Bajó las escaleras del ático con un café bien cargado en la mano, confiando en que le diera un poco de la energía que necesitaba para afrontar la mañana. Estaba cansada. Eran ya muchas las noches que no conseguía dormir del tirón, siempre acosada por sus problemas, sus miedos y sus pesadillas. Se sentía frágil, tanto que sospechaba que ya no hacía falta demasiado para conseguir quebrarla. La imaginación le jugaba malas pasadas, cada vez más, hasta el extremo de comenzar a plantearse seriamente mudarse a casa de Iker o Javi unos días. No se sentía segura en su propia casa y creía que no había algo más terrible que eso en el mundo. Cualquier crujido, cualquier sonido se convertía en una amenaza, en una sospecha. Por más que se dijera que Fran no podía entrar allí, que no haría algo tan gordo, su subconsciente no lo entendía. Era incapaz de tranquilizarse.
Encendió las luces de la librería, abrió las persianas y puso algo de música en el ordenador antes ir a buscar el correo al buzón del exterior. Saludó a algún vecino con el que se encontró y, antes de regresar dentro, se fijó en un vagabundo que cruzaba la calle en ese momento. Lo conocía, solía dormir por la zona y ella a veces le llevaba algo de comer. Lo que llamó su atención fue lo que llevaba en la mano como si fuera un trofeo. Una rosa. Preciosa, resplandeciente y envuelta en un elegante papel que le resultó aterradoramente familiar. Tragó saliva y entró deprisa en la librería con el corazón acelerado.
—No puede ser, Celeste, estás nerviosa y te lo has imaginado.
Porque era imposible que ese vagabundo llevara una rosa exactamente igual a las que Fran solía regalarle a ella después de «perdonarla» por alguna de las múltiples «faltas» que solía cometer. A menos que ese bastardo la hubiera dejado en su puerta y ese hombre la hubiera encontrado antes que ella…
No, no, no. Definitivamente, no; porque pensar en un «a menos que» significaba pensar en que Fran o alguno de sus matones había estado allí, había cruzado los límites, había rozado su rutina, su calma para asustarla, para hacerla saber que estaba ahí, siempre, que nunca la dejaría en paz. Eran imaginaciones suyas, por Dios, tenía que ser así…
Con el corazón aún acelerado, se acercó a una de las mesitas de café y se sentó. Tomó un largo sorbo de su taza, para dominar el frío que la había invadido, y se dispuso a hacer algo completamente rutinario y normal para seguir con su día. No podía dejar que ese gusano la asustara con tan poco. Aspiró aire y comenzó a revisar el correo, desechando las facturas y la publicidad sin apenas dirigirles una mirada.
—No puedes dejar que te venza, Celeste. Eres más fuerte que eso, eres… ¡Ay, Señor!
El estómago le dio un vuelco cuando vio la carta con el membrete del bufete de abogados que representaba a Fran. La abrió con manos temblorosas, sabiendo en el fondo de su corazón de qué se trataba. A medida que la leía, las lágrimas se fueron derramando por sus mejillas como un torrente.
—No… ¡No, aún no, por favor! ¡Maldito hijo de perra! —gritó, empujando sillas, mesas, pateando todo con lo que se encontraba, sin poder contener el llanto.
La campanita de la puerta sonó, pero ella ni siquiera se dio cuenta, en medio del torrente de furia en que se había convertido.
—¡Cabrón! —gruñó.
—¡Guau! Menudo recibimiento.
Celeste se tensó y se volvió con rapidez, con los ojos como platos. Suspiró aliviada al ver que se trataba de Javi. Con un gemido, se desplomó en una silla y se tapó la cara con las manos.
—Menos mal que eres tú y no un cliente —farfulló—. Solo me quedaba eso, espantar clientes y coger fama de loca.
—¿Qué ha pasado? ¿A qué viene esa rabieta? —Javi se sentó a su lado y la atrajo hacia él para abrazarla. Celeste hundió la cara en el hueco de su cuello.
—Que se nos terminó el tiempo, Javi —sollozó, entregando la carta a su amigo—. Fran ha encontrado un comprador para los terrenos del albergue.
—¡Hijo de puta! —escupió él tras leer la carta, arrugándola con rabia—. Bueno, que no cunda el pánico, cielo, no dice ninguna fecha límite para desalojar, tal vez…
—Sigue soñando —bufó ella, Javi suspiró derrotado. ¿Qué podían esperar de un tipo como Fran?—. ¿Qué vamos a hacer? No tenemos dinero suficiente para pagar los viajes de los niños al albergue de Alemania. ¡Joder, si ni siquiera tenemos para llevarlos a los de los alrededores! Y faltan tantos por reubicar…
—Trabajaremos más duro, Celeste. No los vamos a dejar desamparados.
—No voy a permitir que se los lleven a la perrera, me niego.
—Pues claro que no, cariño —la consoló—. Veamos, llamaré a Óscar ahora mismo para contárselo, a ver si puede conseguir un aplazamiento.
—No creo que pueda, eso venía bien claro en el contrato.
—Bien, pues habrá que buscar casas de acogida de urgencia; después del festival podremos trasladar a muchos, ya lo verás. Tiene que salir bien —se repetía Javier, mientras esperaba con el teléfono en la oreja, dando vueltas por la librería. Celeste apoyó la frente en la mesa, como si quisiera desaparecer del mundo por unos instantes—. ¡Mierda, el móvil de Óscar no para de comunicar!
—Luego lo vuelves a intentar. Llama a Iker, anda, habrá que contárselo…
—Yo no pienso llamarlo, hazlo tú si quieres —rumió, volviendo a sentarse frente a ella con los brazos cruzados—. Seguro que le jodo algún rollete o algo así.
Celeste alzó la cabeza despacio y lo miró. Javi mantenía un ceño fruncido y una mirada oscura que, sin embargo, no conseguía ocultar el destello de tristeza que había en ella. Suspiró y dio una palmada en la mesa, sobresaltándolo.
—Está bien, colega, ya estoy muy harta de esto —gruñó—. Me vas a contar ahora mismo qué narices os ha pasado a Iker y a ti. ¡Y como se te ocurra decirme que nada, te juro que con la mala leche que tengo en este momento soy capaz de pegarte una hostia!
—Solo es un desacuerdo sin importancia. Ya lo escuchaste el otro día, las cosas están bien, más o menos… —murmuró Javi esquivamente.
—¡Ya! —rumió la chica—. Mira, no tengo paciencia. Lleváis meses así, casi no os habláis y cuando lo hacéis es para escupiros cosas a la cara. ¡Por Dios, Javi! La escena del otro día en el hotel fue… ¿Cuándo se rompió nuestro trío de «mosqueteros», que no me he dado cuenta?
—Tal vez sea porque tú estás demasiado ocupada ocultando qué demonios te pasó en tu micro viaje a Trujillo; vamos, hija, que desde entonces respiras y caminas porque no tienes más remedio. Incluso me pregunto si lo seguirías haciendo de no ser por Garras y Patas—contraatacó él—. ¡Y no me digas que no te pasó nada, que con la mala leche que tengo…!
Celeste se enderezó en la silla y lo fulminó con los ojos convertidos en rendijas. Tragó aire y lo soltó despacio.
—Ok, muy bien. Tú ganas. Ya está bien de tonterías. Me cuentas lo que os ha pasado a Iker y a ti y yo te contaré lo que ocurrió en Trujillo. ¿Trato hecho?
Javi la miró durante unos instantes, mientras daba golpecitos nerviosos con el pie en el suelo. Después de un rato, chascó la lengua y desvió la mirada.
—Hace un tiempo, salimos juntos a tomar unas copas y… le dije… algo, y no le gustó. Se… no se enfadó exactamente, pero… bueno, su actitud… Yo sí me enfadé. ¡Qué leche, tenía todo el derecho del mundo a enfadarme! Fue un cerdo, cretino, insensible. ¡Claro que tenía derecho! Tengo todo el derecho del mundo a estar cabreado y aun así todavía lo tolero, no le he hecho el vacío como él a mí, ni ando por ahí rugiendo cada vez que lo encuentro, cosa que él… Bueno, ya lo has visto, ¿no?
—Ehm… Vale, vale, rebobina, Javi, que te me pierdes —pidió Celeste—. A ver, no des rodeos que nos conocemos. ¿Qué le dijiste para que se enfadara contigo?
—¡Ya te he dicho que no se enfadó!
—Sí, sí, es cierto, eres tú el que está enfadado —dijo alzando las manos en un gesto conciliador. Lo miró con paciencia un instante y resopló al entender que él no tenía intención de continuar—. ¡Javi!
—¿Qué? —gritó.
—¿Qué demonios le dijiste a Iker? —gritó ella también.
—La verdad, solamente.
—¿Qué jodida…?
—¡Que lo quiero! ¿Vale? —la cortó con un gruñido, poniéndose en pie de un salto. Comenzó a dar vueltas de nuevo como un gato encerrado, evitando mirar a su amiga a la cara.
Celeste se había quedado con la boca abierta y los ojos como platos.
—¿Que qué? —jadeó.
Javi la miró entonces, con una tristeza que le encogió el corazón. Sacudió la cabeza y volvió a sentarse. Alzó las manos en un gesto resignado.
—Que lo quiero, Celeste —susurró—. Salimos juntos esa noche y… yo había bebido mucho.
—Y le dijiste eso porque se te fue la olla —aventuró, pero enseguida rectificó, comprendiendo en un segundo un millón de miradas, de sonrisas, de palabras, de gestos…—. No, qué va.
—No. Solo reuní el valor para decirle la verdad, solo eso —confirmó Javi con pesar.
—¡Oh, Señor! —musitó ella cerrando los ojos—. Y él se lo tomó mal. No me lo puedo creer… ¿Qué te dijo exactamente?
—Bueno —sonrió con tristeza—. Se apartó de mí como si de repente se hubiera convertido en el típico homófobo, que se cree que un homosexual puede contagiarle o violarlo por el simple hecho de tener picha.
—No me lo puedo creer —repitió Celeste—. ¿En serio?
—Es lo que pareció, sí. Me dijo que estaba borracho, que no dijera más gilipolleces; que si iba buscando un rollo porque esa noche no había caído ninguno, que con él lo tenía claro. ¡Que él era muuuy macho!
—Ay, Javi… —susurró cogiéndole la mano—. Lo siento. Lo siento tanto… ¿Por qué no me lo dijiste?
—¿Para qué? —escupió él encogiéndose de hombros—. Me sentía ridículo. ¡Me siento ridículo, por favor! Imagínate, yo, la mariposa con fama de ir de flor en flor, por fin consigo sentir algo serio por alguien, encuentro a esa persona por la que sería capaz de ir al fin del mundo si me lo pidiera, y resulta que no solo es mi mejor amigo sino que es heterosexual. Ridículo…
Celeste lo pensó un instante. El amor siempre venía así, de sopetón y poniéndonos a prueba. ¿Por qué diablos el destino permitía que nos enamoráramos de gente fuera de nuestro alcance?
—No es ridículo, Javi. Iker es un gran tipo. ¡Maldita sea, es un tío perfecto! Lo tiene todo, cualquiera se enamoraría de él.
—Tú no lo has hecho, ¿no? —La miró un segundo antes de tensarse—. ¿No?
Celeste se rio y negó con la cabeza.
—No, pero no me cuesta entender por qué tú sí lo has hecho. Y has sido tan valiente al decírselo…
—Ya, para lo que ha servido… Y es que, joder, Celeste, llevaba un tiempo viendo cosas, sintiendo cosas que… Supongo que me había cegado con mi fantasía absurda, pero había momentos en los que me parecía que Iker me miraba como yo a él, que me sonreía, que… No sé explicarlo, pero llegué a creer que él también sentía algo por mí, solo que no lo comprendía. Pensé que si yo daba el primer paso, si le allanaba el camino tal vez le diera por pensar en eso que sentía o… ¡Yo qué sé! Fue una tontería de la que me arrepentiré toda mi vida. Ahora se comporta como si mi presencia le ofendiera terriblemente, y para colmo ha extendido su odio a Óscar. ¿Qué culpa tendrá él?
Celeste se quedó pensativa unos instantes, recordando la actitud de Iker en los últimos meses. Lo cierto era que a ella también le había parecido ver algo… ¿diferente? Algo cada vez que Javi salía a colación. Y después, esa actitud despectiva hacia Óscar… ¡Óscar!
—Ey, espera un momento, Javi. No me dirás que tu romance con Óscar ha sido por despecho, ¿verdad? Por favor, por favor, dime que sientes algo por él, porque él está enamorado hasta las trancas de ti. —Su amigo torció la boca y ella gimió—. ¡Oh, joder, Javi! ¡No puedes hacerle eso, es un gran tipo, maldita sea!
—Es el mejor de los tíos, estoy de acuerdo —asintió con un cabeceo—, y un gran amigo. Óscar lo sabe todo, y además está convencido de que Iker siente algo por mí…
—¿Qué? ¿Y aun así…?
—Es… complicado de explicar. Tenemos una especie de acuerdo —musitó esquivamente. Se envaró al ver la mirada de reproche de su amiga—. ¿Qué querías que hiciera, Celeste? No podía quedarme llorando toda la vida en casa. Óscar y yo lo pasamos bien juntos…
—Pero…
—¿Nunca te ha pasado que has conocido a alguien que te hace entender, de alguna manera, que jamás, nunca, podrá haber otro como él?
Ella bajó la mirada para evitar que su amigo viera todo lo que había allí. ¿Que si le había pasado? Jamás habría nadie que llenara ese vacío que la estaba consumiendo desde que había estado con Jake. A veces, cuando la desesperación la derrotaba, pensaba que tal vez hubiera sido mejor no haber ido nunca a Trujillo, no haberlo encontrado, no haber vivido todo aquello sin lo que ahora se sentía incompleta y desgraciada. Sin embargo, en seguida se daba cuenta de que, a pesar del dolor y el vacío, había merecido la pena. Por unos escasos momentos, había tenido la oportunidad de estar con él, eso era un tesoro que guardaría en su memoria toda la vida.
—Vaya, por tu careto veo que sí, que sabes bien de lo que te hablo —resopló Javier—. Entonces, a sabiendas de que no habrá nadie como él, ¿no intentarías encontrar la felicidad por todos los medios? Óscar cree que puede conseguirlo.
—¿Tu felicidad? —preguntó con escepticismo—. No estoy convencida de que una relación sin amor por ambas partes pueda funcionar.
Javi sonrió enigmáticamente.
—Es obstinado y muy inteligente.
—Pero tú no lo amas.
—Cariño, confía en mí, ¿vale? Ya te he dicho que es complicado de explicar, pero si todo sale bien, conseguirás entenderlo.
—Confío en ti, Javi, claro que sí —dijo con un suspiro—, pero, por favor, trata de no hacerle daño, ¿vale? Cuida de Óscar, creo que se derrumbaría si tú lo… en fin…
—Sí, si lo tratara como a todos mis ligues, ¿no? —completó él sonriendo.
—Sí, por favor, no lo hagas.
—Tranquila, jamás haría algo que pudiera dañarlo.
Guardaron silencio unos instantes, cada uno sumido en sus pensamientos. De repente, Javi alzó la vista hacia ella y Celeste entendió que era su turno. Pensó un instante qué decir sin decir nada. No quería revelar los detalles, no quería decirlo en voz alta, no podía compartirlo. Su oasis era suyo, solo suyo.
—Me toca, ¿no? —murmuró, resoplando ante la sonrisita de su amigo—. Vaaaale, lo confieso, conocí a alguien en Trujillo, nos gustamos, pasamos el día juntos y… la noche.
—¿Te acostaste con él? —preguntó Javi con los ojos como platos—. ¿Tú?
—Sí, yo, ¿qué pasa?
—Que no tuviste tiempo de conocerlo. Tú no te acuestas con un tío así como así. Venga, Celeste, que no me lo creo.
—Pues ya ves, para todo hay una primera vez.
—No —murmuró él, pensativo—. No es tu estilo y ahora creo que lo entiendo todo. Tu actitud desde que regresaste, estás triste, apagada… No sé cómo pasó, si solo estuviste allí dos días, pero ese «alguien» al que conociste es tu «alguien». ¿A que sí?
—Muy agudo, Sherlock —respondió escuetamente.
—¡Oh, Celeste! ¿Y qué ocurrió? ¿Por qué no estás con él? ¿Te hizo daño? Si te hizo daño solo dime dónde encontrarlo que te juro que…
—Tranquilo, tranquilo Chuck Norris. Despacio, pregunta tras pregunta, ¿vale? A ver… ¿Qué ocurrió? Ehm… sí, era mi «alguien», eso me quedó bien claro con solo pasar los primeros minutos con él. Pero bueno, las cosas se torcieron. Yo de algún modo metí la pata y se molestó. Se molestó tanto que se fue y no me dio la oportunidad de disculparme.
—Joder, Celeste. ¿Qué hiciste? No creo que tú hicieras nada demasiado malo.
—No voy a hablar de eso, Javi, aunque te pongas pesado, no lo voy a hacer. La cuestión es que, supongo que yo no era su «alguien», porque no volvió. Creo que si hubiera sentido lo mismo por mí, no se habría acabado tan fácilmente. ¿Me hizo daño? Sí, claro, pero en parte fue mi culpa; yo también lo herí a él, de algún modo lo hice, aunque no sintiera lo mismo por mí. Y no, no tienes que buscarlo en ningún lado. Sé con seguridad que jamás volveré a verlo. No es alguien que vaya a cruzarme en un supermercado o en el metro, créeme.
—¿Y cómo estás ahora, amor? —le preguntó Javi con ternura, entendiendo que no iba a decir nada más por el momento. Le cogió la mano, tal como ella se la había cogido a él antes, ofreciendo su apoyo, sin presionar más.
—Bueno, no voy a decirte que todo es rosa y maravilloso, pero, aunque estoy triste y sé que nunca podré olvidarlo ni encontrar a otro como él, también puedo decir que guardo unos recuerdos maravillosos que nada ni nadie podrá llevarse jamás. Ni siquiera el cerdo de Fran con toda su horda de abogados y mala leche —gruñó, alzando la carta de nuevo ante los ojos de su amigo.
En ese momento, el móvil de Celeste comenzó a vibrar tras el mostrador de la librería. Suspiró y se puso en pie para cogerlo. Su amigo la siguió con la vista y se tensó automáticamente al captar el horror en sus ojos cuando miró la pantalla. Hablando del diablo…
—¡No lo cojas! —le dijo antes de preguntar nada. Celeste lo miró con esa expresión asustada que solo el cerdo de Fran era capaz de poner ahí. Se levantó y acudió a su lado mientras el teléfono dejaba de sonar—. No creo que ese gusano tenga nada que decirte.
—Llamará y llamará hasta que lo coja —susurró.
—Pues entonces apágalo. —Como un presagio cumplido, el móvil volvió a sonar en su mano—. Apágalo, Celeste.
Ella miró el aparato y en sus ojos se dibujó una resolución. Apretó los labios y miró a su amigo.
—¿Y demostrarle el miedo que le tengo? Ya estoy cansada, no puedo seguir escondiéndome toda mi vida.
—No tiene nada que decirte… —trató de insistir Javi, pero ella descolgó.
—¿Qué quieres, Fran? —respondió con sequedad.
—¡Oh, oh, oh! —Se escuchó la odiosa voz al otro lado—. ¡Pero qué sorpresa, Celeste! Creí que no tendrías lo que hay que tener para coger el teléfono.
—¿Y para qué te molestas en llamar entonces?
—Bueno, nunca pierdo la esperanza, y ya ves, mi insistencia se ha visto recompensada. —Fran se rio antes de soltar la palabrita final—: Cariño.
—¿A qué debo el placer de tu llamada? —preguntó Celeste con sarcasmo, tratando de que no se le notara el escalofrío que le acababa de provocar.
—Me preguntaba si te habían llegado noticias de mi abogado. —Ella gruñó como respuesta—. Ya veo que sí. ¿Y bien?
—Y bien, ¿qué? ¿Qué estás esperando que te diga?
—Tenéis que despejar ese nido de pulgas en breve, para desinfectar, por lo menos. No creo que al comprador le haga ninguna gracia…
—Mira, si has llamado solo para eso… —lo cortó—. Cuando me llegue la orden oficial haremos lo que tengamos que hacer, en el plazo correcto. Te podías haber ahorrado la llamada, tus abogados se encargarán de que hagamos las cosas bien, ¿no? Como siempre.
—¡Ay, Celeste! ¿Por qué eres tan seca conmigo? Te llamo porque siempre es un placer escucharte, mi amor. Pero además, quería ser el primero en contarte una cosa. —Ella se tensó, temiéndose lo peor, nada de lo que Fran tuviera que contarle podía ser bueno—. Mis abogados me han recomendado que no te diga nada hasta que las cosas no estén completamente atadas, pero no puedo resistirme a darte la noticia.
—Fran, no tengo todo el día —escupió—. Suelta de una vez lo que quieras decirme y déjame seguir trabajando, ¿quieres?
—Y vuelves a ser desagradable conmigo —dijo él chascando la lengua—. No necesitarías trabajar si regresaras a casa.
—Creo que voy a colgar ya —anunció Celeste. Fran se rio, poniéndole la carne de gallina.
—Quizás la próxima vez que hablemos te plantees seriamente mi generosa oferta. Parece que estoy de suerte, mi amor, no solo he logrado colocar esos terrenos de mierda por los que tanto peleáis tú y los maricas de tus amigos, sino el lote completo.
A Celeste se le cayó el alma a los pies, presintiendo lo que venía a continuación. Pero no podía… No podía, ¿verdad?
—¿De qué estás hablando? —jadeó, sin poder ocultar el horror, cosa que a Fran le deleitó de acuerdo a su risa.
—Tengo un comprador para la librería y el estercolero al que llamas casa —soltó a bocajarro.
Celeste estuvo a punto de dejar caer el teléfono por la impresión. Javi se abalanzó para quitárselo, pero ella se lo impidió. Le riñó en silencio, tratando a la vez de calmar su impresión y su rabia.
—No puedes hacer eso —dijo por fin, tratando de sonar segura—. El contrato especificaba que tenía un año y que…
—¡Bah! Los contratos pueden romperse, traspasarse, siempre hay alguna lagunilla, alguna cláusula que reinterpretar, y alguien lo bastante loco como para pagar lo que sea con tal de salirse con la suya.
—No puedes…
—¡Está casi hecho, mi vida! —Fran soltó una carcajada—. Solo es cuestión de pocos días, ya tendrás noticias de mis abogados cuando todo esté atado.
Celeste se quedó en silencio, demasiado impresionada para ingeniar ninguna respuesta.
—¿Celeste? —la llamó con un ronroneo—. Sabes que siempre puedes volver a casa, mi vida. Esta tontería ya está durando demasiado. Te echo de menos y…
—Bien, pues entonces está todo dicho. Lo repito, no sé para qué te has molestado en llamar, Fran, si tienes abogados para arreglar tus cosas.
—Y yo te repito a ti que adoro hablar con mi esposa. —Ella se negó a darle una respuesta para esa provocación. Fran insistió, porque sabía que era poderoso en ese terreno—. ¡Ay, Celeste, Celeste! Tú y yo éramos felices, pequeña; yo te quiero y sería capaz de perdonarte todas estas tonterías si regresaras conmigo.
—Eso no va a pasar jamás, sigue soñando.
—Eres tan ingrata, yo te di todo lo que una mujer podía desear y tú lo has rechazado. Rechazaste mi amor, como si fuera cualquier cosa.
—Tú no tienes ni idea de lo que es eso —masculló, apretando el móvil con fuerza. Javi le hacía gestos para que colgara, pero Celeste se había quedado como petrificada, como si la voz de ese gusano le anulara la voluntad.
—Claro que lo sé —exclamó Fran con voz dolida, para seguir hablándole melosamente—. Celeste, eres mi amor, el amor de mi vida. ¿No lo ves? ¿Acaso no ves que todo esto lo hago por ti? Porque te quiero y sé que con nadie estarás mejor que conmigo.
—Sola, sola estaría mejor, desde luego.
—Pues así estarás, cielo, sola. Sola, sin nadie, y en la calle. ¿Crees que eso es necesario? Yo puedo darte todo. Solo tienes que pedírmelo, acercarte a mí. Solo dímelo, mi vida, en este momento. Di que vaya a buscarte, di que te perdone y todo estará olvidado. Tendrás tu librería, ese nido de pulgas que tanto te preocupa será tuyo si así lo deseas. Solo regresa esta misma noche a mi cama y todo estará olvidado. Ni siquiera te castigaré, te lo prometo.
—Nunca… antes muerta —susurró ella casi sin aliento.
—Te preferiría viva, cielo, pero si sigues sin recapacitar… —Su voz se volvió helada—. No voy a consentir que te sigas burlando de mí, Celeste. No sé hasta cuándo voy a poder aguantar.
—¿Me estás amenazando? —logró preguntar ella con voz estrangulada.
—Te expongo un hecho. Tú eres mi mujer y punto. Pronto vas a ver que no eres nada sin mí, que no hay otro sitio dónde ir sino aquí. O aquí a mi lado, o en ningún sitio, ¿lo entiendes?
—¡Hijo de puta! —escupió ella—. ¡Vete al infierno! En tu vida vas a volver a amenazarme, no me vas a volver a asustar nunca.
—¡Trae acá! —gruñó Javier, arrebatándole al fin el teléfono—. ¡Ey, tú, tío mierda! ¿Qué coño te crees que haces?
—Devuélvele el teléfono a mi mujer, bujarrón asqueroso.
—Ella no es tu mujer, no es nada tuyo, pedazo de mierda, ¿me oyes? No eres nadie y no tienes poder para amenazarla, no te lo vamos a consentir, nunca vas a volver a ponerle la mano encima ni a someterla. Olvídate de ella o…
—Dale el teléfono a mi mujer —insistió con una voz que helaba la sangre.
—¡No, cromañón! Se acabó, no vamos a dejarte que vuelvas a hacerle daño, porque, aunque te joda, Celeste no está sola; tú no eres el ombligo del mundo, si acaso el ojete. ¡Ella no está sola!
—Ya veremos, maricón, todo es cuestión de tiempo, y tú y vuestro amiguito me tenéis hasta los huevos desde hace mucho. Andaos con cuidado. Y ahora, si has dejado de cloquear, gallinita, pásame a mi mujer.
—¡Vete a la mierda! —bramó Javi antes de colgar el teléfono. Se volvió a Celeste con la respiración agitada y la estrechó en un abrazo—. Cariño…
—¿Cuándo dejaré de ser tan tonta, Javi? —dijo ella con un hilo de voz, su cuerpo tenso—. ¿Cuándo dejará de asustarme, de mermarme? ¿Cómo ha conseguido eso de mí, por qué puede hacerme esto con solo palabras? —Comenzó a derramar lágrimas mientras sus ojos aún permanecían abiertos de par en par y su cuerpo temblaba en brazos de su amigo—. En verdad tiene razón.
—¿Qué estás diciendo? Esa basura solo sabe peerse por la boca, cielo.
—No, no, Javi, él tiene razón, mientras siga asustada, mientras siga afectándome, siempre seré suya.
—Pasará, Celeste. Cuando veas que no puede tocarte, regresará tu seguridad. Cuando deje de joder tu mente, te sentirás segura y fuerte para hacerle frente, ya lo verás.