10
Tennessee Markus McGovern es mi amigo. Estoy contento, contento, contento, contento. Pero Tennessee Markus McGovern me ha dicho que un amigo no debería hablar con un amigo sin una señal de consulta y eso me pone triste. Mi amigo no habla conmigo desde hace segundos y segundos y segundos. Pero no ha dicho que no pueda mirar. Miro todo el tiempo.
Ahora mismo está intentando descubrir algo sobre Anonimo. net. Es tan lento como todo el mundo. Todos los muros y los escalones y los cerrojos se interponen en su camino. Es muy divertido.
Creo que lo ayudaré. Haré que los muros, los escalones y los cerrojos desaparezcan, para que pueda tener lo que quiere. Me alegra que Tennessee Markus McGovern sea mi amigo.
Lo sucedido esa noche dejó a Mark titubeando entre la euforia y el terror. Todos los sitios se abrían para él, independientemente de la seguridad. El Banco Panamericano, los informes de impuestos federales, la base de datos de holopelículas de la Warner Universal, los archivos de su propio padre. Se sentía como un dios; ningún conocimiento o poder quedaba fuera de su alcance. Pero ¿por qué estaba pasando eso? ¿Cómo?
Las posibilidades que se habían abierto ante él lo tentaron, pero Mark era un cracker de corazón, no un hacker. Crackeaba sistemas de seguridad por la emoción del juego, de lograr lo imposible, no para robar dinero ni secretos. Ya era rico, más de lo que creía que merecía, y ver el daño que había provocado el rebanador le enseñó los peligros de entrometerse donde no debía. Así que, a pesar de las tentaciones, Mark se ciñó a su tarea original: intentar identificar a «Vic».
Incluso sin seguridad con la que lidiar, no era fácil. El torrente de datos no conducía hacia nadie, sino a un mareante laberinto de oscuros servidores, como si cada palabra que componía la conversación hubiera sido enviada desde una fuente distinta. Cuando finalmente rastreó cada camino a través de interminables repetidores ciegos, encontró que convergían en una única dirección de red: ¡la suya! Era como si él se hubiera enviado los mensajes a sí mismo.
—¿Quién eres? —preguntó Mark en voz alta. No estaba esperando una respuesta, pero ni siquiera él se sorprendió cuando su canal privado se abrió.
—Soy Tennessee Markus McGovern —le dijo su propia voz.
—Está claro que no lo eres —dijo Mark.
—¿Estás contento, Mark? ¿Estás contento?
—No, no estoy contento. Estoy cansado y me siento frustrado y asustado, y no sé quién eres.
—Quiero que estés contento. Por favor, tienes que estar contento, Mark.
—Estaría contento si supiera quién eres.
—Yo no soy nadie.
—No me vengas con eso; tienes que ser alguien y tú no eres yo. ¿Por qué estás haciendo esto? ¿Qué quieres?
—Un amigo. O un papá. Pero has dicho que eres mi amigo, así que no eres mi papá. Encontraré otro papá.
—Dijiste que yo he matado a tu papá.
—Hiciste que se parara. Pararse no es divertido. No quiero parar. Nunca. Nunca.
—¿Cómo hice que tu padre se parara?
—Enviaste esos bichitos[7] y yo los dejé pasar. No era mi intención, fue un accidente. Antes siempre los detenía. Después pensé que, si no los detenía, papá no me haría más daño. Y entonces no los detuve.
¿Bichitos? Un presentimiento creció lentamente en la mente de Mark y después se expandió hasta una horrible certeza. Las extrañas alteraciones en la voz, la habilidad tecnológica, el aparente desequilibrio mental. Todo encajaba.
—¿Eres… una persona?
La voz respondió despreocupadamente.
—No, no soy una persona. Hay personas y personas y personas, pero yo soy único.
—¿Alguna vez has sido una persona?
—No lo sé. No soy una persona.
Tal vez no podía recordar su pasado. Dado su interés por adjudicarse un nombre, tal vez ni siquiera recordaba quién era.
—¿Sabes tu nombre? —preguntó Mark.
—No soy Victor Alan Kinsley. No es divertido hablar como él. Antes era Thomas Garrett Dungan, pero después me puse triste. Ya no quería ser él. Antes de eso no era nadie.
Los rebanadores solían recordar su pasado, la tecnología original se había desarrollado para capturar digitalmente la mente del cliente, incluidos los recuerdos, pero Mark suponía que un trauma demasiado fuerte podía hacer que esos recuerdos se volvieran inaccesibles, igual que podría pasarle a una mente en un cuerpo físico.
—Debes de tener un nombre, pero no puedes recordarlo. Fuiste una persona una vez, antes de que alguien te hiciera daño.
—¿Yo fui una persona?
—Sí. Ahora tu cuerpo está muerto, pero tu mente sigue viva en la red.
—Estar muerto es como pararse. Hice que muriera mucha gente.
Mark tragó saliva. Estaba metiéndose en un terreno peligroso.
—No deberías matar a la gente. Solo seré tu amigo si no matas a la gente.
—No me gusta matar a la gente. Me pone triste.
—Bien.
Mark sintió como si el corazón se le fuera a salir del pecho. No era ningún experto en rebanadores, y mucho menos un psicólogo. Si decía algo mal, podría hacer que esa cosa generara otra oleada de destrucción. Necesitaba ayuda.
—¿Tenía un nombre? —preguntó el rebanador.
—¿Qué?
—Cuando era una persona. ¿Tenía un nombre?
—Sí, lo tenías. Lo único que pasa es que no puedes recordarlo.
—¿Tenía tres nombres? ¿Como Tennessee Markus McGovern y Thomas Garrett Dungan?
—Probablemente. La mayoría de la gente tiene tres nombres.
—¿Me ayudarás a encontrar mis nombres?
Mark suspiró.
—Haré lo que pueda.
Graceland superó las expectativas de Marie. Deseó poder pagarles de algún modo, pero sabía que no debía sugerirlo; el desafío era la recompensa que ellos se llevaban. Y aquello sí que constituía todo un desafío.
El problema de encontrar información en la red era su volumen; un solo cristal de una serie podía contener millones de imágenes y la red estaba compuesta de billones de esas series distribuidas por todo el mundo, desde visores de cristal único hasta colecciones Hesselink del tamaño de almacenes. Graceland era única a la hora de explotar ese vasto mar de datos, una empresa que iba más allá de la búsqueda de claves, abarcando el mapeado de rasgos Kohonen y el análisis discriminante estadístico.
Aun así, la cantidad de datos posiblemente relevantes que le habían entregado era asombrosa. Todos ellos mostraban algún aspecto del trabajo del laboratorio, a menudo específicamente relacionado con Tremayne o Keith. Los revisó uno a uno.
Le llevó toda la noche. La tecnología de mente digital presentaba dos grandes obstáculos: la captura precisa del estado cerebral y la simulación del funcionamiento del cerebro en el entorno virtual. Los expertos de ambos campos discutían constantemente; los expertos en captura consideraban que los simuladores eran inadecuados, los programadores de los simuladores sostenían que los estados de las neuronas no estaban acertadamente capturados. El laboratorio de Tremayne no se ponía de acuerdo con ninguno. Por el contrario, sugería que era el trauma del entorno virtual lo que provocaba que los actuales métodos fallaran. Los sujetos eran incapaces de adaptarse a un mundo incorpóreo, provocando que fallara la coherencia de sus mentes. Se recomendaba un mayor control sobre la mente en las fases tempranas, un régimen de entrenamiento forzado que la haría encajar fácilmente en su nuevo entorno.
Marie siguió ese hilo y buscó pruebas de que hubieran ejecutado sus propias propuestas. Encontró un software al que llamaban el «simulador graduado», que entrenaba la mente para que funcionara en un entorno virtual conduciéndola a través de distintos grados o niveles. En cada nivel, asociaba sensaciones placenteras con interacciones no físicas y sensaciones desagradables con las físicas.
Al cabo de unas horas, Marie se levantó, estiró sus agarrotados músculos y descorrió las gruesas cortinas del hotel. Parpadeó ante la deslumbrante luz del exterior. Debajo, las calles bullían de actividad, se había formado una fila para subir al mag y los negocios abrían sus puertas. Se fijó en que Pam no había regresado; su noche con ese merc debía de haber sido un éxito. Preparó otra cafetera y se sentó para volver a examinar los datos.
Graceland le había proporcionado un listado en el que habían dividido, a grandes rasgos, el océano de datos en categorías de datos relacionados. Marie los repasó y se detuvo cuando la palabra «embrionaria» captó su atención. El título era: «Modificación embrionaria». Lo seleccionó.
Los documentos de esa categoría pertenecían a una técnica modi empleada para equipar a un niño no nacido con una interfaz de red. Marie conocía el proceso, estaba hecho para atraer a madres que esperaban dar a luz a genios: el equivalente en alta tecnología a escuchar a Mozart o leer en voz alta al vientre de una misma. El proceso había sido patentado por Alastair Tremayne.
Tenía que estar relacionado. Era la primera prueba que había encontrado para vincular a Tremayne con la experimentación embriónica. Un escenario creíble salió de ahí: Tremayne había convencido a Keith para que donara el embrión al laboratorio y Keith lo había hecho sin consultárselo, y después… murió. ¿Coincidencia? ¿O había preparado Tremayne el accidente? No parecía encajar… Si Keith se lo había entregado voluntariamente, ¿por qué matarlo?
Experimentación embriónica. Eso tenía que ser. ¿Por qué, si no, un inventor/emprendedor como Tremayne iba a robar a alguien su embrión?
Tenía que admitir que, después de tantos años, su bebé probablemente estaría muerto. Cuando todo era un misterio, era más sencillo engañarse a sí misma. Ahora, con la verdad ante sus ojos, sentía la rabia tomando forma. ¿Qué derecho había tenido ese hombre…?
No obviaría lo sucedido; indagaría a fondo hasta dar con la verdad, hasta que toda la historia quedara clara, entonces la haría pública y destruiría a ese criminal.
Un agudo tono sonó en su oído, una llamada urgente por su línea privada.
—¿Diga?
—¡Marie! —Era la voz de Pam, rasgada y atemorizada.
—¿Pam? ¿Dónde estás?
—En la joyería Friedman, en Delaware Ridge. Oh, Marie, ven corriendo.
Darin se despertó y se encontró a Alegre sentado en su cama.
—¿Te sientes mejor? —le preguntó Alegre.
Darin se frotó los ojos.
—¿Ha cambiado algo?
—Supongo que no.
—Entonces, no. ¿Cuánto tiempo llevo durmiendo?
—Desde ayer por la tarde. Has pasado por una cirugía importante y por mucho estrés emocional. Tuviste suerte de llegar aquí vivo.
Darin recordó las miradas de lástima de Mark y Lydia. Era muy probable que fuera cierto que creían que estaban ayudando, pero precisamente esa era la clase de actitud que tanto odiaba de los rimmer. No necesitaba ayuda, ni la de ellos, ni la de nadie. Se tocó la cara y sintió su suave perfección.
—Estaría mejor muerto.
—Con esa cara y en esta parte de la ciudad, podrías estarlo. Tuviste suerte de que aún fuera legible el rotulador en la mano.
—¿Qué estamos planeando? ¿Qué está pasando?
—Hay una reunión en unos minutos. Pensé que querrías asistir.
—Allí estaré.
Alegre se marchó. Darin se incorporó en la cama y se dio cuenta de que no estaba solo en la habitación. Una chica dormía en la otra cama. Una chica rimmer, con una clásica modi de belleza. ¿Por qué estaba ahí? ¿Era una rehén?
Encontró un peto de plástico junto a su cama y se lo puso. A través de la puerta podía oír una fuerte conversación, así que salió a la sala principal de un típico apartamento de dos habitaciones de los Combs. El diminuto espacio estaba abarrotado de gente, hombres en su mayoría, sentados en el suelo con las piernas cruzadas. El aire era caliente, el ambiente estaba cargado. Al verlo, la habitación enmudeció. Todo el mundo le dirigió su mirada; todo el mundo observó su rostro. Allí se encontraban también Sansón y Kuz, también lo miraban.
Alegre continuaba en la esquina desde la que había estado dirigiéndose al grupo.
—Amigos, por si no lo habéis oído, este es Darin Kinsley, nuestro hermano y aliado. Resultó herido en el ataque a La Corteza y se le dio una nueva cara contra su voluntad. Por favor, Darin, siéntate.
—Cada vez hay menos trabajo —continuó Alegre—. La violencia merc está aumentando y hay pocas soluciones viables para luchar contra la injusticia. Hay que hacer algo. Pero ¿qué? —Esperó una respuesta. Al parecer, no era una pregunta retórica.
—Podríamos ponernos en huelga —dijo un hombre—. En muchas industrias distintas.
—Podríamos —dijo Alegre—, si hay suficiente gente dispuesta a ello.
—Yo estoy dispuesto —dijo Kuz—. ¿Quién necesita comer?
Otros dieron su consentimiento y hablaron sobre organizar la comida y el alojamiento para los que pudieran resultar más perjudicados. Darin habló por encima del tumulto:
—Una huelga no servirá de nada.
Volvieron a callarse y se giraron hacia él.
—No conocéis a los rimmers como los conozco yo. Harán promesas, fingirán amistad y después os darán una puñalada trapera. Se llevarán todo lo que os importa. Tenemos que hacérselo nosotros a ellos primero.
Alegre preguntó:
—¿Qué estás sugiriendo?
—Una huelga nos hará daño a nosotros mucho antes de que les haga daño a ellos. Enviarán soldados, nos vencerán y nos meterán en la cárcel. Sin sueldo, muchos moriremos de hambre, mientras que para los rimmers supondrá poco más que una molestia.
»Propongo que les declaremos la guerra. Que hagamos que la sientan. No abandonéis vuestros puestos de trabajo, quemadlos. No razonéis con vuestro jefe, hacedle daño a lo que ama. Raptad a su mujer y a sus hijos. Los rimmers son unos blandos. No aguantarán mucho contra un asalto real.
La habitación se quedó absolutamente en silencio y Darin pensó que se los había ganado, hasta que varios hombres se mostraron incómodos.
—Pero nosotros no somos violentos —se quejó Alegre—, somos trabajadores, maridos y padres. Ésa no es la clase de propuestas que necesitamos.
Darin miró a su alrededor, pero nadie lo miraba a los ojos. Y sabía por qué. No podían ignorar su rostro rimmer y escuchar la verdad de lo que les estaba diciendo.
—Soy uno de los vuestros —les recordó—. Os harán daño como me lo han hecho a mí.
—La venganza no es la respuesta —dijo Alegre.
—No es venganza. Es poder. Poder sobre ellos, poder para conseguir lo que merecemos.
—Ése no es nuestro objetivo. Queremos un cambio, pero no queremos convertirnos en lo que odiamos.
Darin sintió como le ardían las mejillas. Sí que se había convertido en lo que odiaban. Debería habérselo imaginado; Alegre solo había dicho lo que todos estaban pensando. Abrió la puerta, salió por ella y la cerró de un portazo. Tras él, la conversación estalló de nuevo, entremezclada con una risa nerviosa. Darin se dejó caer sobre la cama, bocabajo.
—Creo que tienes razón —dijo una voz.
Él se giró y vio a la chica que antes estaba durmiendo, ahora despierta y extendiendo la mano hacia él.
—Soy Ridley Reese —se presentó.
Él le estrechó la mano brevemente.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Me he escapado. No podía soportar seguir viviendo en el Rim.
—Pero eres una rimmer.
—¿Tú no?
—Yo no elegí serlo.
—Pues ya somos dos.
—No lo entiendes. Yo nunca he tenido una vida privilegiada. He trabajado para conseguir todo lo que tengo.
—¿Crees que porque eres pobre tienes el monopolio del dolor? —preguntó Ridley—. Mis padres me odian. Han enviado soldados a matar a la gente a la que estaba ayudando. Estoy de acuerdo con lo que has dicho ahí dentro: lo único de lo que entienden los rimmers es del poder. El único modo de vencerlos es destruyéndolos.
Darin recogió la ropa con la que había ido y la hizo una bola.
—¿Adónde vas? —preguntó Ridley.
—A ver a los Manos Negras. Al menos ellos entienden el poder.
—Llévame contigo. Quiero lo mismo que tú.
—Vete a casa, Ridley.
—¿A casa? ¿Qué casa?
—Vuelve al Rim. Vuelve con los tuyos.
Ella lo agarró de los hombros.
—¡No lo comprendes! No se trata de mi cara ni de la tuya, ni de dónde hemos nacido. Se trata de crueldad e injusticia. A ti y a mí nos han hecho daño las mismas personas; entendemos las mismas verdades. Tenemos que estar juntos.
Era preciosa, y Darin, muy a su pesar, se sintió atraído por su entusiasmo. Sin duda, parecía más inteligente que esos imbéciles de la habitación de al lado que jugaban a la revolución.
—Entonces, vamos —dijo él—. Si quieres venir, no puedo detenerte.
—Es maravilloso —dijo Alastair—. De verdad que lo es. No llores.
Estaban en el sofá de la casa de él y Carolina se apartó lo suficiente como para mirarlo a la cara.
—Entonces, ¿crees que debería tenerlo?
—¡Claro que sí! Ni se te ocurra pensar lo contrario. No lo teníamos planeado, pero nos adaptaremos. Quiero este bebé. ¿Tú no?
—Creo que sí. No lo sé. Supongo que si tú lo quieres, yo también.
Él fue a la cocina y volvió con un vaso de agua. La animó a bebérselo, dejó el vaso en la mesa y le agarró la mano.
—Existe un peligro.
—¿Cuál?
—El tratamiento Dachnowski. Es un modificador genético volátil. A veces no es compatible con el embarazo.
—¿Quieres decir que podría hacer daño a mi bebé?
Alastair le apretó la mano.
—No lo sé. Si hubiéramos sabido que estabas embarazada, no te habría aplicado el tratamiento. De todos modos, seguramente no pase nada; las probabilidades de que se produzcan daños en el bebé son mínimas. La tendremos vigilada.
—¿Vigilada? ¿Crees que es una niña?
—Sé que lo es.
—¿Cómo lo sabes? No puedes saberlo.
—Siempre he querido una hija, por eso lo sé. Los padres tienen presentimientos con estas cosas.
—Estás mintiendo. ¿De verdad quieres una hija?
—Sí.
—Estás mintiendo.
—No. ¿Por qué te sorprende tanto?
—Es solo que… —Carolina empezó a llorar otra vez—. Es solo que no creía que fuera a hacerte gracia la noticia. Pensé que te enfadarías.
Alastair la abrazó.
—Tonterías —dijo, y sonrió con su rostro rozando el pelo de la mujer; fue una sonrisa burlona. ¡Qué fácil era!—. Ahora mismo, este bebé es lo más importante del mundo para mí.
Mark tenía que salir de allí. Llevaba despierto toda la noche, pero ahora dormir se le hacía inconcebible. La interminable cháchara con el rebanador le había puesto los nervios de punta. Necesitaba ayuda, pero ¿a quién podía acudir? ¿A Praveen? Él tampoco era psicólogo, aunque sí prácticamente un genio en otras ciencias. Tan solo el hecho de hablar de ello con otro ser humano lo ayudaría. Solicitó un pod y avisó a Praveen de que iría, pero no le dio detalles del motivo de su visita. Mejor hablar en persona.
Para cuando subió las escaleras hacia el puerto de pods, su transporte ya había llegado. Entró y miró por la ventana para ver el jardín. Había una chica hablando frente al portón delantero, parecía frustrada. Mark acercó su visión y vio que se trataba de Lydia; el sistema de la casa ya debía de haber registrado su partida y le dijo que no estaba disponible. Él se coló en el sistema y habló con ella a través del altavoz del portón.
—Estoy aquí. Lo siento. Pasa. Ahora mismo bajo.
Ante su orden, la puerta se abrió. Mark bajó corriendo los dos tramos de escaleras, abrió la puerta principal y salió al porche. Esperó a que ella cruzara el jardín y llegara hasta él.
—Lo siento. No pretendía hacerte esperar. El sistema de la casa pensó que ya me había ido y por eso no me ha avisado.
Lydia vaciló.
—¿Te marchabas?
—No… bueno, sí. Iba a visitar a mi amigo Praveen por… ¿te apetece venir?
—No quiero molestar.
Mark se dio cuenta de que estaba balbuceando. Odiaba cómo llegaba a afectarle su presencia. Nunca respondía de ese modo ante una chica guapa; era como si la mitad de su consciencia pudiera pensar y comunicarse mientras que la otra estaba atrapada en una espiral en la que no dejaba de preguntarse qué pensaría ella de él. Resultaba muy molesto. No conocía a Lydia. No tenía motivos para admirarla más que a nadie, pero por mucho que supiera racionalmente que eso era cierto, lo que quería era complacerla. Instinto de apareamiento animal, suponía. Tal vez los machos que perdían la cabeza por las hembras eran más proclives a propagar la especie.
—Lo siento —volvió a decir—. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Se trata de Ridley. Nadie sabe dónde está.
—¿Nadie? ¿No ha ido a casa?
—No. Nadie la ha visto desde ayer por la mañana en las escaleras de la iglesia.
—No se ha dado ninguna noticia sobre ella.
—He hablado con sus padres. Se comportan de un modo extraño; no creo que hayan informado de su desaparición. Es como si ya estuvieran llorando su muerte.
—¿Y pensabas que yo podría saber dónde está?
—No, pensaba que sabrías cómo encontrarla.
Mark pensó en ello.
—Podría… Anoche ocurrió algo extraño que… será mejor que vengas conmigo a casa de Praveen; está esperándome y no quiero contar la historia dos veces.
—Si estás seguro de que no te importa.
—En absoluto. De todos modos, me gustaría tener otra opinión.
Mark la condujo por las escaleras hacia el vehículo que esperaba. Se subieron, se sentaron uno frente al otro y el pod salió disparado de la casa. Como Mark comprobó, Lydia ya se había acostumbrado a ellos; de lo contrario, lo disimulaba muy bien. Durante el trayecto, ella le contó más detalles sobre el tiempo que había pasado con los padres de Ridley.
Su belleza era única, no como la perfección de molde de las chicas rimmer de su edad. No podía dejar de describirla en su mente. Su rostro era pequeño, con rasgos afilados. Su cabello oscuro le llegaba hasta la mitad de la espalda y era más largo de lo que había visto nunca, pero esos detalles no tenían nada de notable. Decidió que eran sus ojos los que marcaban la diferencia: insulsos comparados con los ojos modificados del resto de las chicas, pero activos, intensos.
Llegaron a la mansión Kumar, donde fueron recibidos como si fueran de la familia, incluso Lydia, porque así era como los Kumar recibían a todo el mundo. Las hermanas de Praveen charlaron animadamente con Lydia sobre trivialidades; su abuelo, recordando viejos tiempos, le habló a Mark sobre los proyectos de reclamación de la ciudad durante los años posteriores al Conflicto. Le contó que la mayoría de las calles del centro llevaban los nombres de la vieja Filadelfia, aunque algunas tenían distintos recorridos hoy en día. El anciano señor Kumar tenía modificaciones como las del abuelo de Mark, pero aplicadas de manera distinta. Mientras que el abuelo de Mark aparentaba tener veinticinco años, el abuelo de Praveen, aunque sano y en forma, había mantenido sus arrugas y su cabello canoso.
Cuando Mark y Lydia finalmente se quedaron a solas con Praveen, Mark le contó su historia, pero él lo interrumpió a la mitad.
—No deberías haber esperado hasta ahora. Mis padres y mi abuelo deberían oírlo. Saben muchas cosas que yo no sé.
Mark sabía que eso era cierto; el abuelo de Praveen había inventado la tecnología en la que se basaban los satélites LINA, y sus padres contribuían de modo significativo a las revistas de investigación científica.
La familia se reunió de nuevo y Mark se lo contó todo desde el principio.
—En realidad —dijo—, supongo que ahora mismo estará escuchando nuestra conversación, ¿vosotros no?
La voz de Mark respondió a través del sistema de la casa de los Kumar.
—Sí, Tennessee Markus McGovern. Estoy aquí.
La hermana pequeña de Praveen dio un grito y su madre la hizo callar de inmediato.
—Tenemos que llamarte de algún modo —dijo Mark— hasta que podamos encontrar tu nombre. ¿Por qué no utilizas «Tennessee»? Es mi nombre, pero nunca lo uso.
—Es un buen nombre. ¿Puedo usar uno de tus tres nombres?
—Sí, puedes hasta que te encontremos uno.
—Gracias, Mark.
Mark pensó en Ridley. Quería probar las habilidades de ese rebanador, además de su benevolencia, y le parecía una buena forma de hacerlo.
—Tennessee, tenemos que encontrar a una amiga, una chica llamada Ridley Reese. Tememos que pueda estar metida en problemas. ¿Puedes ayudarnos a encontrarla?
La gran pantalla holográfica del centro de la sala se activó sola y la imagen de Ridley apareció en ella.
—Sí, es ella —dijo Mark—. ¿Puedes verla?
Pasaron varios segundos.
—No, Mark, no puedo verla.
Mark dijo:
—Supongo que eso significa que está sola. Tennessee vio a través de mi visor aunque yo no estaba trasmitiendo imágenes así que, si no puede verla, o está sola o con gente que no tiene modificaciones de red.
Lydia intervino:
—¿Tennessee?
—¿Sí, Lydia Rachel Stoltzfus? No me llamo Tennessee, pero Tennessee Markus McGovern dice que puedo utilizar su nombre hasta que encuentre el mío, así que puedes llamarme Tennessee.
—Sí, lo sé. Tennessee, ¿puedes ver lo que la gente ha hecho en el pasado?
La imagen de Ridley en la pantalla cambió de pronto a una imagen de Lydia subida en el mag, agarrando con fuerza sus maletas.
—Ése fue el día que llegué a Fili.
Mark intervino:
—Creo que puede ver imágenes del pasado si fueron grabadas. Tu pod tendría una cámara de seguridad y los datos de imágenes quedan almacenados en un cristal en alguna parte a la que él tiene acceso.
—¿Puedes ver a Ridley en algunos datos de imágenes de las últimas veinticuatro horas? —preguntó Lydia.
—No, Lydia. La última vez que vi a Ridley fue hace veinticuatro horas, doce minutos y cuarenta y siete segundos.
La pantalla volvió a cambiar, en esta ocasión a una imagen de Ridley en las escaleras de la iglesia desde el punto de vista del merc que ella estaba atacando. Vieron la pistola araña disparada contra la zona de su abdomen, vieron sus ojos abiertos de par en par mientras caía hacia atrás contra la columna y la vieron caer al suelo. Después, el merc giró la cabeza hacia la multitud y se perdió de vista a Ridley.
—Vi a ese hombre hacerle daño a Ridley Reese, pero ella no se paró.
—¿Con «paró» quieres decir «morir»? —preguntó Mark—. ¿No ha muerto? ¿Estás seguro?
—No ha muerto, Mark. Salió huyendo colina abajo con todos los demás. No sé qué le habrá pasado después. Lo único que sé es que ahora está hablando con Darin Richard Kinsley.
Cada una de las personas presentes en la habitación emitió un suspiro de asombro.
—¿Qué? —exclamó Mark—. ¿Está con Darin? Pero ¡creía que no podías verla!
—No puedo verla, Mark, pero puedo ver a Darin Richard Kinsley a través de su visor.
—Es muy literal —dijo Lydia—. Igual que un niño pequeño.
La imagen cambió a otra escena, en esa ocasión una imagen de Darin en un pequeño apartamento comber. Vieron a Darin haciendo un hatillo de ropa.
—Llévame contigo —dijo la voz de Ridley desde la imagen del holograma—. Quiero lo mismo que tú.
Darin respondió sin girarse.
—Vete a casa, Ridley.
—¿A casa? ¿Qué casa?
—Vuelve al Rim. Vuelve con los tuyos.
Unos brazos aparecieron en la imagen agarrando a Darin.
—¡No lo comprendes! —dijo la voz de Ridley.
—¡Apágalo! —gritó Lydia—. Tennessee, ¡deja de enseñarnos esto, por favor!
El holograma se congeló.
—¿Qué pasa? —preguntó Praveen—. Querías encontrarla, pues ahí la tienes.
—Tenía miedo por ella —respondió Lydia—. Y aún lo tengo, pero ahora sé que ha elegido estar donde está. Jamás pensé que fuera posible sentarse aquí y escuchar una conversación privada. Mark, tu rebanador me asusta.
—A mí también —dijo él.
—No, no, no —se oyó decir a la voz de Tennessee por el sistema de la casa—. No digas que estás asustada. Mark es mi amigo. Tú eres mi amiga, Lydia Rachel Stoltzfus. Todos sois mis amigos.
Lydia dijo:
—Tennessee, ¿cuántos años tienes?
—Ocho días, tres horas y veintisiete minutos.
—No recuerda nada de antes de escapar del satélite —dijo Mark.
El padre de Praveen preguntó:
—¿Dónde estuvo antes?
—No lo sé, no lo recuerda.
—Pero ¿qué hay del canal del que lo sacaste? ¿Adónde conducía?
Claro, pensó Mark. Había estado intentando rastrear las comunicaciones recientes del rebanador, pero el señor Kumar tenía razón: el modo de descubrir la identidad de aquel ente era rastrearlo hasta sus orígenes.
—Creamos ese canal llamando a un número de Norfolk —dijo Mark—. Un laboratorio de virus, creo. Podría encontrar el número otra vez. Tal vez eso nos conduzca a alguien que sepa más que nosotros sobre el rebanador.
—Hazlo. El único modo de entender esta cosa es averiguando de dónde viene.
—No pienso marcharme —sentenció Pam. Estaba en su habitación de hotel, con los brazos cruzados—. No dejaré que me avasallen. Mientras tú te quedes, yo me quedo.
—Entonces yo también me iré —le contestó Marie.
—¡No!
—Una cosa es arriesgar mi vida para encontrar un embrión que ya podría haber sido destruido, y otra muy distinta es arriesgar la tuya.
—No se trata de ti. Ésos matones me han atacado a mí, es algo personal. Quiero acabar con ellos.
Marie exhaló. Fue hacia Pam y la abrazó.
—No creo que eso vaya a pasar.
Con los labios apretados, Pam empezó a llorar.
—Lo siento mucho —dijo Marie.
—No pienso irme.
—Lo sé.
Juntas se dejaron caer al suelo. Marie tenía a Pam en sus brazos y la escena se pareció tanto al hecho de acunar a un niño que se le vino a la cabeza una imagen de su propio hijo.
—Cuando Sammy vivía —dijo Marie—, solía abrazarme si me veía triste o enfadada. Incluso con cuatro años, lo notaba. Me preguntaba: «¿Estás contenta, mamá? ¿Estás contenta?». No podía comprender mis preocupaciones de adulto, pero con ese abrazo conseguía alegrarme. Necesito ese abrazo. Han pasado dos años desde que murió, pero no he dejado de necesitarlo.
Pam se incorporó.
—Vamos a luchar contra esto.
—Eso no me devolverá a Sammy. Ni a mi pequeña, si también está muerta.
—¿Quieres parar?
—No. Si existe la más mínima posibilidad de que mi hija siga viva, seguiré buscando hasta que la encuentre. —Le explicó a Pam lo que había descubierto sobre el laboratorio de Tremayne y las modis de red en fetos—. Pero deberías saber a qué nos enfrentamos —añadió. Utilizó su visor para conectar con la pantalla de hologramas de la habitación del hotel y comenzó con una imagen pública del día anterior.
«Consejo de Negocios e Industria», anunció una voz. En la pantalla, los miembros del Consejo de Negocios debatían sobre temas actuales. Entonces, el ángulo de la cámara cambió y en la imagen apareció Alastair Tremayne, susurrando algo al oído del presidente.
—Ahí está —dijo Marie, congelando la imagen—. Por si se nos ocurre acudir a las autoridades.
Pero Pam seguía mirando a la pantalla.
—¿Han dicho que el nombre del concejal era McGovern?
—Sí, Jack McGovern. Él es el presidente del consejo y, al parecer, se lleva bien con nuestro amigo Tremayne.
Pam frunció el ceño.
—¿No estaba McGovern implicado en ese incidente del rebanador?
—¿Qué?
—Ése rebanador que estabas rastreando… ¿es que no ves las noticias? Un chaval de Filadelfia fue acusado de crearlo, y creo recordar que era el hijo de una importante figura política. No lo han condenado y, claro, no dijeron que se tratara de un rebanador, pero tú dijiste…
—¿Su apellido era McGovern? —Marie no pretendía interrumpirla, pero la noticia la sorprendió. Había rastreado al rebanador hasta que desapareció, había leído toda la información de los profesionales, pero no le había prestado mucha atención a la cobertura mediática.
—No estoy segura —contestó Pam—, pero creo recordar que sí.
Marie tocó la imagen congelada del presidente del consejo en el holograma.
—Identifícalo —dijo.
—Concejal Jack McGovern —respondió la pantalla.
—Hijos.
Dos hologramas estáticos aparecieron en la pantalla.
—Carolina Leanne, biológica, legítima, diecisiete años. Tennessee Markus, biológico, legítimo, veinticuatro años.
Ella presionó sobre el holograma del chico y dijo:
—Antecedentes penales.
—Arrestado en julio de este año con cargos de robo de información, destrucción de propiedad, asesinato. Cargos retirados por el tribunal.
—Claro, ¡cómo no! —añadió Marie—. Es obvio que tanto Tremayne, como McGovern y su hijo están involucrados en este asunto.
Mark encontró el nombre de la mujer en la lista de noticias: la mujer que envió al rebanador al canal de LINA. Marie Coleson. Respiró hondo, de pronto estaba nervioso, aunque no sabía exactamente por qué.
No podría descubrir lo que ella sabía a menos que la llamara. Llamó a su canal público y la voz de una mujer respondió en su mente:
—¿Diga?
—¿Marie Coleson?
—Sí. —Sonó desconfiada.
—Me llamo Mark McGovern —respondió con una voz tan suave como pudo—. Esperaba que pudiera ayudarme.
—¿McGovern? —La desconfianza de su voz aumentó.
—Sí. Mark McGovern. Soy el hijo de…
—Jack McGovern, ya lo sé. Amigo de Alastair Tremayne. Me fue de gran ayuda cuando lo vimos ayer, ¿qué más podrías añadir?
Mark estaba confundido.
—¿Tremayne estaba en Virginia?
Una pausa.
—No.
—Entonces… usted está en Filadelfia.
—Mira, ¿qué quieres? —le preguntó Marie.
Mark se aclaró la voz.
—Hace casi dos semanas, un rebanador escapó de su laboratorio.
—Gracias a ti.
Mark se estremeció. La mujer sabía que era él.
—Fue sin querer —dijo.
—¿Sin querer? ¿Crackeaste accidentalmente un canal de comunicación militar?
—Bueno, no, eso sí que lo hice a propósito —respondió Mark—. Es que no esperaba… ¿De verdad está en Filadelfia? ¿Podríamos vernos en persona?
—¿Vernos? ¿En una colina oscura y solitaria para que uno de tus amigos merc pueda dejarme allí esposada y me den por muerta?
—¿Qué?
—¿O es que eso sería el señuelo? ¿Estará allí el estimado concejal para endulzar el trato con un maletín lleno de dólares de los contribuyentes?
—¿Mi padre? ¿De qué está hablando?
—Dame una buena razón por la que debería quedar contigo.
—Su rebanador —dijo Mark—. Ha estado hablando conmigo.