LOS DOS VEHÍCULOS
 
Sé arrimaron al borde de la carretera. No hubo saludos cordiales, ya se conocían y habían contactado por celular, en una hora y lugar prefijados. Kent Laughton y Radok Tchaikosky se reunieron con Gregor, Gretel y Thomas. Lo primero que hizo el grupo civil encargado de buscar el último apócrifo, fue colocar el dibujo de la tablilla que llevó Santiago Cruz sin entender una sola palabra de ella en toda su vida aunque varias ocasiones atisbó sobre las líneas viéndolas más como serpientes y corrientes de río sin rumbo que como un mensaje divino frente a esa chimenea de laja ennegrecida por el humo y los años: ese dibujo con la tablilla señalaba un mapa de rayas, símbolos y estrías extraños, flotó frente a Thomas Hortmanen, el cual movió los labios sin decir nada, mientras Kent agregaba:
-Lo dibujó Eleonora De la Serna, madre superiora de la capilla del mojado, en Lucerna. Lo conseguimos de su tatara, tatara, tatara nieto, Morel De la Serna, un campesino ebrio, que tenía un rancho y dos mulas. Nos dejó fotografiar el dibujo por 10 euros. ¿Qué dice, Thomas?-
-Es camita antiguo. Tiene muy pocas palabras para ser considerada la página de un libro, apenas es una oración: lejos lo sabes, cerca lo sientes, adentro y afuera lo vives. Es todo lo que dice. Es una reflexión acerca de la relación entre el observador solitario, el mundo cambiante y el conocimiento interminable-describió Thomas Hortmanen, quitándose los anteojos, mientras por la ruta, de la que ambos carros estaban aislados, pasaban un bus con estudiantes eufóricos por el día de camping y un camión que transportaba caños de hormigón muy pesados.
-Debemos investigar quién era Santiago Cruz antes de llegar a Lucerna con las copias del apócrifo. Para empezar, ¿dónde nació?-infirió Gregor Piorzeneki.
-Era andaluz, valenciano. No quisieron decirnos mucho sobre él en Valencia. Son muy supersticiosos allí-explicó Radok.
-Tenemos en claro que esas copias Santiago no las pudo conseguir por sí mismo. Alguien se las dio, confiriéndole algún tipo de misión-intervino al voleo Gretel.
-Ese es el eslabón perdido que nos hace chocar siempre con la ruta de Santiago, no sabemos quien le entregó las copias-aclaró Kent.
-¿Cuál era el oficio de Cruz antes de viajar desde Valencia hasta Lucerna?-preguntó Gregor.
-        Era carbonero-
-A los carboneros no solo les compran leña y carbón, a veces les envían papeles para quemar. Es posible, doctor Tchaikosky, que alguien, sin darse cuenta, le haya dado las copias del apócrifo y que tras revisarlas y connotar que era algo religioso, Santiago Cruz haya ido a Lucerna para ver si su amante Eleonora de la Serna sabía algo-dedujo Gregor Piorzeneki, con una sonrisa cansada.
-Entonces las copias le llegaron de casualidad, ¡no era un héroe protector, era un pobre desesperado que quería hacerse rico y sacar provecho de los sacros documentos!-replicó Gretel Sankief, cerrando el puño. Una galaxia de alondras y mirlos cantaba bajo la gran copa del abedul que les proporcionaba planchas de sombra.
-¿Qué ocurrió con la carbonera de Santiago Cruz?-preguntó Gregor, instalando un silenciador en su arma.
-Después de que le digamos, ¿la usará contra nosotros?-preguntó Radok, levantando las manos por inercia y poniéndose de espaldas a Kent para que el susodicho tuviera tiempo de reaccionar.
-Señor Laughton, quite su mano de la campera-
-Sólo busco mis pastillas para los nervios, detective Porzineki-aseveró Kent. 
-Es Piorzeneki-aclaró Gregor, desarmando tanto a Radok como a Kent.
-Nos necesita, no puede dejarnos aquí, tenemos información para que usted siga deduciendo, somos empiristas de Bacon, usted es cartesiano de Descartés, entre las dos lentes de enfocar el conocimiento podremos llegar a la verdad-resumió Tchaikosky.
-La carbonera de Cruz ahora fue reemplazada por un edificio que administra una gran productora musical-informó Kent Laughton, con las manos todavía en alto. Gregor, luego de revisarlos a ellos, revisó el auto de los dos visitantes, en cada cavidad y recoveco. Mientras tanto, les dejó armas a Gretel y a Thomas para que vigilen a Kent y a Radok. Al poco tiempo les entregó las llaves a estos últimos dos. Los autos se marcharon en silencio. La desconfianza daba continuidad a la seguridad pero en algunos aspectos Gregor solía ser exagerado. Entretanto, por entre las grietas del bosque conducente a la carretera, asomó Querubín acompañado de sus dos serafines.
Tardó casi cuatro siglos la sociedad de los caminantes grises en darse cuenta de que no poseían la sabiduría necesaria para realizar el trabajo de edición, al administrar los textos santos. Sin embargo, uno de ellos no estuvo de acuerdo con la quema de ciertos apócrifos y huyó con ellos, siendo perseguido, atrapado y ejecutado de forma vil y extensa. Pero nadie encontró los apócrifos, tenía un movimiento aparte y muchos se fueron con los textos. Los caminantes grises debían distinguir entre textos falsos inventados por el hombre y textos sagrados inspirados por Dios en ciertos elegidos.
   Al recapitular el libro, los eruditos, siempre rápidos para criticar pero lentos al momento de proponer, adujeron que el libro santo no administraba una proporcionalidad entre prohibiciones y consejos, por lo que Dios era presentado con demasiado autoritarismo y se precisaba de un segundo libro o testamento en el cual incluir la obra de su hijo comprensivo para atenuar el hostigamiento del primer testamento que tenía más prohibiciones y críticas que sugerencias y apotegmas.
     La obra de Jesucristo, se suponía, equilibraría esa balanza para enmascarar el autoritarismo con él que fue presentado Dios en el primer testamento y sobre todo sí se tenía en cuenta que los primeros libros de la Santa Biblia fueron escritos por terratenientes ricos (Abraham, Isaac, Jacob, Samuel) y reyes poderosos (David, Salomón). Por tanto, ¿qué credibilidad podían tener los hombres inspirados por Dios si todos ellos procedían de la alta cuna de Israel en su batalla por formar una nación? Pues la Biblia, especialmente en el primer testamento, es la historia de cómo Israel se formó como nación, avasallando a cientos de pueblos y culturas en el camino, antes y después de ser subyugados por los egipcios. En tanto, cuando fueron conquistados por los romanos, se dejó de lado ese belicismo y surge la figura del profeta Jesús para mostrar una cara más comprensiva y didáctica del evangelio.
    Pero la curia hizo mucho hincapié en que los textos santos debían ser incluidos por las escrituras pertenecientes a seres ricos en posesiones materiales y posiciones políticas, como lo explican los casos de los terratenientes y de los reyes. Alguien, cuyo nombre fue borrado para siempre de los registros, se rebeló a Melzer Laurens  y robó todos los textos sagrados escritos por gente pobre y sin recursos, por vagabundos y rameras, que decían haber sido inspirados por Dios y fueron rechazados de participar en el libro santo.
     Solo podían integrarlo terratenientes y reyes o los discípulos de Cristo. Tal elitismo ofuscó al rebelde a Laurens y pagó con su vida pero por lo menos distribuyó los originales en cientos de seguidores anónimos que disponía entre esas catacumbas iluminadas por lámparas de aceite, con alquitranados y paredes mohosas de barro cocido, desesperados a los cuales convenció con pan, agua y vina que robó de la curia para matarles el hambre y la sed en esas alcantarillas donde tenía sus breves pero concisos plenarios.
Por no encontrar y destruir los pergaminos apócrifos escritos por gente pobre y sin valor político económico, Laurens fue exiliado por la curia bajo un cruel castigo. Se le prohibió disertar sobre la palabra y escribir artículos en honor a ella. La curia quería que el Santo Libro o la Biblia esté compuesto únicamente por los textos escritos por los terratenientes, los reyes y los discípulos, que, desde ya, ocuparon posiciones privilegiadas. Todo escrito presentado por indigentes, desposeídos, rameras o locos fueron descartados y rechazados sin siquiera haber sido leídos, aunque sus intérpretes declararan haber sido visitados por el espíritu santo al momento de escribirlos e incluso profesaban una vida, después de ese íntimo encuentro, divorciada del pecado y casada con la virtud en función del prójimo, habiendo cambiado realmente en la sacra iluminación.
No obstante, los protestantes declaraban que la Biblia Católica era más una historia sobre el origen de Israel que una guía de conducta para la humanidad, de allí la inclusión del nuevo testamento donde Jesús, con sus milagros y enseñanzas, completaría esa parte didáctica, ausente en el viejo libro.