26

—Pueden pasar a verlo, pero, por favor, procuren que no se aglomere mucha gente en la habitación. Ha estado sedado varios días y todavía está muy débil.

—Adelante, Celeste —dijo la madre de Iker con una sonrisa cansada—. Nosotros pasamos hace un rato, seguro que se alegra mucho de verte.

—¡Muchísimas gracias!

Se cogieron de la mano y entraron juntos en la habitación. Jake odiaba los hospitales, los odiaba y los temía de un modo que podría parecer infantil, pero que él consideraba completamente justificado teniendo en cuenta el tiempo que había pasado en uno. Daba igual en qué lugar del mundo estuviera ese hospital, el olor, la sensación era la misma. Tal vez fuera psicológico, pero comenzó a encontrarse mal con solo cruzar sus puertas. En ese momento, dentro de aquella habitación con olor a desinfectante, la jaqueca y el mareo parecían hacerse mayores. Aun así, la sonrisa que le dedicó al hombre que yacía en la cama fue genuina y sincera.

—¡Ey! —saludó el enfermo con alegría.

—¡Oh, Señor! —exclamó Celeste, corriendo hacia la cama con los brazos extendidos.

—¡Para! —la frenó Iker, alzando una mano vendada—. Ni se te ocurra abrazarme, no tienes ni idea de cómo duele todavía.

—¡Dios mío! —jadeó ella, comenzando a derramar lágrimas automáticamente, como si estas hubieran estado esperando a que alguien abriera el grifo.

—En realidad no duele tanto, Celeste, era broma. —Iker le sonrió—. Ya está todo casi controlado. Hay que vigilar el injerto del brazo, pero las demás quemaduras eran de segundo y primer grado, dolorosas que lo flipas, pero no demasiado graves.

—¿Sabes lo que te podría haber pasado, grandísimo burro? —le riñó ella acariciando su rostro con cuidado.

—Lina me llamó y me dijo que ningún peludo sufrió daños graves, así que, creo que mereció la pena. ¿No habrías hecho tú lo mismo?

Celeste no contestó, pero Jake sonrió, convencido de que ella habría hecho exactamente lo mismo de haber estado en el lugar de su amigo, a pesar de su fobia al fuego.

—¿Sigues sin encontrar una explicación lógica a lo ocurrido? —le preguntó a Iker con curiosidad.

—Increíble, ¿no? Recuerdo que todo era un infierno. Sabía que jamás llegaría a los demás cheniles, los perros chillaban… Yo me estaba ahogando y entonces estalló uno de esos bidones y las llamas me envolvieron. Creo recordar un relámpago en el cielo, pero, francamente, no sé si lo imaginé.

—Lina dice que comenzó a llover de repente; sin embargo, nadie recuerda que lloviera ese día. ¿Es posible que solo llueva en una zona determinada?

—¿Cenizas? —preguntó Jake con un bufido—. Según los bomberos, cuando llegaron todo estaba cubierto de una fina capa de cenizas, pero que nada tenían que ver con el incendio. Dicen que era como si hubieran llovido del cielo. Las cenizas eran negras y suaves, y lo suficientemente densas como para apagar el fuego. Nadie consigue explicarse qué ocurrió.

—Es como lo de la librería —susurró Celeste, sacudiendo la cabeza con asombro—. No soy una persona creyente, pero… ¡Jesús, si esto no parece un milagro no sé lo que parece!

—¿Qué ocurrió en la librería? —preguntó Iker, alarmado.

—Se suponía que no te diríamos nada hasta que no estuvieras mejor —rumió Jake, lanzando una mirada reprobadora a la mujer.

—Lo siento, es que… ¡Es demasiado increíble, Iker! Los bomberos estaban tan flipando que no tenían ni idea de lo que iban a poner en el informe oficial —exclamó ella, abriendo mucho los ojos, antes de comenzar a relatarle todo lo ocurrido.

Cuando hubo terminado, Iker miró a Jake, horrorizado. No le había pasado desapercibida la idea principal de todo aquel relato: no se trataba de quemar la librería, sino de quemarla con Celeste dentro.

—De lo que sí están seguros los bomberos es de que ambos incendios fueron provocados —gruñó Jake.

—¡Joder, ni que hubiera que ser ingeniero para deducir eso! —resopló Iker—. Ya le he dicho a todo el mundo que había bidones de gasolina o algo así por todos lados, pero es que vi hasta paja seca, tíos. El cabrón que lo preparó no se molestó ni una pizca en disimular; alucinante. Y tuvo que ser rápido, porque no nos dimos cuenta de nada.

—Rápido, bien planificado y probablemente realizado entre varios gorilas —musitó Celeste, abrazándose el cuerpo.

Jake se acercó a ella y le pasó un brazo por la cintura para reconfortarla. Fuera como fuera, tal vez dieran con la pista de los cerdos que Fran había contratado para hacer el trabajo sucio, pero estaba convencido de que él conseguiría escurrir el bulto. Quedaría libre y seguiría siendo una amenaza para Celeste. Los peones que había contratado… probablemente les habría pagado tanto que no les importaría pasar una temporada en la cárcel. Con respecto a las pruebas, estaba convencido de que Fran lo había hecho adrede; él deseaba que todo el mundo supiera que los incendios habían sido provocados, como una especie de sello, o como una advertencia de lo que les ocurría a aquellos que se oponían a su voluntad. El hecho de que entre sus planes no solo estuviera destruir el albergue y la librería, sino acabar con la vida de Celeste… Jake apretó los dientes y se contuvo de decir nada en ese momento.

Había hablado con la policía al respecto y por supuesto era una teoría lo suficientemente sólida para que abrieran una investigación. No obstante, hasta que no lo supiera encerrado y controlado, viviría en un estado de tensión y temor constante. Le había pedido a Celeste que lo acompañara a Los Ángeles durante una temporada para ponerla a salvo, pero, con la restauración de la librería, y el festival en marcha, ella no había querido ni planteárselo; tal vez ya no temieran perder el terreno, pero el dinero que sacaran les vendría de maravilla para reparar los daños causado por las llamas en Garras y Patas.

Lo que sí había exigido sin condiciones había sido que se mudara con él al hotel hasta que todo quedara resuelto. Sabía que era horrible para ella sentirse vigilada por él y por el segurata que Hernán había puesto a su disposición, pero no era estúpida y sabía lo necesario que era. En el fondo, Jake sabía que todas esas precauciones la hacían sentir un poco más segura, porque, aunque se esforzara por disimular, la conocía lo suficiente como para saber que estaba aterrada.

—Bien, dejaremos todo el asunto en manos de la policía —dijo Iker—. Algo tan gordo no puede quedar impune, cariño, por muy astuto que sea el cabronazo que lo haya ideado.

—Estoy convencido de ello —añadió Jake, estrechándola un poco más.

Celeste sonrió y asintió.

—Vale, vamos a dejar todo el horror para cuando estés mejor y hablemos de cosas más alegres —decidió con un poco más de ánimo—. Que sepas que hemos pospuesto el «festival de la rehostia» para que tú puedas acudir sin problemas.

—¿Por qué? —exclamó Iker—. ¡Necesitamos ese dinero cuanto antes!

—Ya estamos moviéndolo todo. A los niños los hemos colocado provisionalmente en otros albergues y casas de acogida, pagando su alimento, claro. No ha sido tan complicado como cuando creíamos que era definitivo. La gente se ha volcado al conocer nuestro caso, y total, no serán más que unos pocos meses —explicó Celeste—. Además, Jake y Daisy nos han conseguido a un montón de gente interesante para el festival. ¡La venta de entradas se ha disparado, Iker!

—¿En serio? —preguntó, mirando al actor con asombro—. ¡Uf, tío! La mayoría de las veces se me olvida que eres famoso, ¿sabes?

—¡Afortunadamente! —rio él.

En ese instante llamaron a la puerta con suavidad.

—Esa es mi madre que viene a echaros vilmente, que lo sepáis —rio el enfermo—. ¡Pasa!

La puerta se abrió y Javier asomó la cabeza con timidez. Iker tragó aire sonoramente, provocando que frunciera el ceño.

—¿Te encuentras mal? —preguntó el recién llegado con preocupación—. Tu madre me ha dicho que estabas despierto y que podía pasar a verte, pero…

—Está mucho mejor, Javi —respondió Celeste con una gran sonrisa.

—Tienes mala cara —murmuró, mientras cerraba la puerta y se situaba junto a sus amigos, a la cabecera de la cama.

Iker se echó a reír, acariciando la quemadura que presentaba en la mejilla izquierda y el rastro de pelo churrascado.

—Gracias, Javi, eres todo delicadeza.

—¡Lo siento! No me refería a eso… —se excusó con nerviosismo, provocando una nueva risotada de su amigo.

—Tranquilo, es broma. Me ha dicho el médico que esta quemadura no es muy grave, así que mi careto está más o menos a salvo.

—Detalle importante para un gilipollas engreído como tú —bufó Javi, provocando una nueva carcajada del enfermo—. Te veo de buen humor, ¿no?

—Nada como estar en los brazos de la parca para apreciar la vida, colega.

—¡Completamente de acuerdo! —exclamó Jake.

—Joder, todavía me tiemblan las piernas cuando lo pienso —suspiró Javier, pasándose una mano por la frente—. Y para colmo también lo vuestro… Ese hijo de puta de Fran pagará por esto.

—Esperemos que sí, pero en estos momentos habíamos decidido no seguir hablando del tema y pasar a cosas más agradables, como el festival —dijo Celeste.

—Buena idea.

—¿Dónde está Óscar? —preguntó el enfermo, tratando de sonar amable.

—Pues… —titubeó Javi. Iker se tensó.

—¿Qué ha pasado? —escupió con desagrado.

—¿Qué te hace pensar que ha pasado algo?

—Tu cara es un poema. ¿Qué te ha hecho ese desgraciado? —insistió el otro.

—No es un desgraciado, Iker —respondió con un suspiro—. En realidad es un gran hombre, si supieras todo lo que ha aguantado…

—¡Y una mierda, tío! Cuando alguien quiere a una persona no se «aguantan cosas», se acepta cada detalle de esa persona y punto.

Los tres amigos se quedaron mirando a Iker con la boca abierta. Él acabó por apartar la mirada, avergonzado. Un silencio cayó sobre ellos durante unos instantes que se volvieron intensos y demasiado significativos para ignorarlos. Finalmente, Javier acabó con él con un profundo suspiro.

—Se terminó —murmuró. Iker lo miró con un destello en sus ojos azules.

—¿Por qué? —masculló.

Javi lo miró durante unos segundos, mordiéndose los labios; al cabo de un rato, se encogió de hombros y sonrió.

—Bueno, de repente seguir juntos no tenía sentido —Iker apartó la mirada y Javi ensanchó su sonrisa.

—Pero… —El enfermo se incorporó un poco, con la ansiedad dibujada en su rostro—. Pero las cosas no son así sin más. No se cambia de idea de un día para otro.

Celeste y Javi compusieron sonrisas tontas. El otro los miró con sospecha, antes de echarse para atrás con los ojos cerrados y gemir.

—¡Ay, Señor! Lo sabía…

—¿El qué? —preguntaron sus amigos inocentemente, al unísono.

—¡Venga, hombre, no me fastidiéis! —escupió Iker, clavando en Javi su mirada—. ¿Por qué me da que habéis hablado con Lina?

—¡Pues claro que hemos hablado con Lina, ella estaba allí cuando el incendio! —exclamó él, haciéndose de nuevas.

—El incendio… ¡Ya! ¿Qué te ha contado esa maldita chismosa? Lo sabía, lo sabía…

Javier desplegó una enorme sonrisa que trató de disimular mirando al techo, Celeste se miró los zapatos, tan solo Jake seguía pendiente de él, con atención.

—Por tu mirada deduzco que eres el único aquí que no está al tanto de mis confidencias sentimentales, ¿no? —bufó Iker dirigiéndose al actor.

—En realidad yo también estaba delante cuando Lina nos contó que te morías por los huesos de este —explicó, señalando a Javier con el dedo.

—Lo cierto es que estábamos todos, Iker —añadió Celeste—. Incluido Óscar.

Él los miró a todos uno por uno con expresión horrorizada, antes de cerrar los ojos de nuevo.

—Joder, voy a matar a esa chica —murmuró.

—Por la parte que me toca, estoy bastante contento con esa conversación —expuso Javi, mientras acercaba una silla a la cabecera de la cama y se sentaba como si fuera el rey del mambo—. Y pienso recrearme a gusto.

—De eso no me cabe duda, ya se te ve feliz como una perdiz —rumió el otro.

—Pues sí, para qué te voy a engañar.

—¿A pesar de Óscar, de que probablemente le has roto el corazón?

Javi se echó a reír y sacudió la cabeza.

—¡Fíjate qué cosas! Tan solo lleva unos días fuera del armario y ya se cree una diva.

—¡Ey, yo no dije en ningún momento que…! —Iker optó por callar al ver la expresión de guasa de Javi—. En fin, supongo que sí he salido.

—A ver, cariño, para tu información, Óscar estaba al tanto de todo mi drama por ti, ¿sabes? No soy la clase de cabrón que parece que todos creéis que soy. Cuando contacté con él para lo de Celeste, comenzamos a salir juntos, como amigos. Al final acabé contándole lo gilipollas que habías sido conmigo y, ¿sabes qué me dijo él? —El otro negó en silencio—. Pues me dijo que esa reacción era bastante común, que, atendiendo a su experiencia, en verdad tú estabas loco por mí, pero que aún no te habías dado cuenta.

—¿Qué? —exclamó, indignado—. ¿Qué puede saber ese tío de mí? No me conoce de nada…

—Pues fíjate que dio en el clavo. —Javi se rio y se cruzó de brazos con chulería—. Es listo, muy listo este Óscar. Me dijo que él me ayudaría, que tenía un plan. Fingiríamos que salíamos juntos, que éramos la pareja de año, ya me entiendes, y que te restregaríamos nuestra felicidad por las narices a cada oportunidad.

—¿Que vosotros qué? —susurró Iker estrechando los ojos. Javier se encogió de hombros con una sonrisa de suficiencia.

—Te confieso que yo no estaba muy convencido del todo, para qué engañarte. La verdad es que me hiciste mierda, tío, y no tenía ni esperanzas, ni ganas de luchar. Pero Óscar insistió y supo hacer muy bien su papel, a pesar de que no siempre se lo puse fácil…

—¿Me estás diciendo que Óscar y tú jamás habéis estado juntos? ¡Eso no es posible! Ese tío está colado por ti.

—¡Oh, no, te equivocas! Está colado por Hernán. Lo que aún demuestra mejor la gran persona que es. Ha podido perder su tren tan solo por ayudarnos a nosotros.

—Esto es… ¡No me lo puedo creer! —bufó Iker, mirando acusadoramente a Celeste y a Jake—. Y vosotros lo sabíais y os callasteis como perros.

—¡Ey, a mí no me mires que yo llegué hace unos días a este culebrón! —protestó el actor.

—Y yo no supe nada hasta después del incendio, después de hablar con Lina. ¡Javi nos engañó a todos! —se defendió la chica.

—Lo siento, pero Óscar me aconsejó que guardáramos el secreto para hacerlo más creíble. Y menos humillante en el caso de que no funcionara…

—Eres una rata —gruñó Iker con los dientes apretados. Javi soltó una carcajada.

—Y tú un gilipollas, engreído, orgulloso…

—Puedo decirle a la enfermera que te eche de aquí —amenazó sin convicción, Javi volvió a reír—. Te ves muy satisfecho, ¿no?

—Sí, para qué negarlo, es mi momento de gloria.

—¿Y ya está, así, si más? —exclamó Iker alzando las manos, gesto del que se arrepintió enseguida a causa del dolor que le causó.

—¿Cómo? No sé a qué te refieres —preguntó Javi con sorna. El otro bufó—. ¡Ah, vale! Que después de haberme escupido a la cara cuando te confesé lo que sentía por ti, de haberme tratado como una basura durante varios meses mientras yo me consumía y sufría, de haberme esquivado, pisoteado y demás etcéteras, te crees que, porque ahora sé que estás coladito por estos huesos, me voy a derretir y lanzarme como una damisela a tus brazos, ¿no?

—Pues…

—Claro que lo has creído —chascó la lengua con fastidio—. ¡Jodido presumido!

—¡Oye! ¿No puedes entender que todo esto es bastante complicado para mí? —exclamó Iker—. En unos meses he tenido que ver cómo todas mis convicciones se desmoronaban y…

—¡Bah, convicciones!

—Vale, o lo que yo creía que era o… ¡Joder, yo qué sé, Javi! No es fácil, ¿sabes?

—Y derramo una lágrima por ti. —Sorbió por la nariz y fingió limpiarse la mejilla—. Pero eso no cambia nada.

—¿Y qué lo cambiaría entonces? —preguntó Iker con un tono de indefensión y desesperación tal, que provocó un silencio sorprendido en la habitación.

Al cabo de un rato, Celeste se acercó a la cama y le acarició la mejilla con ternura y una sonrisa.

—Me da que esa pregunta ha allanado parte del camino, cielo.

—¿Qué? No, ni hablar, no es tan fácil la cosa conmigo —protestó Javier—. Yo necesito algo más. ¡Venga, hombre, faltaría más!

—¡Javi, deja de hacerte el estrecho! ¿No ves que el muchacho está enfermo? —intervino Jake.

—Da igual, chicos, supongo que lo tengo merecido —resopló Iker, consiguiendo una gran sonrisa triunfal del otro—. En fin, Javi, ¿qué tengo que hacer?

—¿Qué tienes que hacer para qué? —preguntó el aludido con las cejas alzadas.

—Ya sabes para qué, idiota.

—No, qué va, no lo sé. Dímelo tú.

—¡Oh, por favor!

—¡Dímelo!

—En fin, creo que nosotros sobramos, os dejamos solos —dijo Celeste.

—¿Qué? ¡No, ni hablar! —gruñó Javi de nuevo—. Toda persona enamorada tiene derecho a sus palabras mágicas y yo quiero testigos para las mías, así que no podéis iros.

—¿Qué te apuestas, sádico? Paso de ser testigo de esta tortura. —Celeste se acercó a la cama y besó a Iker en la frente—. Yo que tú cedería cuanto antes, así te dejará en paz.

—Yo no quiero que me deje en paz —confesó él con una sonrisa, logrando cerrar el pico de Javi—. A ver, ¿qué quieres oír?

—¡Bah! ¿Qué clase de magia habría en esto si te lo tengo que soplar?

—Ya te he dicho que es difícil para mí, te pido algo de paciencia. Se supone que tú eres el comprensivo de los dos, ¿no? —protestó de nuevo.

—Y yo te he dicho que quiero mis…

Con un gruñido de exasperación, Iker se incorporó todo lo que pudo, cogió a Javi del cuello de su camiseta y lo arrastró bruscamente hacia él. Si era verdad lo que decía acerca de que aún se sentía un poco raro al aceptar su homosexualidad, lo cierto era que, cuando se apoderó de sus labios no demostró ni nervios, ni dudas, ni vacilación alguna. El beso fue lo suficientemente profundo y ardiente como para conseguir cerrarle la bocaza de una vez a Javier y convertirlo, literalmente, en esa «damisela» que había dicho no ser hacía solo unos minutos.

—¡Guau! —exclamó Jake.

—Vaaaale, ahora sí que nos vamos —anunció Celeste entre risas, cogiéndolo de la mano y arrastrándolo hacia la puerta—. Regresaremos mañana y… ¡Bah! —Bufó y salió de la habitación, al comprobar que ninguno de los dos la estaba siquiera escuchando—. ¡Ay, Señor! Al fin las cosas empiezan a salir redondas.

—Y yo me pregunto, ¿por qué diablos tenemos que esperar siempre a vivir situaciones extremas para saltar y coger nuestro tren?

—Porque las personas tenemos la tonta costumbre de perder el tiempo tratando de comprender la vida, en lugar de vivirla. —Se puso de puntillas y besó a Jake en los labios—. ¿Me invitas a cenar en un restaurante de esos pijos que yo no podría permitirme ni en un millón de años?

—¿En serio tengo que pagar yo? —bromeó él.

—¡Claro! ¿De qué me sirve tener un novio rico y famoso entonces?

—Visto de ese modo… —En ese instante, y sin previo aviso, un ramalazo de dolor le cruzó la cabeza, provocando que cerrara los ojos instintivamente con un siseo.

—¿Estás bien? —se alarmó Celeste.

Jake aspiró hondo y abrió los ojos despacio. El dolor seguía allí, y de repente la imagen de la mujer se veía borrosa. Se lamió los labios, sintiéndolos secos y amargos, y asintió con una sonrisa que esperó resultara convincente.

—Demasiado rato en un hospital, ya sabes cómo los odio —respondió, besándola de nuevo para borrar la arruga de preocupación que cruzaba su frente—. Salgamos de este lugar y vayamos a cenar.

—Si no te encuentras bien me lo puedes decir, ¿sabes? No me voy a poner histérica ni nada de eso. —Jake soltó una risilla y la abrazó.

—Vámonos, anda.

—¡Celeste! —Se volvieron para ver a la madre de Iker caminar hacia ellos—. ¿Puedo hablar contigo un momento antes de que te vayas? Es sobre mi hijo. Lina me ha contado una cosa que…

—¡Oh! Pues… —Miró a Jake y él le sonrió.

—Te espero abajo, junto a la puerta de entrada, ¿vale? —le dijo, añadiendo al verla vacilar—: ¡Tranquila, ya te he dicho que estoy bien! Es mejor que habléis de esto a solas. Venga, te espero abajo.

Le dio un beso rápido en los labios y se dirigió hacia el ascensor con urgencia, tratando de disimular su malestar. Una vez se cerraron las puertas, pulsó el botón y se dejó caer contra la pared, con un largo suspiro. Se masajeó las sienes y notó el temblor de sus manos. Tenía que calmarse, solo era un pequeño mareo, un dolor de cabeza sin importancia. Llevaban unos días terribles, era normal, ¿no? Cuando el ascensor anunció su planta, salió disparado hacia la calle, sacó una botella de agua de una máquina expendedora y se tomó una de sus pastillas. Se sentó en uno de los bancos que había libres y aguardó allí, con los ojos cerrados, hasta que se mitigó un poco el dolor. Sintiendo la boca seca, se terminó la botella de agua y se obligó a serenarse.

—Mantener la calma —se dijo—. Engañarse y fingir que todo es perfecto no hará que la realidad cambie.

No, en absoluto. Llevaba varios días sintiéndose mal y ya estaba bien de esconderse. Tendría que hablar con el doctor Marshall cuanto antes, aunque le aterrara lo que pudiera ocurrir. Se dejó caer contra el respaldo del banco, pensando en si debería contarle sus temores a Celeste o mantenerlos en secreto hasta que supiera algo seguro. En ese momento, un movimiento captó su atención cerca de la puerta de entrada del hospital. Se incorporó despacio, estrechó los ojos para enfocar bien y…

—¡Maldito bastardo! —casi gritó, poniéndose en pie de un salto.

Era el gorila que había estado con Fran en el restaurante aquel día. Lo reconoció en seguida y activó todas sus alarmas. ¿Qué estaba haciendo allí? Jadeó y sintió pánico al recordar que había dejado a Celeste sola varias plantas más arriba. ¿En qué diablos había estado pensando? ¿Para qué tomar tantas precauciones si ahora la cagaba a la primera de cambio por un simple dolor de cabeza? Sin pensarlo demasiado, se acercó al tipo y le dio unos golpecitos con el dedo en la espalda. El gigantón se volvió con expresión de pocos amigos.

—¡Eh, tú! ¿Qué estás haciendo aquí? —le espetó—. Creo recordar que le dije a tu jefe que se mantuviera lejos de Celeste.

El gorila se limitó a sonreírle con chulería y se dio la vuelta como si se tratara de un molesto mosquito. Jake lanzó un gruñido y lo cogió del brazo para obligarlo a girar de nuevo. El tipo enseñó los dientes en una mueca furiosa.

—Si aprecias esa cara guapetona que tienes, te irás y dejarás de joderme ahora mismo —masculló, escupiendo a los pies de Jake.

—¿Qué estás haciendo aquí? —insistió él, con los dientes apretados.

—¿Y a ti qué cojones te importa?

Jake miró de arriba abajo al tipo y, a pesar de la rabia que sentía, y de que notaba que de nuevo no era del todo él mismo, se obligó a pensar con claridad. Por muy cabreado que estuviera, no tenía ni media leche con ese tío. ¿Por qué seguía perdiendo el tiempo? Gruñendo una palabrota, salió corriendo hacia la puerta con intención de alcanzar a Celeste. No había dado ni dos pasos cuando el gorila lo retuvo por el brazo como si fuera un cepo de hierro macizo.

—¡Suéltame!

—Verás, la cosa es que me lo he pensado mejor. Te vas a quedar aquí conmigo, no creo que a mi jefe le guste que lo molestes mientras habla con su esposa.

—Me vas a tocar los… —Jake cerró la boca cuando sintió el cañón de la pistola contra su costado.

—Ahora cierras la bocaza y me acompañas al coche como un niño bueno, ¿estamos?

—¿O qué? ¿Me vas a disparar delante de toda esta gente? —Para sorpresa de Jake, el matón soltó una carcajada.

—No voy a tardar en ir a Chirona por lo de la librería, así que… Un tiempo apartado de circulación no me vendría mal.

—¡Grandísimo hijo de puta! —gruñó Jake, tratando de zafarse.

—Camina, pimpollo, y no me toques más las narices.

Jake miró con desesperación a su alrededor. Era imposible que en un lugar tan atestado de gente como aquel nadie se percatara de su situación. Lanzó una mirada hacia arriba, hacia las ventanas de las plantas superiores. Celeste… Si no hacía algo pronto, Fran conseguiría llegar hasta ella.

—¿Cuánto te paga ese mierda de Fran? —preguntó a la desesperada—. Yo te daré el doble si me dejas ir.

El gorila volvió a reír y lo empujó para ponerlo en marcha.

A apenas dos metros de ellos, Gabi observaba la escena, dando vueltas, nerviosa, en torno a los dos personajes. Estaba indignada y más enfadada de lo que recordaba en siglos. Pero, ¿qué es lo iba mal con el destino de las narices? ¿Qué más tenía que ocurrirles a esos dos? ¿Es que no iban a tener ni un maldito respiro para ser felices?

Si volvía a intervenir resultaría demasiado cantoso. Todavía no podía creerse que sus superiores no se hubieran enterado de su intervención en la librería. Si lo hacía de nuevo, de seguro se metería en líos; sin embargo…

—¡Maldita sea! —exclamó dando un bote, cuando Amon apareció a su lado con una pequeña explosión de humo—. Podrías avisar cuando vienes, ¿no?

—¿Y perderme la emoción de sorprenderte? —El demonio observó cómo el gorila arrastraba a Jake hacia el aparcamiento—. Esto empieza a resultar pesado, ¿no?

—¡Júrame que tú no has tenido nada que ver!

—Ya estamos con lo de siempre… No he tenido nada que ver —le dijo con voz cansina y sin dejar de observar las escena—. Se ve que tienen cenizo nuestros chicos.

—Amon…

—¡No! —la cortó—. Ya me conozco ese tonito zalamero, guapa. No me vas a camelar otra vez para salirte con la tuya. ¿Has visto a ese gordo? Tiene el alma tan negra y asquerosa que me supondrá muchos beneficios, pararlo ahora sería una estupidez.

—Fran ha ido a por Celeste. ¡No es justo, Amon! Les queda tan poco para estar juntos… ¡Por favor!

—¿Y por qué no intervienes tú? Los dos corremos riesgos, bonita —protestó—. Yo ya me la jugué con mis superiores apagando el incendio del albergue.

Gabi se volvió con las cejas alzadas y la boca abierta, olvidando por un instante a Jake.

—¿Me estás diciendo que fuiste tú? —El demonio se removió incómodo, evitando mirarla. Ella le cogió la barbilla con los dedos y lo obligó a afrontar su escrutinio—. ¿De veras?

—Siempre el tonito de incredulidad —suspiró con tristeza—. Ni siquiera alguien tan despreciable como yo podría quedar impasible viendo cómo se queman unos pobres perrillos indefensos.

Gabi lo contempló durante un rato, sintiendo esas cosquillas que venía experimentando cuando se permitía perderse unos instantes en aquellos inquietantes ojos negros. Por más que lo intentaba, cada vez le resultaba más difícil ignorar esa sensación cálida y sorprendentemente agradable que solo aparecía en su interior cuando Amon estaba cerca. El saber que él se había arriesgado por salvar el albergue y a Iker, hacía que los remordimientos que sentía al sentirse atraída por un demonio se mitigaran.

—He escuchado que fue algo… increíble —susurró sin dejar de mirarlo. Él torció una sonrisa y se acarició el pelo, con algo parecido a la modestia tiñendo sus ojos.

—Bueno, no tuve mucho tiempo para pensar en algo menos rimbombante. Hice lo primero que me vino a la cabeza. Una locura total. Por más vueltas que se le dé, no creo que esta vez los humanos encuentren una explicación científica.

—Sí, eso dicen —rio ella.

—Bueno, no vayas a dártelas de sensata conmigo —bufó el demonio—. A mis oídos también ha llegado el numerito de la librería, ¿eh?

—¡Oh! —Gabi hizo una mueca y sonrió con picardía—. Supongo que a veces eso de no intervenir en el destino de los hombres se me hace muy cuesta arriba.

—Pues yo lo que creo es que nos hemos implicado más de lo que deberíamos en el de estos dos.

—Sí —suspiró el ángel—. Totalmente de acuerdo; pero es difícil no cogerles cariño después de haberlos acompañado durante tanto tiempo.

—¿Cariño? ¿Es eso o es tu deseo de ganar la apuesta, Gabi? —resopló el demonio.

—¿Lo es para ti, Amon?

Él miró la silueta de Jake, cada vez más pequeña en la distancia, y lanzó un hondo suspiro.

—No te negaré que deseaba ganar esa apuesta. —La contempló con nostalgia—. Pero creo que a estas alturas, es más eso que tú dices.

—¿Me estás diciendo que tú también les has cogido cariño, Amon?

—Supongo que sí. ¿Por qué sino me afectan tanto sus penas y sus alegrías? No, no deseo que les pasen más cosas malas.

—Y, sin embargo, no paran de pasarles…

—Sí…

Se quedaron pensativos y en silencio un rato, mirando cómo el gorila se llevaba a Jake. El actor seguía dando tirones, hablando con él, quizás tratando de comprarlo sin éxito. Finalmente, Amon estiró los brazos y torció el cuello a ambos lados. Lanzó un hondo suspiro y miró a Gabi con una sonrisa juguetona.

—En fin, amor, ¿qué hay de divertido en la vida si uno no se salta las normas de vez en cuando?

Gabi lo miró a su vez y una sonrisa lenta y enorme se extendió por su rostro esculpido, dotándolo de luz.

—¿Qué es la vida sin algo de riesgo? —Se encogió de hombros y sacudió su hermosa melena rubia. Chascó los dedos y desapareció.

Un segundo después, Amon distinguió su estela plateada alrededor de los dos hombres. Soltó una carcajada.

—Nada, mi amor, la vida sin riesgo no es nada. —Y, dicho esto, también él se esfumó.