AL DÍA
SIGUIENTE
En autos separados, continuaron la
investigación. Gretel les dijo todo acerca de la intromisión del
Querubín.
-¿Seguro no lo soñaste?-objetó Thomas.
-Lo sabremos en unos días-reportó Gretel. La
Biblia fue compuesta por relatos de terratenientes y reyes, además
de discípulos de Jesucristo. Todos ellos, evidentemente, inspirados
por Dios y en Dios. No obstante, surgía la crítica de por qué la
amenaza tenía más protagonismo que la enseñanza durante la
arquitectura del relato. Por esa razón el libro santo lejos estaba
de ser persuasivo, a nivel global. Por ese autoritarismo de Dios
podía entreverse el interés patriarcal de los terratenientes o
profetas, encargados de componer el antiguo testamento, como
Abraham, Jacob, Isaac, Samuel o David y Salomón, en Salmos y
Proverbios, que, a su modo, empezaron a colocar la enseñanza para
empezar a inclinar la balanza del lado más favorable. Sin embargo,
San Francisco de Asís fue el primero en la curia en connotar que el
hombre no podía esperar a Dios para siempre y que debía interesarse
por el conocimiento y la investigación para resolver los problemas
de enfermedad, hambre y ambición que lo asolaban. No fue una
rebeldía, fue una emancipación. Fue quién puso un martillo sobre
ese muro que decía todo está dicho y de esas ruinas empezó a
edificar distintos caminos para nuevas ciencias en pos de mejorar
la vida del hombre. Pues para San Francisco de Asís el hombre debía
llegar a Dios y esperar no significaba llegar, por tanto como hijo
debía demostrarle el hombre a Dios que lo necesitaba menos pero lo
quería más y ese camino de emancipación solo podía venir a través
de las ciencias encargadas de almacenar el conocimiento. No
obstante, el teocentrismo fue reemplazado por el etnocentrismo y el
hombre se creyó Dios al ver que con el saber controlaba los hechos
y no necesitaba a Dios. Pero fue sin dudas San Francisco quién
adoptó una mirada menos resignada ante la palabra divina y bregó
por un hombre que se alzara contra el destino, haciendo honor a las
enseñanzas del altísimo. De modo que no llama la atención que el
padre de las ciencias modernas haya sido un hombre fiel a la
palabra y de las entrañas más profundas de la curia.
Desde luego que en los tiempos donde los
libros fueron escritos no había mucho por hacer, por lo que los
terratenientes y discípulos, con sus escribas, gustaban del
parloteo y por supuesto que los manuscritos eran extensos. No
querían mirar todo el día a las cabras en las lomas, así que
disertaban y disertaban ante sus escribas, días, años enteros. Cada
uno de los 44 libros que contiene la Biblia en sus 1440 páginas, al
momento de llegar a la logia de los caminantes grises tenía más de
4.000 páginas. Imagínense que sin editar llegasen todos a la
imprenta de Guttemberg. La Biblia llegaría hasta el techo y
prácticamente no cabría en ningún armario. Sería muy difícil de
mudarla, de casa en casa, ya que la Biblia es una pequeña
biblioteca, un libro con muchos libros.
Por eso el trabajo de edición, encargado a
la logia de los caminantes grises, fue exhaustivo y devastador.
Melzer Laurens, sin dudas, se ocupó de determinar que libros fueron
escritos bajo la inspiración de Dios y cuales bajo el delirio del
hombre. Muchos parias, rameras y proscriptos analfabetos fueron
rechazados pero todos tenían la misma letra y ese detalle no fue
ocultado a la curia, que desautorizó la inclusión de esos textos
procedentes de seres indignos y pecadores que no podían ser
inspirados por Dios sino por el diablo que desde luego trataría de
meter la cola. Por consiguiente, quedó leer como los terratenientes
y discípulos se ufanaban de sus tierras, esposas y conquistas,
haciendo una oda a sus caudales mencionando el encuentro con el
mesías o Elohim Dios de un modo anecdótico. Pues eran diarios de
sus vidas y no manuales de convivencia humana legados por una
voluntad divina. Melzer Laurens, para su descanso, no se ocupó de
leer los textos protocolares y si de descastar los apócrifos. Luego
reunió todos los textos santos y los protegió en una bóveda
secreta. Su faena fue de identificación y recolección. Hombre
delgado, desgarbado, con cara de maniquí, rubio, de ojos azules;
nervioso y tembloroso, que no podía decir más de una oración sin
toser, al que solo calmaban con vino patero.
Sin embargo, después de su deceso, en la
restauración del revisionismo, a Giacomo Ricci, hombre gordo,
barbudo, calvo y gruñón que amaba dormir bajo la sombra de las
parras, le tocó el trabajo más pesado. Transformar ese millón de
páginas en 1440 páginas. Con un grupo de eruditos recolectados en
su mayoría de entre los benedictinos, empezó la ardua tarea pero
todos, tras una aguda interpretación del hombre, pensaban que el
ser humano tenía más facilidad para temer que para amar. Por eso,
antes de presentar a Dios a través de la Biblia, formaron entre
Giacomo Ricci y los benedictinos una política de edición: había que
provocar miedo, pues al hombre le costaba amar, ya que el amor era
una inspiración y el temor una provocación. Entonces la edición de
la palabra santa segregó muchas partes donde Dios dejaba
enseñanzas, fábulas y buenos consejos, principios de convivencia
fantásticos y dignísimos de aplicación.
Solamente fueron depositando fetas de actos
autoritarios, caprichosos y vengativos como el sacrificio que le
pidió a Abraham sobre su hijo Isaac, mostrando una cara de Dios
para nada conveniente: incluso el rebelde que robó los apócrifos
dijo: con el temor Dios los controlará, no los mejorará. Debemos
presentarlo a través del amor, no del temor aunque demore más
tiempo. Por supuesto todos estaban ansiosos pues El Vaticano
llevaba casi 10 siglos de existencia y aun no había publicado una
Biblia. De modo que la edición se hizo más presurosa de lo previsto
y pensaron que lo mejor era presentar autoritarismo en el primer
testamento y luego comprensión y enseñanza en la parte de
Jesús. Hubo un poco de interés, otro de cansancio, en el pastel.
Llevaban casi un milenio recolectando textos, verificando sus
autenticidades y editándolos para presentar un libro de Dios
asimilable. Giacomo Ricci, de una idea ultra-conservadora, pensaba
que el hombre podía ser controlado por el temor y no mejorado a
través del amor, el cual, lejos de eso, lo corrompía, impulsándole
necesidades de reconocimiento y aceptación ajena que le hacían
ahogar y asfixiar cualquier principio de estabilidad posible. Lo
mejor era controlarlos con el miedo, por eso se presentó un Dios
autoritario y vengativo en la edición de los 44 libros santos,
entre los que estaban involucrados terratenientes, reyes y
discípulos.
Desde luego El Vaticano
no se opuso a la idea de Ricci, no obstante si se opuso a la
intensidad con que manifestó su idea, segregando, de antemano,
cualquier atisbo de bondad, comprensión, paciencia y tolerancia del
creador, durante el relato bíblico. Eso, sin dudas, que generaría
divisiones dentro de la misma curia, dividiendo al cristianismo.
Pensaban los del Vaticano que la proporción autoritarismo enseñanza
debía ser 6 y 4, no 9 y 1 como planteó el precipitado Giacomo
Ricci, decisión por la cual su logia fue descastada, perseguida e
injuriada por los caballeros de la orden templaria. Pero la edición
estaba hecha y lo que debía estar había sido quemado. Por
consiguiente, se hizo una segunda edición más pequeña y se presentó
la Biblia, recortando 482 páginas del libro presentado por Giacomo
Ricci.
Entretanto, ya en el municipio de Lucerna,
Gretel Sankief movía su índice con animosidad, deteniéndose en el
nombre de Eduardo Tolosa, grabado sobre una plaqueta de bronce,
dispuesta sobre un monolito de algarrobo barnizado:
-Eduardo Tolosa, alcalde de Lucerna, período
1804-1822-leyó.
No obstante, Gregor Piorzeneki, yendo más al
grano ya que el grupo de implícito consideraba que ese tal Tolosa
fue alguien oficial de Lucerna en algún cargo, empezó a revisar
entre los afiches. Al poco tiempo leyó:
-Parece que la tataranieta de Eduardo
Tolosa, Gabriela Tolosa, tiene un albergue para indigentes. Aquí
está la dirección-
-No creo que sepa mucho o en todo caso para
proteger su vida, lo guardará. Evitará el tema durante la
entrevista, se protegerá. Lo mejor será revisar su casa mientras
esté ausente, tal vez allí encontremos algo-opinó Radok
Tchaikosky.
-De cualquier forma Tolosa era del siglo
XIX. Allí el machismo imperaba con vigor, es una familia
tradicionalista, no creo que nadie del género femenino sepa algo
sobre el apócrifo, en esa estirpe. Deberíamos buscar algún Tolosa
hombre, ligado a Eduardo Tolosa-declaró Kent Laughton.
De todas maneras, su comentario fue
desestimado, Thomas y Gretel levantaron la mano, 3 a 2, iremos a
ese albergue. Gabriela Tolosa los recibió con mucha amabilidad,
sirviéndoles tazones de sopa de fideos. Era una mujer de cincuenta
años, obesa y de cabello corto.
-Mi tátara abuelo hizo muchas calamidades
cuando estuvo en el gobierno, esclavitud, mutilaciones,
violaciones. Trato de limpiar el nombre de mi familia con este
comedor, al principio fue por eso, ahora, para mi suerte, es por
placer y elección-dijo Gabriela Tolosa.
-¿Qué relación tenía su tátara con el
vaticano?-preguntó Thomas Hortmanen.
-Muy estrecha, mi abuela decía que siempre
recibía la visita del obispo y que Eduardo, tres veces por año,
viajaba a Roma. Después de eso, no sé nada más-
-En los entredichos familiares, ¿se menciona
algo sobre Santiago Cruz?-
-No quiero hablar de eso-respondió Gabriela
a Gregor Piorzeneki-Para esas personas del Vaticano, de sus
sociedades secretas, las cosas duran miles de años, vidas y
generaciones enteras, viven por las ideas, no para sus necesidades,
no son como nosotros, que no pensamos más lejos de lo que haremos
durante el fin de semana, ustedes me entenderán. Tengo 5 hijos y no
quiero decir nada sobre Santiago Cruz-
-Sabemos que era carbonero y que Eduardo lo
visitaba con frecuencia-
-Ya dije que no diré nada, no me
presionen-chistó Gabriela, ante el comentario de Kent.
-La misma pared que vimos hace 20
años-añadió Radok Tchaikosky, con la mano derecha de soporte en su
mentón.
-¿Puede llevarnos a dónde vivía su
tátara-abuelo, Eduardo Tolosa? Nos sería de gran utilidad-pidió
Gretel, rozándole las nudillos.
-Si llegaron hasta mí, pueden saber donde
vivía mi abuelo por sí mismos. Buenas tardes, tengo desesperados a
los cuales alimentar-
Lucerna, ciertamente, era un caldo de
degradación, drogadicción y marginalidad, hervido por la falta de
intervención institucional. Una tierra de nadie donde se criaban
pozos desesperados, en las más perennes condiciones, con las más
impredecibles conductas mientras el robo y el asalto llegaban más
rápido que los periódicos. La conversación concluyó en ese punto,
ni se molestó en despedirse de ellos. Realmente vieron el hilo del
terror en sus ojos y las hendiduras de las mejillas causadas por la
consternación, de ese tertulio de antorchas y capuchas, del que
había escuchado en boca de su abuela, que vivió en otros
tiempos.
-Bueno, ahora es Eduardo Tolosa, creemos que
es resorte pero es otro cigarrillo pisado, otro Santiago
cruz-comentó Kent, al pasar. Como dijimos, siempre se destacó en
deportes pero nunca recibió reconocimientos en sus incursiones como
pintor y pianista. De modo que, deseoso de ser admirado por su
inteligencia, se metió en la historia y la arqueología, encontrando
en esos periplos un espejo que no necesitaba de aceptación ajena y
le producía un gozo superior al beso de la mujer más bella. Pues
cuando nos esforzamos sin la necesidad de ser aceptados podemos
decir que estamos cumpliendo nuestro destino y eso albergaba una
belleza desnuda que prescindía de toda alhaja y cristal.
-La red de nombres no puede concluir en
Eduardo Tolosa, debemos hacer algo más. Es ahora donde necesitamos
tu deductivismo, Gregor. Ya Gretel con su psicología nos hizo saber
que la conexión era Tolosa, al analizar la letra de Santiago Cruz.
Evidentemente Tolosa sostuvo relación con el Vaticano y sí la
sostuvo, seguramente algo habrá sabido de los caminantes grises.
Quizá era su agente en esta zona del mundo y no esperaba que
alguien de la cultura de Santiago Cruz se atreviera a leer las
copias. Debemos saber quien sigue después de Eduardo Tolosa, pasar
al siguiente eslabón-manifestó Radok, impaciente, aplaudiéndose las
rodillas.
El olor a ceviche y caldo del comedor
comunitario lo alteraba, quitándole botellas de concentración y
latas de perspicacia en la alacena de su pensamiento-dotado de un
ácido temperamento. Gregor, con mano en el mentón, cerraba los
ojos, tratando de hacer empatía con que haría él si fuera Eduardo
Tolosa, en esa época. ¿Cómo se comportaría si alguien de la
sociedad de los caminantes grises le diera unas copias de un
apócrifo? ¿Por qué las haría destruir a través de un carbonero y no
por sí mismo, más siendo el alcalde no tendría recursos para
incinerarlas de un modo anónimo y privado? Eso no tenía sentido. Un
campanazo fantasma aplaudió sus oídos, circunstancia por la cual
Gregor dio un paso hacia delante, mientras los anteojos de Radok
chispeaban, ansiosos. Entretanto, Kent Laughton sacaba el grabador
para registrar la declaración de Gregor y luego usar sus conjeturas
en la publicación de su próximo libro:
-Eduardo Tolosa hizo una visita de rutina a
la carbonera de Santiago Cruz. No sabía que dentro de esa bolsa de
papeles llevaba las copias del apócrifo. Tal vez pensó que llevaba
documentos, pagarés, contratos, cosas de rutina que quería evitar.
De hecho, hasta Eduardo Tolosa ni sabía de los caminantes grises o
de los apócrifos. Alguien le incluyó las copias de los apócrifos en
el costal mientras él se dirigía a la carbonera de Santiago Cruz,
quien luego se avispó y quiso usar las copias del apócrifo en su
provecho. Eduardo Tolosa tenía relaciones con el Vaticano, estaba
ganando confianza con ellos, tal vez algún miembro-posiblemente
femenino-de la sociedad de los caminantes grises le quiso sacar
información a Eduardo Tolosa. Y de paso usarlo para quemar
apócrifos en esta parte del mundo sin llamar la atención de la
curia. Estoy hablando de la esposa de Eduardo Tolosa, Doña Inés
Linares De Tolosa. Tal vez las mujeres antes decían que sí con la
voz pero no con la mente, pensaban y decidían.
Siempre
decidieron, en tanto los hombres no distinguían entre servir y
obedecer. Cuando sirves dices sí en los dos lados, la voz y la
cabeza, cuando obedeces, en un lado sí y en otro no. Doña Inés
Linares de Tolosa fue agente de la sociedad de los caminantes
grises. Ella, mientras su esposo se acomodaba el moño para visitar
al carbonero, incluyó los apócrifos en el costal con los papeles a
quemar. Sobre ella debemos saber, dónde se formó, qué estudió, qué
investigó. Seguramente tiene una preparación académica alta.
Debemos ir ahora a la universidad de Lucerna-
Con un desayuno deglutido a las apuradas, se
dirigieron a la Universidad Nacional de Lucerna. Por suerte era un
día de feria estudiantil pero no administrativa, lo que les
permitió ingresar. Era una universidad pequeña, con aulas chicas
pero cómodas y bien decoradas. En el pasillo central encontraron un
busto con el rostro de Inés Linares de Tolosa. Su fachada era una
bandera de devoción y temple, sostenida con franjas de protesta,
reproche y excusación. Tenía las cejas curvadas, siempre
concentradas en el faltante para que la lucha no sea teorizada, más
el mentón corto y la nariz engarfiada en una bisagra de contención
no perceptible pero si efusiva mientras que sus labios,
estileteados y elegantes, dejaban un mensaje de ruego de soñadora
romántica, a la que guardó en un cajón para siempre al zambullirse
en sus ideales políticos y religiosos. Tal contracción elevó una
ola de identificación en la agitada Gretel, ensimismada en el busto
de Inés. En él, guiándose por una plaqueta de bronce, Thomas
Hortmanen leyó:
-Fue fundadora de esta universidad. Doña
Inés Linares de Tolosa, fundadora, profesora y rectora de este
establecimiento, desde 1776-
El personal de limpieza estrujaba los
lampazos mojados, en tanto Thomas pasaba su índice sobre las letras
grabadas en bronce. Por su parte, anotaba Tchaikosky en un papel,
con método más anticuado que él de su discípulo por la
documentación. Sus padres habían sido terapeuta él, diseñadora de
alta moda ella, odiaba la apariencia, odiaba la profundidad,
prefería los hechos que no podían cuestionarse y le permitían
respirar verdad sin esforzarse mucho en la argumentación. Rompió
una tradición de 50 años de terapeutas el tal Radok y a pesar de
todo, su teléfono sonaba en navidad una vez al año pero no se
molestaba para contestarlo. Ya había escuchado suficientes insultos
en Bucarest. Hacía 3 años que el teléfono no sonaba en Navidad y no
quería indagar sobre el motivo. Su amor por la historia vino
después de una desgracia, la polio, estuvo seis meses, sin poder
salir de la cama tapada con seda fina, leyendo libros de historia,
molesto por qué no había puesto nada suyo nuevo en esas
páginas.
Quizá ese desafío le salvó de la muerte, ese
orgullo, alejado de esa terquedad de sus padres puritanos que no
querían vacunarlo contra una enfermedad que ya tenía cura y le hizo
conocer hasta el último hueso del esqueleto del dolor tormentoso,
marcándolo facialmente para siempre, sin saber si era persona o
monstruo, al mirarse en ese espejo. Luego sus ensayos y
publicaciones le permitieron una cirugía facial con la cual
contestar esa pregunta de fuego hacia el lado más favorable. Era
mejor ser un hombre con futuro que un monstruo hundido en su
pasado.
-No dice nada más llamativo. Deberemos
hablar con el personal administrativo, seguramente, por ser
fundadora de esta universidad, habrá algún libro autobiográfico de
Inés-sugirió Gretel.
Gentilmente, los invitaron a la pequeña
biblioteca de la Universidad de Lucerna, en donde pudieron leer una
biografía, escueta, de la fundadora. Eran pequeños cuadernillos; de
no más de cuarenta páginas, abrochados y anillados, de última mano,
con escasa deferencia hacia la fundadora. Gretel, interesada,
levantó la mano:
-Murió cinco días después de la desaparición
de Santiago Cruz. Al parecer se trató de causas naturales, un paro
cardiovascular pero estoy seguro que-por no haber quemado los
apócrifos que luego recuperaron los agentes de la sociedad de los
caminantes grises- la castigaron-
-Este pueblo de Lucena es un páramo. Aquí no
pudo saber nada de los apócrifos. Seguramente alguien le indujo
esas ideas antes. ¿Dónde obtuvo Inés Linares de Tolosa su
instrucción académica?-preguntó Thomas Hortmanen, rascándose la
mejilla con intensidad, víctima de una pequeña irritación, causada
por su piel, inhabituada a exponerse a considerables
temperaturas.
-Nantes, Francia, allí estudió-leyó Kent
Laughton, luego de la pregunta de su colega. Las hojas de la
biografía, que no debía contar con más de 40 páginas y fue más
hecha por compromiso que por vocación, se deslizaban entre los
cinco presentes. Al poco tiempo Radok Tchaikosky hizo una pausa y
punteó con el índice:
-Aquí tenemos un nuevo nombre, Clement
Richellier. Un teólogo que cautivó a Inés con sus conversaciones y
que curiosamente conoció en la universidad republicana de
Nantes-
-Es posible que Clement Richellier le haya
hablado a ella de la sociedad de los caminantes grises y que además
le haya entregado la copia de los apócrifos. La rueda está
marchando-completó Gregor Piorzeneki.
-Un momento, nos estamos apresurando,
deberíamos releer la biografía y considerar si no se nos escapa
algún detalle-sugirió Gretel Sankief, todos volvieron a releer la
biografía sin encontrar una conexión más interesante que la del
teólogo Clement Richellier.