Las escaleras de los juzgados no le habían parecido tan empinadas cuando las había subido unas horas antes. Probablemente, en ese momento le pesaban demasiado todas las palabras, todas las injusticias a las que había tenido que hacer frente en el interior.
—¡Celeste, espera!
Aceleró la carrera, tratando de ocultar las lágrimas. Su abogado volvió a llamarla y ella quiso saltar los tres últimos escalones de un golpe. Por supuesto, en aquel maldito día la jugada no iba a salirle bien. Se torció un tobillo y cayó dolorosamente de rodillas sobre la acera, desperdigando todos los papeles que llevaba en la carpeta. Los miró desde el suelo durante unos instantes, sin saber si echarse a llorar o a reír. Algunos transeúntes la miraron al pasar, pero ni uno solo se detuvo a ayudarla. Sintió la tentación de escupirles a los pies.
—Celeste, por favor, escúchame —dijo el hombre al llegar a su lado. Le tendió una mano para ayudarla a incorporarse, pero ella se la apartó de un manotazo—. Entiendo que estés enfadada, pero tienes que comprender que poco más podía hacerse para…
—¿Poco más? —gritó al borde de la histeria—. ¡Poco más es igual que nada, Carlos! Porque eso es justamente lo que has hecho por mí: ¡nada!
—Celeste…
—¡Celeste un cuerno! —bramó, volviendo a palmear la mano que le había tendido—. ¿Cuánto te pagó? Y no me vengas con esa cara de perro apaleado porque no cuela.
—No es lo que tú piensas…
—¿Cuánto? ¡Maldito seas! Lo que yo pienso es asunto mío. —Ya era demasiado tarde, las lágrimas se habían derramado por su cara y no había forma de frenarlas—. Las cosas no estaban tan mal en la última reunión que tuvimos. Me dijiste que tenía posibilidades de conservar la librería. ¿Qué demonios ha cambiado entonces?
—No esperaba que Fran la reclamara en serio —explicó el hombre agachando la cabeza.
Celeste estalló en una risotada histérica y disonante.
—¿No lo esperabas? —rumió, lanzando una mirada perdida a los papeles que revoloteaban por la acera—. Yo sí lo esperaba y te lo dije, te advertí que ese hijo de perra quería destruirme y que iría a por todas.
—Pero la librería…
—¡La librería estaba a su nombre y tú lo sabías! Me dijiste que mi nombre también aparecía en las escrituras, ¡pero era mentira!
—Por favor, Celeste, tranquilízate. Somos amigos desde el instituto, yo jamás te haría algo así.
—No, creí que eras mi amigo, pero ya veo que me equivoqué. Tú solo eres otra de las ratas que se arrastra a los pies de Fran. Deja de tratar de colármela, Carlos. Lo que no entiendo es cómo diablos me dejé engañar por vosotros. ¿Por qué confié en ti? Eres exactamente igual que él. ¡Basura!
El abogado se tensó y la miró con una expresión helada. Sí, esa era su verdadera cara, desde luego, no la de falso perro faldero que había estado fingiendo todo el tiempo. ¿Cómo había estado para confiar en un trepa como él? Desesperada, esa era la respuesta. Necesitaba un abogado y creía que Carlos era su amigo. ¡Oh, qué bien había hecho el papel de «soy profesional y no me vendo»! ¡Qué estúpida había sido! Ese bastardo de Fran tenía contactos en todas partes, y si no los tenía, los compraba.
—Basura o no, me he embolsado un buen pellizco por ayudar a Fran. ¿Y sabes qué, Celeste? En realidad no se trataba solo de quitarte esos estercoleros que tú llamas librería y casa, sino de engañarte hasta el final para aplastar tus esperanzas aquí, en los juzgados, delante de él —siseó el hombre con una sonrisa taimada—. Cobraré un plus si él ve esas conmovedoras lágrimas, ¿sabes? Y aún tengo que cobrar tus honorarios, así que sí, guapa, tu estupidez ha sido rentable.
—Vas a cobrar una patada en tus amadas partes blandas como vuelvas a cruzarte en mi camino, cabrón —respondió ella con los dientes apretados.
—¡Bien! Eso me dará un motivo para denunciarte y desplumarte un poco más. —El abogado soltó una carcajada y Celeste se abalanzó hacia él con las manos convertidas en garras.
Sin embargo no llegó a atraparlo. Alguien la sujetó del brazo, reteniéndola contra su cuerpo en un fuerte apretón.
—¡Olvídalo, cariño! Tú lo has dicho, solo es basura. Él y ese chulo de Fran, basura sucia que apesta —trató de calmarla Javi.
—¿Apestar? A dinero, cielo. ¿A qué olerás tú de aquí a dos meses, cuando no tengas más remedio que dormir en la calle? —se burló una nueva voz, ahondando en la llaga—. ¡Ah, no, que este maricón siempre tiene las puertas de su antro abiertas para ti! ¿Verdad?
La mujer se volvió para encontrar a Fran con su repugnante sonrisa perfecta, su traje perfecto y carísimo y esa cara de capullo perfecto y sabelotodo; y, por encima de todo el odio, de toda la rabia, Celeste sintió miedo, ese maldito e irracional temor que ese gusano había instalado en su alma y que no conseguía borrar. Le hubiera gustado ser un modelo de mujer temperamental y fuerte, acercarse a él y partirle la cara. En lugar de eso dio dos pasos atrás y se refugió junto a su amigo, que la cogió por la cintura, protectoramente.
—¡No te acerques ni un paso más a ella! —gruñó Javi, furioso.
—¿Por qué no? Ah, porque tú lo dices, ¿no? —Fran soltó una carcajada desdeñosa—. Os recuerdo que ya no existe esa estúpida orden de alejamiento contra mí, así que me acercaré lo que me plazca.
—No vas a volver a asustarla con tus mierdas, ella ya está libre de ti.
—Escuchadme bien los dos, imbéciles. Eres mi esposa, Celeste, siempre lo serás, y jamás, jamás estarás libre de mí, mi amor, jamás.
—No soy tu esposa… —jadeó ella. Fran volvió a reír.
—Sigue jugando a ser una mujer valiente e independiente un ratito más si te apetece —le dijo con desprecio—. Pronto acabará todo, ya lo verás. O sigues mi juego o caes.
—¿La estás amenazando? —gritó Javi.
—¿Amenazando? —Fran miró a Carlos con cara de inocencia, pero el abogado se hizo el loco—. ¿Amenazar yo a la mujer de mi vida? ¡Jamás!
—¡Sácame de aquí, Javi, por favor! —susurró Celeste, con la voz estrangulada.
Javier se guardó la rabia y se llevó a una temblorosa Celeste hacia el taxi que aguardaba. Iniciar una pelea solo habría empeorado las cosas en ese momento.
—¡Celeste, te veo en un par de meses! —gritó Fran para hacerse oír antes de que entraran en el coche—. Comienza a empacar tus cosas, cariño.
Ella se desplomó en el asiento trasero, mientras su amigo daba la dirección al taxista. Cuando se pusieron en marcha y perdió la puerta de los juzgados de vista, se abrazó a él y comenzó a llorar con desesperación.
—Lo he perdido todo, Javi. ¡Todo! —sollozó—. Esa librería lleva en mi familia generaciones. Mi abuelo me la legó a mí. ¡Confiaba en mí y yo se la he brindado en bandeja de plata a esa rata!
—Mi vida, no llores, seguro que se nos ocurre algo. Buscaré un buen abogado. Te ayudaremos a pagarlo. Todo saldrá bien. Debiste habernos dejado ayudarte antes…
—Por favor, no me recuerdes en estos momentos lo gilipuertas que he sido al confiar en ese gusano. —Soltó un gruñido y volvió a arrancar a llorar—. ¡Pero qué idiota he sido! Creo que hubiera preferido ver el edifico derrumbado antes que en sus asquerosas manos. ¡Pero qué estúpida!
—No eres estúpida, corazón, solo demasiado buena para ver la maldad en los demás, siempre te lo he dicho. —Celeste resopló y él sonrió antes de darle un beso suave en los labios—. ¡Pero eres mi niña y no dejaré que ese cabrón siga arruinándote la vida!
—Ya me la ha arruinado —musitó ella con un suspiro.
—¡Ni hablar, cariño! Todavía nos tienes a Iker y a mí. Y vamos a luchar por nuestra pequeña librería con uñas y dientes. Como las gatas furiosas que podemos llegar a ser si alguien hace daño a nuestro cachorrito.
Celeste se rio y besó a su amigo de vuelta.
—Vale, Javi, pero yo que tú evitaba decir lo de las gatas delante de Iker, si no te quieres arriesgar a perder la lengua. —Ambos se rieron y se abrazaron.
—Así me gusta, preciosa, con una sonrisa ante todo, esa es tu mejor arma. Tu sonrisa es la cosa más bonita y valiosa del mundo, que ningún capullo la apague nunca, ¿de acuerdo?
—Difícil. —Celeste se recostó en el respaldo y cerró los ojos—. Muy difícil. Creo que he perdido las ganas de reír para siempre.
—No digas eso. Preguntaré a mis amigos, conozco a varios abogados.
—¿Y cómo se supone que voy a pagarlo? Todavía le debo la factura a ese cabrón de Carlos.
—Tranquila, nos la apañaremos —le susurró, abrazándola con ternura—. Y si no, pues siempre puedo echar mano de mis encantos.
—¡Javi! —le riñó, riendo—. ¡Oh, lo peor es que creo que serías capaz de eso!
—¿Por mi niña? ¡Por supuesto!
—Eres un putón.
—En toda regla, sí.
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Estaba realmente agradecida a Javier y a Iker por tratar de consolarla, pero después de pasar toda la tarde juntos pensando en soluciones para arreglar sus problemas, el resultado seguía siendo nulo; aunque, eso sí, tenían un millón de maneras distintas de asesinar a Fran sin levantar sospechas.
En ese momento, de nuevo sola en su pequeño ático sobre la librería, empezaba a sentir otra vez que la desesperación le ganaba la partida y que el mundo se le venía encima. Después de cerrar todas y cada una de las persianas y cerciorarse de que las dos puertas de acceso a la vivienda tenían sus cerrojos puestos, ritual forzoso para templar sus nervios desde que dejó a Fran, se dio una ducha hirviendo que logró relajarla un poco. Encendió su reproductor de música y sonaron la primeras notas de It’s a beautiful day de Queen. La pasó con un bufido y puso la pista tres: Let me live.
—Mucho más adecuada para la situación —murmuró, antes de dejarse caer en la cama.
Cogió el portátil que descansaba a los pies y lo encendió, acomodándolo en sus piernas. Ojeó su correo rápidamente, de todas formas no había mucho que ver: spam, spam, y un mensaje de publicidad del servidor. ¿Por qué cuando más miserable te sentías era cuando nadie parecía acordarse de tu correo? Era patético.
Bueno, tampoco es que estuviera de ánimo para mensajes. Mejor soñar un poco, ¿no? Con una sonrisa triste, entró en la web de su ídolo, Jake Smart. Tan solo ver una foto de ese hombre ya le ponía una sonrisa en los labios. Esa noche había un par de ellas nuevas de la grabación de su última película. Por desgracia, todavía faltaba mucho para el estreno. Eso le hubiera alegrado un poco el día. Entonces recordó el mensaje que había escrito la pasada noche y se sintió igual de estúpida que cuando lo hizo. Por favor, si los chicos se enteraban se estarían descojonando tres días seguidos.
Aunque, estúpida o no, no pudo evitar sentir un pellizquito en el estómago al pensar que ese mensaje estaba en la carpeta de entrada de Jake Smart. Un pellizquito que tal vez iba acompañado de ilusión. Vale, debía de ser la idiota más grande del mundo, pero tenía que reconocer que sentía una chispa de esperanza. Así pues, se conectó a la cuenta de Facebook y…
—¡Venga ya! —exclamó, dando un bote al ver el pequeño número uno que había encima del sobrecito del correo.
¿Quién le iba a escribir a esa cuenta si nadie sabía de su existencia? Unas cosquillas curiosas se arremolinaron en su estómago, haciéndole sonreír de oreja a oreja. Lo sabía. Sabía que era él antes de hacer clic para acceder al correo. Y cuando lo hizo, cuando vio la foto junto al mensaje, su corazón dio un vuelco.
—¡Dios mío! —jadeó, su mano tembló al abrirlo.
¡Un mensaje de Jack Smart! ¡Un mensaje para ella! Curioso, ya no maldecía el fallo en la conexión de la pasada noche. Una sonrisa enorme y soñadora se extendió por su cara al comenzar a leer:
Querida Made in Heaven;
Siento mucho que estés pasando por un mal momento. Siempre hay días asquerosos, pero son esos los que nos hacen realmente apreciar los buenos, ¿no?
Es todo un halago que pienses en mí cuando decides columpiarte en las nubes; aunque, dadas las circunstancias, supongo que sería preferible que no te acordaras de mí en absoluto. Sin embargo, tengo que darte las gracias pues esa idea me ha dado la calidez que me hacía falta para superar una mala noche, (sí, como ves, también yo las tengo).
No dejes de
pasear por el cielo, no dejes de soñar. ¿Sabes?, la idea me gustó
tanto que ahora ando pensando en mis propias escapadas. ¡Yo también
quiero columpiarme en las nubes! Y, si aterrizo de culo después de
haber sonreído aunque sea solo una vez, estoy seguro de que la
caída será menos dolorosa.
Te deseo de corazón que todo salga bien y consigas superar esas dificultades, pero si cayeras, sigo aquí para amortiguar un poco el golpe si me necesitas. En cualquier caso, también para leer tus alegrías, por supuesto.
Afectuosamente;
Jake
Leyó el mensaje más de diez veces, hasta casi poder ver las letras con los ojos cerrados. Se tumbó en la cama y pataleó de alegría, con la necesidad imperiosa de contarle a alguien lo que le había pasado. ¡Jake Smart le había escrito un mensaje! ¡A ella! Bueno… no a ella, a Made in Heaven. Tuvo el impulso de escribir a sus amigos para contárselo, pero decidió no hacerlo. No. Este sería su pequeño secreto, solo para ella, a salvo de miraditas burlonas.
Ese flechazo había llegado hacía unos diez años aproximadamente, cuando estrenó su primera película. Ella era una adolescente feliz de catorce años, sin problemas reales a parte de los típicos que se convierten en vitales con esa edad. Jake era el amor de su vida. ¿Cómo no iba a serlo? Había interpretado a Brandon, uno de los personajes de su saga de libros favorita. No era un papel protagonista, ni falta que hacía, había brillado tanto que había eclipsado a los demás, al menos a ojos de Celeste. Sonrió al recordar aquellos días en los que en su dormitorio, aún en casa de sus padres, no quedaba un hueco que no ocupara un póster o fotografía de Jake Smart.
Con el paso de los años su carrera se había ido consolidando, llegando a convertirse en uno de los actores más cotizados de la gran pantalla, y, si bien en sus comienzos se le había encasillado en su papel de adolescente rebelde, con la madurez fue consiguiendo papeles muy sólidos, en los que por fin pudo demostrar el gran talento que tenía.
Celeste lo había admirado desde entonces y aún se emocionaba cuando sacaba una nueva película, aún lo seguía por internet, aún compraba las revistas en las que Jake salía… Lo sabía todo sobre él, y desde aquella primera vez, seguía firmemente convencida de que era el hombre perfecto. Todo lo que aconteció en su vida… El accidente de sus padres, la muerte de su abuelo, su matrimonio con Fran… Cada terrible experiencia la hacía añorar un poco más sus sueños y, por consiguiente, enamorarse platónicamente un poquito más de él.
La vocecita sabia y «destripa sueños» de su cabeza le decía que eso era porque ella lo tenía idealizado, que Jake en realidad no era tal como lo imaginaba, que adoraba una imagen que se había formado de él en su cabeza. Pero, ¿qué más daba? ¿Tan grave era enamorarse de tu ídolo? Platónicamente, claro… Sin embargo, a pesar de adorarlo como lo hacía, jamás se había atrevido a escribirle ni nada por el estilo hasta la pasada noche.
—¡Oh, Dios! No solo es guapísimo y un buen actor, además es sensible, es encantador, es… ¡Es perfecto!
«El hombre de mis sueños», le dijo esa parte de su mente que aún conservaba la vena romántica y loca que la había llevado a enamorarse de un imposible cuando era adolescente. Cerró los ojos, pensando por un instante que no era normal sentirse tan feliz por algo tan minúsculo. Una obsesión, lo habría llamado Iker, pero ella sentía en lo más hondo que era algo más. Siempre había sido algo más con ese hombre, algo que le hablaba a gritos de destino aunque sonara a locura. Absurdo, y sin embargo, ahí seguía ese sentimiento, superando el tiempo, las dificultades, la madurez… Hasta el extremo de que Fran le había prohibido ver sus películas cuando estuvieron casados. No le había hecho caso, por supuesto; siempre había hueco para verlas a escondidas y rascar algo de felicidad gracias a Jake.
Volvió a incorporarse y a coger el ordenador. Releyó la carta una vez más, mientras sentía que los dedos le cosquilleaban con deseos de contestarle.
—¿Y por qué no? Estoy agradecida. ¡Tengo que darle las gracias! —decidió.
Un millón de gracias por tus palabras, Jake. No, las cosas no han ido bien, han ido todo lo mal que podían ir, pero he vuelto a encontrar mi sonrisa al abrir tu mensaje.
¿Sabes? Quizás mañana el mundo vuelva a devorarme, pero esta noche, gracias a tu carta, camino ágil por esas nubes que me traen la felicidad. La caída… Será lo que tenga que ser, pero llevaré un pedazo de cielo conmigo.
Ojalá que tu
noche mejorara, te lo mereces. Eres luminoso más allá de las luces.
De nuevo, un millón, ¡mil millones de gracias!
Esta vez no le tembló la mano al pulsar enter. Sonrió mientras contemplaba las líneas que había escrito, como una niña a la que le acaba de hablar el chico que le gusta. Apagó el ordenador y se acostó con esa sonrisa. Era una tontería, teniendo en cuenta la cantidad de problemas que tenía, lo feas que serían las cosas de nuevo por la mañana cuando se topara con la realidad, pero esa noche se sentía impulsada, columpiada por la fuerza de un sueño, por uno de los más imposibles. Jake le había escrito un mensaje y de repente la vida parecía tener color verde.