10
Al final de este día queda lo que quedó de ayer y quedará de mañana. El ansia insaciable e innúmera de ser siempre el mismo y otro.
FERNANDO PESSOA
2, septiembre
Te conceden una semana de vacaciones en el bar guión restaurante guión puta mierda donde trabajas y te marchas a Formentera. Harto de todo, tras la última bronca le dijiste a tu jefe que a ti no te engañan, que ya tienes una edad, que no te van a tomar más el pelo, que tienes los cojones negros. Esas cosas. Y él se rebajó a concederte unos días libres.
Tu antiguo compañero de estudios te intercepta en el rellano. La sustitución se ha terminado. Parece que ya estaba hablando antes de haberte visto.
—¿Qué voy a hacer cuando mi mujer me deje? Porque a veces me siento en el autobús y me miro en el espejo y me veo viejo, muy viejo. Observo que la tripa sube por encima del pantalón y la camiseta se pliega sobre mi barriga. Está claro que ya no soy el joven atlético y apuesto que creía ser. ¿En qué me he convertido? Soy igual que todos los demás. Las mismas preocupaciones, las mismas frustraciones, el mismo declive. Y no sé qué hacer, ¿sabes? Lo único que se me ocurre para no enfurecer del todo es no volver a mirarme en un espejo ni a sentarme en un maldito autobús rodeado de cristales deformes y cambiantes.
Le dices adiós y te montas en un autobús. Tú también evitas mirarte en los cristales. ¿Quién necesita conocer la imagen que el mundo tiene de uno mismo? ¿Quién necesita saber quién es realmente?
3, septiembre
Tu padre te lleva en coche a la estación. Te ruega que no sigas el mismo camino que él, que busques un camino recto, sensato, un trabajo bien pagado, reconocido socialmente, por qué no policía o bombero, y que no te desvíes nunca de él, que sigas el camino marcado, que no excedas la velocidad máxima permitida, que circules veinte, treinta o cuarenta kilómetros por debajo de esa cifra, y que seas consecuente, prudente, muy prudente, porque si él pudiera regresar al pasado eso es exactamente lo que haría, no cometer ningún riesgo y obedecer las recomendaciones de Tráfico y las advertencias del instituto de la mujer y los consejos del ministerio de cultura y los avisos de la comunidad de vecinos y las exhortaciones de la asociación de padres y alumnos y las lecciones de la junta de distrito y los sermones del cura del pueblo y amén.
—Me temo que ya es demasiado tarde para eso.
Tu padre contiene las ganas de llorar. La desilusión, otra cosa más que se transmite en los genes.
7, septiembre
La candidatura olímpica de Madrid vuelve a fracasar. Cuántos miles de euros y de tiempo y de noticias malgastadas. Por la tarde se produce una de las primeras lluvias con reminiscencias otoñales. Más bien con advertencias. El olor a humedad, el olor de los árboles y de la tierra y del aire y del pasado. La maldita magdalena del dichoso Proust. Recuerdas tu infancia, la tierna infancia. Tú jugando solo a las canicas en el parque, al lado de tu casa, y aunque ha empezado a llover y tu madre grita tu nombre desde la ventana, tú sigues jugando solo. Tú corriendo por las calles de La Majada al lado de un amigo inseparable después de haber lanzado un globo de agua a algún transeúnte, o de haber llamado a los telefonillos sin contestar, o de haber robado la insignia de algún Mercedes, tú y él corriendo y riendo como dos fugitivos, como dos hombres libres y perseguidos a quienes nunca cogerán. Tú en un soportal besándote con la hermana de un amigo a escondidas de todos, saboreando, como no lo has vuelto a hacer, todas las papilas gustativas y todos los dientes y todos los recovecos de una boca ajena a la tuya. Tú con una pelota naranja que nunca se perdía, tú con tu hermana jugando al escondite, tú montando en bicicleta por calles desconocidas, tú recogiendo moras en el pueblo de tu padre, tú jugando al Risk con varios amigos que no has vuelto a ver mientras cae la mayor tormenta de verano que recuerdas, tú acurrucado al lado de una chica mientras en el cine pasan una película de miedo intentando agarrar su mano como reacción inesperada a uno de los sustos de la trama sin que ella note que lo único que te asusta de verdad es su rechazo. Tú, en fin, sintiendo y haciendo lo que sienten y hacen las personas normales, llevando una vida normal y corriente, sin riesgos elevados, sin miedo a los demás, sin adicciones caras y estúpidas, sin traumas existenciales, una vida tan normal que ahora que estamos en septiembre y regresan las lluvias y se acerca el otoño, y con él tu cumpleaños, también regresan la nostalgia y las ganas de llorar. Alguna vez te dijeron que podías ser un depresivo estacional y te dio tanta risa como pánico, así que aquí están de nuevo las ganas de llorar porque piensas que esas cosas tan normales que hacen las personas normales tú no las vas a volver a hacer y puede que poco a poco las vayas olvidando y hasta cabe la posibilidad de que nunca vuelvas a ser una persona normal y corriente, como todas las demás, como tú mismo fuiste, cuando sentías como sienten los demás, cuando el amor era el objetivo, los amigos eran para siempre y ni se te pasaba por la cabeza que hubiera una sustancia más adictiva que la Nocilla. Cuando ni siquiera sabías, como tampoco sabes todavía, qué era la cocaína.
8, septiembre
En realidad no ha sido como lo cuentas. Te han echado del bar guión puta mierda donde trabajabas por invitar a una copa de ginebra n.º3 a un joven gay que vino a ver a la sevillana hija de puta a la que no soportabas, aunque en el fondo la odiabas porque a ella no le caías bien, como a tanta gente, porque en realidad sólo eres un tipo que quiere caer bien, a pesar de todo, y sólo deseas que no te desplacen ni se burlen de ti ni hablen a tus espaldas de lo imbécil que eres, porque ya ni siquiera tienes claro que no lo seas, es decir, que tal vez sí, tal vez eres tan gilipollas que mereces que todo el mundo te dé la espalda.
El caso es que ese joven gay, cuando llegó al bar, te saludó con animosidad, con sincera cordialidad, o eso te pareció, y ello te provocó una sonrisa verdadera que duró un instante, una sonrisa que no se dibujaba en tu cara desde hacía mucho tiempo porque notaste, al sonreír, que había músculos en tu cara que no habías movido en meses, y recordaste de golpe lo abiertamente que sonreías antes, con toda la cara, hasta el punto de que María te decía que sonreías hasta con los ojos, sobre todo con los ojos, y que eso era lo que más echaba de menos de ti cuando no estabais juntos, tu sonrisa ocular. Más tarde, Lucía también te dijo que estabas diferente, que ya no le gustaba quedar contigo porque ya no sonreías como antes. Y resulta que ese joven gay, amigo de la mujer que te marginaba en el trabajo, te saludó por su propia iniciativa de manera afectuosa y, sin entrar a valorar sus dobles intenciones más o menos sexuales, ese saludo y ese joven te hicieron sonreír con sinceridad, como solías hacer antes. Así que le invitaste a una copa, es decir, se la pusiste y le dijiste que no la pagase, pero tampoco la pagaste tú, claro, se la cargaste al bar, como hacen todos los camareros cuando dicen que te invitan. El jefe, que te vigilaba de cerca, esperó a que el bar estuviera cerrado para revisar el ordenador y decir que nadie había registrado una copa de ginebra n.º3, pero que él había visto cómo ese joven se tomaba una copa de ginebra n.º3.
—Si me robas una mísera copa delante de mis narices, ¿qué harás cuando yo no esté aquí?
Así que te echaron del bar. Y todo por la sonrisa de un maricón.
10, septiembre
Tampoco te has ido a Formentera. Estuviste allí un largo verano imitando la vida de un hippie y volviste creyendo que habías cambiado. Por eso pensaste volver, pero no era necesario. Basta con creer que estás más tranquilo y que has dejado atrás la dependencia a la cocaína y al resentimiento gratuito.
Quedas con la joven doctora para comprobar tu nueva coartada. Hace un mes que os visteis por última vez así que le dices que sí, que has estado en Formentera, y empiezas a exagerar tu aventura en la isla, un mes tan intenso que ha logrado cambiar tu vida. Le cuentas varias historias que te pasaron aquel otro verano y las haces pasar por recientes. En cada una de esas historias, además, te otorgas el papel del héroe. Alabas tus decisiones, tus palabras y tus gestos y descubres extrañado que ella te cree, que te acepta y que está a gusto contigo por la sencilla razón de que tú también te aceptas a ti mismo y te quieres más. De ser todo así de sencillo no necesitarías tanta cocaína. Te propones dejar de decir que todo en la vida es una gran mierda. Te propones dejar de quejarte por tu triste destino. Te propones no exigir recompensas ni compasión. En una palabra, te propones mentir, mentir a los demás y mentirte a ti mismo. Con la joven doctora ha funcionado y sabes que funcionará con los demás. Después de tantas verdades, de tantas confesiones, desahogos y recapitulaciones, resulta que la mentira era la solución. La verdad ennoblece, eso es cierto, pero es la mentira la que podría salvarte.
De paso, sale a flote una duda que lleva años carcomiendo tu autoestima y tu virilidad. ¿Y si en el fondo invitaste a ese joven gay a tomar una copa porque era simpático y guapo y él sabía, porque los gais saben esas cosas, que tú eras tan homosexual como él y que nada te hubiera gustado más que follártelo en los aseos? Al fin y al cabo, ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor? A lo largo de tu vida, más de una persona ha puesto en duda tu heterosexualidad, y algunas veces, demasiadas incluso, te has masturbado visionando escenas pornográficas entre bisexuales.
Acabas la noche en la cama con la joven doctora, y descubres que no logra excitarte lo suficiente. ¿Qué te pasa?, te dice ella. ¿Es por mí? Sí, querida, por supuesto que es por ti. Pero no dices eso porque has aprendido una gran lección. No, mujer, no es por ti. Ni mucho menos. Soy yo, estoy en otro lugar, he tenido un día horrible, me estoy medicando, no quiero que esto vaya demasiado rápido y estropearlo. Mejor me voy a casa. Y ella se lo cree. Claro. Cómo no. Nadie quiere saber la verdad. Es una suerte que después de todo esto al menos hayas aprendido a mentir. Con credibilidad absoluta. La verdad es una mentira repetida dos veces. La verdad es una mentira repetida dos veces.
11, septiembre
Otro aniversario del atentado contra las Torres Gemelas. Hay goteras en el Congreso de los Diputados. Se ha formado una larga cadena humana por la Diada. La felicidad ha cotizado al alza. La lluvia de septiembre moja tus huellas.
Desempolvas una bonita chaqueta de entretiempo y acudes a una cena. Alguien te pregunta en un aparte: ¿Todavía sueñas que tu hermana está viva? Un padre de familia te dice que él renunció hace mucho a ser escritor, el artista del lenguaje, y aunque es cierto que él está contento con su vida y no se arrepiente de ello, te dice, e insiste mucho en ello, que tú no lo hagas, que sigas intentándolo, que sigas escribiendo, que vales mucho y que lo lograrás. ¿Qué se supone que voy a lograr? No responde. Se toma una copa sin apenas hablar y luego se va. Te quedas solo con tu amigo Rodrigo, el cineasta de éxito. Le dices que le envidias, que su éxito hace más evidente tu fracaso. Se enfada y se marcha así que te pones otra raya y te vas a una discoteca. Solo. Rodeado de veinteañeros y adolescentes. Todo ellos te miran, o tú imaginas que te miran, con desconfianza y con asco.
En realidad no tienes envidia de Rodrigo. Simplemente te resulta inconcebible que no se reconozca tu trabajo, te aterra que te hayas equivocado, que no tengas ni una pizca de ese fantasma llamado talento y que hayas estado perdiendo el tiempo. Te has pasado los últimos años de tu vida escribiendo líneas rectas, puntos negros y rayas blancas. Muchos puntos, demasiadas rayas. A lo mejor tú también deberías haberte casado con la primera mujer que se puso en tu camino y retirarte a las afueras y formar una familia y no volver a escribir una sola línea. A lo mejor la adicción a la escritura es más peligrosa que la adicción a la cocaína. A lo mejor ambas adicciones son una sola. A lo mejor sólo eres adicto a una vaga idea de lo heroico y lo enfermizo. A lo mejor eres un genio. A lo mejor eres mediocre. A lo mejor eres una persona normal y corriente, tan normal y tan corriente que te asusta pensarlo.
15, septiembre
De vez en cuando es necesario comportarse como lo que uno pretender ser, y si uno es escritor no vale sólo con escribir: es necesario asistir a fiestas literarias.
Hace días que te persigue el fantasma del tirano SotoIvars, un joven escritor a quien aún no has tenido la suerte de conocer, un joven escritor que termina todos los proyectos que emprende y se lanza a por otros nuevos que nunca deja a medias, un escritor que huye del patetismo de los principiantes y asume su valía y se enfrenta a cualquier reto para lograr el éxito a toda costa, una postura lúcida y desde luego más rentable que la tuya, lo que no hace sino evidenciar tu condición de escritor fracasado, inédito y desesperado. Por suerte, como no podía ser de otra forma, has empezado a cansarte de este posicionamiento así que ya va siendo hora de darlo por zanjado y enfrentarte a todos los hijos e hijas de este país que no paran de escribir, para lo cual no te queda más remedio que seguir escribiendo.
Alguna vez has empezado la noche, tras alguna presentación o ceremonia de premios anodina, rodeado de jóvenes escritores, algunos de los cuales te consta que sí conocen al tirano SotoIvars. Mientras tomabais las primeras cervezas os limitabais a hablar de los proyectos pendientes que os mantenían ocupados. Con la primera copa en la mano, todos empezabais a hablar de la necesidad de renovar la repetitiva literatura de este país decadente. Con la segunda copa, todos te decían que tenías que ser tú quien renovara la ultrajada literatura de este país corrompido. Tras ingerir la tercera copa, tú les asegurabas que no, que estaba claro que iban a ser ellos los que renovaran la pútrida literatura de este país pestilente. Encerrados en el baño, con la cuarta copa apoyada en el retrete, todos estabais de acuerdo en que la literatura de este país da asco y que no merece la pena renovarla porque está muerta. A partir de la quinta y sucesivas, entre balbuceos y sollozos, todos admitíais que lo único que deseabais era escribir una novela decente que se vendiera hasta en las gasolineras y forraros con ella para poder seguir escribiendo novelas cada vez mejores que se siguieran vendiendo. Entretanto, lo mejor que le podía pasar a la triste literatura de este país miserable es que se fuera muy a tomar por el culo. Sin embargo, a la mañana siguiente, con la cabeza a punto de estallar y el cuerpo tiritando, tú no eras capaz de recordar aquellas ebrias confesiones y te castigabas por no haberte pasado la noche escribiendo una novela que renovara de una vez por todas la repetitiva literatura de este país decadente.
Hace días que te persigue el fantasma del tirano SotoIvars. Un editor de los pocos que conoces te invitó la semana pasada a la presentación de su tercer libro, pero no quisiste acudir porque pensaste que deberías estar escribiendo tu propia novela. En todas y cada una de las librerías que visitas te espera ese mismo libro en las mesas de novedades, al que ha venido a hacer compañía una antología de escritores nacidos en los años ochenta, entre los que no estás tú, y ahora empiezas a intuir por qué, aunque sí están muchos de los amigos del tirano SotoIvars con quienes has compartido algunos de esos momentos de embriagada lucidez. En los medios que lees te encuentras con artículos sobre el joven tirano SotoIvars. En el único medio donde has escrito algún artículo te tienes que disputar con él las escasas páginas dedicadas a la literatura. Tus amigos le contratan a él para relanzar sus nuevos proyectos mientras que a ti te dan largas o te plantean proyectos que tarde o temprano dejarás de lado. Cuando estuviste con la joven doctora te habló de un joven escritor del que, por cierto, no estaría nada mal que aprendieras algo puesto que se había leído una novela suya y además le seguía en Twitter y era su amiga número un millón, aproximadamente, de Facebook. Tú no tienes Twitter ni Facebook y ni siquiera conoces al tirano SotoIvars, pero está claro que la nueva literatura de este país desmemoriado necesita escritores como él.
Derrotado por las evidencias, te has propuesto un nuevo proyecto: seguir de una maldita vez el ejemplo del tirano SotoIvars: es decir, escribir, seguir escribiendo, y no tener reparos en remover cielo y tierra para que se publique lo que escribas aunque sepas de antemano que no puedes ni debes aspirar a renovar una literatura que se está renovando constantemente, lo sepas o no. Si no apareces en las búsquedas de Google ni has formado un movimiento literario que de por sí es un drama, si no recorres España presentando tu libro ni ganas jugosos premios literarios, si no tienes amigos escritores con los que publicar antologías ni conoces a los editores del momento, si esnifas demasiada cocaína sin saber todavía si es cocaína lo que esnifas, si no eres hijo de nadie ni serás padre de nada, ¿qué importa todo eso? En el fondo se trata de escribir, de seguir escribiendo hasta que cae la noche con un estruendo de los mil demonios, los demonios que han de llevarte al infierno, pero escribiendo.
18, septiembre
María, la mujer a la que amaste y te abandonó y más tarde se fue a Australia, te llama para felicitarte por tu cumpleaños.
—Gracias, pero no es hoy.
—¿Ah, no?
Le dices que es dentro de diez días, el día 28, que es normal que se haya equivocado, que gracias de todas formas, que estás muy bien, mejor que bien, de hecho, y que no hace falta que se preocupe por ti. Te dice que no está preocupada. ¿Debería estarlo?
20, septiembre
Cada vez que un joven con un peto te intenta parar en la calle para hablarte de Greenpeace o de Intermón recurres a cualquier forma vaga de auxilio. Tengo que ir a un juicio. Llego tarde a una cita con mi psicóloga. Mi novia me espera y está muy cabreada. Andrés me está esperando, uno y donde siempre. A ellos les da igual, están desesperados por lograr que firmes y conseguir los euros suficientes para comprarse unas zapatillas nuevas, una entrada para el concierto de moda, cinco gramos de marihuana. La verdad es que nunca te paras con ellos porque debido a su amabilidad y a su mirada tierna tienes ganas de irte con ellos, decirles que te abracen, que quieres ser su amigo, que por nada del mundo te dejen de hablar así, dedicándote sonrisas y guiños cómplices. Quieres que te tiendan la mano y que no te dejen caer al abismo, porque nadie más parece dispuesto a hacerlo.
21, septiembre
Contactas por email con el tirano SotoIvars. Es tan fácil contactar con cualquier persona gracias a internet que ha dejado de ser emocionante el hecho de hacerlo. Le hablas de tu novela. Le pides ayuda. Te da su teléfono y le llamas.
—¿Realmente voy a ser capaz de hacer esto?
—No estoy aquí para darte ánimos metaliterarios, Daniel. No me confundas con Vila-Matas.
—No tengo imaginación y mi memoria está agujereada como un queso gruyère.
—Llevar barba y gafas de pasta y americanas con coderas y una antología de cuentos birmanos inéditos en el regazo no te convierte en escritor, pero te hace parecerlo y a veces basta con eso.
—¿Cómo dices?
—Olvídalo. Sea como sea, no te pases con las referencias a la actualidad, que a nadie le interesan, ni creas que tu historia es especial. Haz que sea especial, pero no creas que lo es. Simplemente escribe, escribe y corrige, tómatelo en serio, y deja de esnifar gratuitamente, entendiendo por gratuito cuando no merece la pena, porque siempre te sale demasiado caro, pagues o no pagues, y siempre parece gratuito. ¿No crees?
—¿Cuándo es necesario esnifar?
—¿Por qué lo haces? ¿Qué te impulsa a ello, aparte de la estupidez, la agonía y la sensación constante de fracaso?
—Visto así, me parece que tengo muy buenos motivos para seguir haciéndolo.
23, septiembre
Te niegas a hacer caso de las advertencias del tirano SotoIvars. Te metes una nueva raya y haces un nuevo inventario de los sucesos que Mara Torres enumera en el telediario. Un nuevo alijo de droga interceptado en la frontera. Una mujer y su hijo asesinados por su marido y padre, respectivamente. Millones de mujeres en el mundo son esclavas sexuales. Mac Marginedas ha sido capturado en Siria. 62 muertos en Kenia. El rey entra mañana en el taller, como él mismo dice, qué campechano es este hombre, qué suerte tenemos de tener un rey así, tan paleto como nosotros. 165 millones de niños trabajan en situaciones graves y peligrosas. Puerto Rico y Tailandia y España encabezan la demanda de prostitutas en el mundo. En China ha habido que evacuar a 200 mil personas a causa de un tifón. Sabina y Serrat siguen dando el coñazo juntos, y ahora editan un DVD. Tragedias insuperables comparadas con el único día del año en que habías sido capaz de no pensar en el suicidio, hasta este preciso instante.
¿Por qué sigues con esto? ¿Por qué seguir escribiendo si cada palabra que escribes te acerca un poco más al precipicio? Crees que se lo debes a tu hermana, crees que tú debes sufrir porque ella sufrió, crees no puedes ser feliz porque ella tampoco lo fue. Así de masoquista y lastimera y ciertamente estúpida es tu forma de razonar sobre el asunto. Antes de seguir con esto abres el ordenador y creas un archivo de Word que titulas Un cocainómano se suicida en Madrid y sales a la calle imaginando a Mara Torres abriendo los informativos de la 2 con esa noticia, a punto de caer desmayada tras haber hojeado los papeles que dejaste sobre la mesa con una nota dirigida a ella.
Todo resulta demasiado cómico para ser trágico, demasiado patético para ser auténtico, demasiado esdrújulo para ser real.
27, septiembre
Uno de los productores de la película de Rodrigo, el cineasta de éxito, en la que participaste como actor en el papel de borracho, te cuenta que la acogida del film va estupendamente bien, que ha recorrido festivales de medio mundo y se ha visto en Francia, Londres, Canadá, México, Australia y Berlín. Es decir, que medio mundo te está viendo en la pantalla el día que rodaste esa escena sin sentido con varias copas encima, antes, durante y después de haberte metido una docena de rayas. Una pantalla de cine y su reflejo están mostrando a todo el mundo la viva imagen de lo que eres. Un joven tímido y arrogante que balbucea cuando tiene que hablar, que pone cara de duro cuando se siente acorralado, que esnifa cocaína porque no se le ocurre nada mejor para enfrentarse a los demás. Y aunque nadie sepa jamás quién eres realmente, todos podrán ver tu imagen en la pantalla y seguir burlándose de ti.
Le prestas un par de libros al productor de éxito, aunque ignoras para qué los quiere si nadie lee en este país, y le invitas a una raya de cocaína. No recibes nada a cambio. Sólo las ganas de dejar esta vida de mierda.
De regreso a casa, uno de esos mendigos alucinatorios que rondan por la plaza del Dos de mayo se acerca y trata de leerte el futuro. Le dices que tú ya sabes el futuro y él te dice que no, que los listos como tú no saben nada, y que tarde o temprano todo esto te explotará en plena cara. Mañana es tu cumpleaños.
28, septiembre
Nadie, salvo tu madre, se acuerda de tu cumpleaños.
Cuando se acercan las doce de la noche recibes una llamada de teléfono de un número desconocido. Es Andrés. Que tu camello se acuerde de ti el día de tu cumpleaños dice mucho de él, pero muy poco de ti.
—He cambiado de número.
—Gracias por avisar.
—¿Todo bien?
—Mejor que bien.
—Me alegro. ¿Uno y donde siempre?
30, septiembre
Tienes treinta años y es día 30. Si fueras Paul Auster ya tendrías material suficiente para escribir una nueva novela.
¿Por qué no reaccionas?
Estás leyendo El rey pálido, la novela póstuma y aburridísima de David Foster Wallace. Si sigues teniendo ganas de suicidarte cada vez que lees un libro de algún escritor que terminó suicidándose, ¿por qué no dejas de leer esos libros y te olvidas de esos autores, ya fueran genios o mediocres, valientes o cobardes?
Tienes que reaccionar. Bajas a la farmacia y compras Rinomer para limpiarte las fosas nasales. Tienes treinta años y no tienes nada. Has escrito dos novelas que nadie ha querido publicar y tienes otras dos empezadas, has terminado una veintena de cuentos, has escrito más de cien artículos sobre literatura que no han cambiado nada, has entrevistado a más de cincuenta escritores españoles y extranjeros, en persona, por teléfono o por email, has publicado reseñas de libros, algunos de los cuales ni siquiera te habías leído. Has amado a casi cien mujeres, has viajado a catorce países, has trabajado de camarero, de reponedor, de repartidor de pizzas, de paseador de perros, de payaso, de rey mago, de secretario, de librero, de periodista en prensa y en televisión, de recepcionista, de lector para una editorial y de actor. Has cotizado a la seguridad social por tareas tan insignificantes como rellenar botes de kétchup, poner lazos con la bandera de España a cestas para regalo o repartir llaveros a los estudiantes que salían de los exámenes de selectividad. Has vivido en una docena de casas diferentes, has tenido varios mejores amigos que ya no ves nunca, tienes más de novecientos libros y una televisión grande que te cagas que alguien, no recuerdas quién, te regaló hace muchísimo tiempo. Tienes treinta años y unas ganas terribles de llorar cuando vuelves a casa y abres la caja de Rinomer y colocas el dispensador bajo tu nariz y lo aprietas y un chorro de agua salada recorre tus fosas nasales y tu cerebro para purgar todos tus pecados esnifados.
Tienes treinta años y tienes que reaccionar. Debes elegir entre morir o matar.