profesa, pero no sé qué actitud tomar. No le conozco realmente tanto como para basar este enamoramiento en datos objetivos. Necesito unas pautas para aclarar mi situación.

Agosto de 2011

Responde: Nika Vázquez

Es muy común una confusión conceptual en torno al amor y la atracción. Se suele hablar de amor para referirse también al deseo sexual. Hay estudios que defienden el amor como mera intensificación de la atracción, mientras otros hablan de diferencias cualitativas entre ambos conceptos. Realmente no son lo mismo. A veces los confundimos por culpa de la idea del amor romántico, caracterizada por una pasión irresistible con sentimientos intensos, fuerte atracción física y actividad sexual.

En cualquier caso, mantener una relación de pareja es una elección personal. El bienestar, la seguridad y la autoestima tendrían que ser premisas básicas para estrechar una relación íntima con una persona, y luchar por esos principios debería ser una máxima en nuestra vida. Pararnos a analizar qué queremos conseguir es el inicio del cambio. Las redes sociales y el apoyo emocional que las personas que nos rodean nos pueden dar constituyen un elemento básico, permitiéndonos encontrar fuerza y energía para vivir en plenitud.

AMOR-PASIÓN FRENTE A AMOR-AFECTO

Soy una chica de treinta y dos años, llevo casi diez con mi pareja, dos de los cuales de casados. Hace unos meses conocí a un chico del que poco a poco me fui enamorando, hasta el punto de quedar varias veces para estar juntos. Él es el ideal de persona que siempre había querido: físicamente, psicológicamente, por su posición social… Pero ya me ha dejado claro que no quiere nada formal con nadie y lo único que le interesa es una relación pasional. Ahora he decidido olvidarme de esa persona e intentar centrarme en mi pareja, pero me resulta imposible. No lo veo como antes, siento que ya no estoy enamorada, pero no me imagino mi vida sin él. Me siento fatal, porque él me ama con toda su alma y yo quiero corresponderle, pero siento que no puedo. ¿Es posible volverse a enamorar de tu pareja?

Enero de 2012

Responde: Montserrat Soler

El hecho de que hayas abandonado una relación que quizá se caracterizaba por el amor-pasión, sin compromiso, puede ser el primer paso para volver a encontrar el amor-afecto que tenías. También te podría ser de ayuda renovar la mirada que tienes de tu pareja y de vuestra relación, centrándote en las actitudes y valores que compartís, la amistad, el compañerismo y el cariño. En el amor cuentan los componentes cognitivos, emocionales y pragmáticos. Es decir: lo que se piensa, lo que se siente y lo que se hace. El compromiso es una de las características del amor-afecto. El mantenimiento de la pareja requiere atención y cuidados constantes.

En el libro Sobrevivir a la pareja Linares y Campos comentan que cuando se ha dado la infidelidad en una pareja, si la valoración que hace el miembro que ha sido infiel es la de interesarse para recuperar y restaurar el vínculo, entonces hay que estimular el espíritu práctico y cuidarse de ganar espacios placenteros, sin forzar la marcha.

LA ATRACCIÓN SEXUAL EN UNA RELACIÓN

Tengo veinticinco años y desde siempre me he fijado en los chicos por su atractivo. La anterior relación que tuve me hizo llegar a la conclusión de que necesitaba a una persona que me quisiera por como yo era realmente y decidí que en el futuro no le daría tanta importancia al físico y valoraría la compenetración y el entendimiento. Hace casi tres años conocí a alguien muy especial, con quien sentí esa conexión de valores, y pensé que, a pesar de ser un chico normal físicamente, merecía la pena intentarlo. Cuando consigo no darle importancia al físico y disfruto de los momentos con él, soy feliz. Pero otras veces me gustaría aprender de verdad a apreciar a mi pareja por lo que me aporta y no ser tan superficial.

Junio de 2012

Responde: Noelia Sancho

Lo que estás proponiendo es fomentar la atracción interpersonal en tus relaciones, por encima de la atracción sexual. Esto no es negativo, pero es probable que en las relaciones sentimentales o sexuales que quieras establecer la atracción sexual también sea importante. Ha existido a lo largo de la historia para garantizar la procreación y la evolución de las especies y ayuda a que se establezca la unión con otro ser y sea posible la reproducción. Piensa que la atracción interpersonal tiene ingredientes para hacer una relación más duradera, pero la atracción sexual la hace más pasional. Es decisión tuya si quieres renunciar a alguno de ellos, o si quieres tener los dos tipos.

Recuerda, en cualquier caso, que la atracción sexual no sólo tiene que ver con el físico. El olor, la voz o la forma de moverse son factores que también condicionan la atracción sexual hacia alguien. Lo cierto es que, en el mismo proceso de no darle importancia al físico, ya se lo estás dando, y eso puede bloquear lo que sientes. Es mejor que te relajes y disfrutes con esa persona. Déjate fluir, si existe química irá surgiendo y ya decidirás. ¿Por qué renunciar a algo?

2. HOMBRES Y MUJERES. DIRENTES ANTE EL AMOR

Si tuviéramos la posibilidad de espiar lo que con sinceridad, en lo más profundo de su intimidad, siente, piensa y vive una mujer enamorada cuando está en presencia de su amante, observando las expectativas reales que tiene puestas en esa relación, y a continuación realizáramos ese mismo experimento con su compañero sentimental, comprobaríamos lo poco que tiene que ver el relato de sensaciones, emociones, percepciones, aspiraciones y sueños que una y otro albergan en su interior. Y sin embargo, las parejas de enamorados no paran de celebrar la dicha que sienten por haber descubierto a su alma gemela, contentísimos ambos de coincidir en tantas cosas, eufóricos por estar al lado de su media naranja e ilusionados por vivir esos momentos dichosos en los que uno parece estar leyéndole el pensamiento a la otra, y viceversa.

Lo más curioso y sorprendente es que en esta película de equívocos y falsedades nadie está faltando a la verdad ni actúa guiado por una voluntad de estafa intencionada. Digamos que cada uno se limita a ser consecuente con su naturaleza y a cumplir con su destino. Ella responde a la arquitectura neuronal, la circulación hormonal y el empaque emocional que le da sustento. Él, con sus herramientas y a su manera, hace lo mismo. Y Cupido ejecuta a la perfección la misión que tiene encomendada: hacer compatibles las formas de ser de una y de otro, disimulando las diferencias que los separan, potenciando las similitudes que los unen y trenzando milagrosamente las expectativas que cada uno de los dos, de manera individual, tiene ante la relación que mantienen, logrando así que la unión se consolide.

La forma en la que hombres y mujeres vivimos el impulso amoroso es tan radicalmente diferente que un extraterrestre que aterrizara hoy en la Tierra y se dedicara a hacer un análisis forense del amor, observando escrupulosamente y sin pasión las distintas reacciones físicas y mentales que cada uno experimenta por separado en el lance amoroso, se sorprendería de que sigamos queriéndonos, a pesar de tanta distancia como nos separa.

Son diferencias que tienen su razón de ser en lo distinto que está ensamblado en unos y otras el órgano más sexual que portamos en nuestro interior: el cerebro. Aunque la pulsión que mueve al enamorado es la fusión con el otro, no tiene nada que ver lo que activa la atracción de la mujer hacia el hombre con lo que a este le imanta hacia ella. La literatura romántica está llena de páginas que dan mil vueltas alrededor de ese embrujo, pero hoy la ciencia está en condiciones de identificar los resortes de ese equívoco. La antropóloga Helen Fisher lo resume de manera gráfica y taxativa: el hombre se enamora y se excita con los ojos, y la mujer a través del oído y la memoria.

Este importante matiz tiene que ver con la diferente implicación que unos y otras mantienen en la crianza de la prole, que es la consecuencia que persigue ese flechazo. Los ojos del macho se han entrenado durante generaciones en la selección de la hembra que mejores genes, y con más garantía de salud, puede aportar a su descendencia. En cambio, la hembra, aparte de eso, busca asegurarse la presencia de un buen padre y un compañero fiel que se comprometa en la crianza, por lo que ha refinado su instinto a lo largo de milenios para detectar las señales que le permitan conocer y predecir el comportamiento de su partenaire. ¿Quiere esto decir que la pulsión amorosa del hombre es más primitiva y la de la mujer es más evolucionada y sofisticada? Podemos admitirlo: es un hecho que en la libido femenina hay un componente mental muy superior a la masculina.

Esto se comprueba fácilmente cuando analizamos el momento del coito. Así como la mujer necesita alcanzar una inhibición casi absoluta de su parte emocional durante el acto sexual y ha de aislarse de sensaciones como el miedo o la ansiedad para llegar al orgasmo, en el caso de los hombres este factor no es tan importante, dándole más preponderancia a las sensaciones de placer físico y genital. Digamos que el varón es capaz de abstraerse de los condicionantes emotivos, mientras la mujer necesita sentirse liberada de preocupaciones que la estresen en ese lance.

Estas diferencias cabalgan sobre la dispar arquitectura neuronal que da armazón a los cerebros de hombres y mujeres. Las actuales técnicas de neuroimagen nos han permitido observar que las áreas cerebrales que se activan en unos y otras varían notablemente cuando realizan las mismas tareas. Investigadores como el británico Simon Baron-Cohen, catedrático de psicopatología del desarrollo de la Universidad de Cambridge, sostienen que los varones son más hábiles para entender y manejar sistemas cuyo funcionamiento es predecible, lo que incluye desde las matemáticas a la música, pasando por los aparatos tecnológicos y mecánicos.

En cambio, a las mujeres se les da mejor la comunicación, las labores empáticas y el entendimiento interpersonal. El doctor Ruben Gur, del Instituto de ciencias neurológicas de la Universidad de Pennsylvania (Estados Unidos), afirma que el rostro de una mujer tiene que estar realmente muy triste para que un hombre se dé cuenta. Las expresiones sutiles no son percibidas por ellos.

¿De qué nos extrañamos cuando padecemos malentendidos en el terreno amoroso? ¿Cómo no va a haber conflictos entre una mujer y un hombre cuando éste, de media, tiene el área preóptica medial —una zona del hipotálamo donde reside el impulso sexual— 2,5 veces más grande que ella? ¿Cómo no van a suscitarse situaciones de confusión entre los varones, cuyos cerebros suelen tener más activas ciertas áreas vinculadas a la defensa territorial, como la zona premamilar del hipocampo, y las hembras, quienes por norma general cuentan con un sistema de neuronas espejo, encargadas de procesar toda la información empática, mucho más eficiente y desarrollado y con una amígdala —región crítica para la expresión emocional y el comportamiento social— con entre un 30 y un 50 por ciento más de células gliales que los machos? Yo creo que lo milagroso es que nos entendamos, siendo tan distintos.

Cuando hablaba acerca de esto con Louann Brizendine, directora de la Women’s Mood and Hormone Clinic de California, esta neurobióloga me ponía un ejemplo de su experiencia personal que resume perfectamente la distancia que nos separa a hombres y mujeres respecto a esta pulsión que nos une tanto. Se lamentaba la investigadora de que si un día llegaba pesarosa del trabajo y le contaba a su marido que había tenido un problema en el laboratorio, él le contestaba: «¿Sabes, cariño? Lo que debes hacer es esto, esto, y esto». Es decir: de manera casi automática, él se focalizaba en la solución, no en cómo se encontraba ella, y pretendía resolverle el problema sin atender a su estado emocional. Pero lo que ella hubiera preferido es escuchar es: «Cariño, sé cómo te sientes». Aquí radica, en última instancia, el núcleo de nuestras diferencias a la hora de relacionarnos.

Es un hecho: somos diferentes. Así como el hombre se enamora más rápido que la mujer, de cada cuatro suicidios causados cuando una relación se acaba, tres los cometen los varones y sólo uno ellas. Querer asignar los casos de violencia de género a la superioridad física y violenta de los hombres nos privaría de reconocer una realidad: el instinto de posesión, aplicable tanto al territorio como a las personas, es mucho mayor en los machos que en las hembras.

Tenemos vivencias diferentes porque partimos de organismos distintos y es dispar hasta la forma como nos relacionamos con facultades como el humor. Los psicólogos Eric Bressler, del Westfield State College de Massachusetts (Estados Unidos) y Sigal Balshine, de la Universidad de McMaster en Hamilton (Canadá) analizaron la forma en que el sentido del humor influía en el modo como nos enamoramos y concluyeron que las mujeres suelen sentirse atraídas por los hombres que las hacen reír. En cambio, a ellos no les atraen las mujeres graciosas, sino aquellas que les ríen las gracias.

¿Estamos condenados a escuchar eternamente testimonios de mujeres que se quejan de que sus parejas no las entienden, y de hombres que se sienten perdidos a la hora de relacionarse con las mujeres que aman? Quizá. Es esto que tanto nos diferencia lo que tanto nos atrae.

HOMBRES, MUJERES Y LA SENSIBILIDAD

Siempre he mostrado mis emociones y en muchas ocasiones me han tachado de ser demasiado sensible. En mi familia mi madre es exageradamente sensible, mientras que mi hermano es muy frío y apenas mantiene contacto con mi madre ni conmigo. Entiendo que tenga su propia vida, también yo la tengo, pero él parece no tener sentimientos; no llama para saber cómo estamos y parece que sólo le importa su propio bienestar. Me gustaría saber cómo controlar las emociones, ya que no sé disimular cuando algo no me agrada o estoy disgustada, y eso hace que los demás me vean como una persona pesimista o débil. Me da un poco igual lo que opinen los demás, pero a veces me siento muy sola e incomprendida.

Mayo de 2011

Responde: Rosa Català

Investigaciones de científicos italianos y británicos sobre las diferencias de sensibilidad entre hombres y mujeres han demostrado una media más alta en las mujeres en cuanto a niveles de sensibilidad. Las maneras distintas de proceder entre hombres y mujeres, como las que comentas, pueden traer consecuencias positivas o negativas, dependiendo de cómo las gestionemos. Las visiones diferentes del mundo y las relaciones posibilitan un enriquecimiento mutuo si sabemos valorar las aportaciones originales de uno y otro. Este tipo de percepciones, si son en negativo, pueden atraer sentimientos desagradables de incomprensión.

Sin determinadas dosis de autoestima, puede resultar muy insatisfactorio valorar estas diferencias. Uno de los factores principales es la capacidad de establecer una identidad propia que genere autoconfianza. Cuando nos resultan incómodas partes de nuestro carácter y nos juzgamos de forma demasiado exigente, podemos provocar episodios dolorosos. Mirar con más benevolencia hacia tu interior aumentará sin duda la puntuación positiva de tus actuaciones.

¿CÓMO EXPRESAN LAS EMOCIONES LOS HOMBRES?

Quisiera saber cómo podría expresarme mejor emocionalmente. Soy un chico de veinte años y siento que no estoy bien dotado en la expresión emocional. No digo que no tenga sentimientos, es sólo que mis expresiones son muy limitadas en este sentido. Me muestro poco afectuoso en momentos en los que debería serlo. Me gustaría que me proporcionaran alguna sugerencia o pauta.

Julio de 2011

Responde: Nika Vázquez

Las mujeres suelen ser emocionalmente más expresivas que los hombres, reconocen mejor las emociones de los demás y son más perceptivas y empáticas. Uno de los motivos que se ha estudiado para explicar esta diferencia es la expresividad maternal, distinta según el sexo del hijo. Según esta teoría, las madres suelen mostrar mayor expresividad con las chicas que con los chicos. Esta desigualdad en la educación emocional termina desarrollando actitudes y aptitudes muy diferentes. Las chicas se aficionan a la lectura de indicadores emocionales y a la expresión y comunicación de emociones, mientras que los chicos, por regla general, son socializados desde niños para evitar expresar sentimientos.

Existen programas de entrenamiento emocional donde se trabajan diferentes aspectos, como la atención emocional, que consiste en observar los propios sentimientos y los de los demás, y la facilitación emocional, entendida como la habilidad para asimilar la emoción en el pensamiento. No tengas dudas de que ésta, como otras tantas facultades humanas, se puede mejorar mediante la enseñanza y el entrenamiento.

LE QUIERO, PERO NO TENEMOS NADA EN COMÚN

Siempre me he considerado una persona independiente, aunque llevaba tiempo deseando tener una pareja y poder compartir muchísimas cosas. Ahora tengo una relación con un hombre que me gusta mucho, pero a veces me vuelvo loca yo sola. Él es bastante serio y yo muy dicharachera, y a la vez observadora. Me quedo mucho tiempo callada cuando estoy con él y eso le mosquea. Hace poco se molestó porque le dije que le quería, aunque llevábamos sólo un mes y medio. Le pregunté si él también me quería y me dijo que le estaba poniendo entre la espada y la pared. También noto que no tenemos muchos temas de conversación. Antes de decirle que le quería no notaba estas cosas, me sentía más a gusto con él. Pero últimamente estoy trabada. Quizá estoy fingiendo ser quien no soy.

Junio de 2011

Responde: Nika Vázquez y Sandra Borro

Cuando uno se enamora, tiende a idealizar a la otra persona, atribuyéndole unas cualidades que realmente no sabemos si tiene, pero que desearíamos que tuviese. Así como el afecto suele durar mucho tiempo, incluso toda la vida, el enamoramiento y la pasión nacen repentinamente, y pueden morir de la misma manera. Eso sucede porque, con el tiempo, nos damos cuenta de cómo es realmente la otra persona, y las fantasías e idealizaciones desaparecen.

Eres una mujer independiente y divertida, que se está dando cuenta de que no tiene nada en común con su actual pareja. Tienes la necesidad de expresar lo que sientes, y él se asusta al verte tan abierta y segura hablando de tus emociones. Pero si no preguntas lo que quieres saber y no dices lo que él no quiere oír, al cabo de un tiempo olvidarás quién eres y dejarás de ser tú misma para conseguir tener pareja.

Todos los hombres y mujeres necesitamos amar y ser amados, comunicarnos afectivamente, ser reconocidos, valorados y sentirnos vinculados a alguien. Pero no debemos perder nuestra identidad. De lo contrario nos sentiremos tristes y vacíos al cabo del tiempo.

MI PAREJA NO LUCHA POR MÍ

Empecé una relación hace tres años, mientras él seguía con su novia, algo que a mí, obviamente, me molestaba. Al final la dejó. Seguimos a escondidas porque él temía que a un amigo le sentase mal nuestra relación. Apenas íbamos a actos sociales juntos, ni de vacaciones. Por todo ello, yo tenía la sensación de que la relación no avanzaba como debía. Estábamos todo el día discutiendo, y al final le he dejado. Ahora hablamos, pero él apenas lucha por recuperarme. Dice que tiene miedo a que todo siga yendo mal. No sé qué hacer. Lo he pasado muy mal y necesito ver un esfuerzo por su parte.

Julio de 2012

Responde: Cecilia Salamanca

Ocultar una relación a los demás es algo que puede generar estrés en la pareja e impedir que ésta avance de forma satisfactoria, ya que es normal que surjan inseguridades y sentimientos de tristeza. Que la otra persona no se esfuerce por recuperarte puede significar que actualmente no esté interesada en continuar con la relación o que necesite tiempo para reflexionar sobre lo sucedido. Atravesar una ruptura es doloroso, pero cuando uno decide terminar con la relación debemos aprender a respetarlo. Pregúntate qué esperabas de la otra persona y si realmente lo has obtenido. Tener pareja no siempre es sinónimo de felicidad. Elegir mal a nuestro compañero nos puede llevar a relaciones llenas de malestar. Analizar por qué la relación no ha funcionado y centrarte en las características que quieres que tenga la otra persona te puede ayudar a entender lo sucedido y prevenir posibles fracasos de aquí en adelante.

3. FIELES A LA INFIDELIDAD

Si en mis tiempos de juventud nos hubieran contado que a la vuelta de unos años iban a existir empresas privadas dedicadas a fomentar y facilitar la infidelidad de manera pública y legal, incluso anunciándose en las vallas publicitarias de nuestras calles, no quiero pensar dónde habrían puesto el grito los vigilantes de la moral católica que en aquellos años estaban tan presentes en nuestras vidas, hasta en lo más profundo de nuestra intimidad. Sin embargo, en los últimos años han proliferado las entidades que, apoyadas en la eficaz plataforma para el encuentro personal discreto y discrecional que ofrece internet, se dedican a poner en contacto a hombres y mujeres casados para invitarles a ser infieles a sus cónyuges manteniendo encuentros sexuales esporádicos y a escondidas de sus parejas.

«La vida es corta, ten una aventura», propone una de las compañías más conocidas de este nuevo nicho de mercado. En realidad, el innovador negocio que representan estas páginas de contactos no hace otra cosa que sacar del ostracismo y normalizar abiertamente una pulsión humana que nos ha acompañado desde la noche de los tiempos. Me refiero al deseo, la curiosidad, y a veces la necesidad, de mantener encuentros de tipo sexual o afectivo fuera de la pareja habitual.

La tentación de la infidelidad ha venido con nosotros a lo largo de este viaje secular que nos ha llevado desde las estepas africanas hasta nuestras ultramodernas ciudades, unas veces socialmente permitida, otras reprimida por la ideología moral del momento. Y ni en los tiempos de mayor laxitud de costumbres logró la promiscuidad superar el éxito de la monogamia como opción mayoritaria de organización familiar —en ciertas culturas triunfó la poligamia, pero siempre de forma regulada, nunca promoviendo los lances sexuales sin orden ni concierto—, ni en los momentos de más represión moralizante se llegó a borrar del cerebro humano el instinto de la infidelidad.

No corresponde a la ciencia la labor de establecer pautas morales, ni es objetivo de estas páginas adentrarse en el pantanoso debate de las bondades e inconvenientes que entrañan las opciones de la fidelidad y la promiscuidad. La psicología, la neurología y la biología evolutiva se detienen mucho antes de entrar en ese territorio: se quedan en la constatación de que tanto la pareja estable como la infidelidad son manifestaciones absolutamente normales en el comportamiento de hombres y mujeres. El objeto de la ciencia es la indagación en los principios y causas que promueven ambas opciones.

Y es que tan humana es la monogamia como lo es el escarceo adúltero. Judith Lipton, psiquiatra del Swedish Medical Center de Washington, y David Barash, psicólogo y biólogo evolucionista de la Universidad de Washington, son dos de los mayores expertos en el estudio de los modelos de organización de los seres vivos en base a vínculos afectivos y sexuales. Tras analizar cómo se lo monta el reino animal en general, observaron que, de cuatro mil especies estudiadas, sólo una veintena de ellas, entre las cuales estamos los humanos, opta por la pareja estable y fiel para estructurarse. Esta rareza les lleva a considerar la monogamia como «una opción no natural». No sugieren que sea artificial o perjudicial para la salud, sino que responde a principios culturales aprendidos. Digamos que la monogamia es tan poco natural como lo es la escritura, las disciplinas artísticas o los hábitos alimenticios que normalmente seguimos.

Somos monógamos por sistema, pero no podemos reprimir una pulsión promiscua cabalgando en nuestro interior. Lipton y Barash sostienen que el modelo que más se aproximaría a nuestra particular forma de relacionarnos con la fidelidad sería el mantenimiento de sucesivas parejas estables que, igual que nacen con aspiraciones de durabilidad, al tiempo se ven superadas por el establecimiento de nuevos lazos con otros compañeros sentimentales.

Los investigadores contemplan el instinto infiel como uno de los motores que rigen nuestros pasos por la vida. Estudios realizados con parejas norteamericanas revelan que entre el veinte y el cuarenta por ciento de hombres casados, y entre el veinte y el veinticinco por ciento de las mujeres emparejadas, mantendrán una relación extramarital a lo largo de su vida. ¿Cómo no considerar humano un impulso que reconoce haber sentido y seguido media Humanidad? ¿Cómo ver ajeno a nuestra naturaleza un comportamiento que da como resultado el alumbramiento de al menos un hijo no legítimo por cada diez niños que nacen? Esto señalan las pruebas de ADN efectuadas entre padres e hijos hasta la fecha en países avanzados como Reino Unido.

La fisiología sexual de machos y hembras explica claves de la diferente actitud de unos y otras antes la fidelidad. Frente a la producción casi infinita de espermatozoides de la que gozan los machos, que se sienten impelidos a llevar tan lejos como puedan su código genético, la mujer sólo produce unos 400 óvulos en su vida, por lo que su preocupación se concentrará en que algo tan valioso y escaso reciba la visita del esperma con el mejor mensaje que se cruce en su camino.

¿Esto significa que la mujer es, de fábrica, menos infiel? Según Tim Birkhead, profesor de Ecología del Comportamiento de la Universidad de Sheffield (Reino Unido), las mujeres también son promiscuas. Quizá no tanto como los varones, pero sí mucho más de lo que habitualmente creemos. En opinión de este investigador, la diferencia estriba en que los intereses de la hembra son diferentes a los del macho. Al fin y al cabo, sólo la hembra sabe, sin lugar a dudas, que la cría que cuida entre sus brazos porta sus genes, porque la ha visto salir de su vientre. Sin embargo, en el caso de los machos esta certeza no es tan absoluta, por lo que es menor su predisposición a dedicar energía al cuidado de una descendencia que puede no llevar su mensaje genético. No es casual tampoco que la función de amamantar sea exclusiva de la madre: ante el esfuerzo que esta tarea va a suponer, sólo ella sabe que merece la pena, porque tiene la garantía total de que el ser que alimenta es su heredero genético.

Investigadores de la Universidad McGill de Montreal (Canadá) hicieron un estudio sobre los diferentes modos en que hombres y mujeres reaccionan ante la infidelidad y el efecto que ésta tiene en sus relaciones. Tras evaluar la conducta de más de setecientos varones y hembras heterosexuales, concluyeron que los machos no consideran sus flirteos tan amenazadores para la supervivencia de sus parejas como lo perciben las mujeres. Ellas prefieren proteger sus relaciones si ven que un hombre atractivo entra en escena, mientras que los hombres, cuando conocen a otra mujer atractiva y disponible, tienden a mirar de forma más negativa a su pareja.

No podemos olvidar que la infidelidad también entraña una gran ventaja en términos evolutivos, ya que al promocionar la producción de hijos de distintos progenitores, de este modo aumenta la diversidad en la descendencia, que es uno de los objetivos que persiguen los genes. Helen Fisher cree que la infidelidad proporcionó múltiples ventajas tanto para los hombres como para las mujeres en la Prehistoria, y que de esta manera se perpetuaron las bases biológicas y el gusto por esta opción hasta nuestros días. La teoría evolutiva apunta varias razones por las que la promiscuidad puede ser ventajosa también para las mujeres. Una es que ellas buscarían en esta opción un plan b que les proporcione la protección y los recursos necesarios ante la eventualidad de que su actual pareja la abandone. Por otro lado, las mujeres podrían usar sus aventuras sexuales para encontrar un compañero más deseable, ya sea por tener mejores genes, o por disponer de más recursos, lo que le permite aumentar la descendencia, o bien para tener crías más sanas o con mayor variedad genética en su linaje.

¿Hay un gen de la infidelidad? Investigadores de la Universidad de Binghamton de Nueva York pusieron de manifiesto en un estudio que el comportamiento sexual entre las personas podría estar influenciado por una variación de uno de los genes del receptor de la dopamina D4 (el gen DRD4), asociado con comportamientos de búsqueda de placer, como ingerir alcohol o el uso de juegos de azar. Los científicos observaron que los individuos con una variante de ese gen eran más propensos a tener relaciones sexuales no comprometidas, o a ser directamente infieles, porque su sistema de recompensa y placer recibía un «subidón» de dopamina mayor.

Los autores del estudio recuerdan que hay que ser cautelosos con estos resultados: la relación entre el DRD4 y la infidelidad es asociativa, lo que significa que no todos los que lleven esta variación genética cometerán infidelidad. Es más, muchos individuos sin este genotipo son infieles. El estudio simplemente sugiere que las personas con esta variación genética tienen más posibilidades de tener este tipo de comportamientos. Proporciona sólo una pista más sobre cómo nuestra biología influye en nuestra manera de actuar.

La especie humana parece estar abocada a navegar entre esas dos aguas: la del compromiso monógamo, que aporta estabilidad para la crianza, y la del instinto infiel, que responde a la llamada de los genes de propagarse y promover la diversidad. Que mantener el equilibrio en mitad de esas dos corrientes no es tarea fácil lo confirman desde los boleros, incapaces de comprender cómo se pueden tener dos amores a la vez sin estar loco, hasta los centenares de testimonios que llegan a nuestro gabinete de Apoyo Psicológico Online (APOL) consultando este problema. ¿Estamos condenados a formar una larga cola de corazones rotos? Éste es un dilema que nunca quedará del todo concluso, como tantos otros cabos sueltos que portamos en nuestro interior.

MONÓGAMO POR VOCACIÓN E INFIEL POR NATURALEZA

Empecé muy joven con una chica, con la que estuve tres años. Rompimos porque ambos nos fuimos infieles, aunque yo me enteré primero. Al poco se lo confesé también, para que todo quedase claro, y porque sentía que ella estaba muy mal por lo que había hecho. Estuvimos un año separados y después volvimos. Ahora llevamos siete años juntos, aunque en la distancia, por estudios. En este tiempo yo la he respetado los tres primeros años, y los tres siguientes me he dedicado a ir con unas y con otras. Soy partidario de la confianza y la sinceridad, por lo que decidí terminar la relación en cuanto me di cuenta de que pronto íbamos a poder pasar más tiempo juntos, y después de contarle lo que había hecho. Ella me ha perdonado y me ha ofrecido la oportunidad de seguir, pero yo no he aceptado. ¿He actuado bien?

Agosto de 2011

Responde: Nika Vázquez

Con las diferentes parejas que tenemos existen unos pactos, que normalmente son implícitos, y son las normas que rigen en la relación. Esas normas pueden estar relacionadas con la convivencia, la fidelidad, los planes de futuro. Es conveniente hacer esas normas explícitas, apuntándolas en un papel conjuntamente, negociando los diferentes puntos, y haciendo una revisión de las mismas cada dos o tres años.

La razón de la revisión es que se asume que las personas estamos en continua evolución, por lo que los pensamientos, los valores y las creencias, así como las decisiones y los sentimientos, pueden variar con el tiempo. Si hace unos años la fidelidad era un punto innegociable para una pareja, puede que más adelante sean más importantes valores como la seguridad o la compañía, y quizá el hecho de que uno de los dos haya sido infiel ya no tiene el valor que tenía entonces. Comunicarte con tu pareja es básico para valorar qué aspectos son importantes para uno y para otro. A partir de ahí, decidir seguir juntos o dejarlo es decisión vuestra.

SENTIMIENTO DE CULPA ANTE LA INFIDELIDAD

Hace cinco años que estoy con mi pareja, con quien he encontrado una estabilidad y una comprensión que nunca había tenido. El verano pasado me confesó que había estado con otra. A continuación yo tuve una relación con un compañero de trabajo que me atraía, no sé si por venganza o por no volver a reprimirme. Seguí con mi novio, sé que le quiero y que es perfecto para mí, pero en el fondo nada volvió a ser igual. Está todo perdonado, pero soy incapaz de controlar la atracción que me genera la otra persona. Nunca había sentido ni disfrutado tanto con alguien, aunque estar con él no es una opción, porque apenas somos compatibles. No sé cómo librarme de este sentimiento de estar dividida, y de la culpabilidad por hacerle esto a mi novio. Me siento mala persona y esto me está volviendo loca, porque cuando estoy con uno no hago más que pensar en el otro, y viceversa.

Abril de 2012

Responde: Noelia Sancho

La culpa es uno de los aspectos psicológicos que pueden aparecer en las infidelidades, sean consentidas o no. En este caso, tu cerebro y tu cuerpo podrían estar sufriendo un periodo de disonancia cognitiva. Las personas que se ven en esta situación se ven obligadas a tomar alguna medida que ayude a resolver esa discrepancia: o cambiamos nuestra conducta, o cambiamos nuestra forma de pensar para que sea coherente con nuestra conducta.

Has intentado mantener esta situación razonándola y explicándotela a ti misma, pero no está ayudando a sentirte mejor, así que tal vez tengas que seguir otro camino y tomar una decisión más drástica para avanzar. Esa decisión tal vez implique elegir, lo que supondrá perder algo. Puede que sea eso lo que te hace mantener esta situación, el no querer renunciar a nada. Plantéate cuál es la mejor opción para ti, pues sólo tú puedes decantarte por el camino a seguir.

ME SIENTO MAL FANTASEANDO CON OTROS HOMBRES

Estoy casada, tengo un hijo, soy feliz. Mi matrimonio ha pasado sus altibajos pero ha salido adelante. El caso es que a veces echo de menos algo. No sé, quizás sentir un amor más fuerte o romántico. Tenemos principios parecidos, pero somos diferentes. Siento que soy más romántica, idealista y activa que él, y a la vez tengo el ejemplo de mis padres, divorciados, y de sus años malos, que fueron casi todos, sin contar con que mi madre tuvo amantes. Creo que eso, de alguna manera, me influye en mi vida personal. A veces tengo ganas de curiosear, buscar amistades nuevas, conocer algún hombre, aunque no me imagino engañando a mi marido. ¿Por qué me pasa eso, siendo como soy una persona leal que no se imagina engañando a nadie?

Febrero de 2012

Responde: Cecilia Salamanca

La imaginación es una cualidad que a veces nos juega malas pasadas. Si vivir la infidelidad de tu madre hacia tu padre fue doloroso, es lógico que cuando te imagines en esa situación sientas malestar. Pero debes ser consciente de que sólo es un pensamiento y que estás anticipando una situación que actualmente no está sucediendo. Las fantasías sexuales que provienen de los ensueños son creadas por la imaginación y poseen la cualidad de no tener límites y de acercarnos al placer. Deben aceptarse como pensamientos válidos y útiles. No debes percibir las fantasías sexuales con otra persona distinta a tu pareja como algo negativo o pecaminoso, ya que nos hacen seres libres e independientes, y a la vez únicos.

Aceptarnos a nosotros mismos y disfrutar de nuestro presente evitará que suframos insatisfacción crónica, ese estado en el que se anhela lo que no se tiene, y no se sabe lo que uno quiere o necesita. Si prestamos atención al momento presente, evitaremos sentirnos así, y quizá nos demos cuenta de que tenemos todo lo que queremos. Aunque siempre nos quedará la imaginación si aprendemos a dejarnos llevar.

RESTABLECER LA CONFIANZA TRAS UNA INFIDELIDAD

Llevo seis años casado y tres más de pareja. Tenemos dos hijas. El año pasado lo pasé muy mal, económica y familiarmente. Ella se fue tres meses a su país a ver a su padre, y en ese tiempo le fui infiel. A raíz de una discusión entre mi mujer y su hermana, ésta le insinuó que yo le había sido infiel. Se lo confesé al día siguiente, porque me sentía fatal. A partir de ahí todo ha ido a peor. Parecía que al principio me lo iba a perdonar, pero no, y me dijo que no era sólo esto, sino que tenía más acumulado, y que no podía más. Así que nos hemos separado. Lo estoy pasando muy mal, no sé cómo afrontarlo con mis hijas lejos de mí y, sobre todo, no sé cómo pedirle que me dé una oportunidad.

Septiembre de 2011

Responde: Nika Vázquez

Cuando una persona descubre que su pareja le ha engañado, aparecen en el infiel sentimientos de culpa, vergüenza por la traición y malestar por el incumplimiento de las normas establecidas en la pareja. La comunicación en estos casos será esencial, sobre todo para volver a restablecer la confianza en la pareja.

La confianza nos permite saber que no vamos a ser defraudados ni engañados y que no nos van a lastimar. El proceso para su restablecimiento es individual y cada uno lo vive de manera particular. Normalmente, en las primeras etapas de su pérdida se siente dolor y tristeza, ya que suele ser vivido como un duelo, porque algo se rompió. Posteriormente puede aparecer negación del tema y discusiones por lo ocurrido. Algunas personas necesitan establecer un nuevo pacto que permita refundar la pareja. Esto permite dejar el dolor por ese episodio en una etapa anterior y avanzar en algo que es vivido como una nueva relación.

4. LA CRIANZA: LOS RETOS DE CREAR UNA FAMILIA

Sería un experimento curioso y revelador lograr que las parejas de enamorados que van a acabar casándose y formando familias con hijos pudieran echar un vistazo, en el momento de mayor fervor amoroso, al mapa afectivo y emocional en el que se moverán dentro de cinco, diez o quince años, cuando el tiempo y la rutina hayan pulido las ansias de fusión que ahora mismo sienten hasta hacerlas irreconocibles, y la llegada de nuevos seres al escenario que habitan les haya obligado a recolocarse y reinventarse hasta extremos para ellos insospechados durante su noviazgo.

Es probable que muchas de esas parejas, ante la visión del futuro que les espera, huyeran despavoridas, y que otras negaran este pronóstico al no sentirse identificadas con la evolución que van a experimentar. Sin embargo, en el juego del amor, las etapas de la consolidación de la relación, la bajada de la pasión y la irrupción de los hijos son fases que también forman parte de la partida.

La aventura amorosa no acaba en la borrachera hormonal del enamoramiento, sino que va más allá, y retos como la formación de una unión estable, y luego de una unidad familiar, suponen envites para los que no todas las parejas están preparadas. Si ya nos quejábamos de que nunca nadie nos enseñó a gestionar nuestras propias emociones en el colegio, ni a entender o predecir las de nuestros compañeros de pupitre, nuestro analfabetismo emocional se convierte en alarmante cuando nos adentramos en las estaciones más maduras de la relación amorosa y afrontamos los desafíos de la creación de un nido.

En este nuevo tiempo, el trasiego de energías va a llevar caminos totalmente diferentes a los que seguía antes. De forma paralela, van a ser otras las emociones que se van a poner en movimiento. Los pensamientos y esfuerzos se van a concentrar en tareas como el establecimiento de bases sólidas de convivencia, a veces atendiendo asuntos tan pedestres y poco románticos como buscar una casa o resolver la intendencia de los recién nacidos, y es normal que se disponga de menos tiempo para el deleite sensitivo o la atención a la pareja. Son meses y años donde suele haber menos besos y caricias hacia el otro y más trabajo, desvelos y preocupaciones.

En este nuevo escenario es fácil perderse. Si entendemos la empatía como la capacidad para sentir como propio lo que el otro siente, hemos de reconocer que el instante en el que el amor explosivo de los primeros momentos de un romance da paso a la formación de una pareja estable, donde los sentimientos de identificación no son tan fuertes como al principio, supone uno de los mayores retos para la capacidad empática del ser humano.

En ese instante, la máscara del enamoramiento ya no está presente para disimular los defectos de la persona querida y potenciar los aspectos más comunes de ambos caracteres, sino que emergen sin tapujos las diferentes personalidades de los amantes. Algunos estudios corroboran que la cercanía cultural, ideológica e incluso de procedencia geográfica entre los miembros de las parejas supone un factor de garantía para el éxito de las relaciones. Enfrentados a la necesidad de ponernos en la piel del otro, siempre va a ser más fácil hacerlo con alguien con quien compartimos valores, gustos o formas de ser.

Rebasada la etapa de la fusión amorosa y la de la búsqueda de un sistema de convivencia, es hora de negociar los niveles de libertad que van a regir en el futuro las rutinas de cada uno. Y aquí la palabra clave es ésa: negociar. Convivir en pareja es una continua negociación que sólo si se establece desde el respeto más absoluto hacia la otra parte resultará exitosa. Con frecuencia, las aspiraciones de realización personal de cada uno chocan con dificultades intrínsecas de la formación de la familia, la crianza y la rutina diaria. Tener cintura emocional para bregar en esas tempestades cotidianas no resulta fácil, pero es la condición indispensable para la supervivencia del amor y la pareja.

Un equipo de psicólogos de una consultora norteamericana le propuso a un grupo de parejas que pasaban por dificultades un ejercicio basado en asociaciones de palabras. Pretendían descubrir la percepción sincera que cada uno tenía de la otra persona. Llegaron a la conclusión de que el elemento que hace inviable la salvación de una relación es el desprecio. Cuando en alguno de los dos hay rastros de esta emoción tan básica y negativa, no hay nada que hacer: la ruptura es inevitable. No me cansaré de advertir lo mucho que subestimamos esta venenosa emoción, sin darnos cuenta del daño que hace en las relaciones personales, y lo poco que nos prevenimos contra ella. Deberíamos lograr extirparla de nuestro ecosistema emocional, pues la antítesis del amor no es el odio, sino el desprecio.

Los retos de la pareja se multiplican cuando llega la hora de la crianza. La experiencia del nacimiento de los hijos aporta algunos de los sentimientos más arrebatadores, hermosos e intensos que conocemos en nuestras vidas, pero nos obliga a cambiar por completo el reparto de roles que manteníamos hasta ese momento. Las sociedades patriarcales del pasado solventaban este asunto haciendo recaer en las mujeres tanto la intendencia de la crianza como la formación emocional de los pequeños. Ese patrón anquilosado ya no sirve. La liberación de la mujer y su incorporación al mundo laboral han hecho que se reajuste ese desequilibrio, aunque en ese frente queda mucho camino por andar. A gran parte de la población masculina le falta aún asumir que la educación emocional de sus hijos no es cosa de las madres y los maestros, sino que también les incumbe a ellos.

Nadie nos enseñó a ser padres. De hecho, hasta la fecha han sido pocas las investigaciones realizadas en el campo del entrenamiento de la paternidad. Nadie se había parado a calcular, por ejemplo, hasta qué punto el divorcio puede ser hereditario. Jay Belsky, psicólogo del Birkbeck College de la Universidad de Londres ha observado que la ausencia de la figura paterna incrementa las posibilidades de que las hijas de parejas separadas acaben a su vez divorciándose cuando sean adultas. Crecer sin esa referencia hace que desconfíen en mayor medida de los hombres, aparte de hacerlas madurar más rápido y ser más promiscuas.

Sorprende que en un terreno como el de la familia, donde suceden tantos hechos que están en la base del desarrollo personal de los individuos, exista tal carencia de patrones o modelos que sirvan de referencia. Si hay un entorno donde una buena educación emocional podría tener razón de ser es el del hogar.

AUSENCIA DEL PADRE Y RELACIONES AFECTIVAS DE ADULTO

Mi padre no ha estado nunca en mi vida. ¿Vivir sin una figura paterna podría afectar a las relaciones que pueda tener con otros hombres?

Febrero de 2011

Responde: Gabriel González

La ausencia de una figura paterna puede implicar una mayor dificultad para lograr un vínculo sano en las relaciones interpersonales y para adquirir una visión de mundo más integrada. En este sentido, cuando existen ambas figuras, los menores pueden identificar cómo es una relación de adultos, ya que los padres serán el primer modelo. Al faltar uno de los dos, los primeros aprendizajes de las relaciones hombre-mujer no están presentes. Estos modelos pueden ir siendo sustituidos a lo largo del crecimiento del menor, que puede fijarse en otras relaciones.

Todos los expertos están de acuerdo en la necesidad de la figura paterna para el crecimiento equilibrado de un menor. Pero muchos adultos han sobrevivido sin dicha figura. Es posible que la mujer que crece sin padre pueda buscar en sus relaciones amorosas a aquel hombre que buscaba en la infancia. O lo contrario: puede acabar teniendo relaciones con hombres basadas en la desconfianza y el engaño. Todo depende de cómo la mujer aprende de dicha situación, siendo consciente de que sus relaciones amorosas pueden estar determinadas por la falta de esa figura.

CONFLICTOS DE PAREJA TRAS EL NACIMIENTO DE UN HIJO

Tengo treinta y ocho años y llevo nueve casado. Tras tres años intentando tener niños, hemos tenido mellizos, que nacieron prematuros y estuvieron en la UCI neonatal. Tras el nacimiento, a mi mujer le cambió el carácter y empezó a tratarme con sequedad y distancia. Al principio no quería que nadie tocara a los niños. No quería separarse de ellos, y si le proponía hacer algo los dos solos o con amigos, se enfadaba. Yo me negué a dejar de salir con los amigos comunes, lo que me reprochaba, ya que consideraba que no cumplía mis obligaciones como padre. Al final la convivencia se hizo imposible y fui a ver a una psicóloga, quien me propuso ver también a mi mujer, pero ella no quiso. Decía que era únicamente yo quien tenía que cambiar de comportamiento. Al final su familia se plantó en casa para recoger sus cosas y llevarse a los niños. Le he insistido en que intentemos una terapia de pareja, pero se niega, insiste en que ella no ha hecho nada malo. Desde entonces me deja tener a los niños sólo un par de horas al día, y ninguna cuando considera que no están para salir. Por un lado quisiera volver.

Diciembre de 2010

Responde: Sandra Borro

Tras haber deseado y buscado durante tanto tiempo un hijo, el nacimiento de los mellizos hizo que la única prioridad de tu mujer fueran los niños, y en realidad es bueno que haya sido así, al menos durante un tiempo. Este proceso es natural, ya que el contacto estrecho con los bebés le permite conocerlos y atender a sus necesidades de manera adecuada. Durante el primer año de vida los niños necesitan mucha atención, y es el momento en que las necesidades individuales de cada miembro de la pareja tienen que estar supeditadas a los intereses comunes de la crianza y el cuidado de los niños.

Tu mujer debe haberse sentido muy sola cuando tú te marchabas con vuestros amigos, y seguramente sus padres la habrán consolado y ofrecido la ayuda, el apoyo y el cariño que ella estaba reclamando de ti. Si quieres volver atrás y recuperar a tu familia debes hablar con ella y aceptar sus condiciones. Recuerda aquellas cosas que os unieron y os animaron a formar una familia y piensa que tus hijos te necesitan. La mejor manera de expresar tu amor hacia ellos es evitando los reproches y sentando las bases de una nueva relación entre tu mujer y tú.

¿TRABAJAR O SER MADRE?

Tengo muchas dudas en relación a la maternidad. Pienso en tener hijos y me emociona la idea, aunque, cuando de verdad me detengo a meditarlo, lo que siento es miedo y vértigo. Tengo una relación estable y los dos deseamos tener un bebé. La cuestión es que no dispongo de un patrón social al que agarrarme para sentirme cómoda y criar a mi hijo sin frustraciones. Desde hace dos años trabajo por mi cuenta y me ha costado mucho esfuerzo conseguir clientes. Mi trabajo es mi pasión y mi pilar, y no quiero ser madre tradicional, ni una supermujer, ni permitir que a mi hijo lo críen los abuelos. Mi pareja no va a dejar su oficio para estar con su hijo, tendré que ser yo. Supongo que lo llevaremos a la guardería si nos lo podemos permitir. Pero ¿y si no? ¿Tendré que cambiar mi trabajo actual por el de criadora? No lo tengo claro.

Agosto de 2010

Responde: Sandra Borro

Actualmente, un hombre o una mujer que tienen una profesión que les produce satisfacción personal y les aporta beneficios económicos no deberían renunciar a la misma, ni renunciar a su derecho de ser madre o padre. Existen muchas fórmulas para hacer compatible la maternidad y la paternidad con el trabajo, como compartir el cuidado del niño y de la casa con tu pareja, los abuelos y la guardería.

En tu caso, al tratarse de un trabajo difícil de realizar durante el embarazo, puedes buscar a alguien que te sustituya temporalmente hasta que te reincorpores. Aunque no ganes tanto dinero, podrás mantener tus clientes. Esta persona luego puede seguir colaborando contigo para que no tengas que pasar tantas horas fuera de casa. Al tratarse de un trabajo free lance, podrías incluso combinar tu horario con tu marido para no tener que llevar al bebé a la guardería mientras es tan pequeño.

DESEO TENER HIJOS, PERO MI PAREJA NO

Tengo un problema difícil de solucionar. He cumplido treinta y seis años, llevo ocho de relación con mi pareja y hace cinco que vivimos juntos. Quiero tener hijos, pero él no. Al principio de la relación él me dijo que en algún momento los querría tener y yo me aferré a eso. Pero sigue sin saber cuándo llegará ese día, o si llegará. Es muy frustrante, porque le quiero, pero me planteo dejarle antes de que la relación se vuelva insoportable. No me veo capaz de renunciar a la maternidad, pero se me hace muy difícil dejar a mi pareja, con la que he sido muy feliz.

Septiembre de 2011

Responde: Gabriel González

Éste es un tema peliagudo, ya que se trata de compaginar los proyectos personales con los de pareja, y esto suele generar conflictos. No existe ninguna solución general correcta, sino la que cada uno decida tomar. Tu deseo sería continuar con tu pareja y formar una familia, pero para ello se requiere el acuerdo entre ambos. Necesitáis un espacio donde podáis desarrollar esta conversación, para tener las cosas claras de una forma calmada y tranquila. Es conveniente que prepares bien lo que vas a comunicar, con mensajes asertivos, y que escuches su opinión sin esperar nada a cambio.

Utiliza las claves de la comunicación emocional que te faciliten un contacto con sus sentimientos, para poder trasladarle los tuyos de una forma coherente. Al mismo tiempo, anticipa lo que deseas escuchar. No se trata de esperar lo que te va a decir, sino de que puedas imaginarte cómo te va a responder. Hazlo posible antes de que te suceda.

5. EL DESAMOR TIENE CURA

Con frecuencia leemos y oímos diagnósticos sobre el enamoramiento que lo comparan con el patrón de comportamiento del drogodependiente. Salvados todos los matices, y descontadas las diferencias de toxicidad y hábitos nocivos que distinguen al organismo del toxicómano frente al del enamorado, es inevitable reconocer la similitud que ambos estados entrañan, al menos a nivel neurológico y en cuanto al mapa de expectativas y dependencias que uno y otro mantienen respecto al objeto de su deseo: en unos casos la sustancia tóxica, en otros la figura amada.

Ambos viven con euforia parecida los instantes previos al encuentro, los dos experimentan un bienestar comparable cuando sacian la pulsión de estar con la persona querida o sienten los efectos de la droga, y en ambas situaciones se suele desatar la misma ansiedad cuando se corta de forma radical la relación. Bien mirados, los primeros instantes de una experiencia de desamor sobrevenido, causado por una ruptura no deseada, se parecen al síndrome de abstinencia de un toxicómano.

Vaya por delante que el desamor es una experiencia tan humana, natural y frecuente como lo es el amor. Que alce la mano quien no haya sufrido alguna vez sus rigores en su propia carne. Normalmente, su intensidad es simétrica a la del amor que se sintió en los buenos momentos, pues sólo puede desencadenarse el desamor donde antes hubo mucho amor.

Su recorrido también es parecido al que afronta el drogodependiente que está en vías de desenganche. Los neurocientíficos y psicólogos recetan al enamorado que ha sido víctima de una ruptura involuntaria que abandone las rutinas, hábitos y lugares que compartía con su amor. Prohibido ir a los mismos bares, pasear por los mismos lugares y acudir a los mismos cines. Todo lo que alimente el recuerdo emocional de la persona perdida engordará la melancolía y la ansiedad por la separación.

Se trata de poner en práctica una capacidad humana que albergamos en nuestro interior, pero para la cual nunca nadie nos ha entrenado: el desaprendizaje. Es lamentable que en los colegios no se enseñe a los niños que cambiar de opinión no es algo negativo, sino una opción a la que siempre pueden acogerse para garantizar su bienestar y su seguridad. En última instancia, el desamor es una experiencia emocional tan brutal que sólo puede afrontarse con esperanzas de éxito mediante la concurrencia de otra emoción más fuerte. Tienen mala fama los romances que en ocasiones viven, cada uno por su lado, los miembros de parejas rotas al poco tiempo de sufrir una separación. Sin embargo, volver a tener un idilio intenso pronto es la mejor manera de alejarse de la pérdida anterior, pues su experiencia desencadena mensajes que se dirigen directamente al mismo lugar donde anidó aquel sentimiento que hoy queremos olvidar, actuando con sus mismos instrumentos.

De poco sirve hablarle a las emociones mediante el lenguaje de la razón, pues ellas sólo entienden el vocabulario de la emoción. La psicología ha dado muchas vueltas para llegar a aquel refrán tan antiguo que dice que «la mancha de mora, sólo con mora se borra». Pero, llevado a sus últimos extremos, sólo otro amor logra vencer un desamor. Hoy sabemos que la serotonina, que es un neurotransmisor con efectos sedantes sobre el cerebro, es la sustancia que da forma al patrón neurológico del desamor. Su carencia se relaciona con estados depresivos, agresivos y de ansiedad. No en vano, los antidepresivos de la familia del Prozac actúan sobre el cerebro estimulando la formación de serotonina. Donatella Marazziti, psiquiatra de la Universidad de Pisa (Italia), estudió las razones bioquímicas del trastorno obsesivo compulsivo y observó que sus niveles de serotonina eran extrañamente bajos, y que ese patrón se daba de forma muy parecida en los enamorados. ¿Quiere esto decir que el flechazo es un trastorno de naturaleza obsesiva? En parte sí, porque así como les ocurre a los enfermos que padecen esta dolencia neurológica, los enamorados pueden estar largos períodos de tiempo ensimismados con la idea de su persona amada, casi como si se tratase de una obsesión.

Igual que han sido identificadas las sustancias químicas que ponen en marcha el mecanismo del enamoramiento, también han sido localizadas las reacciones que hacen que sintamos lo que sentimos en una fase de desamor. Los amantes suelen describir los primeros instantes de un romance como un viaje en una montaña rusa, por los continuos vaivenes emocionales a los que se ven expuestos. En esos momentos, hormonas como la vasopresina y la oxitocina, encargadas de fortalecer el vínculo amoroso, aprovechan los circuitos neuronales sobre los que suele circular la dopamina, que es la hormona del placer, para que acabemos identificando a la persona amada con un estado de bienestar que nos hace sentir recompensados al estar con ella.

A la vez, esos primeros momentos del flechazo son también de gran agitación y ansiedad. Se ha comprobado que las personas enamoradas tienen altos niveles de cortisol, que es la sustancia del estrés. Placer y ansiedad son los picos y valles de esa montaña rusa en la que consiste el arranque de un enamoramiento. En el desamor ocurre todo lo contrario: aquí el estrés se asocia a cuadros depresivos. Se ha llegado a describir el «síndrome del corazón roto» como una condición médica muy similar a una cardiomiopatía. Las personas que sufren desamor u otro tipo de estrés emocional como el provocado por un divorcio traumático presentan patrones similares a los de un ataque al corazón, incluyendo dolor de pecho y dificultad para respirar.

La explicación es que el corazón se ve abrumado con un exceso de adrenalina y otras hormonas del estrés, causando un estrechamiento de las arterias que proporcionan sangre al corazón. Es lo mismo que ocurre durante un ataque al corazón. Estudios de neuroimagen han demostrado que cuando a personas que han sufrido un fracaso amoroso se les enseñan fotos de sus ex parejas manifiestan un fuerte aumento de la actividad en el córtex insular, que es la parte del cerebro que experimenta el dolor físico.

El cortisol es la misma sustancia endógena que no pueden controlar los niños pequeños cuando se ven sumergidos en rabietas ingobernables o en estados de desesperación asociados al sentimiento de abandono materno. No es casual esta similitud, pues son muchos los estudios que demuestran el paralelismo que hay entre los cuadros neurológicos del bebé que sufre desamparo y los del enamorado que ha sido víctima de una ruptura. En realidad, en ambos casos se activan áreas cerebrales similares, y es la misma sustancia, el dichoso cortisol, el que le da al play de la película de miedo y ansiedad que uno y otro empiezan a vivir en ese momento.

¿Aprendemos en la infancia los patrones del desasosiego por una ruptura amorosa? En realidad, cuando somos adultos no disponemos de más herramientas para hacer frente al desamor que las que teníamos de niños para combatir la ansiedad de la separación, ya que los mecanismos y hormonas que intervienen en uno y otro caso son los mismos. La terapeuta educacional británica Heather Geddes, especialista en investigar los secretos del apego afectivo, está convencida de que la seguridad emocional que logra armar el menor en el entorno de la familia y la escuela es la que le va a permitir enfrentarse de adulto a embates difíciles como el del desamor. Una vez más, la infancia emerge como cofre secreto donde se esconde la llave maestra de todo lo que nos pasa por dentro.

ME DA MIEDO VOLVER A SER FELIZ

Tengo cuarenta años y hace seis me vi en la necesidad de divorciarme, al encontrar a mi esposo con otra mujer, con la cual luego descubrí que tenía una relación desde hacía ya tiempo. Después de mi divorcio he tenido relaciones con dos hombres fabulosos, que me han querido y lo han dado todo por estar a mi lado, pero mi inseguridad y mi miedo me hacen actuar irracionalmente. Me gustaría saber qué puedo hacer para superar mi pasado y dejar de vivir con ese rencor y miedo a lo que me puedan hacer. Temo volver a sentir ese dolor, tristeza, humillación y sentimiento horrible de pérdida que viví entonces y que me impide seguir adelante.

Marzo de 2011

Responde: Gabriel González

Después de una ruptura se producen situaciones que nos bloquean y nos impiden aceptar lo sucedido y mantener relaciones satisfactorias. Nos entran miedos e inseguridades por lo que puedan hacernos. Nos da miedo hasta volver a ser felices. Esto nos hace detener relaciones en cuanto percibimos que comenzamos a serlo, para que no nos vuelvan a hacer daño.

Sin embargo, eso no tiene por qué volver a suceder, y si ocurre tendrás herramientas para enfrentarte a esa situación. Debes ser consciente de lo que te ocurre, reconociendo lo que te sucede y de dónde vienen esos miedos. Esto no tiene que bloquear tus relaciones actuales. Tu situación viene de un proceso que se supone superado. Revisa qué te ha hecho mantenerte en esa situación, en qué te ha ayudado estar de luto tanto tiempo, y qué te impide seguir adelante. El rencor te mantiene anclada a ese dolor y te impide encontrar la felicidad. Contra la tristeza, autoestima. Ante el desamor, no ahondar en el dolor y, sobre todo, tratar de hacer un viaje a la felicidad, en el que nos aceptemos y nos queramos un poco más. Te queda toda una vida para poder volver a rehacerla. Cierra episodios anteriores, trayéndolos al presente para que te ayuden a mirar el futuro.

DESDE LA RUPTURA NO ME ATRAE NINGÚN HOMBRE

Tengo veinte años y hace tres me enamoré locamente de un chico. Un año después todo acabó. Desde entonces no he vuelto a sentir la más mínima atracción por nadie. ¿Me podéis explicar por qué me sucede esto? Estoy preocupada. Quiero tener una relación, pero no puedo si no siento nada por nadie, y eso me angustia.

Diciembre de 2011

Responde: Sandra Borro

Cuando se termina una relación, las personas atraviesan por un período de duelo que, una vez superado, permite seguir adelante con la vida. Pero cada individuo reacciona de diferente manera ante una pérdida afectiva, y es posible que, frente al dolor por la ruptura, tu mente haya construido una defensa para no volver a sufrir. Es lo que ahora te impide sentir algo por otros chicos.

No te obsesiones con volver a sentir atracción por los chicos, ésa puede ser una meta a largo plazo, tu objetivo para cada día debería consistir en volver a emocionarte, entablar lazos afectivos con personas de tu entorno y encontrar actividades y situaciones que te hagan sentir bien contigo misma. Puedes aprovechar este momento de tu vida para aprender cosas nuevas, y también para ayudar a quienes lo necesiten. Aquella persona especial capaz de volver a enamorarte llegará cuando menos lo esperes, y también cuando hayan disminuido esas defensas que inconscientemente has construido en tu mente.

MI VIDA SE PARALIZÓ CUANDO ME DEJÓ

Estoy bloqueada y llena de temor. Hace cinco meses me dejó mi pareja y desde entonces apenas he salido de casa. Es como si mi vida se hubiera detenido: he adelgazado mucho, he renunciado a ir a clase y lo he dejado todo de lado. Él y yo compartimos una actividad en común, y también el mismo grupo de amigos. Ahora no puedo salir con ellos porque me da pavor encontrarme con él. No sé cómo comportarme, le miro de reojo, mi corazón se acelera, me entran ganas de vomitar. Últimamente tengo miedo incluso de salir a la calle. He intentado hacerme la fuerte y acudir a lugares en los que sabía que iba a estar, pero siempre he acabado volviendo a casa porque me daban ataques de ansiedad al verlo. Lo quiero con toda mi alma, mis amigos me dicen que se ha equivocado, pero que es muy cabezón, y nada lo va a hacer cambiar. Siento que estoy paralizada.

Septiembre de 2011

Responde: Nika Vázquez

Ante una situación que nos provoca sorpresa y miedo, el bloqueo es una reacción frecuente. Los vómitos y la negativa a salir de casa son efectos secundarios de ese bloqueo. Los vómitos, cuando tienen origen somático, son sinónimo de no poder tragar o soportar una situación. La negativa a salir de casa y continuar con una vida normal denota miedo a enfrentarse a la realidad. Es importante en ambos casos tomar conciencia de ello y darse cuenta de que los miedos paralizan la vida y la posibilidad de ser feliz. No dudes en contactar con algún profesional para trabajar estos aspectos. Una terapia psicológica podría serte de gran ayuda si ves que este malestar se prolonga en el tiempo.

En esta situación, los amigos pueden hacer mucho bien, incluso más que cualquier medicina. Apoyarte en ellos puede serte de gran ayuda. Por otro lado, hablar con él sobre todo lo que te pasa, sobre tu tristeza, tus miedos e inseguridades, quizá te ayudaría a hacer frente a la situación, e incluso entre los dos podríais buscar el modo en que este proceso de duelo y normalización sea más fácil. La comunicación es dolorosa, pero la incomunicación lo es mucho más.

SIENTO MIEDO A QUE ME VUELVAN A HACER DAÑO

Después de dos relaciones estables, cada una de cinco años, llevo dos años soltera y feliz. Tengo veintinueve años, vivo sola con mi perrita, y llevo una vida social bastante activa. No paro de conocer chicos, y en los últimos meses he tenido muchas relaciones esporádicas. He partido algún corazón, y también me han partido el mío en alguna ocasión. La cuestión es que tengo sentimientos encontrados en cuanto a la idea de volver a mantener una relación. Por una parte lo deseo, porque echo de menos la seguridad, la estabilidad y el apoyo que he sentido cuando he tenido pareja. Pero cada vez que conozco a algún chico con el que sé que podría tener una buena relación, empiezo a sentirme insegura y lo aparto de mi vida. Me da miedo que me vuelvan a hacer daño y se me hunda el pequeño mundo que tanto trabajo me ha costado construir. Estos sentimientos me hacen sentir mal, descolocada y muy confusa. Me gustaría comprenderlos y saber qué hacer para manejarlos.

Junio de 2010

Responde: Rosa Català

Por tus comentarios se intuye que sientes mucho temor de forma anticipada. Las ideas previas a la construcción de una relación amorosa estable y sólida se te empañan con sentimientos de una pérdida no acontecida todavía. Superar el fracaso no es sencillo, exige hacer los ajustes necesarios para corregir el camino hacia el éxito. Aprovechar lo que la vida nos ofrece es parte de un aprendizaje diario, que todas las personas estamos capacitadas para asimilar y disfrutar de forma plácida. Esta riqueza de enseñanzas sólo las podremos incorporar si las practicamos de forma incansable. El miedo es paralizante y nos puede llevar a una espiral sin salida. Pon atención en rememorar el abanico de recursos que posees y que te hacen ser especial y querida.

Quizá un cambio de enfoque, dirigido de forma consciente a identificar y alimentar día a día los deseos y la pasión, se podría convertir en un motor capaz de encender una motivación más poderosa. Confía un poco más en todas estas capacidades que te han traído y te traerán sin duda grandes dosis de bienestar y ve con esta actitud a explorar nuevas experiencias.