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La fiesta ha terminado y no ha sucedido nada.

EMMANUEL CARRÈRE

5, abril

Dos amigos conversan en el autobús que te lleva de vuelta a casa de tus padres en La Majada, el pueblo donde creciste pobre y que ahora es uno de los que tiene una renta per cápita más alta del país gracias a la fiebre del ladrillo.

—¿Has visto esa película?

—Sí, la he visto.

—¿Has leído ese libro?

—Sí, lo he leído.

—¿Has visitado ese exótico país oriental?

—Sí, lo he visitado. ¿Y tú?

—Yo también.

—Ah, vale.

Silencio.

—¿Pillamos esta noche?

—Por favor.

La conversación acaba aquí.

Llevabas seis meses sin pagar el piso y te han pedido, con más amabilidad de la que esperabas, que te fueras de allí. Después de intentar alojarte en las casas de tus amigos y tratar de largarte al extranjero, para lo cual pediste dinero a tu ex novia María pero se limitó a recordarte la cifra a que ascendía tu deuda con ella, tienes que volver a casa de tus padres. Es curioso que aun siendo ella quien te animaba a escapar de Madrid te haya negado los medios para hacerlo.

Durante el trayecto, mientras dejas atrás la ciudad te propones hacer un inventario de todos los lugares de la capital donde en algún momento de tu vida te has metido una raya de cocaína, o de una sustancia que te dijeron que lo era. ¿Por dónde empezar? Sería tan fatigoso hacer la enumeración que te das por vencido. Algún día la harás, cuando vuelvas a tener dinero para pillar cocaína a Andrés y te sientes delante del ordenador y abras un archivo de Word que llames Cocaína, instrucciones de uso y no puedas parar de escribir. Hasta entonces, resultaría enojoso y grosero perder el tiempo con esa lista. Pero ¿qué más da si tienes todo el tiempo del mundo y siempre lo estás perdiendo?

9, abril

En La Majada no ocurre nada. Todo son recuerdos. Pasas horas encerrado en tu antiguo cuarto, rodeado de cajas sin abrir, mirando el techo, fumando y tomando manzanilla. La vida no te da para más y tus padres están en bancarrota. Ellos ya llevan tres meses sin pagar la hipoteca, y aunque tu padre se las apaña para camelar al banquero de la sucursal más antigua del pueblo porque se conocen desde hace veinte años, está claro que tarde o temprano también les echarán de allí, y tú deberás irte con ellos a no ser que reconduzcas tu vida de una vez.

12, abril

Tumbado en la cama, escuchas el ruido de tu nueva existencia. El entrechocar de los platos mientras tu madre coloca la vajilla, las melodías de guitarra que interpreta tu padre, las puertas de los armarios deslizándose, el clic de los interruptores de la luz, la solidez de las ventanas al cerrarse, las monótonas pisadas del chucho sobre el suelo de parquet, el timbre del teléfono móvil de tu madre, su voz átona y chillona, los ronquidos de tu padre, el gozo y la miseria de seguir vivo.

15, abril

Vas a visitar a Luis porque acababa de nacer su primogénita. Entras en su casa. Te acompañan dos personas más que apenas conoces, un hombre y una mujer, compañeros de trabajo de Luis a quienes les ha tocado el turno de visitas esa tarde, porque cuando nace un niño los padres se organizan para despachar visitas cada día y al final de la jornada van tachando nombres de una lista no escrita pero de obligado cumplimiento. Os sentáis en el sofá del salón, haciendo compañía a la mamá, hasta que aparece Luis por el pasillo con la niña en brazos como si fuera un trofeo, pero ¿acaso no lo es?, y entonces comienza el espectáculo.

Primero vienen las quejas de la madre y las exageraciones del parto y los dolores y los puntos y algún dato escatológico que hubiera estado bien no conocer jamás. Luego vienen las anécdotas repetidas en anteriores visitas por el padre, sus impresiones, el mareo y el vértigo, las ganas de desmayarse y vomitar, y la emoción incontenible al tener a la niña en sus brazos. De repente te das cuenta de que la suegra de Luis está deambulando por la casa como si fuera un fantasma que nunca se vuelve corpóreo. Sin saber cómo os dan la noticia esperada, nos vamos a casar, si las cosas van bien, claro, jeje. Y después de los abrazos pertinentes y las frases de manual comienzan las preguntas y los lugares comunes. ¿Qué tal duerme? ¿Os deja tranquilos? ¿Qué tal come? Mira qué ojitos más bonitos, parece una muñeca, y esa manita, ay, por favor, mira cómo me agarra, parece que se da cuenta de todo, es tan mona, ¿puedo cogerla? ¡Qué poco pesa! Qué monada, hazme una foto con ella, corre que parece que va a empezar a llorar, abre los ojos, bonita, así, pa-ta-ta, jajaja, qué maravilla, cógela, sí, toma, es una monada, sí, pero creo que se ha hecho caquita, qué cosas, ¿cuánto dices que cuestan los pañales? Qué barbaridad, qué caros, si es que ponen los precios que quieren y tú no puedes hacer nada, claro, para tu hija quieres lo mejor, digo yo, toma claro, si no qué, pero qué exageración, mira qué culete más mono, uy, qué mal huele, vaya cacota, ¿eh?, jejeje. Pero qué sonrisa tiene, y qué ojos, yo creo que se parece más a su madre que a su padre, ¿no?, bueno, tiene la nariz de su padre pero la expresión es la de su madre, ¿a que sí, preciosa? Agú gú ga, burrr, burrrr, pluf, pluf. Qué cosita más linda, ¿verdad que sí?, ay, chicos, qué hija más bonita tenéis y qué mayores somos.

17, abril

—El cine es un desastre y ser director consiste en tomar decisiones cuando es imposible tomar decisiones porque está claro que todo va a salir mal ya que en un rodaje estás rodeado de docenas de incompetentes que sólo quieren acabar el trabajo cuanto antes para irse a su casa y encender el televisor, y de actores que sólo quieren estar guapos en cada escena para ligarse a las figurantes, y de productores tacaños con ideas caducas y manidas y absurdas que te obligan a cambiar el guión, y de ayudantes inexpertos que porfían para que te salga todo mal y poder ocupar tu lugar la próxima vez, y de estilistas homosexuales y de maquinistas homófobos y de maquilladoras macarras y de técnicos borrachos y de montadores drogadictos y de secretarias insatisfechas y de cámaras hiperactivos y de fotógrafos engreídos y de actrices que parecen putas y de putas que quieren ser actrices y hasta queda gente a tu alrededor, un grupúsculo anómalo de patibularios y aduladores, que lo único que quieren es chuparte la polla para salir en tu película y decirles a todos sus enemigos, miradme, joder, he salido en la gran pantalla. Así que puedo decir que sí, que en resumidas cuentas, eso es el cine. Sin embargo, también es otra cosa. Si no lo fuera, si no hubiera algo verdaderamente mágico en todo este asunto, hace tiempo que lo habría dejado y me habría puesto a trabajar de camarero en el bar de algún amigo o habría malgastado mi tiempo y mis energías estudiando una oposición para ser funcionario. Pero resulta que el cine es algo más. Algo, me atrevería a decir, superior, magnífico, absolutamente inconmensurable. ¿Cómo podría explicártelo para que lo entendieras?

Rodrigo ha venido a visitarte con un gramo de cocaína, aunque de un vistazo se nota que no es de Andrés.

—Sucedió en la tercera semana de rodaje. Fue un día durísimo de trabajo y estábamos todos muy cansados y a mitad de la tarde no habíamos rodado ni un tercio de lo que habíamos planificado. Estaba siendo otra jornada decepcionante y agónica. Pero entonces sucedió. Filmamos una escena en plano secuencia tal y como yo la había planeado, y todo salió de maravilla. Los actores estuvieron geniales y los técnicos no se equivocaron y los ayudantes ayudaron y todo el mundo allí se emocionó y vibró y sintió que estaba ocurriendo algo especial, una cosa que nunca habían visto. Delante de sus narices se estaba llevando a cabo un simulacro perfecto de la vida y no existía nada que no fuera real y el cine era magia y la magia era esto y cuando acabó la escena hubo un instante de silencio, un silencio reverencial y sostenido que de pronto dio paso a una algarabía alegre y emotiva y todos los allí presentes empezaron a dar palmas y a gritar bravos como si acabaran de ver una representación teatral y muchos de ellos miraban a los actores y luego se miraban entre ellos y al final todos me miraron a mí y yo sonreía y aplaudía y juro por Dios que nunca he sido tan feliz como en aquel momento en que una veintena de personas creamos una nueva realidad, una realidad paralela y fascinante, tan fascinante como debió ser descubrir el nuevo mundo, y entonces, como no sabía qué hacer, me quité los auriculares y me fui al baño de la casa donde estábamos rodando y entré y di un grito y me miré al espejo y me eché a llorar.

Para terminar, como coda o despedida, mientras Rodrigo levanta la mano para parar un taxi te hace la siguiente pregunta, casi una amenaza.

—¿Alguna vez has pensado en un hombre mientras una rubia te la estaba chupando?

19, abril

La última vez que estuviste con Rodrigo y otro consumado cocainómano hicisteis una cata de cocaína. Tú llevaste la cocaína de Andrés, Rodrigo llevó la cocaína de Josep y el consumado cocainómano llevó la cocaína de Jenny. Ganó la de Andrés sin ningún lugar a dudas. Era más consistente, tenía un aroma a madera y roble y dejaba una suave sensación a fruta madura en el paladar. Las otras dos muestras ni siquiera producían picor en la garganta, ganas de evacuar o adormecimiento de la lengua.

Andrés, el viejo Andrés. ¿Estará preocupado por ti? ¿Hace cuánto que no le llamas?

21, abril

Sales por La Majada y logras ligar con una joven de dieciocho años que lleva rastas y fuma marihuana alegremente. Enardecido por la historia de Rodrigo le has dicho que eres director de cine. Te invita a su casa y os pasáis parte de la noche viendo la película de Woodstock mientras tomáis cervezas y fumáis porros rodeados de pósters de Bob Marley, telas hindúes adquiridas en un mercadillo y lámparas árabes compradas por su madre en la sección decoración exótica de El Corte Inglés. Sus padres están fuera de la ciudad, en la casa de la sierra, te dice ella sin pizca de ironía, y han dejado a la niña sola el fin de semana, cosa que hacen a menudo para que desparrame a gusto y se sienta libre como un pajarito. Estáis en la segunda planta de la casa, un ático abuhardillado y de color naranja donde ella se refugia para tener intimidad, y cada vez que ella se levanta para ir al baño tú te quedas mirando alrededor, sorprendido de todo cuanto ha quedado de los sesenta, del mayo francés, del movimiento hippie, de la música punk, de la libertad sexual, del consumo de drogas como modo de vida, de la revolución, de la izquierda progresista y de la madre que los parió, porque después de tanto esfuerzo y tanta propaganda sólo queda esa horrenda caricatura que ella y tú estáis interpretando sin ganas, tú para echar un polvo con una niña pija que lleva rastas y ella para conseguir un papel en un cortometraje que nunca se rodará, la pobre ni siquiera se siente con fuerzas para salir en una película.

23, abril

Te pasas horas pensando ideas y discursos para luego comentarlos en las escasas reuniones sociales a las que asistes. Piensas en ello y hasta te descubres ensayando tonos, gestos y pausas dramáticas. En ocasiones, tristes y patéticas ocasiones, te has llegado a imaginar respondiendo preguntas sobre tu vida y tu obra como si realmente fueran importantes, y sobre cómo se entretejen la una y la otra hasta conformar una nueva y reveladora realidad. Pero, en cualquier caso, y como esto nunca ocurre, llegado el momento imaginado, sea una reunión de trabajo o una simple cena, notas cómo tu corazón se dispara y tu mente se perturba ante la idea de hablar en público, por lo que cuando llega la hora de participar, recordar o asentir con un monosílabo normalmente no dices nada, ni aun cuando la conversación deriva hacia territorios que conoces de sobra, literatura, pornografía, cocaína, pornografía literaria, literatura cocainómana, y tampoco dices nada cuando los demás te instan a participar con evidentes muestras de concordia que tú sueles considerar condescendientes o directamente burlonas. De regreso a casa, como no podía ser de otra forma, te lamentas amargamente por tu cobardía y reproduces en tu cabeza la conversación ocurrida tan sólo unos minutos antes. Entonces imaginas que dijiste lo que querías decir, que llegado el momento te aclaraste la garganta y soltaste aquello tan interesante e impredecible que habías rumiado durante días dejando a tus contertulios pasmados, boquiabiertos, sorprendidos y emocionados. Sin reparos ni remordimientos, para no avergonzarte más de ti mismo y para seguir creyendo que no eres un caso clínico perdido, introduces en tu recuerdo de aquella conversación esa interesante interlocución y das por zanjado el asunto hasta la próxima reunión social durante la cual, no te cabe la menor duda, volverá a ocurrir lo mismo.

24, abril

—Hijo, ¿tú no tenías dos gatas?

—Sí.

—¿Y qué pasó con ellas?

—Se quedaron en el piso. No tenían ganas de mudarse.

25, abril

Una gitana te para en mitad del camino, un negro, un rumano, un alcohólico. Todos te piden una moneda, una ayuda, por caridad, por el amor de Dios, por la madre que te parió. No, no y no. Nada más llevas un billete de cincuenta euros y es para pagar una sesión, la primera, con una psicóloga. Volviste a llamar a la mujer que se echó a llorar por teléfono y estás yendo a la primera cita.

La visita es en la sede de Energy Control. Allí está ella, una psicóloga especializada en tratar a drogodependientes. Pasas a una sala pequeña donde hay una mesa, dos sillas y un paquete de pañuelos. Hay varias velas pero ninguna está encendida. No hay nada más. Sólo estáis los dos, un joven escritor cocainómano y una mujer madura y hermosa que te habla con voz queda y tierna. Te invita a hablar y hablas. Cuando ella cree que has terminado te dice que lo estás haciendo muy bien, que aquí estás tú solo porque te han dejado solo y ahora sientes que todo es una amenaza porque estás solo y no tienes las herramientas para salir de ahí. Las herramientas, repite mucho esa palabra, y luego dice que tu adicción es el síntoma de algo peor que está debajo, pulsando por salir, algo más fuerte que tenemos que encontrar por lo que está bien haber empezado pero tenemos que seguir profundizando en ello. En una sesión ha conseguido adivinar que tú y tu hermana teníais una relación de simbiosis, que tu madre era depresiva, que tu padre era temperamental y que tus hermanos mayores te dejaron de lado porque bastante tenían ellos con aguantar todo lo que aguantaron así que tú estabas solo, tan solo, y encima cuando tu hermana no pudo más porque se cansó de sufrir se fue dejándote aún más solo. Yo esto no lo quiero más, dijo ella, pero tú, ¿por qué ibas a repetir tú lo que ella hizo? No tienes por qué hacerlo, y por eso estás aquí, para evitar que eso ocurra. Ni tú ni ella sois personas más débiles que las demás, eso que te quede claro. Le dices que tu hermana todavía se te aparece en sueños, viva, y que trata de explicarte por qué hizo lo que hizo. Bueno, el tiempo de la consulta se acaba, de los sueños hablamos otro día. Hay cosas ocultas que luchan por salir de manera atropellada en los sueños, pero eso tú ya lo sabes. Lo sabe todo el mundo.

—Eso es todo por ahora, Daniel, ¿nos vemos la semana que viene? Sí, cincuenta euros. Gracias.

26, abril

Ha venido tu hermana mayor. Tiene treinta y cinco años. Habéis salido a tomar una cerveza y habéis recordado lo buena que era tu hermana suicida. Luego te has ido con los amigos de la infancia. Te enteras de que Jon va a tener otro hijo, que Antonio sigue buscando el primero y parece que tiene problemas de fertilidad, que Miguel disfruta mucho hablando de seguros de coche, que Paco balbucea como un borracho cuando se toma dos cañas y a la tercera empieza a vanagloriarse del dinero que ha ganado, que Mario engaña a su mujer gracias a Badoo, que ninguno de ellos te importa lo más mínimo aunque es cierto que hubo un tiempo en que los quisiste como si fueran tus hermanos.

Se hace de noche y te marchas a Madrid para celebrar que tus amigos de ahora, los artistas en potencia, van a rodar una película y quieren que interpretes un papel en ella. Mientras todos beben y celebran, y por una vez te invitan a cocaína, tú empiezas a hablar con un joven apuesto de veinte años. Te dice que es modelo, que estudia derecho y que también escribe en una revista underground sobre música indie. Te dice que escribe poemas y relatos cortos, que admira a Bukowski y también a Kerouac y también a Carver, cómo no, pero no ha leído a Bolaño, por extraño que parezca, ni a Casavella, que ya empieza a tener su propia legión de adoradores gracias a su muerte prematura, y ni siquiera a Foster Wallace, que cerraría una posible tríada de ídolos posmodernos que uno podría pensar que debido a sus méritos habían logrado que los jóvenes escritores dejaran de lado el realismo sucio y la generación beat. Este joven leído, guapo y culto y estiloso, estudiante y escritor, con todo el futuro por delante, te dice que está harto del postureo que reina en la capital y por eso quiere vivir al límite y quiere que la gente explote como él y quiere vivir libre y puro y radiante, momento que aprovechas para proponerle, medio en broma medio en serio, acostarse contigo, y él te dice que no, que chau, y entonces tú vuelves a casa y una vez allí comienzas a llorar.

27, abril

Estás de resaca, tirado en la cama, en casa de tus padres, en tu antiguo cuarto. Haces un inventario de lo que puedes ver allí. Tienes fotos en las paredes de personas a las que ya no ves y a las que, de hecho, has llegado a odiar. Tienes regalos que te hicieron tus ex novias colgados de las paredes o expuestos en estanterías viejas y mal barnizadas. Tienes ropa heredada de tu hermano que nunca te has puesto, tienes fotos de bodas en las que estabas asqueado hasta que te pusiste la primera raya. Tienes muebles que no son tuyos y sábanas que compartiste con mujeres que ahora no sabrías identificar. Tienes el ordenador que te dio tu hermana meses antes de suicidarse y en el que intentas escribir cosas bellas y hermosas y esperanzadoras como las que le gustaba leer a ella aunque finalmente no creyera en nada de eso y optara por dar un salto, no sin antes atarse una soga al cuello una tarde calurosa del mes de mayo en el peor pueblo de España en el que morir así, aunque no crees que exista algún pueblo donde morir sea mejor que en otro. Tienes tantas cosas que no necesitas que tu vida se vuelve a ver rodeada de insignificancias, recuerdos inútiles y memorias bastardas. Nada te pertenece y nada logrará salvarte. La cocaína, al menos, no te exige gran cosa, dinero y fluidez nasal, y a cambio te permite olvidar, no te pide partes meteorológicos ni noches de ensueño. Se adapta a tu vida, moldea tu vida. Al fin y al cabo es tu vida y está claro que sin ella las cosas no irían mejor porque las cosas que han pasado nunca dejarán de pasar, aunque, tal vez, algún día, dejarán de ser tan insoportables. Así que tú esnifas y rezas porque el dolor también se acabe. Padre nuestro que estás en los cielos. Ave María purísima. ¿Hace cuánto que no llamas a Andrés?

28, abril

Ves mucha pornografía. Latinas, japonesas, MILF, lesbianas, bukake, tríos, orgías, amateur. ¿Qué tipo de pornografía verán las mujeres que algún día compartieron contigo una noche o varias de sexo tan normal y tan corriente? Dos o tres posturas, sexo oral, algunas veces ni siquiera eso, un par de orgasmos con los ojos cerrados y a dormir. ¿Se atreverán ellas a mirar esas páginas? ¿Las disfrutarán? ¿Se imaginarán rodeadas de cinco negrazos con las pollas más grandes que han visto en su vida atizándoles en la cara hasta que uno detrás de otro eyacula en su boca? Qué grandes dudas amenazan tu cerebro los días posteriores a la Semana Santa.

30, abril

Ha empezado a llover. Tumbado en la cama y estirando el cuello apenas puedes ver el cielo, un trozo de cielo trapezoidal recortado entre tres paredes blanquecinas y sucias. Casi todas las noches te cuesta conciliar el sueño. Entonces miras ese cielo y ves cómo van variando las tonalidades, del negro al azul oscuro, del azul claro al blanco amarillento, del anaranjado al azul pálido y de éste al azul celeste o al gris ceniciento. Durante todos esos minutos y esas horas que pasas contemplando el firmamento repasas mentalmente conversaciones inútiles y recurrentes, ofensas no vengadas, ridículos espantosos, miedos infundados, lágrimas derramadas, esperanzas truncadas, ilusiones perdidas. Nunca recuerdas, nunca sueles recordar, los buenos momentos vividos, los grandes libros leídos, los maravillosos y escasos viajes realizados, los gestos de los mejores amigos. Simplemente te anulas como un condenado a muerte que no puede conciliar el sueño la noche anterior a su ejecución.

¿Cuánto tiempo queda para la tuya?