Un mes después…
Abrió los ojos pesadamente, con miedo a que lo azotara el dolor, siempre tendría miedo a eso. No ocurrió, pero sí le sobrevino el embotamiento, la pesadez y la falta de soltura en la mente.
—Buenos días, bello durmiente —murmuró una voz femenina a su lado.
Jake sonrió perezosamente y por un minúsculo momento su realidad navegó difusa, deseosa de seguir abrazando el sueño maravilloso que acababa de tener. Un sueño brumoso y extraño que se repetía a diario, y del que siempre podía rescatar una imagen con claridad: Celeste. Su boca perfecta, sus ojos ambarinos y cristalinos, su cuerpo menudo. Aspiró hondo y se permitió seguir soñando un segundo más. Si fuera ella la que velaba junto a su cama…
—¿Cómo te encuentras?
Jake tardó un rato en enfocar la mirada en la mujer y dejó escapar un sonido de decepción. Seguía viéndolo todo borroso y doble, pero estaba claro que no se trataba de Celeste. Solo era una enfermera haciendo su trabajo. Se desperezó como pudo, con esos movimientos limitados que lo frustraban hasta el extremo de enfurecerlo. Su cabeza seguía navegando ligeramente en las olas del sueño, pero la realidad se abría paso a pequeños sorbos. Miró a su alrededor, algo desorientado, y bufó al identificar la habitación de la clínica, otra vez. Cada despertar era igual, por un instante olvidaba dónde se encontraba y se desilusionaba al recordar que nada había cambiado.
—Pues no estoy seguro. ¿Cómo debería encontrarme? —dijo despacio, trabajosamente. Odiaba no poder expresarse con fluidez.
—¿Te duele algo?
—Uhm. —Lo pensó un instante—. No, solo el orgullo. Me cuesta moverme, veo doble, hablo como un niño de tres años… Todo normal, supongo.
—Bueno, ya sabíamos eso. No creerías que ibas a salir de una operación de cerebro y un coma como una rosa, ¿verdad? No estás en una de tus películas, amigo, las cosas van más lentas por aquí —le dijo la enfermera sonriendo.
Jake emitió un gruñido y trató de rascarse la nariz, consiguiendo meterse un dedo en el ojo. Gruñó más fuerte y la mujer, con una sonrisa cariñosa, le situó la mano en el sitio correcto.
—¡Es tan desesperante! —protestó—. ¿No debería de notar alguna mejoría a estas alturas?
—No seas impaciente, hombre, te quitaron un trocito de sesera, estuviste varios días en el limbo, habría sido casi un milagro que despertaras y no te quedara ninguna secuela.
Más bien había sido todo un milagro que despertara, lo sabía, no era necesario que la enfermera se lo dijera; lo leía en los ojos de todos los que le referían la operación, aunque los viera borrosos. Lo cierto era que no tenía mucho interés en preguntar los detalles. Estaba vivo, ¿no? Vivir significaba posibilidades, oportunidades; vivir significaba poder luchar.
—Es solo que me desespero —masculló como si fuera un crío.
—Lo entiendo, pero lo estás haciendo muy bien, Jake —lo animó la mujer—. Puede que te parezca que no, pero estás mejorando, solo tienes que tener paciencia y seguir con la rehabilitación. En seguida vendrá el doctor Marshall a examinarte y seguro que te cuenta más cosas que yo.
La enfermera siguió revoloteando a su alrededor, haciendo su trabajo mientras Jake trataba de nuevo de alzar la mano para rascarse la nariz. Esta vez acabó dentro de su boca. ¡Casi! En ese momento se abrió la puerta y entró el doctor; bueno, él vio a dos doctores Marshall, pero ya casi se había acostumbrado a ese pequeño detalle.
—Buenos días, doctor.
—Buenos días, Jake. ¿Has dormido bien?
—He tenido un sueño bonito —respondió con una sonrisa que sintió torcerse de manera extraña—. Me pregunto… ¿qué aspecto tendré mientras sonrío?
—Uno bueno, hace unos días no podías hacerlo, ¿recuerdas? —Comenzó a comprobar sus estímulos a la luz, el sonido… Lo de siempre—. Y, ¿qué tal te encuentras?
—Agobiado y hasta los… En fin, harto de no ser yo.
—Eres tú, y cada vez más. Y créeme si te digo que estuviste a punto de dejar de ser nada más que un recuerdo —comentó el hombre como si tal cosa.
Jake volvió a sonreír. Le gustaba el doctor, era tan delicado como unos calzoncillos de loneta, pero al menos era sincero. En el tiempo que llevaba tratando con él, se había convertido en una de las relaciones más cálidas que tenía; lo cual, si lo pensaba detenidamente, resultaba bastante patético.
—Lo que más me molesta es no poder ni siquiera rascarme, pero supongo que debo dar gracias, al menos ahora puedo levantar la mano. —Jake la alzó ante sus ojos como para reafirmar ese hecho.
—Tranquilo, muchacho, lo estás haciendo francamente bien. La rehabilitación te está funcionando de maravilla, y si sigues trabajando duro con la logopeda, pronto volverás a ser la cotorra de siempre.
—Bien, porque me muero de ganas de charlar con estas paredes tan bonitas que tenéis en esta clínica —resopló con sarcasmo. En seguida se arrepintió de lo que había dicho. Se sintió estúpido autocompadeciéndose por su miserable vida social. Pero es que, francamente, ¿no era triste que uno de los actores más cotizados de Estados Unidos no tuviera visitas después de haber superado una muerte casi segura?
—Tal vez tendrías más visitas si dejaras de guardar en secreto tu enfermedad y tu internamiento —le recriminó el médico.
—¿Y tener a un corro de paparazzi pululando por aquí día y noche? No, gracias, prefiero la soledad. Además, que es humillante que mis seguidores sepan que estoy así de…
—¿Humano?
Jake le lanzó una mirada enfurruñada. No se trataba de eso. Él era muy humano y le gustaba serlo, por encima de la estrella de cine. Especialmente después del episodio de Trujillo… El estómago le dio un vuelco al pensar en eso, en Celeste, de nuevo. Había tratado de no centrarse demasiado en ello, en sus errores y torpezas, en las mentiras de ella. Sin embargo, era obvio que su subconsciente no tenía intención de darle paz al respecto, puesto que cada vez que dormía le traía los recuerdos de regreso, los buenos, pero también los malos. Los buenos lo hacían añorarla, anhelarla más que a nada en el mundo; los malos… Los malos lo hacían sentirse aún más débil e inútil.
—En cualquier caso —continuó el doctor—, debo decirte que hoy sí que tienes una visita.
Jake alzó las cejas con sorpresa, o eso pretendió al menos, no podía estar seguro de la orden que su cerebro había mandado a sus músculos faciales.
—¿Tengo una visita?
—Así es. Tu amiga la modelo está esperando fuera. Le dije que la dejaría pasar después de haberte examinado, siempre que tú me des permiso, claro.
Se lo dio, por supuesto, se moría por tener compañía, y Daisy se había convertido en un gran apoyo para él.
—¿Cómo estás hoy, cariño? —lo saludó, besándolo en los labios.
—Torpe, como cada día. Oye, Daisy…
—Lo sé, lo sé, tengo que dejar lo de los besos y los «cariño» —resopló la modelo, sentándose con glamour en una silla—. Es solo un gesto cariñoso, no seas cascarrabias.
—Creí que tu sesión fotográfica duraría hasta la semana que viene.
—Trabajé duro para poder regresar antes, eso es todo —explicó la chica con un encogimiento de hombros, antes de sonreír con picardía—. ¡Estaba ansiosa por ver a mi amorcito!
—No deberías alentar esos estúpidos rumores —gruñó Jake, al que no le hacía ninguna gracia que las revistas aún hablaran de ellos como pareja—. Tú te mereces ser libre de mí para continuar con tu vida.
—¡Oh, pero qué presumido! —se rio ella—. Te das mucha importancia, ¿no?
—No es eso… —Jake acabó riéndose también—. Lo siento, sí que ha sonado presumido, es solo que no me expreso bien todavía.
—Tranquilo, cielo, lo entiendo. Pero no te preocupes por esos rumores, llevan sin tener noticias tuyas una eternidad, así que de algo tendrán que hablar… Si quieres iré soltando el chisme y, en menos de una semana, todos sabrán que eres libre como un pajarito de nuevo.
—Gracias, Daisy —le dijo con una sonrisa.
—Uhm… realmente envidio a esa chica…
—¿Qué chica? —preguntó el actor disimulando con torpeza y provocando una nueva carcajada de la mujer.
—¡Oh, vamos! ¿Por qué no me lo cuentas de una vez? Esa chica, la que tanto interés tienes en que sepa que estás libre. La que pone esa lucecita tan bonita en esos ojazos verdes, la que hace que cada día te partas la espada en la rehabilitación, que te cabrees cuando no puedes utilizar tu labia de galán. ¡La chica misteriosa de tus vacaciones!
—Galán… —Jake soltó una risa, recordando sus bromas con Celeste.
A pesar de que Daisy le había preguntado un millón de veces, no se había atrevido a hablarle de su chica de Trujillo aún. ¿Por qué? Las dudas y la inseguridad le carcomían las entrañas. Por un lado se sentía avergonzado por cómo la había tratado, por otro… En fin, lo cierto era que, a pesar de lo que creía sentir por ella, no podía estar seguro de que fuera correspondido, después de todo, Celeste sí le había mentido, eso no podía olvidarlo. ¿Y si todo eso que había creído ver en sus ojos tan solo había sido producto de su imaginación? ¿Y si Celeste en verdad solo buscaba una aventura con el famoso Jake Smart?
—¡Ay, Jake! ¿Por qué no confías en mí y me lo cuentas? Tal vez podría ayudarte, se me da bien hacer de Cupido. Quizás lograra borrar esa carita tristona que se te pone cuando piensas en ella, como ahora mismo, por ejemplo.
—Daisy…
—Haría lo que pudiera para que fueras feliz, cielo —le dijo con seriedad, aunque en seguida recobró su aire frívolo y comenzó a reír—. ¡Jake Smart, enamorado! ¿Quién lo hubiera dicho?
El estómago de Jake dio un vuelco. Enamorado… ¿De una mujer con la que solo había pasado un día y que le había engañado? ¡De locos! La imagen de Celeste inundó su cerebro de nuevo, llenándolo de color: ella desordenando sus cortos rizos, hablándole con la mirada iluminada, riendo… Su boca, sus besos, su cuerpo… Cerró los ojos tratando de apartarla de su cabeza, pero no lo logró. No lo logró porque la quería allí, en cada segundo de su vida, la quería… La quería. ¿Se sentía así porque estaba débil física y emocionalmente? ¿Se había sentido en el paraíso en Trujillo porque le rondaba la muerte? ¿Y qué más daba? Se sentía así, ¡sentía! Poco importaba el porqué, solo lo mucho que la necesitaba.
—¿Por qué no está ella contigo en estos momentos, Jake? —le preguntó la modelo con suavidad. Él gruñó y se removió incómodo. La mujer suspiró—. No me lo digas: no tiene ni idea de que estás enfermo, ¿me equivoco? ¡Ay, Señor! ¿Cuándo vas a entregar tu confianza a alguien? Dime dónde puedo localizarla, hablaré con ella. Estoy segura de que te sentirás mejor cuando la tengas a tu lado y…
—¡No, eso no! —respondió él con brusquedad.
—Mira, Jake, el que escondas tu enfermedad no hará que desaparezca. Tú eres más valiente que todo eso.
—Puede que sí, pero no quiero regresar a ella como un enfermo. No, quiero ser el mismo.
—Entonces, ¿qué? Aún te queda un buen tiempo en la clínica. ¿Quieres que ella se olvide de ti por mantener ese puñetero orgullo de hombre fuerte, o quieres que vaya a buscarla en este momento?
—Si es que… —titubeó—. La cosa es que… Aunque quisiera que se enterara, que no quiero, lo cierto es que… no sé dónde encontrarla.
—¿Qué?
Antes de darse cuenta de cómo ni por qué, Jake le había contado a Daisy, lenta y torpemente, toda la historia de Made in Heaven, Celeste y Trujillo, sin esconder ningún detalle.
—Por supuesto ya has comprobado esa cuenta de Facebook —dijo la mujer, arrugando la frente mientras pensaba.
—Por supuesto lo hice en cuanto tuve un mínimo de coordinación en mis manos y ojos —masculló él—. La ha borrado, pero eso ya lo esperaba. No tengo nada para dar con ella.
—Bueno, en realidad algo sí tienes. Sabemos que es dueña de una librería en Barcelona.
—No sé su nombre tampoco. ¿Tienes idea de cuántas librerías puede haber allí? —bufó con frustración.
—Muchas, pero ella dijo…
—Una de la más bonitas, sí, pero a saber. Celeste es tan pasional —musitó—. Tampoco he encontrado nada en el diario, aunque no lo he podido leer entero, no puedo enfocar las letras, pero parece ser que allí solo habla de mí.
—¡Ay, qué bonito! —suspiró Daisy, ganándose una mirada asesina—. ¡Venga ya, Jake! La encontraremos y le explicarás por qué fuiste tan capullo. Todo se arreglará, ya lo verás. ¡Oh, Dios, estoy en medio de una novela romántica! —exclamó de repente, poniéndose las manos en la cabeza en un gesto exagerado. Él no pudo evitar reírse.
—Para eso primero tiene que haber protagonista masculino; yo ahora mismo soy poco más que un despojo.
—Ya estamos… Eso es cuestión de tiempo, mientras podemos ir investigando en plan Sherlock. Leeré ese diario un millón de veces si es necesario, tiene que haber algo. —Jake volvió a reír—. ¡No te rías, lo digo en serio! Encontraremos a tu chica de nubes, ya lo verás. ¡Esto es un reto, amigo!