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Los relatos que uno tiene que escribir siempre harán que alguien quiera sacarte las tripas. Si no pasa eso, es que uno sólo está soltando una palabrería inútil.
TOBÍAS WOLF
3, mayo
Viendo el programa gilipollas por el mundo te enteras de que en Dubái se alquilan habitaciones por varios miles de euros la noche y que dentro de un grandísimo centro comercial hay una pista de esquí de seiscientos metros de largo. Gracias a este maravilloso programa sabes que hay compatriotas tuyos en cada país del planeta, por muy remoto que sea ese lugar, y que muchos de ellos no saben por qué fueron a parar ahí ni qué les esperaba al llegar y que después de pasarlo verdaderamente mal los primeros meses (algunos hasta confiesan que se metían en el metro y apoyados contra la pared no paraban de llorar) supieron reponerse a las adversidades, hicieron amigos y encontraron el amor y formaron una familia y, ahora, además de ser felices y mejores personas, muchos son ricos y tienen puestos de relevancia en sus respectivas empresas y dejan que la televisión entre en sus casas y grabe a sus familias y muestre al mundo los carteles de toros que hay en el salón y el paquete de jamón ibérico envasado al vacío que les trajo de España su madre cuando estuvo de visita nada más enviudar.
Menos mal que Mara Torres te muestra unos minutos después la cara más trágica de la realidad, niños maltratados, mujeres violadas, personas desahuciadas y enfrentamientos callejeros que acaban con la muerte de un joven o de un inmigrante. Gracias a estas noticias uno se puede sentir afortunado a pesar de no tener nada por lo que merezca la pena vivir, a pesar de no estar viviendo sino simplemente matando el tiempo.
6, mayo
Tienes algo de dinero porque, incomprensiblemente, había una persona en el mundo que te debía unos pocos cientos de euros. Se llama Alberto y todo parece indicar que realmente es un buen tipo. Hace un par de días vino a La Majada para ver a la hija de Luis. Después de la visita te llamó y quedaste con él en un bar de la Gran Vía para tomar una cerveza que no podías pagar. Os visteis allí y te lo dijo. Te dijo, te debo dinero. Lo tomaste a broma y no le diste importancia. Tomasteis una cerveza. Hablasteis un rato de la recién estrenada paternidad de Luis. Entonces te dijo que él también iba a ser padre. Ni siquiera sabías que tenía novia. Te alegraste por él y al mismo tiempo te dio lástima, aunque no sabrías decir por qué. La cerveza corrió de su cuenta puesto que tenía mucho que celebrar. Empezasteis a caminar. De manera algo torpe sacó la cartera y te devolvió tu dinero. Ni siquiera sabías cuánto era ni por qué te lo debía pero lo cogiste sin rechistar y le diste las gracias. Él se disculpó, de manera aún más torpe, por haberse olvidado del asunto hasta ahora. En ese momento pasó por delante de vosotros un autobús que volvía a la capital y Alberto salió corriendo para no perderlo. Te extrañó que no hubiera venido hasta aquí en coche. Os despedisteis a la carrera y a varios metros de distancia. Supiste que nunca lo volverías a ver.
Ante la dificultad de recordar el momento en que tenías dinero suficiente para prestárselo a Alberto, te asalta una duda razonable. ¿Es posible que Alberto se haya enterado de tu penosa situación económico existencial y haya decidido ayudarte como un buen samaritano? ¿Es posible que sucedan cosas así en la vida? ¿Podría imaginarse Alberto que lo primero que ibas a hacer con el dinero que te devolvía o te regalaba era llamar al viejo Andrés?
—¿Diga?
—Hola, Andrés.
—Cuánto tiempo.
—A mí me lo vas a decir.
9, mayo
Tienes que escribir unas palabras para leer en la boda de tu amigo Luis. Tú mismo se lo propusiste. Has estado a punto de no ir a la ceremonia porque no tenías dinero suficiente para llegar hasta donde se celebrará, en Huelva, en un chiringuito a pie de playa, y como tú no tenías dinero tu amigo te dijo que el dinero no era problema, que no te preocuparas, que no le importaba que no le regalaras nada, que lo importante era que tú estuvieras allí en un día tan especial para él y para su futura mujer, a quien no terminas de aguantar, lo cual no es más que un mal menor ya que no eres tú quien va a casarse con ella. Así que tú se lo agradeciste y en un arranque de generosidad sin límites pensaste que le podías regalar unas palabras, unas hermosas y sentidas palabras dichas por ti desde el altar antes de que los novios pronuncien el sí quiero, ya que al fin y al cabo eres escritor y eres, o serías capaz de escribir unas sencillas y maravillosas palabras para recitarlas de viva voz subido en el altar delante de los novios antes de que se digan el sí quiero, porque eres escritor y escribes, ¿no es así? Y tu amigo, agradecido, bondadoso e ingenuo, aceptó tu propuesta y tú estuviste dos semanas sin escribir una sola línea sobre el particular hasta que días antes de la boda te acordaste de que debías escribir unas palabras porque al fin y al cabo eres escritor y escribes o serías capaz de escribir unas hermosas y sentidas y etcétera, y además esas palabras son tu regalo de boda.
Esta misma noche, en cuanto te acuerdas de ello, coges el coche de tu padre y conduces hacia Madrid mientras llamas a Andrés. Hola, Andrés, qué tal, sí, uno, sí, donde siempre, vale, te espero allí, adiós. Todavía no entiendes por qué le dices a Andrés te espero allí si quien viene a verte con la mercancía nunca es Andrés. A decir verdad, nunca has visto a Andrés, ni siquiera sabes si existe Andrés o si Andrés son muchos, como Pessoa, o no es nadie, como Homero, o es otro, como Shakespeare. Por supuesto, es improbable que sea quien sea el hombre que siempre coge el teléfono se llame realmente Andrés. Pero qué importa eso si al final siempre aparece alguien con la ansiada mercancía, que seguiremos llamando con el nombre genérico de cocaína, y aunque ese alguien y tú jamás os hayáis encontrado nunca resulta demasiado difícil reconocerse.
Hola, sí, soy yo, ¿uno?, sí, uno, vamos caminando, claro, bonito día para irse de fiesta, sí, ¿qué tal está esto?, muy bueno, ya sabes, como siempre, sí, como siempre, aquí me despido, yo me voy por el otro lado, hasta otra entonces, sí, claro, gracias, gracias a ti, güey.
Un mexicano. Sin lugar a dudas, y sea quien sea, Andrés es la cabeza invisible de una empresa multinacional.
Regresas al coche satisfecho con el intercambio e imaginando qué pasaría en el mundo si las demás cosas, ilegales o no, fueran tan fáciles de conseguir como esto, aunque en realidad te ha costado sesenta euros y bien pensado cualquier cosa que te puedas imaginar, ilegal o no, se puede conseguir con dinero. Así va el mundo, farfullas entre suspiros como si estuvieras charlando con un desconocido en la barra de un bar a la hora de la comida mientras en el telediario hablan de un nuevo caso de corrupción. Conduces a 150 kilómetros por hora por la carretera de La Coruña hasta que llegas a La Majada. Es tarde, tus padres duermen. Entras en tu vieja habitación y te preparas para lo inevitable. Cortas un trozo de pajita, te sirves una cerveza, lías un cigarrillo. Abres la bolsa y esparces su contenido sobre una superficie lisa. Apilas la sustancia blanquecina en un montoncito y la cubres con un plástico. Usando un mechero a modo de mortero lo machacas bien para que no queden piedritas, comúnmente llamadas rocas, sobre todo porque pueden provocar dolor a la hora de la aspiración y porque debido a su tamaño se desprenden de la nariz sin que te des cuenta y entonces has invertido tiempo y dinero para nada. También suele ocurrir que esas piedritas, comúnmente llamadas rocas, se alojen entre los pelos de la nariz y queden a la vista de todos tus contertulios que se codearán unos a otros entre asombrados y asqueados, y los habrá incluso envidiosos, sin que tú te des cuenta de nada hasta que se caiga por su propio peso o hasta que, en una rutinaria y disimulada absorción, ascienda definitivamente por tus fosas nasales y se deshaga y se multiplique y se vierta en tu sangre iniciando un fascinante viaje sin retorno al centro de tu cerebro hiperexcitado y cada vez más mortecino.
Haces dos rayas. Esnifas la primera por el orificio derecho. Esnifas la segunda por el orificio izquierdo. Bebes cerveza. Enciendes el cigarrillo. Abres un archivo de Word. Intentas escribir. Enamorarse de un amigo es fundamental para llegar a quererlo de una forma sana y duradera, pero uno no se enamora de todos sus amigos. De algunos estamos enamorados mucho tiempo y de otros nos desenamoramos porque sí, o los sustituimos por otro amigo del que nos enamoramos o bien es ese amigo quien se desenamora o nos desenamoramos a la vez porque al fin hemos encontrado a la mujer de nuestra vida y entonces ya no queda tiempo para nada más hasta que, inevitablemente, nos desenamoramos también de ella y entonces todo vuelve a empezar. Haces otras dos rayas.
Sigues escribiendo memeces por el estilo hasta que lo das por terminado. Entonces haces dos rayas más y lo relees todo. El diagnóstico es reservado, más bien crítico. Lo vuelves a leer. No sirve. Deberías empezar de nuevo pero ya estás demasiado drogado y tu cerebro hiperexcitado y cada vez más mortecino no para de enviarte señales grandiosas que se alternan sin solución de continuidad con otras del todo depresivas y abiertamente funestas. Bienvenido al punto sin retorno. A partir de aquí sabes que el resto de la noche y el resto de tus pensamientos y el resto de tus elucubraciones tampoco servirá para nada, pero tú seguirás esnifando.
10, mayo
Ideas, metáforas y conceptos que esparce por la sala tu querida psicóloga. Herida supurando. Saco lleno de mierda. Herramientas. Cavar una zanja con las manos o con una azada. El niño mimado. La tristeza también se transmite en los genes. Eres un adulto y puedes cambiar. El movimiento lleva al movimiento. Sutilmente. Quieres demostrar al mundo que vales, que eres mejor que los demás, quieres que se arrodillen ante ti. ¿Eso quieres? No, en realidad quieres que sean tus padres quienes lo hagan, quieres que te pidan perdón por haberte hecho así, defectuoso, frágil, temeroso, como cualquier ser humano, pero diferente. Ellos no son culpables de la deriva que ha tomado tu vida pero sí son responsables de ella, ¿entiendes la diferencia?, y su desentendimiento ha provocado tu rechazo, tus fobias, tu rabia, tu locura y tus adicciones. Pero tú no eres ese Daniel. Hay otro Daniel en tu interior pugnando por salir, otro Daniel que lucha, que no deja de luchar. Si no fuera así ya habrías hecho lo que hizo tu hermana. Atarte una soga al cuello y saltar. ¿Es eso lo que quieres? ¿De verdad no amas esta maravillosa existencia?
11, mayo
Estás en Huelva, estás en la boda. Estás leyendo.
(…) Hay un verso que todos conocemos. Dice algo así. Que la vida iba en serio uno lo aprende más tarde. Yo todavía no lo tengo claro. Luis parece que siempre lo ha sabido, y por eso, supongo, se ha casado con una mujer andaluza, con sentido del humor, para compensar esa incómoda seriedad.
(…) A veces he discutido con él, no lo voy a negar, la mayoría de ellas debido al extraño efecto que produce en mí la ingesta masiva de alcohol, algo que a él, por otra parte, le sienta de maravilla… Tenemos suerte porque aún es pronto y todavía no he podido beber lo suficiente para decir alguna insolencia o, por el contrario, caer en la exaltación de la amistad. Todo eso llegará luego, no os preocupéis.
(…) Luis me dijo una vez que la vida estaba para disfrutarla, y no lo dijo porque acabara de leer la última novela de Paulo Coelho, y que os recomiendo a todos, por cierto. Lo dijo porque estaba borracho como una cuba y cuando uno está borracho dice cosas tan simples y tan ciertas que cuando estamos sobrios nos cuesta creer que sean verdad.
Acabas el discurso con alguna otra broma de mal gusto y sales corriendo al baño. Allí llevas a cabo el consabido ritual. Esparces, alineas, esnifas. Te quedas mirando tu DNI, siempre lo has utilizado para sacar el contenido blanquecino que llevas decenas de páginas llamando cocaína sin saber qué es realmente, y en ese instante te detienes a mirarlo. Lo renovaste el año pasado, en el mes de junio, y según parece estará vigente hasta el año 2022, cuando tú, si sigues vivo, tendrás cuarenta años. La foto que muestra no es del año pasado ya que llevaste, tal vez a propósito, una foto de cuando tenías veintitrés años y eras joven y guapo y tenías todo el futuro por delante. Por eso tu mirada es desafiante y casi pendenciera, como si estuvieras retando a un gaucho a un duelo a cuchillo a la salida de una taberna en una llanura de la Pampa. Lo más llamativo, no obstante, es esa fecha, 2022, en la que tú, si sigues vivo, con cuarenta años, la piel curtida y estropeada, la frente marchita, la sien plateada, tendrás que renovar esa tarjeta que te identifica como un ciudadano español a todos los efectos, una futura y calurosa mañana del mes de junio en las dependencias de la policía nacional, si es que tal trámite se sigue realizando de esa manera. ¿Qué será de tu vida en el año 2022? Con inteligencia y precaución olvidas esa pregunta y preparas otra raya y luego la esnifas y sales del baño tratando de emular esa mirada desafiante cuando te topas con todas las personas que hay en la boda de tu amigo Luis y que antaño fueron tus amigos, una mirada, en cualquier caso, que ya no tiene ningún sentido a pesar de que algún día creíste que gracias a ella podrías comerte el mundo.
Ahí están tus antiguos amigos, a quienes apenas tienes cariño y a quienes no deseas ningún bien, a quienes no conoces o conoces demasiado y por eso los niegas. A quienes echas de menos. A quienes odias.
¿Qué puedes hacer con ese odio? Tienes ganas de pegar a un desconocido y echar a perder la boda. Tienes ganas de hundir tus puños en su cara y llenarle las costillas de patadas. Quieres sentirte superior, invencible, intocable, necesitas sentirte mejor que los demás, sentir que los demás te escuchan, te admiran, te desean y te envidian, que en el fondo de sí mismos quieren ser como tú, necesitas sentir por una vez en la vida que los demás no te odian tanto como te odias tú a ti mismo. Porque lo que está fuera de toda duda es que la humildad, el respeto, el amor y la ayuda desinteresada están fuera de tu alcance. Tú no eres uno de ellos. Tú no eres especial. Tú no eres normal.
13, mayo
Asistes, te obligan a asistir al psiquiatra porque estás en pleno aniversario del suicidio de tu hermana y tu hermana mayor decide que con esas cosas no se juega, que la psicología está muy bien pero no es suficiente. Se pone en contacto con el amigo de un amigo de una amiga soltera y te concierta una cita con un psiquiatra reputado que tiene una amplia y lujosa consulta en el barrio de Salamanca.
—¿Cómo estás, Daniel?
—Bien.
—¿Y tu familia?
—Bien.
—¿Cómo está tu padre?
—Bien.
—¿Y tu madre?
—Ahí.
—¿Y tu hermano?
—Lejos.
—¿Y tu hermana mayor?
—Cerca, pero también lejos.
—¿Y tu hermana pequeña?
—Murió.
—Háblame de ello.
—Murió.
—¿Cuándo?
—Hace tiempo.
—¿Cómo?
—Murió, eso es todo. ¿Puedo irme ya?
Murió, sí, se suicidó, y después tú te fuiste. No lo soportabas. Empezaste a tomar pastillas para dormir. Todos empezasteis a tomar pastillas para dormir. Tu madre, tu hermana, tu hermano. Tu padre no. Prefería no dormir. Mejor dicho, soportaba el insomnio. Tú no. Los demás tampoco. El insomnio es un asesino a sueldo. Te persigue de día, te vigila de noche. Él fue quien mató a tu hermana. Entonces tú te fuiste a Cádiz y los demás se quedaron. Luego volviste. A lo mejor no tenías que haberte ido, es cierto. A lo mejor no tenías que haber vuelto.
Unos años antes, cuando todos os habías ido del domicilio familiar, tus padres se quedaron solos y barajaron la opción de vender la casa y mudarse a un piso más pequeño. Tu hermana mayor hacía tiempo que vivía con su novio fuera de Madrid. Tu hermano mayor se casó pero siguió viviendo en La Majada. Tu hermana pequeña también se marchó a vivir con su novio, al pueblo vecino, y le daba vueltas a la idea de casarse. Tú fuiste el último en abandonar la casa familiar, dejando a tus padres solos pero felices, o al menos no demasiado tristes. Te fuiste solo a Madrid, a una casa que compartías con Rodrigo y un actor que ya no lo es. A tus padres les sobraba espacio y les faltaba dinero, siempre les faltaba dinero, pero como no lograban vender la casa se quedaron ahí y vuestras habitaciones permanecieron inmutables al paso del tiempo, como un museo cerrado de la adolescencia y la juventud. Todos rehicisteis vuestra vida y las cosas parecían marcharos bien. Erais una gran familia y siempre que os veíais era motivo de alegría. Para celebrar los cumpleaños os reuníais en casa de vuestros padres. Cada cierto tiempo organizabais barbacoas en casa de tu hermana mayor y os quedabais allí a pasar el fin de semana. De vez en cuando tu hermano montaba fiestas en su casa a las que no solían asistir vuestros padres. Y en cualquier momento podíais presentaros en casa de tu hermana pequeña porque ella trabajaba en casa y le encantaba que la fuerais a ver y era en su casa donde uno podía sentirse a salvo. En tu piso de soltero, sin embargo, nunca organizasteis nada, e incluso tus padres vinieron a verlo por separado y en semanas diferentes.
Os reuníais a menudo, y con más efusividad que cuando compartíais el mismo techo, y en todas esas ocasiones cada uno de vosotros interpretaba el mismo papel con naturalidad y con afecto. Tu padre trataba de haceros reír, y alguna vez lo conseguía. Tu madre seguía encargándose de cocinar, tarea en la que siempre contaba con la ayuda de tu hermana pequeña. Tu hermana mayor se autoerigía como la anfitriona fuera donde fuera la reunión, y disponía y ordenaba a su antojo. Y tu hermano andaba cámara en mano y de un lado a otro retratándoos tal como erais. Por suerte para todos, pero sobre todo para ellos, sus respectivas parejas se adaptaron fácilmente a vuestros pequeños crímenes familiares. Incorporaron vuestros códigos, reían vuestros chistes, soportaban vuestras peleas ocasionales y las eternas discusiones jerárquicas. Y por si fuera poco, además, consiguieron llevarse bien entre ellos. Resultó que los novios de tus hermanas trabajaban en sectores relacionados y acabaron haciendo no sé qué proyectos juntos. La mujer de tu hermano se encariñó con tu madre y también hizo buenas migas con tus hermanas. Tú, mientras tanto, interpretabas tu papel de joven-soltero-busca y se puede decir que hiciste buenas migas con algunas de las amigas solteras de tus hermanas, pero te mantenías al margen del ensamblaje rutinario que empezaba a soldar unas vidas con otras. Erais una gran familia, es cierto, y sin saberlo estabais viviendo vuestra época dorada, una época feliz, sin sobresaltos, tan normal y tan corriente que daba miedo, tan vulgar, tan descaradamente sencilla y tan feliz.
Entonces, en el transcurso de un mes, tu hermana mayor y tu hermano, cada uno por su cuenta y riesgo, os anunciaron que iban a ser padres. Era lógico, ambos superaban la treintena y parecían tener el futuro bien amarrado, y aun así fue como una epifanía, el paroxismo de la evolución familiar. Un hombre y una mujer dan vida a un nuevo ser vivo y forman una familia. Años más tarde los descendientes de esa familia se unen a los descendientes de otras familias y forman nuevas familias. El árbol se ramifica, la humanidad entera avanza, el futuro les pertenece. Como si acabara una historia y empezaran otras historias, vidas que nacen en un mundo y os devuelven otro que no tiene nada que ver con el que habíais visto hasta ahora. Un mundo que os incluye y os rechaza y que de algún modo refleja vuestras esperanzas y vuestros límites y lo que verdaderamente sois. Y lo que sois no siempre es lo que se refleja en el espejo. Hay otros mundos y otros espejos, pero a veces están ocultos y no podemos verlos. Tienes la sensación de que no te estás explicando bien.
—Sí, Daniel, márchate. Por hoy hemos acabado.
15, mayo
Además de las reacciones normales que experimenta cualquier persona ante la muerte, cuando tu hermana se suicidó te sobrevinieron las siguientes en orden aleatorio. Tener miedo a la oscuridad y al ruido en mitad de la noche, no hablar nunca de ella, no volver a confiar en nadie, desamar a tus padres, creer que tu hermana intercede por ti desde el más allá, soñar que vuelve a la vida, soñar que te habla y te dice que ella está bien ahí, soñar que nunca ha pasado lo que pasó, olvidarlo todo, mencionarlo constantemente para inspirar cercanía, lástima, compasión, hacerte el fuerte, el valiente, el amigo de tus amigos, sufrir las miradas esquivas de sus amigas cuando te las encuentras en un bar, rescatar de tu memoria todos sus recuerdos, sentir la nostalgia, la culpa, el perdón, padecer insomnio, ansiedad, ataques de ira, de locura transitoria, de debilidad física total hasta perder el conocimiento, dejar de comer, dejar de ver a la gente, dejar de hablar, dejarte morir un poco cada día para estar más cerca de ella, pensar que deberías hacer lo mismo que ella, querer hacer lo mismo que ella, odiarla por hacer lo que hizo, compadecerla por hacer lo que hizo, esnifar cocaína cada vez que tienes oportunidad para dejar de temer hacer lo que ella hizo, sentir más y más deseos de hacer lo que ella hizo al día siguiente de esnifar cocaína y llamar a Andrés para que te siga proveyendo de cocaína, o lo que sea que meta Andrés en esas bolsitas blancas que te proporciona diligentemente, una de la cuales, por cierto, estás a punto de abrir, de hecho te mueres de ganas por volver a abrir, para lo cual es inevitable dejar de escribir, cosa que haces en el acto.
19, mayo
Querido y reputado psiquiatra:
Un suicida, por si usted no lo sabía, nos pone a prueba, nos coloca frente a frente con un fantasma que dice conocernos y que odia nuestra corporeidad, un fantasma que lo que más desea en la vida, o en la muerte, es regresar al silencio y a la penumbra, al olvido, porque sabe que la única certeza en medio de tanta incertidumbre y desesperación es la muerte, el silencio y la penumbra, y para qué vamos a estar esperando si podemos salir en su busca.
Por mí pueden irse usted y su fantástica consulta muy a tomar por el culo.
Atentamente,
DANIEL
21, mayo
Tu madre duerme desde hace meses en el cuarto de su hija, tu difunta hermana, y al parecer tu padre no ha vuelto a entrar ahí desde hace meses, quizá años, porque tu padre quería leer un libro de Pérez Reverte y te preguntó si tú tenías algún libro de Pérez Reverte y miró en tu biblioteca y por supuesto en tu biblioteca no hay libros de Pérez Reverte porque el único libro de Pérez Reverte que merece la pena es una novelita protagonizada por dos reporteros de guerra durante el conflicto de los Balcanes y esa novela la leíste hace mucho tiempo y recuerdas que la sacaste de la biblioteca pública así que en tu biblioteca no hay ningún título de Pérez Reverte, no hay espadachines ni curas espías ni reinas del sur ni de ningún otro punto cardinal, y sabes que tu padre no entra en la habitación de tu difunta hermana porque en la biblioteca de tu hermana sí que hay varios libros de Pérez Reverte, libros bien gordos y hermosos y con tapa dura y geltex con sobrecubierta y cinta punto de lectura, todos ellos comprados por tu hermana en el Círculo de Lectores, ese maravilloso lugar de encuentro entre lectores amables, inteligentes y con unas ganas tremendas de poblar las estanterías de escayola del salón porque hay demasiadas y hay que ver qué feo hace que estén vacías, y tu padre, que quería leer a Pérez Reverte porque por algún error imperdonable resulta que tu padre no había leído ningún libro suyo y este mes Pérez Reverte ha publicado otra novela imprescindible sobre una batalla legendaria en las aguas de un mar embravecido durante el apasionante reinado de un hombre excéntrico en una época inolvidable, y tu padre ha visto el anuncio en la tele, en la prensa diaria de pago y en la prensa gratuita, en las marquesinas de las paradas de autobús y en los carteles de publicidad del metro y también ha visto el anuncio en el cielo o eso creyó porque el avión volaba demasiado alto y tu padre está mayor y tiene la vista cansada y no le dio tiempo a leer el anuncio completo, pero el caso es que Pérez Reverte que estás en los cielos santificado sea tu nombre ha publicado una nueva e imprescindible novela y tu padre quería comprársela, claro que sí, pero antes pues prefería leer otra novela antigua pero no menos imprescindible de Pérez Reverte por si las moscas, claro, no vaya a ser que después de desembolsar más de veinte euros en una novela imprescindible resulte que tu padre no arde en deseos de saber quién fue el sátrapa general que ordenó comandar las naves 45 grados al sudeste para encallar en el puerto de Palos de la Frontera, así que tu padre te pidió que si tenías un libro de Pérez Reverte pero tú le dijiste que ni hablar del peluquín y tu padre, que sabe que tu hermana se hizo con una biblioteca de grandes y hermosos volúmenes tanto o más duros que un ladrillo no quiso entrar en la habitación de tu hermana porque la última vez que lo hizo rompió a llorar como un bebé y estuvo llorando más de tres horas, a ratos con una pena horrible, a ratos con odio, a ratos con verdadera desesperación, y cuando terminó de llorar se juró a sí mismo que no volvería a entrar en esa habitación, es más, trató de convencerse de que esa habitación no existía, que era un hueco en mitad de la casa donde no había nada, donde no había pasado nada y era imposible que sucediera nada siempre y cuando tu padre no entrara allí para comprobarlo, y en adelante nunca entró y como para él en esa habitación no hay nada pues tú tampoco quisiste entrar en ella para sacar de allí alguna de las antiguas pero imprescindibles novelas de Pérez Reverte y en lugar de eso le regalaste un libro de Bolaño, Estrella distante, que tu padre hojeó por encima pero nunca se leyó y a la semana siguiente se compró la última e imprescindible novela de Pérez Reverte que se leyó en dos noches de frenética lectura y un día tú entraste en el baño y la novela estaba allí y la cogiste y la empezaste a leer y por un momento pensaste cagar encima de ella, mear sobre las duras tapas de geltex y si te quedaban ganas arrancar varias páginas y hacerte una paja y correrte sobre ellas como hacían los escritores bárbaros con los textos de Balzac, de Hugo, pero, ah, en vez de hacer todo eso la cogiste y la empezaste a leer y se te agarró por dentro y esa noche, esta noche, la terminaste de leer y al día siguiente has enviado una carta a la editorial llena de alabanzas y elogios para el señor Pérez Reverte que estás en los cielos y amén.
22, mayo
¿Se puede pensar en el suicidio y seguir lavándote los dientes cada noche? Te gustaría saber si tu hermana llegó a pensar en algún momento qué pasaría con todas las cosas que había ido acumulando en su vida. ¿Se puede pensar en esas cosas cuando uno está a punto de quitarse la vida? Los libros, la ropa, los pendientes, los apuntes de la carrera, el coche, las fotografías, cientos y cientos de fotografías, las lámparas de techo, las telas, las mantas, las reproducciones de cuadros de Klimt, las mesitas de noche, las perchas y las mochilas y los bolsos y las agendas de otros años y las estanterías de Ikea.
Pensar si pensó en lo que os pasaría a vosotros después de su muerte es una tarea demasiado dolorosa.
23, mayo
Uno se puede acostumbrar a todo, a la soledad, a la miseria, a la alegría, a la bonanza, a la desesperación, a la inmundicia, a la maldad, a la guerra, a la sequía, a la infamia, a la destrucción, al caos, al rencor, a la culpa y al pecado, pero no a la muerte, nunca a la muerte. La muerte siempre nos coge desprevenidos y jamás se acostumbra uno a ella.
24, mayo
Hay una frase que te atormenta desde hace mucho tiempo, una frase que te dijo tu hermana después de que en tu vida se reprodujera una serie de acontecimientos que previamente se había producido en la suya. Una pareja de Sevilla, una beca en el sur de Francia, una estancia veraniega en Ibiza, una depresión y un encierro psiquiátrico. Cuando pasó la tormenta y parecía que todo os iba a ir bien, en esa época dorada en la que erais una familia, tu hermana te dijo entre risas que estabas siguiendo sus pasos, y tú te reíste y seguisteis hablando de esto y de aquello. Y luego ella se suicidó.
29, mayo
Tu madre encendía cada día, a las ocho de la tarde, dos velas. Al principio fueron dos grandes cirios cilíndricos que ardían ininterrumpidamente durante varias semanas. Cuando se consumieron los cirios, tu madre compró varias velas cónicas que aguantaban encendidas varios días. Se agotaron esas velas y tu madre las sustituyó por pequeñas velas redondas que apenas aguantaban prendidas varias horas. Tu madre compró centenares de ellas y también se acabaron. Un día se acabaron también las cerillas y desde entonces tu madre no encendió ninguna llama más.