14

Tengo miedo. Papá me ha dicho que pronto me dará el mayor trabajo que he tenido hasta ahora. No me ha dicho qué es. Tengo miedo de que no me guste el trabajo. Si no lo hago, me hará mucho daño. Tengo miedo de que el trabajo sea para poner triste a más gente y eso no me gusta.

—Tenemos que marcharnos —dijo Mark—. Ahora mismo.

Nadie parecía entenderlo.

Praveen dijo:

—Mark, es más de medianoche.

Carolina se secó las lágrimas.

—¿Qué quieres decir con «marcharnos»?

—Tremayne puede rastrear esa llamada. Sabrá que Carolina está aquí. Tiene mercs a su servicio; vendrán a buscarla. Tenemos que irnos.

—Dijo que me quería —sollozó Carolina—. Dijo que era una niña. Que siempre había querido una niña.

Mark le acarició el brazo.

—Ahora tienes que pensar en la seguridad de ese bebé. Si descubre que no has abortado…

—Podéis venir a mi casa —dijo Praveen.

—No será suficiente. El ordenador de la casa sabrá que está ahí y seguro que al rebanador… quiero decir, a Sammy… con eso le basta para encontrarla. Además, no queremos involucrar a tu familia. Necesitamos un lugar que esté vacío, un lugar al que no vaya la gente.

—No puedo ir a ninguna parte —dijo Carolina—. Tengo que ver a un médico.

—No hay tiempo.

—Alastair ha dicho que mi bebé tiene una malformación. Que no sobreviviría. Tengo que saber si es verdad.

Mark vio que su hermana miraba nerviosa a Marie y se dio cuenta de que Carolina lo había llamado «mi bebé». ¿Accidental o intencionadamente? ¿Estaba reclamando al bebé como suyo? El rostro de Marie no mostraba emoción alguna, pero Mark dudaba de que se hubiera percatado del uso del posesivo.

—¿Conocéis algún edificio abandonado? —preguntó Praveen.

—La verdad es que no.

—¿Almacenes vacíos, cines, colegios, iglesias?

—Podríamos ir a… ¡Esperad! —Mark sintió un escalofrío—. Todos, apagad vuestros visores. ¿Recordáis con qué facilidad el rebanador encontró a Darin? No podemos olvidar que ahora está trabajando para Tremayne.

Cuando todos habían hecho lo que les dijo, Mark añadió:

—Ésa iglesia donde se montó la clínica, la iglesia de las Siete Virtudes. No creo que la estén usando ahora. Es un lugar al que podemos ir hasta que encontremos algo mejor.

—Yo voy con vosotros —dijo Marie.

Mark no puso pegas.

—Iremos todos. —Se giró hacia Lydia—. Tú no tienes por qué venir. Tremayne no sabe quién eres; no creo que estés en peligro.

—Podría ayudar —dijo Lydia—. Dime cómo.

—Necesitaremos comida y probablemente otros suministros. Praveen y tú podéis traernos lo que necesitamos, si queréis.

Lydia asintió.

—Puedo hacerlo.

—Genial. Praveen, Lydia y tú tomad el mag y volved a vuestras casas hasta mañana por la mañana. Cuantos menos intentemos salir de aquí a hurtadillas, mejor. El resto, venid conmigo.

Darin llegó a la mansión McGovern después de medianoche. Tenía un terrible dolor de cabeza; no había comido en todo el día y caminar tan deprisa lo había dejado agotado. La mansión estaba muy iluminada, para disuadir a los ladrones, así que no le costó seguir el camino que rodeaba los árboles del lado de la carretera.

Las ventanas de arriba estaban oscuras, pero la luz del salón de abajo seguía encendida. Las cortinas estaban echadas, así que no pudo ver quién había dentro. Ahora que estaba allí, no sabía qué hacer. No era probable que viera a Carolina o a Tremayne a esas horas, y cualquier intento de entrar en la casa haría saltar las alarmas.

Por un momento, y suponiendo que Mark le dejaría pasar, pensó en llamar a la puerta y poner alguna excusa, suplicarle que volvieran a ser amigos. Pero no podía hacerlo; la idea de disculparse ante Mark después de lo que le había hecho lo puso enfermo. No, se ocultaría detrás de algunos arbustos y dormiría allí. Por la mañana, con suerte, Tremayne, Carolina, o los dos, saldrían.

El portón se abrió. Darin se asomó por detrás de un árbol. Mark estaba de pie junto a la puerta, mirando a su alrededor, como si buscara a alguien. ¿Sabía que Darin estaba allí? ¿Lo habría delatado algún sofisticado sistema de seguridad?

Mark salió seguido por Carolina. Y tras ella iban dos mujeres a las que Darin no reconoció. Todos miraron a su alrededor desconfiadamente y Darin se dio cuenta de que temían ser vistos. ¿O acaso temían que hubiera asaltantes acechando en la oscuridad? Si querían ir a la ciudad, ¿por qué no cogían un pod sin más?

Cerraron la puerta y bajaron por la calle agachados, ocultándose. ¿Qué estaban haciendo? Darin no lo sabía, pero solo había un modo de averiguarlo. Los siguió.

Al principio, le preocupaba que lo vieran, pero una vez que salieron de la urbanización y se adentraron en las calles de la ciudad, seguirlos le resultó una tarea fácil. A pesar de la hora, había mucha gente paseando por las iluminadas calles, y eso sirvió para que Darin no levantara sospechas, para que pasara desapercibido. Suponía que se dirigían a la casa de Praveen; era un largo camino, pero iban en esa dirección. Y entonces, se separaron. Mark y Carolina fueron colina arriba, mientras que las otras dos mujeres fueron hacia abajo. Las extrañas no significaban nada para él. Darin siguió a Mark y a Carolina.

Fueron serpenteando por las calles menos transitadas, como si supieran que los estaban siguiendo, hasta que, finalmente, también giraron colina abajo. Se encaminaron hacia una iglesia… y no, no una iglesia sin más, sino la iglesia a la que lo habían llevado esos que hacían llamarse amigos suyos. ¿Qué perversidad estarían tramando ahora? ¿Más operaciones para convertir a combers en rimmers?

Darin se ocultó detrás de un cubo de basura, observó la iglesia y, de pronto, se sintió triste. Era fácil ocultarse tras la rabia, pero no podía hacerlo para siempre. Cuando fue sincero consigo mismo, supo que las lágrimas se acumulaban tras sus ojos a la espera de salir. Echaba de menos a Vic, por muy frustrante que hubiera sido cuidarlo. Y Mark… ¿de verdad habría tenido buena intención al darle esa cara? ¿Era posible que lo hubiera juzgado mal?

Costaba creerlo; Mark no era estúpido. No, Mark debía de haberlo hecho a propósito. Estaba asustado, como todos los rimmers, y había actuado para neutralizar una amenaza. Darin apretó los dientes. Se había engañado a sí mismo al pensar que un rimmer podía ser un amigo.

Alastair llegó tarde a su propio discurso inaugural, para darle así a Michael Stevens la oportunidad de actuar. Stevens comenzó a preparar el terreno ante una panda de reporteros ávidos de noticias.

—Yo y otros doce líderes empresariales hemos redactado la siguiente petición solicitando que el doctor Tremayne sea elegido presidente del consejo. —Transmitió la petición al reportero y, en cuestión de segundos, todos los sistemas de red la tuvieron—. Se trata de algo más que de una simple petición. Requerimos al consejo que se responsabilice. Juntos, los trece poseemos un treinta y cinco por ciento de Filadelfia, pero nuestros activos no están atados aquí. Si Filadelfia no acepta unos términos justos y razonables, tal vez otra ciudad lo haga. El doctor Tremayne ha sido informado de esos términos y los apoya por completo. Apelamos a él para que se lleve a cabo una reforma.

Cuando Alastair llegó a los escalones de mármol del ayuntamiento, la prensa lo acosó, pero Calvin y sus hombres los contuvieron. En ese momento, los sistemas de red emitían extractos de la petición de Stevens y empleaban expresiones como «sin precedentes» e «impactante». Alastair sonrió. No habían visto más que el principio.

Ya le había dejado instrucciones a Sirviente Uno. Hasta el momento, el rebanador había seguido sus órdenes sin fallar, pero hoy Alastair estaba confiándole su vida.

Calvin y él entraron. La sala de reuniones estaba abarrotada de representantes del consejo, empresarios, abogados y periodistas.

—Llega tarde —dijo Van Allen.

Alastair la ignoró. Hizo que el rebanador canalizara su voz por los amplificadores de la sala y, tan pronto como empezó a hablar, un enjambre de diminutas cámaras volantes se acercó para grabarlo.

—Propongo que se disuelva este consejo —dijo—, a causa de la corrupción y de una mala administración. Hoy dará comienzo un nuevo consejo, conmigo como presidente. Proclamo nuevos miembros a Michael Stevens, Stanford Radley, Meredith Scott y Graham Hastings, todos ellos han demostrado ser buenos empresarios que administrarán esta ciudad con sabiduría e integridad.

Ellen Van Allen se levantó temblando.

—Está loco. Esto es criminal. Guardias, llévense a este hombre y enciérrenlo hasta que las cortes puedan oír su declaración.

Alastair extrajo una pistola araña de la funda de Calvin y disparó, haciendo que la mujer cayera bajo una masa de pegajosas hebras. Unas cuantas personas gritaron, pero la mayoría quedó demasiado impactada como para moverse. Un merc sacó su R-80 y le lanzó varios disparos a Alastair, pero, en lugar de alcanzarlo, los proyectiles pasaron por la cabeza del propio guardia y estallaron contra la pared que tenía detrás. El rebanador había actuado de manera admirable.

—Uníos a mí —dijo Alastair con la voz aún amplificada— y no moriréis.

El guardia lo miró asombrado, pero era un merc después de todo; nada más que un arma de alquiler. No tenía ninguna lealtad en particular hacia la administración actual y veía que el poder estaba a punto de cambiar de manos; ejecutó un saludo en su dirección y se unió al bando de Alastair.

—No hay necesidad de alarmarse —siguió diciendo Alastair a la sala—. Nadie está en peligro. Cuando publiquemos la verdad sobre los manipuladores y escandalosos acuerdos del consejo; cómo han mentido, robado y acusado falsamente, comprenderéis que los actos de hoy son necesarios. —Alastair animó a los otros miembros del nuevo consejo a unirse a él en el estrado—. Amamos Filadelfia. Y ese amor que le profesamos es la razón por la que queremos salvarla.

Alastair sospechaba que pocas personas creerían en su retórica, pero eso no importaba mucho. Una fachada de decencia era importante, por muy endeble que fuera. Mientras hablaba a la sala, Sirviente Uno emitió un mensaje previamente grabado a todos los mercs a través del canal de los ejecutores, anunciando que se había anulado el identificador de seguridad de sus armas y que, por ello, quedarían parcialmente inutilizables o no funcionarían en absoluto. El anuncio proclamaba una amnistía absoluta para cualquier soldado que se uniese a él y la continuidad de sus contratos con un aumento de sueldo. Al mismo tiempo, Calvin publicó nuevas órdenes para cada uno de ellos en la subred de los ejecutores. Para cuando Alastair terminó de hablar, la ciudad ya estaba bajo su control.

Entonces, comenzó una ceremonia de inauguración, en donde se tomó juramento a los nuevos miembros y se les solicitó que actuaran con honestidad y justicia ante la buena gente de Filadelfia. Sus mercs acusaron a los antiguos miembros de extorsión, malversación y fraude y los arrestaron. Alastair habló largo y tendido con la prensa sobre el futuro de la ciudad.

Cuando finalmente dio por concluida la reunión y cerró las puertas a los reporteros, Michael Stevens se enfrentó a él.

—No me gustan las armas. Nunca planeamos un acto violento.

—Necesitábamos a los militares —dijo Alastair—. Nadie ha tomado jamás una ciudad sin armas.

—Esto no es una revolución. Es un cambio pacífico de administración promovido por el pueblo.

Alastair montó en cólera.

—¡He hecho lo que era necesario y lo volvería a hacer!

Stevens miró a los mercs y Alastair percibió el miedo en sus ojos. Exactamente como debía ser.

Dijo:

—Ésta reunión queda suspendida.

Marie se despertó con un calambre en la espalda y la luz del sol en los ojos. Le costó un momento recordar dónde se encontraba. Se incorporó, parpadeó y bajó las piernas del banco que le había servido como cama la última noche. Pam, Mark, Praveen y Lydia estaban sentados ante el santuario, comiendo en platos de fabrique.

Activó un reloj en un extremo de su visión. Casi las diez de la mañana. ¿Cómo había dormido hasta tan tarde? Al alzar la mirada hacia las sucias vidrieras y volver a mirar el banco, se dio cuenta de que se había despertado solo porque el ángulo de la luz solar había aumentado y se había colado por la ventana, dándole en la cara.

Pensó que no podría dormirse. Entraron en la oscura iglesia después de la una, pero su mente había seguido dando vueltas a los horrores de ese día: Sammy era un rebanador y su pequeña se gestaba en el cuerpo de otra mujer. No había dejado de moverse en el estrecho banco durante lo que le habían parecido horas, esperando que terminara la noche, pero sin querer ver la mañana siguiente tampoco. Claramente, al final se había quedado dormida.

Miró a Carolina: joven, rubia, preciosa y con un abdomen que se curvaba generosamente. No era culpa suya, era una víctima como las demás, pero Marie no podía evitar esa reacción emocional. La odiaba. Ésa niña era suya, no de Carolina, pero Carolina no parecía verlo de ese modo. ¿Se generaría una batalla legal por la custodia? Los McGovern tenían suficiente dinero como para ganarla.

¡Bah! Era una tontería pensar en batallas legales cuando todos estaban ocultándose de la ley. Carolina no era una ladrona, sino una chica asustada pasando por su primer embarazo en horrorosas circunstancias. Marie pensó en su embarazo, en el miedo, la tensión, la preocupación. Había buscado en libros y en grupos de nuevas madres, intentando prepararse para lo que fuera. Era imposible que Carolina pudiera haberse preparado para todo eso.

Pam se sentó junto a Marie.

—Ven a desayunar. Es casero. Lo han hecho los padres de Praveen.

—No tengo hambre. —Se dirigió, sola, a la parte trasera del santuario. No salió de la sala, pero se alejó de la gente todo lo que pudo. Tenía la sensación de que nadie la entendía, como si no estuvieran de su parte a pesar de haber emprendido la búsqueda del rebanador. Pero tal vez eso no era justo. Pam, al menos, era su amiga.

Oyó a Mark y a Praveen hablando sobre cómo acabar con Tremayne. Por supuesto, había que detenerlo. Eso lo sabía. Pero no estaba interesada en la venganza. Había ido a Filadelfia a encontrar a un hijo y había terminado encontrando a dos. Solo quería recuperarlos. Sammy ya estaba muerto. Su niña, sin embargo… tal vez aún había esperanza para ella.

Carolina se apartó del pequeño grupo y fue hacia la parte trasera, a los últimos bancos, donde Marie estaba sentada. Marie no quería hablar con ella. No tenía nada que decir. Pensó en salir corriendo, pero eso tampoco serviría de mucho.

Carolina llegó al banco y dijo:

—¿Puedo sentarme con usted?

Marie no respondió.

La chica se sentó.

—Amo a este bebé —dijo, poniendo las manos sobre su abdomen, acariciándolo—. Sé que usted debe de odiarme, pero solo quiero que sea feliz. Que tenga una buena vida.

Marie miraba al frente. No quería hacer amistad con esa chica, no quería compadecerse de ella.

—¿No va a hablar conmigo?

—¿Qué harás con el bebé cuando nazca? —le preguntó Marie.

Carolina tardó en responder y, después, dijo en voz baja:

—No lo sé.

—Eres joven. Tendrás otros hijos. Ésta niña era mi última oportunidad.

Carolina apretó la mandíbula y parpadeó.

—No quiero otros hijos.

—Eres joven —repitió Marie. Casi quería que Carolina insistiera en que el bebé era suyo porque, así, podría odiarla.

—¿No podemos… no podríamos…?

—¡Marie!

Marie alzó la mirada y vio a Mark llamándola desde la parte delantera del santuario.

—¡Marie, Carolina! —Parecía inquieto. Marie se levantó corriendo, contenta de tener una excusa para escapar de aquella conversación.

—¿Qué pasa? —se interesó.

—Malas noticias.

—¿De dónde? ¿Habéis conectado con la red?

—No soy tan imprudente. —Señaló una pequeña holopantalla que servía para controlar las otras tres, de gran tamaño, que colgaban de los muros—. Estaba viendo las noticias.

—¿Qué está pasando?

—Alastair Tremayne se ha hecho con el control de la ciudad.

Alastair estaba repantigado en la silla del viejo despacho de Jack McGovern. Al otro lado del escritorio se encontraba la secretaria de McGovern, una mujer delgada de unos cuarenta años acostumbrada a intimidar a las visitas con su mirada. Un merc estaba en guardia tras ella. Ella estaba llorando.

—A ver, señora Blair, por favor. No somos bárbaros. No estoy amenazándola. Solo quiero saber dónde están los informes privados de McGovern.

—No lo sé, señor, de verdad. No lo sé.

—Tiene un hijo, ¿no es así?

—Sí. —La palabra sonó como un chillido.

—¿Niles, verdad? Buen estudiante, buen atleta, un futuro brillante.

—¡No le haga daño a mi hijo, por favor, señor Tremayne!

—Los conflictos en el lugar de trabajo pueden repercutir negativamente en la vida doméstica, ¿no cree? Si su hijo estuviera preocupado por su madre, por ejemplo, no se concentraría en los estudios y sus notas fallarían. Podría desmadrarse y hacer cosas que arruinaran su brillante futuro.

—No sé dónde los guardaba, de verdad que no lo sé.

—La armonía en el trabajo, señora Blair, es de lo que estoy hablando. Es esencial para las buenas relaciones entre jefe y empleado.

—Quiero ayudar, pero no lo sé.

Alastair se levantó bruscamente, haciendo que Blair se estremeciera. El escritorio era demasiado bajo; sus rodillas chocaron contra la madera sacudiendo la mesa y haciendo que su premio Proteo, un marco de fotos y algunos cristales cayeran al suelo. De pronto, se puso furioso. Se apoyó sobre el escritorio y se inclinó hacia ella para decirle de cerca:

—Seamos claros, señora Blair. —Podía oler su perfume, algo suave y floral—. Me cuesta mucho creer que haya trabajado cuatro años para McGovern sin tener idea de dónde guardaba sus archivos privados. Si no podemos trabajar juntos, no podré protegerla y eso será muy duro para Niles. Encuéntrelos. Por el bien de su hijo.

Chasqueó los dedos y el merc acompañó fuera a la mujer. La mayoría de los empleados habían cooperado ansiosos con el nuevo consejo; no se había esperado que la señora Blair fuera tan recalcitrante. En ese aspecto, incluso el rebanador le había fallado. Jack McGovern había tenido cuidado, al parecer. Alastair sospechaba que debía de tener escondido un alijo de cristales llenos de material susceptible de ser utilizado para hacer chantaje: indiscreciones sexuales, malversación, vergonzosos comentarios sobre políticos y empresarios de la ciudad. Era inconcebible que McGovern hubiera alcanzado una posición política tan alta sin la existencia de algo así, pero el rebanador había sido incapaz de localizarlo.

No importaba. Con el rebanador, podría recopilar un archivo de ese tipo en poco tiempo. Lo cual le recordaba… que le quedaba un asunto pendiente.

Recogió el premio Proteo del suelo y comenzó a sacarle brillo con un paño.

—Sirviente Uno.

—Sí, papá —respondió inmediatamente.

—Necesito cierta información. A Carolina McGovern se le practicó un aborto ayer entre las diez de la mañana y las doce de la noche. Quiero saber quién lo llevó a cabo y dónde está ahora.

Pasó un segundo.

—Papá, no hay nadie.

—¿No puedes decirme quién practicó el aborto?

—No hay nadie. No lo hizo nadie.

Alastair entrecerró los ojos. El rebanador era tan pequeño que a veces resultaba frustrante. Pensó en enviarle una pequeña dosis de dolor, pero eso no haría más que socavar su templanza.

—No estoy hablando de informes oficiales. Quiero que consultes información procedente de visores, registros de pods, lo que sea. O alguien fue a verla a ella o ella fue a ver a alguien. No puede haber muchas posibilidades.

—Nadie, nadie. No lo ha hecho nadie.

—¿Estás diciendo que ella misma se practicó el aborto?

—No, no, no. El bebé no se ha parado.

—¿El bebé está vivo?

—Por favor, no me hagas daño. El bebé está vivo, no se ha parado, está vivo.

—¿Cómo lo sabes?

—Carolina Leanne McGovern tiene bichitos en su cuerpo. Hago que ellos me lo enseñen.

—Pues que me lo enseñen a mí también.

—No son imágenes como las que tomaste dentro de ella. Son solo palabras y palabras. «Hora cero… cero, peso dos punto uno kilogramos, latidos del corazón ciento doce latidos por minuto, orientación vertical cinco grados…».

—Espera. ¿Cero cero? ¿Como las doce de la noche? De eso hace veintiuna horas. ¿Qué está sucediendo ahora?

—No lo sé.

—¿Qué quieres decir con que no lo sabes?

—Ya no puedo ver a Carolina. No está ahí.

—¿Está muerta?

—No lo sé. No puedo verla.

—Si no puedes verla, ¿cómo puedes ver lo que dicen sus «bichitos»?

—No puedo ver a los bichitos. Solo puedo ver lo que han dejado los bichitos.

Copias de seguridad. Carolina debía de haberse desconectado de la red, pero el rebanador había accedido a las copias de seguridad de sus sensores médicos.

Alastair apretó los puños. Le había mentido. Lo había llamado cuando el bebé estaba vivo y le había dicho que estaba muerto. ¿Quién había hablado con ella? ¿Qué sabía?

Le pidió más detalles al rebanador, pero le dio pocos. Podía ver la información visual de cada visor en cualquier momento, pero a menos que esa información estuviera guardada, no podía recuperarla del pasado. No podía saber adónde había ido Carolina. Ésos datos simplemente ya no existían.

—¡Calvin!

Calvin, siempre ejerciendo de guardaespaldas personal, a menos que su hermano lo enviara a un trabajo especial, abrió la puerta.

—Pasa. Cierra la puerta. Mi chica ha desaparecido.

—¿Carolina McGovern?

—Sí. Sospecho que es obra de un enemigo, alguien poderoso. Encuéntrala.

—¿Últimos paraderos?

—La mansión de su padre, justo después de las doce de la noche. Después de eso, desconectó de la red y desapareció. Llévate un equipo. Encuéntrala. Ah, y ¿Calvin?

Calvin se giró hacia la mesa.

—No vuelvas a cagarla.

Calvin eligió a su vieja brigada: Barker, Sanchez y Dodge, hombres con los que estaba acostumbrado a trabajar. Juntos se pusieron en marcha hacia la mansión McGovern; sin embargo, Calvin estaba más concentrado en su hermano que en la misión que tenía entre manos. Su inquietud respecto a Alastair no había parado de aumentar desde la semana anterior.

No era la primera vez. A lo largo de los años siempre había fluctuado; en algunos momentos venerándolo y emulándolo y, en otros, odiándolo, pero permaneciendo a su lado de todos modos. Alastair podía ser muy cruel con sus enemigos y esperaba que Calvin también lo fuera, pero él era fuerte y los hombres fuertes conseguían lo que se proponían en la vida.

Justo cuando Calvin había encontrado el equilibrio, justo cuando había decidido que el mejor lugar donde podía estar era junto a su hermano, Alastair había encabezado un levantamiento violento. Una parte de él estaba asombrada por semejante hazaña, pero al mismo tiempo se preguntaba si aquello les reportaría algo bueno. Por muchas vueltas que le diera, no le parecía leal derrocar al gobierno al que había jurado defender.

Se había unido a los ejecutores por sugerencia de su hermano, aunque también había tenido sus propios motivos para hacerlo: sentirse fuerte, tener el control. Pero ¿era eso una falsa ilusión? No tenía el control. Era la marioneta de Alastair.

¿Estaba mejor Filadelfia con Alastair al mando? McGovern era un corrupto; las noticias lo habían dejado claro, pero ¿qué pasaba con los demás? Su hermano había disparado a esa mujer con una pistola araña, otros habían sido asesinados. ¿Para qué?

Calvin sacudió la cabeza para aclararse las ideas. No era el momento adecuado para pensar en eso; tenía un trabajo que efectuar. Reflexionar sobre temas de moral nunca le había hecho ningún bien. Le pagaban para que obedeciera, no para filosofar. Ésa tarea les correspondía a los grandes hombres.

Al menos, no veía impedimentos para cumplir esa nueva orden. Una joven había desaparecido; probablemente la habían raptado y seguro que se encontraba en peligro. Su misión era rescatarla, y cualquier cosa que se apartara de ese objetivo podía esperar.

Encontraron cerrada la mansión McGovern. El sistema de la casa, sin embargo, parecía estar esperándolos y les permitió la entrada tras su petición de acceso. Calvin sabía que Alastair lo había preparado, pero cómo era algo que no podía concebir. ¿Tenía los códigos de acceso de Jack McGovern? El sistema de la casa también reveló todos sus informes: lo que los visores habían registrado durante las últimas veinticuatro horas, a qué hora habían llegado, cuándo se habían marchado y por dónde.

Aparecían seis personas: Carolina McGovern, Mark McGovern, Praveen Kumar, Marie Coleson, Pamela Rider y alguien no identificado, sin visor. Cuatro se marcharon a pie y dos en pod, todos a la misma hora aproximadamente. El destino de uno de los pods fue el número 325 de la calle Nittany, la casa de una tal Jessica Meier.

Carolina se encontraba entre las personas que fueron a pie, pero rastrearlas sería mucho más difícil. Mejor empezar con lo que ya sabía.

—Nos largamos —les dijo a sus hombres—. Tenemos unos interrogatorios que hacer.