EL MUSEO DE ALBERT FRIZTBERG
Estaba abierto para todo el mundo. Sin embargo, en medio de un día plomizo y lluvioso, la concurrencia estaba lejos de ser tórrida. Gretel, Thomas y los demás ingresaron con sus respectivos paraguas, rechazando, cortésmente, la guía del maestro de presentación que evidentemente tenía más deseos de seguir jugando al ajedrez por teléfono que en atender a los nuevos visitantes explicándoles los períodos artísticos. No se le vio el rostro, apenas movió la mano a lo lejos, aceptó el rechazo y los dejó pasar. Era un museo pequeño, anticuado y al parecer con muchas alas cerradas. Había perdido popularidad pero siempre estaba esa estatua-pintarrajeada, orinada, defecada y enrollada con papel higiénico- en la que Hitler estrechaba su mano al supremo pontífice.
Con un tragón de saliva, Radok Tchaikosky sacó una lupa acercándose al mural de Albert Friztberg, quien nació en 1516 y murió en 1564. Era un hombre obeso, con frente grande, barba boscosa y cabello limitado a los flejes. Pero aun así su escultor logró captar la obsesión de sus ojos y el cinismo de sus labios, siempre tratando de estar por encima de la situación y centralizando tanto sus objetivos que el respeto al prójimo fue más teórico que práctico en sus ya olvidados pasos, con esa mirada afiebrada del que desea una sola cosa y no ve nada más, magnética, atrapante, repudiable.  
-El agua bajo el puente, veo unos números aquí: 27° 59′ 16″ y una letra: N. Esa es la latitud-indicó Gretel, revisando un cuadro renacentista de Friztberg llamado Serenidad azul.
-En la cima de la montaña-continuó Radok, con la lupa-otros números, la longitud: 86° 56′ 40″ E-al observar Dios Ausente en otra obra del citado pintor renacentista alemán.
-El árbol ofreciendo su casa a los pájaros. 37 mts, collado sur-repuso Thomas Hortmanen, apreciando otro paisaje dibujado por Albert Friztberg, en su opus Familia Perfecta. Tenía creatividad para los títulos, debió ser escritor. En efecto las imágenes de sus cuadros coincidían con la profecía del profeta kurbish. Anotado todo, regresaron al vehículo en el cual mediante notebook empezaron a sumar los cálculos. En cuanto al guía del museo, siguió jugando al ajedrez por teléfono:
-El Tíbet. Monte Everest- informó Gregor.
-Nos están despintando, llevándonos de un extremo a otro en el globo, es un juego psicótico de ese obispo drogadicto y ese profeta cretino de opereta, deben estar retorciéndose de risa en sus cretinas tumbas, si es que las tuvieron-chistó Kent, todavía esposado.
-Esa letra es muy pequeña y milimétrica. Podría interpretarse como deterioración de los cuadros. Necesitas una lupa para verla y ¿quién en un museo usaría una lupa? El vehículo que alquilaron los llevó lejos del museo. Entretanto, el hombre que jugaba ajedrez colgó el teléfono, caminó hacia el espejo y se colocó la máscara de querubín, con la cual podía comprarse el auto más moderno del mercado en caso de que deseara ser conocido solamente por su rostro. Detrás de un biombo marrón había un anciano, dos jóvenes y una mujer muertos por sus extraños sortilegios de estar siempre cerca de lo peor para que la posesión no sea la única consecuencia admisible. Una vez colocada la máscara, vino la toga. Los serafines se acercaron a su espalda, reflejándose con la misma espectralidad en el gran espejo. El alfil negro ponía en jaque al rey blanco. Volviendo a los cuerpos eliminados por ese trío de asesinos, no tenían marcas de golpe o de sangre. Fueron envenenados en forma silenciosa y siniestra, quedando sellados como maniquíes en pieles que recibían sus primeros pincelazos púrpuras verdosos.
Mientras la camioneta conducida por Gregor doblaba una esquina, Rabah Al Reiji, oculto en un taxi manejado por sus hombres, observó como el transistor titilaba en el monitor. Sin sonreír chasqueó los dedos, logrando que su chofer siga a los investigadores por un camino alternativo. La bolsa de tensión comenzaba a llenarse. Los hombres de turbantes, a pesar de sus civilizados trajes de seda italiana, recargaban sus pistolas metralla uzi. De jóvenes el templo de los kurbish dotaba a sus discípulos de una alimentación escasa y de una vida donde la contemplación del desierto tenía más protagonismo que la conversación con sus semejantes.
Esperaban destruirles él autoestima para reemplazarlo por una consciencia superior. Por supuesto que como toda doctrina fundamentalista, alejaban a sus jóvenes de toda práctica que pudiera causarles placer en el cuerpo como la glotonería, la bebida o el sexo. Pasados tres años de una existencia limitada a escuchar a los ancianos, los enviaban a servir en las aldeas predicando sobre Alá y juntando limosna para los menesteres del templo pero a su vez colaboraban durante incendios y estampidas de animales. El sentirse unidos a una voluntad que administraba mayores capacidades, regaba en todos ellos placeres por los esfuerzos y las contribuciones. La insignificancia, lejos de ser criticada o asumida, era interpretada como ser una gota de compromiso más en medio de la gran lluvia de Alá, el purísimo, por apagar el incendio corrupto y nefasto de la humanidad en el bosque de la decencia virgen y el honor dormido. Sin embargo, el templo kurbish no desautorizaba la violencia y la lucha cuando en ciertas circunstancias el entendimiento podía ser predicable pero no aceptable. El culto a la higiene y a la perfección lo heredaron de sus ancestros, como también el amor por la incomodidad y los lugares con escasez en donde el autoconocimiento y la sinceridad se desarrollaban con mayor dinamismo y profundidad.
Del otro lado, Gretel Sankief se dedicó a pensar en su infancia. Era una niña callada y mojigata, para nada risueña y cándida como su prima Beth. Siempre su abuelo le reservaba el tordillo manchado a Beth, en tanto Gretel Sankief tenía que conformarse con un simple burro. Esas preferencias, manifestadas con tan escaso tacto, la apartaron de cualquier lazo con sus parientes lejanos. Odiaba esas vacaciones en Zúrich. No obstante, siempre compitió con Beth, tanto en el piano como en el ajedrez, intercambiando sonrisas y gruñidos en esos feroces encuentros donde probaban su serenidad e inteligencia. Los viejos proverbios macedonios decían que solo empezábamos a ser nosotros cuando conocíamos a alguien totalmente diferente, el resto era solo estar. Los similares nos dan unión pero no superación y había que apreciar a los diferentes, con sus extrañas contribuciones.
  Beth ayudaba mucho en la cocina y la limpieza, en tanto Gretel se la pasaba probándose vestidos y soñaba con ser modelo, ensayando poses aunque luego compitiera con su prima en el piano y el ajedrez. De todos modos, Beth, risueña y simpática, siempre sonreía, tanto al ganar como al perder. Un verano Beth fue sin cabello a celebrar sus vacaciones con su abuelo suizo. Entretanto, Gretel, con parpadeos lentos, no entendía lo que significaba. Al verano siguiente Beth no pudo ir, pues según el abuelo Merroth se había ido con Dios. En ese momento le pidió que use al tordillo en honor a Beth. Gretel tragó saliva y se sintió muy mal consigo misma, subió al tordillo y visitó a su abuelo Merroth hasta cumplir los 15 años. En tanto, sus padres aprovechaban ese tiempo para ir de vacaciones a Grecia, París o España donde tendrían intimidad sin esa niña sabelotodo que siempre hacía preguntas. Pero se arrepintió de hablar tan poco con Beth, molesta por la comprensible preferencia manifestada por el abuelo Merroth. El abuelo les daba una habitación a las dos pero a pesar de todo no gozaban de un vínculo unido. En ese sentido, Beth, a pesar de su amabilidad y buen carácter, sonreía con más constancia de la que hablaba. Quizá no quería darle el gusto de llorar, tal él esclavo que es azotado no quiere gritar ante su capataz. Esa fue la pequeña victoria de Beth, sonreír hasta el final.
Incluso cuando vino sin cabello estuvo más dicharachera y jubilosa que nunca, siendo un sol en la tierra, sin quemar los árboles, evaporizar el lago o derretir los montes. Al principio se sintió culpable Gretel, pero luego escribió varias cartas pidiéndole perdón a Beth por su egoísmo y envidia. Nadie leyó esas cartas, las guardó en un cofre secreto. Pero sin dudas que su mal e involuntario encuentro con Beth, la predispuso al aislamiento a fin de evitar decepciones, de su parte y desde los demás. Mientras todos bailaban en el ateneo del liceo, Gretel Sankief pintaba cuadros surrealistas en su atelier. Nadie comprendía como una muchacha tan bonita era tan antisocial y huraña.
En esa época le gustó salir con hombres mayores: más que nada para enfadar a su padre y a su madre, salía con gente de trabajos no bien vistos socialmente. Un jardinero que era bueno para escuchar pero no rápido para entender y muy convencional como para entusiasmar a alguien de los apetitos intelectuales de ella, siguió un apuesto boxeador que era un príncipe ante el sí y un ogro ante el no, un albañil que soñaba con tener un grupo musical; con él la aguja picó el cinco más de una vez. Ella lo amó a él profundamente, al principio todo fue una explosión galáctica, luego eso se embolsó y menguó en un cariño con constancia pero no intensidad, en definitiva terminó en el cliché de casarse con un músico, pero más que nada con alguien con deseos de superarse. Sin embargo, su esposo no tenía paciencia durante los contratiempos. Su inconstancia e individualismo le hicieron dejar el grupo e irse como solista. Terminó cantando en bares, mientras el grupo al que no le tuvo paciencia llegó a estar entre los cinco más taquilleros de Europa Oriental. Frustrado y molesto, los demonios de la bebida lo visitaron, siendo cada vez más in-comunicativo y a la vez exigente con Gretel. Ya había un bebé y Gretel pensó que debía hacer un esfuerzo más, que no debía pasar lo que ocurrió con Beth, que nadie sabía cuando era el condenado momento y que por competir no podíamos conocer a las personas, darles sus espacios a fin de que florezcan sus mejores aspectos.