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Cádiz, última semana de diciembre de 1718.

Sevilla, a pesar de los inconvenientes, había sido un sueño. Antoine embarcó en el jabeque con la ilusión de un niño. Iba a recorrer el Guadalquivir hacia la desembocadura, como habían venido haciéndolo las Flotas de Indias durante lustros. Con ellos se embarcaron don Gonzalo, don Pedro, doña Inés y la señora Van Hee con uno de sus hijos y una legión de sirvientes, tanto para despedirlos como para hacerse con la carga de las naves.

Se acodó con don Gonzalo en la borda y éste, experto navegante y buen conocedor del río, le explicó los problemas que habían de sortear y las razones por las que la flota había cambiado de puerto. Aunque el cielo era de un azul intenso, el sol no calentaba y el frío se filtraba por los resquicios de la ropa de abrigo. Hacia el mediodía, el aire se caldeaba ligeramente. Antoine se embebió de ese cielo que pronto echaría de menos. En Anizy, las nieblas y la lluvia eran persistentes en invierno. Al cabo de un rato, se les unieron Clem, André y el capitán Santander.

—Es emocionante imaginar los numerosos galeones que habrán remontado el río cargados de tesoros —comentó Clem.

—Me pregunto si esos tesoros existen de verdad —reflexionó André—. Toda la vida he oído hablar de ellos, pero suenan como cuentos para niños.

—Es curioso que vos digáis eso —intervino Santander—, cuando vuestro padre arribó en Francia con uno.

—He crecido con ese relato y, de tan oído, me parece algo irreal. Me llenó la cabeza de aventuras y fue la causa de que abandonara mi casa. Lo que encontré no se semejaba en nada a los relatos que escuché —se sinceró André.

—Yo he cargado y conducido esos tesoros en mi barco. Son como para perder el sentido —explicó don Gonzalo—. Lo mejor es no pensar en ello.

—Me habláis de tesoros inalcanzables, propios de reyes —rechazó André—. La viuda de Van Hee nos comentó el hundimiento de unos galeones cargados de oro y plata a causa de una tormenta y de los problemas del rescate por la intervención de los piratas. Yo me refiero a esos tesoros que son robados, a lo que se pierde por el camino, a las pequeñas fortunas caídas en manos de nadie. Es con eso con lo que sueña la gente cuando escucha esos relatos: con la propia fortuna.

Antoine se encontró con la mirada escrutadora del capitán Santander y una media sonrisa que se le antojó sardónica.

—Me volvéis a sorprender, excelencia —dijo el capitán—. Recuerdo que vuestro padre dejó la casa, en la que se alojó en Cartagena de Indias, llena de agujeros porque buscaba un tesoro.

—¿Veis? Es un ejemplo que ilustra mi teoría —ratificó André triunfante—. Ese tesoro no existía, eran habladurías.

—Excepto para aquellos que lo acumularon —insistió Santander.

—¿Qué queréis decir? —indagó Clem.

—El tesoro que buscaba vuestro padre había sido reunido por una banda bien organizada, a cuyo frente estaba Miguel, el hombre que compró a la duquesa.

—Ladrones sin honor —comentó don Gonzalo molesto.

Antoine intuyó que el marino se sentía responsable de alguna manera de aquel suceso, por ser quien dejó instalada a Mariana en aquella casa.

—Hay muchas clases de ladrones —explicó Santander—: están los legales, los que roban las soldadas a los militares, los que se apropian de los caudales destinados a la fortificación y mantenimiento de las ciudades, gracias a la posición aventajada de la que gozan y que raramente se ven sometidos a las leyes de los hombres. Están los ilegales, los malandrines de baja categoría que, al haber sido robados por los legales, necesitan robar para sobrevivir. Yo era uno de los hombres de la banda de Miguel y asalté caravanas en el estrecho de Panamá con caudales para la Flota de Indias. Doy fe de la existencia del tesoro que reunimos. No era ninguna leyenda.

El efecto de las palabras del capitán sobre los oyentes fue catapléjico. El silencio fue tan absoluto como la sorpresa, excepto para Antoine, quien se preguntaba si el capitán había perdido la cabeza.

—Erais un capitán de presidio —acertó a decir don Gonzalo estupefacto.

—Efectivamente, muerto de hambre y sin casa por no conseguir cobrar durante meses la paga prometida y, como yo, todos mis compañeros. Cuando los franceses asaltaron Cartagena, no había soldados suficientes en los presidios para proteger la ciudad, a pesar de que la Corona pagaba regularmente a las guarniciones.

—¡Qué escándalo! —murmuró afectado don Gonzalo.

—¿Y qué fue del tesoro? —apremió Clem.

—Todo lo que es conseguido con malas artes, se pierde de igual modo. Miguel nos traicionó.

—Pero mi padre mató a Miguel y buscó ese tesoro con denuedo. ¿Qué ocurrió? —exigió André intrigado.

—Ahí es donde comienza la leyenda. Siempre hay un principio de verdad que, por razones obviamente humanas, se pierde al final. Quien lo encontrase, no manifestó ningún interés en que se conociera el paradero, que se diluye en la bruma del tiempo y del olvido.

—¡Es increíble! —exclamó Clem—. Si hubiera arriesgado el pellejo en una empresa así, no descansaría hasta dar con ello.

—Eso es porque sois joven y os ciega la aventura —explicó Santander—. En aquel tiempo se me ofreció la posibilidad de salir de aquel infierno, y no la desaproveché. El duque, inexplicablemente, me entregó un bolsillo con doblones de oro que me sirvieron para regresar a la península y poner en orden mi vida.

—La edad nos agua el vino —sentenció Clem.

—El vino emborracha y nos vuelve necios —corrigió don Gonzalo—. La edad nos vuelve precavidos.

—La edad enmienda los defectos de visión de la juventud, pero me niego a que se me tilde de apocado o falto de sangre —se sublevó Antoine.

El paso por la barra de Sanlúcar y la salida al mar abierto obligó a cambiar la conversación con nuevas preguntas sobre el entorno. Los muchachos con don Gonzalo cambiaron de borda y lo dejaron a solas con el capitán Santander.

—¿Era necesario remover caldos tan crudamente? Nunca se sabe lo que puede salir a flote.

—Era un mensaje para don Gonzalo ahora que está en el poder. ¿Habéis temido por vuestro secreto? —preguntó burlonamente el español.

—¿De qué secreto habláis?

—Cuando creo que os conozco, me sorprendéis de nuevo. El muchacho no sabe nada ¿y la duquesa? Fuisteis muy astuto.

—¿No sé a qué os referís? —negó nuevamente Antoine.

—Os lo diré de otra manera: en la casa quedó un arcón porque estaba vacío, pero era igual que los que os llevasteis —declaró Santander con una sonrisa—. No os alarméis, no reclamo nada, es más, me huelgo del empleo que le habéis dado. Una vez ganada la confianza de vuestra gente, me han explicado cómo funciona Anizy y pienso que aquella fortuna acabó en las manos adecuadas. Ninguno de nosotros lo hubiera dado un buen uso. Como muy bien dijo vuestro hijo, son tesoros que se escapan a la comprensión de las gentes sencillas. Sería una buena lección para vuestro vástago en el caso de que se tropezara algún día con un tesoro.

—Así lo haré, no os quepa duda, en cuanto siente la cabeza —prometió Antoine, admirado del temple y del buen juicio del español.

Cádiz se le reveló a Antoine insólita, por erigirse en una península con un largo brazo que la unía a tierra; inconcebible, porque no había sido fortificada adecuadamente y se encontraba expuesta a los elementos tanto naturales como humanos; inesperada, por la escasa población para ser un puerto tan renombrado aunque, por otra parte, era natural que los gaditanos no estuviesen animados a residir en un lugar tan expuesto; y mágica, por la diversidad de etnias, mercancías y barcos. Los muelles eran largos, las tabernas numerosas y las mancebías se multiplicaban por doquier para acoger a la marinería sedienta de mujer. Las playas y las marismas lindaban con la bahía que bañaba pequeños poblados que sobrevivían de la pesca.

La señora Van Hee, gracias a su influencia entre las familias flamencas, les había conseguido una casa en la que se instaló Antoine con su familia y sus hombres; mientras que don Gonzalo, don Pedro y doña Inés se alojaron en la modesta casa que había adquirido don Pedro por razones de su cargo como intendente de la Flota. La señora Van Hee tenía casa propia y el capitán Santander junto con sus hombres se hospedaron en un mesón que rentaba habitaciones.

Al día siguiente, Antoine, André y Clem recibieron la visita de los jóvenes guardiamarinas Juan Estébanez y Pedro Mesía junto con su capitán, el conde de Utiel. Estébanez no ocultó el orgullo que sentía por su hermana ni la satisfacción de haber ganado como cuñado al oficial que más admiraba. Recordaron sus días en Malta y expusieron sus planes para el futuro aunque éste, para los españoles, no prometiera nada halagüeño, excepto que las guerras significaban una forma rápida de ascenso y de lucro.

Antoine abandonó la reunión junto con su sobrino, el conde de Utiel, quien había concertado una entrevista con el capitán don Baltasar de Guevara. Lo encontraron acompañado por don Gonzalo, a quien conocía de antaño. Antoine reconoció al prototipo de marino español: formado desde niño en el mar, mostraba profundos conocimientos sobre la navegación; se regía por el mismo código moral y ético que don Gonzalo; de mirada franca, ademanes pausados, habla reflexiva y tono autoritario. Pero algo en todo ello indicaba a Antoine que ese hombre era un hueso duro de roer sobre la cubierta de un barco, que preferiría morir antes de izar una bandera de rendición. Durante la conversación descubrió que don Baltasar, parco en el habla, era bastante despierto y seguía la estela del pensamiento de don Gonzalo. El imperio español poseía una buena cantera de hombres atrapados bajo el férreo brazo de la Inquisición, quien los asfixiaba intelectualmente y acababa con cualquier atisbo de modernidad. En Francia, eran los estamentos privilegiados quienes sofocaban a la burguesía y a los campesinos y, aun así, ideológicamente, eran libres. Las nuevas corrientes de pensamiento corrían como el aire y se filtraban por los resquicios de cualquier hogar: pensar no estaba penalizado.

Al abandonar la reunión, el conde de Utiel reunió valor para indagar sobre su oreja.

—¿Cómo habéis perdido la media oreja? ¿Un nuevo encuentro con ese francés que os persigue?

—No —negó Antoine y recordó que no había tenido tiempo de informarle de la muerte de su abuelo—. Veréis, en Cartagena de Indias me casé con Mariana sin el consentimiento de su padre y, cuando me encontré con él en Sevilla, me expresó su desagrado.

—¡Pues quién fue a hablar! ¡La vergüenza de la familia! —exclamó don Alonso airado.

—Me huelgo de que ésa sea vuestra opinión, porque he de comunicaros que no me gustaron sus modales y actualmente sois huérfano de abuelo.

—Ya era hora de que dejara de empañar el nombre de la familia. A mi padre le producía una fuerte jaqueca la sola mención de su nombre.

Era una buena versión que haría las delicias del fino humor de Philippe, pensó Antoine. Se lo contaría así en cuanto se reunieran en París, aunque Mariana lo desmentiría rápidamente.

A los dos días de su llegada a Cádiz, Antoine fue despertado por François, quien aporreó, sin misericordia, la puerta y entró sin mediar el permiso.

—¡Velas! He subido a una torre vigía y he observado con el catalejo: son el Boston y el Saint-Domingue, capitán —soltó atropelladamente, sin dar tiempo a una reacción—. Para el mediodía habrán llegado.

Igual que vino se fue, cerrando la puerta con estruendo.

—¡Qué largo me ha parecido el viaje mientras lo realizaba! ¡Y qué corto me resulta ahora! —se lamentó Mariana bajo las sábanas.

—Y cuando estemos en Anizy se habrá convertido en un sueño —completó Antoine, acariciando la espalda de su esposa—. No debemos demorarnos, en cuanto fondeen, habrá mucho trabajo.

Y para corroborar sus palabras, oyeron voces alegres y subidas de tono, ruido de abrir y cerrar puertas por la casa.

—Parece que todos andan ansiosos por regresar a casa —comentó Mariana—. Aunque me da mucha pena por mi tío y mi hermana, yo también deseo regresar.

Antoine se abatió sobre la espalda de alabastro que estaba acariciando, y la cubrió de besos apasionados para esconder la emoción que le embargaba.

La comitiva se desplazó hacia el lado de la ciudad que asomaba al interior de la rada. La península, que albergaba la ciudad, cerraba la bahía y se encontraba rematada por un largo brazo de roquedo, en cuyo extremo se alzaba un faro que balizaba el fondo rocoso que lo rodeaba. Afortunadamente el viento no era muy fuerte y los barcos pudieron maniobrar para entrar en la bahía. Observaron a los marineros trepar por la obencadura para aferrar las velas y cómo botaron dos chalupas para remolcar las naves hasta el lugar en el que fondearían. Don Gonzalo había limado asperezas con las autoridades para que no estorbasen a los dos barcos franceses a causa de la guerra.

En medio de la expectación del muelle, don Pedro, don Gonzalo, la viuda Van Hee y su hijo, invitados por Antoine, subieron a un bote que les condujo a bordo de las naves. Las recorrieron admirados de la limpieza, el orden y lo bien pertrechadas que estaban para soportar un mal encuentro en alta mar. Don Gonzalo, como experto marino, alabó la labor de los capitanes: el señor Collineé y el señor Aubigné. Cuando regresaron, la viuda había decidido trasbordar la carga a otros barcos menores que remontarían el Guadalquivir hasta Sevilla, en donde hallaría un mercado mejor para los enseres de lujo.

—Se venderá muy bien pues es la primera carga que llega de ese tipo. Son muebles poco vistos que despertarán el interés —explicó doña Constanza—. Yo misma adquiriré alguno. Tengo capricho por un armario vertical, estoy harta de agacharme ante los incómodos arcones. Y  —añadió en voz baja—  por uno de esos misteriosos bidés.

En los siguientes días, Antoine anduvo muy ocupado con la burocracia, el almojarifazgo y los astilleros. Don Gonzalo y los Van Hee lo acompañaban constantemente para suavizarle el camino. A última hora solía reunirse con Mariana, a la que encontraba en un estado de ansiedad y de tristeza alternativo tras pasar el día en compañía de su hermana y de su tío a los que, con toda seguridad, no volvería a ver.

 

María, André y Clem visitaron la ciudad junto con su hermano Juan y Mesía, quienes les presentaron a otros jóvenes de la buena sociedad gaditana. Acudían a fiestas, hacían excursiones y retozaban por doquier hasta entrada la noche, luego regresaban cansados y felices.

La primera noche, después de la boda, María experimentó un nuevo mundo de emociones y sensaciones. Ella se presentó en la habitación con un camisón cerrado. André la aguardaba a medio desvestir, en mangas de camisa y calzones, aunque descalzo. Según entró, se acercó a ella y le pidió que tararease algo que pudieran bailar. Y bailaron un rato en el que María se relajó, pendiente de la melodía y de los pasos. André la fue estrechando poco a poco, sus labios resbalaron de la sien a la mejilla y bajaron por el cuello. Dejaron de bailar y le desató el camisón que cayó al suelo, dejándola desnuda ante él. Se separó para observarla mejor al mismo tiempo que se quitaba la camisa y dejaba caer el calzón. La vergüenza y el nerviosismo lograron que María sintiese un incendio en sus mejillas. Aunque esbelto, mostraba una musculatura acostumbrada al trabajo, fuerte y elástica; las partes expuestas al sol contrastaban con las cubiertas por la ropa. El parche cubría el ojo, seguramente para que no le molestase la visión de la cuenca vacía. Fijó la mirada en el único ojo y se perdió en un piélago verde. Notó que le cogía la mano y la apoyaba sobre el vello del pecho y, en una muda petición, la animaba a que lo explorase mientras André la envolvía en un abrazo y le cubría con besos la cara. Sintió el calor del cuerpo contra el suyo, olió el jabón de azahar con el que se había bañado, la estremecieron los labios húmedos sobre la piel, la encendieron las fuertes manos que recorrieron su espalda hasta acariciarle las nalgas, fue consciente de la erección protegida entre los dos vientres. André la alzó, la tendió en la cama y se echó a su lado. Comenzó de nuevo el ritual de los besos que prolongó al cuerpo. Se entretuvo en los pechos y continuó viaje hacia el vientre. Si María creyó que su cuerpo ya estaba listo y que la iba penetrar, se equivocó. Regresó hacia arriba en la exploración, pero la mano se demoró entre los muslos y los dedos se abrieron camino hacia la parte más delicada que friccionó lentamente. Le provocó un placer que la obligó a gemir, a perder el pudor que le restaba y el cuerpo exigió lo que le correspondía ante la insistente incitación. No hubo clemencia. La tortura continuó y María pensó que no sobreviviría a tanta emoción, se ahogaba en placer, hasta que lo sintió dentro. André sofocó la sorpresa con la boca, los besos la distrajeron del dolor momentáneo, los segundos le parecieron minutos y, lentamente, André se movió con cuidado y, cuando el cuerpo de María, con vida propia lo siguió, aumentó el ritmo, conduciéndola al éxtasis.

Desde esa primera noche, la vida de María se ciñó a desear esos encuentros amorosos. Sus manos escapaban para acariciar el cuerpo amado a hurtadillas de miradas indiscretas. Le encantaba quedarse rezagada por las calles con André, quien la empujaba, con una pícara sonrisa, hacia un callejón para besarla y salían de nuevo a incorporarse con los amigos; ella ruborizada y feliz, André satisfecho. María se preguntaba si aquello duraría toda la vida. Tanta dicha la desbordaba.

 

En cuanto los barcos liberaron la carga, hubo zafarrancho de limpieza, desde las bodegas hacia las cubiertas. Se lampaceó, se embreó, se orearon las velas de repuesto, se lavaron los toneles de agua a conciencia, labores realizadas bajo la férrea mirada de los oficiales para que todo se cumpliera. Una vez terminada la faena, se llenaron de nuevo las bodegas con aceite, azafrán, clavo, canela, pimentón, seda, vinos dulces y aguardiente de Rute y de Cazalla; se aprovisionaron las naves de víveres y agua potable, se llevó a bordo el equipaje de los pasajeros y el arcón con los restos mortales de Pierre, y quedaron a la espera de la orden de partida.

Don Gonzalo aguardaba a don Pedro y al duque sentado en la terraza de una taberna con vistas a la bahía. Bajo su mirada borneaban las goletas, saetías y jabeques que transportaban mercaderías a Sanlúcar, Sevilla o Huelva. Reflexionaba sobre las incontables veces que había supervisado el trasiego de mercancías. Sin embargo, ahora era distinto. Prestó una atención especial a los problemas de estiba y almacenaje, a las cuentas que realizaban el duque y la señora Van Hee, aunque las cifras que manejaban lo mareaban, a la diferencia de precio de las cargas, que generaba un remanente que quedaría en depósito para futuras necesidades del barco que se fletaría para cubrir la ruta de Indias, y en el que él tendría una pequeña participación.

Desde que había conocido al duque en Segovia, su vida y sus creencias habían sufrido una convulsión. El francés era demasiado activo, demasiado vehemente, demasiado práctico, y había arrollado su espíritu apacible, confiado en los principios de sus padres e inclinado a la tradición. Pero sería injusto achacarle al duque toda la responsabilidad. Desde que Felipe V aceptó el trono, los aires de renovación comenzaron a soplar, primero, tímidamente y, luego, evolucionaron como una tormenta. El duque sólo había adelantado acontecimientos, había espabilado su conciencia, le había obligado a analizar y a reflexionar sobre la realidad que lo rodeaba. Le costaba admitir, digerir, aceptar esa nueva visión del mundo que trocaba lo que él había defendido.

Divisó a don Pedro y al duque, quienes ascendían hacia la taberna para reunirse con él. En cuanto regresase a Madrid y retomara su monótona existencia, los echaría de menos. Madrid ya no sería lo mismo, y cada esquina, cada calle, o cuando asistiera a una comedia, los recordaría. Lo habían vuelto loco, pero se había sentido vivo.

—En un par de días todo estará terminado —venía diciendo el duque, y el estómago se le contrajo al pensar en su hija.

—Dos días —murmuró don Gonzalo.

—Sí, el tiempo apremia. En cualquier momento será formal la declaración de guerra y no me gustaría que mis barcos fueran requisados —confirmó Antoine, quien lo había oído mientras tomaba asiento.

—Enemigos de Francia. ¡Qué desatino! —protestó una vez más don Pedro.

—Desatino el de todos: Francia, por luchar en contra de sus intereses porque el duque de Orleáns necesita el apoyo de Inglaterra y de Austria para mantenerse en el trono; España, por intentar recuperar unos territorios en Italia que no le reportarán ningún beneficio y por dejar incomunicadas e indefensas las Indias Occidentales, de donde llegan los caudales para mantener tan quebradiza economía; Austria, porque quiere recuperar un trono que el pueblo español le niega. ¿Alguno de estos soberanos se ha acordado del pueblo? No, sólo se preocupan de mantenerse sobre esa silla de terciopelo y oro que llaman trono.

—Si os oyera la Inquisición, seríais detenido de inmediato acusado de alta traición —objetó don Gonzalo y echó una mirada en derredor.

—Soy libre de opinar como se me antoje, de actuar según mi criterio, sobre todo cuando los soberanos no se ganan el respeto de sus súbditos.

—¡Por los clavos de Cristo! Eso suena revolucionario —apuntó don Pedro asustado.

—Son ideas de John Locke —desveló el francés.

—¡Chissst! —silbaron al unísono don Pedro y don Gonzalo, pendientes de que los parroquianos que los rodeaban no les prestaran atención.

—No alcéis la voz si no queréis perdernos —aconsejó don Gonzalo y se inclinó hacia delante para hablar más bajo—. Es un nombre prohibido, un hereje inglés.

—No os contradigo en cuanto a lo de hereje y a lo de inglés, pero sí os aconsejo que leáis su «Tratado sobre el gobierno civil». Es una joya en cuanto a racionalidad y lógica —recomendó Antoine en voz baja.

—Eso es inalcanzable para nosotros —objetó don Pedro—, pero contadnos. Estoy interesado en lo que se barrunta por ahí.

—Defiende que el mejor gobierno es aquel que deja en manos de un parlamento, cuyos miembros han sido elegidos por el pueblo, el poder de legislar.

—¿En Francia apoyan esa idea? —indagó don Pedro.

—No, pero estos principios están empezando a correr por los salones que frecuentan literatos, filósofos y políticos, donde se mezclan nobles y burgueses para debatir sobre ello. La propia duquesa de Maine, cuñada de Orleáns e hija de Luis XIV, se mueve en esos círculos.

—Curioso. ¡Cuánta libertad de pensamiento! —Se admiró don Gonzalo—. ¿Y no sienten miedo de que el pueblo se soliviante?

—Por chocante que os pueda parecer, la nobleza francesa es muy fuerte y poderosa, a pesar de los reiterados intentos de Luis XIV de arruinarla. Orleáns la teme, por eso no se siente seguro. La noblesse de robe es de origen burgués y, confiados en su posición, juegan con fuego.

—¿Y vos? —insistió don Pedro.

—Me guardo las espaldas de una traición por parte de los siervos, tratándolos con respeto y alejando el hambre de mis tierras. Si no hay hambre, el hombre no siente necesidad de arremeter contra el poder establecido. Me gustan las nuevas teorías porque favorecen el comercio del país y mejorarían mis ingresos. Por otra parte, estar informado me permite adelantarme a los sucesos y a precaverme de ellos. Como un buen marino predice el tiempo según el viento, los vientos filosóficos anuncian cambios que, en lugar de combatirlos, hay que navegar con ellos.

—¿Cómo veis a España? —se interesó don Gonzalo.

—Hay gente muy válida. En el momento en que os libréis de Alberoni y desterréis a la Iglesia del poder, conseguiréis resultados sorprendentes. Durante los años venideros el viento del cambio soplará fuerte —pronosticó Antoine.

—¡Dios os oiga! —rogó don Pedro.

—¡Y nosotros que lo veamos! —apostilló don Gonzalo.

No había duda, pensó don Gonzalo, el duque era de ideas muy avanzadas e inusuales en alguien de su posición. Poseía una capacidad de raciocinio fuera de lo común que arrastraba al más escéptico de los hombres. En otras circunstancias, un hombre así, ya estaría muerto, pero la falta de ambición lo había salvaguardado. ¿Cuál era la razón de ese desentendimiento del poder? Como respuesta a su pregunta se aproximaron las hermanas Tamares a su encuentro, y los ojos del duque se iluminaron: la vida de ese hombre estaba colmada de felicidad por el amor de la duquesa.

Don Gonzalo llegó a la conclusión de que debía replantearse la vida. Había que dejar el pasado atrás y mirar hacia el futuro, debía despojarse de las cadenas de una estricta moral y de un amor imposible y reconstruir sobre las cenizas. Flotaba un hálito nuevo sobre España, liderado por mentes abiertas como las de Grimaldo, Bedmar, Patiño o Campillo, a los que se sumaría para seguir luchando por España; pero con otro punto de vista, más moderno y menos tradicional, y con un pensamiento más analítico y crítico. Sonrió para sus adentros al imaginar que la Inquisición consideraría que había sido embrujado por las palabras arteras del duque. Nada más lejos de la realidad: el duque se había limitado a pellizcarlo para que abandonase la somnolencia.

 

El capitán Santander observaba las evoluciones de las naves para abandonar el puerto. Se mantenía aparte de los rostros llorosos de las mujeres y compungidos de los hombres por la despedida. Finalmente, la empresa había resultado sumamente rentable en varios aspectos. Por un lado, el enigmático oficial francés que le había perdonado la vida en Cartagena de Indias se había convertido en una realidad de carne y hueso, había compartido unos meses de su existencia y había comprendido el porqué de aquél gesto tan generoso con un enemigo. Por otra parte, había conocido a mucha gente importante que contrataría sus servicios en el futuro. El duque había sido su carta de presentación. Volvió la cabeza y cruzó la mirada con la de Jimena, que se abrazaba a su hija. Había rechazado la solicitud de la duquesa de emplearlas en otra familia para casarse con él. Con el dinero del duque tenía suficiente para adquirir una casa en Sevilla y dedicarse a la custodia de cargamentos a la costa. Al final, la vida había sido amable con él.

 

Llegó el día de las despedidas, de la tristeza, de las lágrimas. Todos sabían que no volverían a verse, aunque nadie lo mencionara. Don Gonzalo y Juan abrazaron una vez más a María, ahora vizcondesa de Brancourt, antes de que se subiera al bote. Las chalupas transportaron a los pasajeros, que iban con el corazón encogido y los ojos anegados en lágrimas, hasta las naves. Los duques embarcaron en el Boston de Collinée, junto con Teresa, Sébastien y François. Los chicos, con Jerôme y sus hombres en el Saint-Domingue de Aubigné.

André contempló cómo las mismas chalupas, que los habían embarcado unos minutos antes, remolcaban las naves con una maroma tendida desde el escobén del ancla. Las pequeñas embarcaciones se apartaban para dejarles paso y facilitar la maniobra. El sonido producido por María al sonarse las narices y enjugarse las lágrimas le recordó el trance por el que estaba pasando su mujer. La vio agitar la mano por trigésima vez con la nariz y los ojos enrojecidos. Se aproximó hacia ella y, por detrás, la abrazó para infundirle valor y cariño. Le besó la mano libre, con la que no saludaba, con la que manejaba el arco del violín, con la que le acariciaba cálida, dulce y sugerente por la noche. Había compartido el lecho con muchas mujeres, pero María era especial, era suya. Cuando lo miraba, lo envolvía la tranquilidad que ofrece el refugio, la seguridad que proporciona la confianza, la fuerza que brinda el amor, y el mundo se diluía a su alrededor como algo vaporoso e inconsistente, con su odio, su dolor, su angustia, su mezquindad, su violencia y su muerte. Desde la noche de bodas, le rondaban la cabeza las figuras de porcelana que escondía su padre en el ropero de su habitación, junto con un libro, cuyas ilustraciones ratificaban las múltiples posturas para hacer el amor. Todavía era pronto para ella que acababa de descubrir la pasión y el deseo, pero las noches serían largas en Brancourt y habría tiempo para adiestrarla en esos juegos. Se sentía lleno de vitalidad para emprender una nueva vida y con la misma felicidad que había experimentado de niño en Anizy.

 

Clem, apoyado en el pasamanos del alcázar, contempló la cubierta del barco. Aunque la estancia en Sevilla había sido breve, a él se le había antojado una eternidad. Vio a María que agitaba la mano y a André a su lado e, instintivamente, se llevó la mano al pecho, donde guardaba una carta de Camila. En ella le comunicaba que había partido de Génova con su primo Stefano camino de Brest, en donde esperaba reunirse con su tío Francesco, quien ya había adquirido el terreno para levantar la casa. El corazón no latía, sino que saltaba en su pecho de alegría y ansiedad. Deseaba volver a verla, abrazarla y besar los regordetes labios rojos. A pesar de que había seguido a André en aquella aventura, siempre fue muy familiar y le atraía formar la suya propia. Comenzó la maniobra de subir las chalupas a bordo y de fijarlas entre los palos. Esto le recordó que su vida estaría dividida en dos: su casa y su barco. Por el momento, el duque le había asegurado que disponía de un año para casarse, engendrar a su primogénito y adelantar la construcción de la casa antes de embarcar de nuevo y dedicar la vida a la compañía. André le había rogado que se casase en cuanto llegase a Brest y partieran con ellos a París, de esta manera enseñarían la ciudad a sus mujeres y sería una buena ocasión para que surgiera la amistad entre ellas. Aceptó porque le agradó la idea de una boda rápida.

 

Teresa recordó, apoyada en la batayola y con una sonrisa amarga en los labios, la otra partida de Cádiz, unos veinte años atrás: sentía el mismo júbilo por dejar Sevilla tras de sí. La ciudad se mostró inhóspita con ella hasta casi matarla de hambre; ahora había matado a su marido, a quien transportaban en las bodegas de la nave. El ama creía que carecía de corazón porque había aceptado a Sébastien en su cama, pero no era cierto. Pierre había significado mucho para ella, pero había cumplido treinta y cinco años y no iba a dejar que aquella maldita ciudad le arrebatase la vida. Seguía viva, aunque le pesase a Sevilla, seguiría viviendo y amando hasta el último aliento.

—No llores. Francia tampoco te ha tratado tan mal —dijo Sébastien a su lado.

—Mi llanto no es de pena, sino de odio. Nunca me ha acogido Sevilla.

—Sé que había un cariño sincero entre Pierre y tú. En cuanto me lo indiques, me alejaré de tu lecho.

—Siempre has sido celoso de tu independencia y lo respeto; sin embargo, me pareció intuir un deseo de hacerte un hueco en mi corazón. Me equivoqué, lo siento.

—¿Lo dices de verdad? —preguntó el marinero ansioso.

—Nos conocemos desde hace muchos años, ¿por qué iba a mentirte?

—En el momento en que comprendí que Pierre te había ganado el corazón, procuré mantenerme lejos de Anizy. Aunque compartí con muchas mi lecho, ninguna llenó mi soledad: no hay mujer que te iguale.

Teresa se preciaba de conocer a los hombres pero, en esa ocasión, Sébastien la sorprendió.

—Nunca sospeché…

—Por supuesto que no. El capitán no quería rencillas entre nosotros por una mujer. Conoces su forma de pensar. Tú elegiste, yo no podía hacer otra cosa.

Por primera vez le falló el instinto a Teresa. Su mente se encontraba bloqueada por el asombro y su capacidad de reacción reducida a la nada. Sus ojos recorrieron el ajado semblante del marinero, a causa de la intemperie y del mar, y se hundieron en la anhelante mirada, profunda y sincera de un hombre entrado en años, al que todavía no le temblaba el pulso, y reconoció a un alma gemela. Sin mediar palabra se abrazó a él y sumergió el rostro en su pecho para esconder la sonrisa burlona que le dedicaba a la vida.

 

—Es la segunda vez que vivo esta escena y, sin embargo, no es la misma —explicó Mariana con los dulces ojos velados por las lágrimas—. Ahora sé adónde voy, cuál es mi destino: reunirme con los míos.

Antoine la estrechó fuertemente y le acarició la mejilla. Buscó el Saint-Domingue que los seguía y distinguió a André que abrazaba a María mientras ésta saludaba. ¿Qué sentiría la muchacha al abandonar el país? Dejar atrás el lugar en el que has nacido, donde están enterrados los tuyos, es siempre duro. Bien lo sabía él, cuando era un nadie. Había sufrido la desazón de Mariana y André tendría que aprender a luchar contra esos ratos de melancolía que, sin lugar a dudas, invadirían a María.

Las figuras de las personas que había en el muelle se convirtieron en puntos irreconocibles. Los echaría de menos: al servicial, intuitivo e inteligente capitán Santander, a quien había premiado con un buen bolsillo su fidelidad; al serio y enamorado don Gonzalo, quien se había ganado su respeto pese a los celos del principio; al cariñoso, entrañable y calculador don Pedro. Tan diferentes y tan unidos por una misma razón: defenderse de la ambición de los poderosos. Cada uno luchaba a su entender, navegaba por las turbulentas aguas que amenazaban con ahogarlos. ¿Cómo lo recibiría Orleáns en París cuando lo viera llegar, caminando por su propio pie?

Rebasaron el faro, que se adentraba en el mar desafiante y señalaba el mar abierto. La nave escoró al ceñirse al viento para tomar velocidad. Echó una última mirada a Cádiz que se desdibujaba por la aleta de estribor bajo unas nubes que amenazaban lluvia, como un presagio de los acontecimientos venideros. Ahora España se enfrentaría completamente sola a las potencias europeas. Deseó suerte de todo corazón a los españoles y hundió la cara en el hombro de su esposa, el mayor y más hermoso botín que arrebató a los españoles en Cartagena de Indias, y junto al que esperaba ser enterrado, en un día lejano, como un vulgar pirata, en Anizy, las tierras de la familia. Porque Mariana no era francesa ni española, sino de Anizy, pensó con orgullo.