CAPÍTULO XV
El fin se aproxima
Y AHORA comenzó el período más oscuro de la infortunada existencia de Annie Marble; las pocas semanas que precedieron a su desgraciado final. Las sombras habían caído sobre Malcolm Road 53, y mientras se reunían en torno a sus paredes para el último acto de la tragedia, la pobre Annie adquiría cada vez más conciencia de su presencia.
Winnie se había marchado, y para siempre; de eso, ambos podían estar seguros ahora. Esperaron una semana en suspenso; luego comenzaron a insertar breves avisos en las columnas personales de los periódicos: “Winnie. Vuelve al 53. Todo perdonado. Papá y mamá.” Eso era cuanto podían hacer. Mientras se debatían pensando qué medidas tomar, hubo un momento brevísimo en que consideraron la posibilidad de acudir a la policía, pero la idea se desvaneció en el acto, como una ráfaga de aire frío, dejándolos frente a frente, impotentes, eludiendo cada uno la mirada del otro.
La pobre Annie pasó horas de ansiedad imaginando la suerte corrida por su hija. Solamente una cosa le parecía posible, y era que llevaba una “vida vergonzosa” con alguno de esos hombres elegantes que había conocido. Sólo a esa altura de los acontecimientos, recordó Annie a aquellos hombres que solían rondar —y algo más que rondar— en torno a ambas durante su estada en el Grand Pavilion Hotel. Ahora estaba segura de que eso era lo que había ocurrido. Ni ella ni su marido sabían que llevaba tanto dinero al partir; y, pensando en lo peor, como era inevitable que lo hicieran, tampoco atribuían a su hija una firmeza de carácter a la cual pudiese recurrir en caso necesario. Annie Marble estaba convencida de que había inducido a su hija a la prostitución. Era la lágrima más amarga que debía verter.
Ahora estaban en primavera, y el mismo aire trajo la plaga. Quizá fuera aquella misma peste que azotara a Inglaterra durante los últimos años del reinado de Eduardo III; era sin lugar a dudas la misma epidemia que exigiera el sacrificio de millares de seres en la Francia de 1814, agotada por la guerra, y que costara la vida a una emperatriz; la misma plaga que diezmaba a Europa en la última primavera de la guerra, llevándose más víctimas que la lucha en sí; esa misma plaga que, a veces virulenta, a veces casi imperceptible, se presentó todas las primaveras a partir de entonces. La enfermedad de la cual algunas personas todavía se burlan, pero que no por ello es menos mortal: la gripe.
El mal flotaba en el aire, acechando a sus víctimas. Aquellos demasiado despreocupados por su salud, los débiles, los que se sentían deprimidos, o los carcomidos por la ansiedad; ésas eran las víctimas que la epidemia buscaba.
Y Annie Marble estaba deprimida, y carcomida por la ansiedad. Temía por Winnie, y ése no era más que el último peso agregado a la carga intolerable, acumulada sobre sus hombros. Will había vuelto a su modalidad de los viejos tiempos, casi por completo; también ahora se pasaba el día entero en la salita, atisbando sombríamente por las ventanas, en muda vigilancia del fondo. La botella de whisky no se apartaba de su lado; las palabras que dirigía a su mujer eran cada vez más contadas. A veces todavía podía salir de su ensimismamiento y prestarle algo de atención, trayendo así un fugaz destello de luz a su existencia; pero esas ocasiones eran raras. ¡Pobre Annie!
Luego, una mañana, Annie comenzó a sentirse mal. Le dolía la cabeza, tenía sed. Al principio pudo sobreponerse; pasaría en el curso de la mañana, pensó, o a lo sumo durante el día, y al siguiente ya estaría bien. De modo que se abocó sin más a sus quehaceres cotidianos, pero apenas había cumplido la mitad de sus obligaciones cuando no tuvo más remedio que sentarse y descansar un rato. El reposo pareció hacerle bien, y pensó que, para completar la cura, saldría a hacer sus compras. Se puso el abrigo y el sombrero, pero cuando bajaba las escaleras un extraño mareo repentino la obligó a darse por vencida. Apelando a toda su fuerza de voluntad, llegó hasta la salita, donde su marido seguía con la vista clavada en el jardín.
—Will —le dijo, desplomándose sobre una silla—, no me siento bien.
Eso arrancó a Marble de sus lúgubres meditaciones, para preguntarle qué podía hacer y que ocurría. Finalmente, él mismo salió a hacer las compras, dejándola en la casa para que descansara. Por supuesto que quedó tácitamente entendido que su reposo tendría por escenario la salita, relevándolo en la guardia.
Al día siguiente, Annie se sintió peor todavía, pero aun en su enfermedad algo la reconfortó. Marble estaba alarmado, y lo demostraba en el interés que evidenciaba por ella. Inquiría amablemente sobre su estado, y trataba de atenderla solícitamente, con la típica torpeza masculina. La pobre Annie se sentía confundida y halagada, a pesar de su enfermedad, al ver las atenciones que él le dispensaba. Cuando la conducía hasta una silla, arreglándole los almohadones, y le preguntaba qué otra cosa podía hacer, casi se sentía contenta de estar enferma. Porque se había negado terminantemente a permanecer en cama. Eso era, por otra parte, típico de ella. Si sus piernas la sostenían, no se quedaría en cama, y no solamente podía tenerse en pie, sino también, cuando sus mareos se lo permitían, caminar. Tenía mucha fiebre, pero eso la tenía sin cuidado, si bien convino en que sería preferible que Will hiciera las compras ese día. Su esposo hasta se ofreció para ello voluntariamente, de modo que partió, cesta en mano, con una lista de las cosas que necesitaban, pues el día anterior se había olvidado de uno o dos artículos.
Durante su ausencia, Annie permaneció en la salita. Sentía la boca seca, y la cabeza le pesaba, aparte de cierta neblina que parecía extenderse ante sus ojos al mirar a su alrededor.
También le dolían el cuerpo y las articulaciones. Pero, a pesar de todo, se sentía contenta al ver la amorosa atención de que su marido la hacía objeto.
Pero Will acababa apenas de partir cuando el cartero deslizó una carta por debajo de la puerta advirtiendo su paso con los dos golpes que le eran característicos. Era el cartero de las once, el que traía la correspondencia continental. Annie caminó lentamente hasta la puerta y recogió la carta, para regresar con paso débil a la salita. Sólo cuando se hubo sentado, echó un vistazo al sobre; no tenía las piernas tan firmes como para leerlo de pie. Pero sentía un vivo interés por ver de qué se trataba. Bien podían ser noticias de Winnie.
La dirección del sobre era curiosa por demás, la escritura grande y abierta. La primera letra era una enorme A. La segunda, una M. La tercera, una W. Evidentemente, la carta procedía del exterior, pues la dirección terminaba “Angleterre” y Annie sabía que eso significaba Inglaterra en un idioma extranjero. Así:
A. M. W. Marble
53 Malcolm Road
Dulwich
Londres
Angleterre
Annie permaneció largo rato contemplando el sobre. Era indudable que la A y la M se referían a ella —¿acaso no era Ann Mary Marble?— La W y la ausencia del Sr. de rigor, la molestó.
Pero podría ser que en las cartas procedentes del extranjero se acostumbrara suprimir el Sra. Y al proceder del exterior, había tantas probabilidades de que contuviera noticias de Winnie como si se la hubiera despachado en Inglaterra. Annie abrió el sobre y extrajo la carta. Fue preciso que trascurrieran varios segundos antes de que el significado cabal de las primeras palabras penetrara en su mente; pero, no bien lo comprendió, se dejó caer hacia atrás en la silla, horrorizada. La misiva estaba escrita en inglés y comenzaba “Mi queridísimo Will”.
Recobrándose, Annie leyó el resto de la carta. No podía entender algunas partes, la sátira cruel se le escapaba, embotado como estaba su cerebro por efectos de la fiebre, y lo que alcanzó a comprender le destrozó el corazón. Todo a lo largo de la carta, el remitente se dirigía a Will en términos del más ardiente e inequívoco afecto; hacía unas someras referencias a ella misma, Annie, que no comprendía, y terminaba pidiendo dinero: “La misma suma que me enviaste antes, querido”.
Annie permaneció quieta, con la carta arrugada en sus manos. El sobre no traía remitente, y la firma era bastante ilegible y consistía en una palabra francesa. Pero ella sabía de quién procedía. Podría haber sido instinto, o quizá reconoció el estilo, pero lo cierto es que sabía. La fiebre le negó el consuelo de las lágrimas que tanto la habrían ayudado. No podía hacer otra cosa que permanecer allí sentada, pensando desordenadamente sobre todo lo ocurrido. De modo que Will no la quería, después de todos sus sueños y sus esperanzas. En cambio, se escribía con esta francesa, y le enviaba dinero. Toda su ternura y la pasión que demostrara cierto tiempo atrás —justo después que ella partiera, comprendió Annie ahogando un sollozo— eran ficticias. Como quien sabía lo que iba a pasar, adivinó que su actitud había tenido por objeto tenerla contenta al descubrir que ella compartía su secreto. En medio del torbellino de sus pensamientos, surgió una resolución vaga de traicionarlo en la primera oportunidad, pero apartó la idea de su mente. Lo amaba demasiado. Tenía el corazón destrozado, y se sentía muy, pero muy desdichada.
Permaneció allí, sola, durante lo que le pareció una eternidad.
Más tarde llegó Marble; pero, al sonido de su llave en la puerta, ella se rehízo lo bastante como para introducir la carta en el escote de su vestido, y cuando él entró para preguntarle cómo estaba, sólo atinó a murmurar: “Creo que estoy enferma. Oh...”, para caer hacia adelante, semi-desvanecida. Estaba enferma, muy enferma. Marble la ayudó a subir al dormitorio, dejándola sobre la enorme cama dorada donde los cupidos no cesaban de trepar, con su doseles y su profusión de adornos. Pero una vez que logró recobrarse lo suficiente como para desvestirse, guardó la carta en su cajoncito privado, antes de llamarlo en su ayuda con voz apagada por la fiebre.
Al día siguiente estaba peor. Marble se inclinó sobre ella, lleno de ansiedad. Annie se revolvía de un lado a otro en la cama dorada y apenas parecía reconocerlo. Ambos estaban solos en la casa, y Marble estaba preocupado. Mortalmente preocupado. Nada sabía de atender enfermos. Ni siquiera había un termómetro clínico en toda la casa. ¡Si ella se moría...! Pero rechazó enérgicamente esa posibilidad. Uno menos estaría en el secreto, es verdad, pero las desventajas serían abrumadoras. Y si llegaba a morirse sin recibir atención médica, se efectuarían averiguaciones. Cualesquiera fuesen los resultados, debía llamar a un médico. Debía introducir a un extraño en su casa, la casa que guardara tan celosamente. No había más remedio, ninguna otra alternativa le restaba. Cuidó de que la enferma tuviera todo lo que su inteligencia le dijo que podría necesitar, y luego bajó silenciosamente las escaleras y se dirigió a la chapa de bronce más cercana. Una sirvienta de cofia blanca recibió su mensaje y le dijo que el doctor acudiría a la brevedad.
El doctor Atkinson era un hombre alto y delgado, de cabello y cejas color arena, ni joven ni viejo, con una mirada penetrante detrás de sus lentes. Primero tomó el pulso a la enferma, luego la temperatura; advirtió su respiración agitada y la forma en que se revolvía en la cama. La paciente estaba al borde del delirio; en realidad, hablaba en forma incoherente, y dos veces murmuró algo que él no alcanzó a comprender. Se volvió y miró fijamente a Marble.
—¿Quién la cuida? —preguntó.
—Yo —respondió Marble (algo malhumorado, pensaría Atkinson más adelante).
—¿Está usted solo?
—Sí. Mi hija está... ausente, por el momento.
—Bien, será mejor que busque alguien que la atienda. Algún vecino o algo así. Necesitará muchos cuidados, si queremos evitar la neumonía.
Marble lo contempló. ¿Traer a alguien? ¿Tener alguien en la casa, escarbando y espiando? Y Annie, allí, ¡delirando casi! Marble había captado una o dos de las palabras que ella murmuró, y que el médico, por fortuna, no escuchó; y, lo que oyó, lo hizo temblar.
Para entonces, Atkinson observaba la habitación con su llamativo moblaje dorado. Estaba tratando de calcular la renta de ese hombre que, en apariencia, no iba al trabajo.
—¿Y qué le parece una enfermera? —dijo—. Le enviaré una, ¿quiere?
Marble recobró por fin el habla.
—No —dijo con vehemencia excesiva; la prueba era dura para él—. No quiero enfermeras. Yo puedo hacer todo lo necesario. Nada de enfermeras.
Atkinson se encogió de hombros.
—Muy bien, si no quiere, no la tendrá. Pero le advierto que la enferma necesitará una atención muy cuidadosa. Usted debe (y dio a Marble instrucciones detalladas sobre lo que debía hacer). Pero mientras hablaba, no cesaba de pensar en este hombre extraño que vivía solo con su mujer —en una casucha miserable amueblada como el palacio de Buckingham, cuya hija estaba... ausente, por el momento; que no trabajaba, y que se oponía violentamente a que alguien cuidara de su mujer.
Y su curiosidad no pasó inadvertida para Marble, quien maldijo para sus adentros, mientras un sudor frío corría bajo sus ropas.
—Perfectamente, entonces; volveré esta tarde —dijo Atkinson.
Y volvió. Visitó a la enferma dos veces por día, durante toda la semana siguiente.
Y durante esa semana, Marble se afanó y trabajó incesantemente bajo el peso de sus preocupaciones. Todo se confabulaba para causarle una inquietud enloquecedora. La sola presencia de Atkinson, husmeándolo todo con su mirar penetrante, bastaba para enloquecerlo, para acrecentar aún más la enorme preocupación de su vida que había vuelto a hacerlo su presa con una intensidad jamás conocida anteriormente. Marble descubrió que su mente atormentada volvía a adoptar su espantosa costumbre de lucubrar sin cesar posibilidades odiosas; si Atkinson podría o no descubrir algo; si había oído algo de lo que Annie no cesaba de murmurar; qué pensaban los vecinos, y también Atkinson, de su negativa a aceptar ayuda. Sabía que todos estaban interesados en lo que ocurría dentro de su hogar, sabía que miraban con desprecio y envidia, a la vez, todas sus hermosas pertenencias, y las ropas de Annie, y los modales distinguidos de su hija; y probablemente sentían una curiosidad malsana por saber lo acontecido con Winnie, si bien con un poco de buena suerte tal vez creían que continuaba en la escuela.
La misma Annie constituía ahora un motivo de zozobra. Era una paciente difícil. Apenas le dirigía la palabra, y cuando caía en esa especie de delirio, solía apartarse de él, horrorizada. Por otra parte, exigía atención constante. Marble debía componérselas para prepararle los regímenes que el médico indicaba; él, que jamás había tocado una sartén en su vida. Y además tenía que hacerlo bien, pues ese entremetido de Atkinson seguía visitándola, y más de una vez exigía ver y probar los mejunjes que preparaba para la enferma. Marble añoraba a la señora Beeton, aquella misma señora Beeton de cuya ayuda se privara Annie por su causa, y atendía a los repartidores que volvieron a llamar a la puerta. Marble no tuvo más remedio que transar con esto último, pues Atkinson era demasiado inteligente como para que él tratara de hacer las compras y dejara sola a la enferma. Corriendo de la cocina a la puerta, y de la puerta al dormitorio, cada vez que Annie hacía sonar la campanilla que tenía junto a la cama, y del dormitorio de vuelta a la cocina, Marble no tardó en llegar al cabo de sus fuerzas. Era raro que dos tentativas bastaran para que su deficiente arte culinario resultara satisfactorio, de modo que le parecía estar cocinando todo el día.
Y para rematar el cúmulo de preocupaciones que lo atormentaba, surgió el temor de caer enfermo él también. En ese caso, Atkinson, el odiado entremetido, se ocuparía de que los trasladaran a ambos al hospital. ¡Y qué no decir si él llegaba a delirar como Annie! El solo pensamiento lo hacía estremecerse. De modo que era imprescindible que no se enfermara. Marble jamás se había preocupado antes por su salud, pero ahora lo hacía, y en forma. Se tomaba la temperatura a cada rato, estudiaba su cuerpo atentamente, y hasta se privó del whisky que sus nervios pedían a gritos.
El esfuerzo pronto le resultó excesivo. Los días angustiosos y la vigilia obligada —tenía que atender a Annie varias veces durante la noche— acabaron por destrozar su ya resentido sistema nervioso. Y para colmo de males, tampoco podía olvidarse del jardín. Ese pensamiento ocupaba un lugar fijo en su mente y si antes había sido terrible, ahora era infinitamente peor. Cada vez que el sonido estridente de la campanilla de Annie lo arrancaba del sueño, y una vez atendidos sus deseos, Marble sentía que algo lo impulsaba a bajar sigilosamente las escaleras para echar un vistazo al oscuro jardín y tener la certeza de que todo estaba en orden. Hasta comenzó a despertarse por sí solo durante la noche y bajar, cosa que jamás hiciera antes.
Por extraño que parezca, Annie se repuso. En realidad, era más de lo que Atkinson esperaba, y el hecho parece todavía más increíble cuando se recuerda que ella no quería curarse. Porque así era, en efecto: Annie deseaba morir.
Pero se restableció. La fiebre la abandonó, dejándola muy delgada, muy pálida, con la palidez lustrosa del convaleciente, y pudo abandonar las ropas de abrigo con que su esposo la envolviera a guisa de preocupación contra la neumonía y sentarse en la cama luciendo uno de sus recargados camisones de encaje, peinador y cofia de dormir. Atkinson le dijo a Marble que el peligro todavía no había pasado. Una gripe fuerte siempre deja riesgos tras de sí. Podían surgir complicaciones con el corazón, o hasta producirse una neumonía si se levantaba demasiado pronto.
—Pero, por supuesto —dijo Atkinson—, no hay muchas probabilidades de que se levante aún. Por el momento está demasiado débil para sostenerse en pie.
Annie yacía en la cama, meditando. Ahora podía pensar con la claridad mental, fría y desnuda como una mañana de invierno, que sobreviene después de un período de fiebre alta. Sobre ella actuaba la horrible depresión que sigue a la gripe, la depresión ponzoñosa que oscurece las perspectivas más optimistas. Y las perspectivas de Annie eran cualquier cosa menos optimistas. Hasta ella llegaban los movimientos de su marido en la planta baja, ocupado en alguna de sus interminables tareas domésticas, y sus labios se curvaban al pensar en él. No lo odiaba, no podía odiarlo, ni siquiera ahora. Pero sentía que se odiaba a sí misma. Había perdido el amor de su esposo, ese amor que durante un breve lapso había hecho que el mundo le pareciera un lugar maravilloso. Al mirar hacia adelante, hasta donde su mente se lo permitía, no podía vislumbrar ningún rayo de esperanza. Se atormentaba con el conocimiento espantoso de lo que guardaba el desnudo cantero del fondo; el futuro se le aparecía oscuro y tétrico, sin ninguna promesa para ella. Habría enfrentado el cruel destino de su marido —y también el de ella misma, lo comprendía— de buena gana si sólo tuviese la convicción de que su marido deseaba que lo hiciera. Pero estaba segura de lo contrario. ¿Él se sentiría contento de librarse de ella, y en cuanto a ella...? También Annie se alegraría de salir del paso.
Esto hizo que sus pensamientos tomaran lentamente otro rumbo. Sería tan fácil. ¡Si hubiese muerto durante su enfermedad! Poco a poco trató de reconstruir mentalmente lo que leyera en aquel libro de Will acerca de ese producto que... que... el mismo que seguía guardado en el armario del baño. La muerte es prácticamente instantánea. La muerte es prácticamente instantánea.
Eso significaba una muerte fácil, rápida. No habría ningún dolor, ninguna molestia. Sí, sería lo mejor. La idea apareció nítidamente en su cerebro. Will estaba abajo, y durante un rato era muy poco probable que subiera. Si lo deseaba, podía hacerlo, y era mejor hacerlo ahora, ya mismo, y ahorrar molestias, ahorrar molestias.
Annie echó a un lado las ropas de cama y apoyó sus pies en el suelo. Ese solo movimiento bastó para hacerle comprender cuán débil estaba. La habitación pareció girar a su alrededor en un gran arco; a punto estuvo de caer, y en realidad habría caído de no haberse aferrado a la cama con un gran esfuerzo, arrojándose sobre ella. Tardó varios minutos en recobrarse. Volvió a probar, despacio, y una vez más le costó mucho evitar la caída. No podía caminar, eso era indudable, pero no le impediría lograr su propósito.
Lentamente, con infinitas precauciones, se dejó deslizar hasta el piso. Luego se arrastró a través de la habitación hasta la ventana. El esfuerzo era enorme, pues apenas podía avanzar muy lentamente. El frío del aire y del linóleo parecía penetrar hasta sus mismos huesos, y temblaba a medida que avanzaba.
Llegó hasta la cómoda, y, tomándose de las perillas, fue alzándose poco a poco hasta quedar de pie, tambaleante. Tuvo que dejar que trascurrieran varios segundos para habituarse a esa posición. Hubo un momento en que se balanceó peligrosamente, pero el apoyo obtenido en las perillas la salvó de caer. Luego abrió uno de los cajones e hizo lo que fuera su deseo constante durante su enfermedad. Extrajo la horrible carta y la leyó tan atentamente como sus ojos anegados en lágrimas se lo permitieron. Comenzaba: “Mi queridísimo Will”, no había ninguna duda al respecto. Una vez más la sátira le pasó inadvertida. Se tambaleó y tuvo que afirmar su apoyo para recuperar el equilibrio. Luego volvió a colocar la carta en el cajón y lo cerró.
De un modo u otro, lo cierto era que podía pensar con toda lucidez. Su movimiento siguiente consistiría en buscar la llave. Todas las llaves de Will estaban en un llavero sobre el tocador. Tuvo que arrastrarse hasta allí en su busca. Luego avanzó, siempre arrastrándose lenta, ¡ay!, muy lentamente, hasta la puerta del cuarto de baño. El esfuerzo de volver a enderezarse, cuando hubo llegado al armario, le resultó casi excesivo, pero logró su propósito. Permaneció quieta un momento, aguzando el oído, para asegurarse de que Will seguía ocupado abajo. No sería conveniente para él subir y encontrarla allí. Pero todo estaba en calma y podía oírlo moviendo los cacharros de la cocina. La llave entró sin dificultad, y Annie abrió la puerta de espejo. Allí, sobre el estante, tal como la viera hacía ya tanto tiempo, estaba la botella: cianuro de potasio. La tomó en su mano, amorosamente, mientras la miraba casi sonriendo.
Sobre el borde del lavatorio encontró uno de los vasos con que solía tomar los remedios. Lo llenó hasta la mitad; el cuello de la botella tintineó al entrar en contacto con el borde del vaso, y volvió a colocar la botella en su lugar. Cuando la vio allí, en el estante, trató de saludarla, inclinándose; intentó decirle “gracias”. Y volvió a cerrar el armario cuidadosamente.
Permaneció dudando un instante, apoyada en el borde del lavatorio. No quería morir allí, en ese lugar frío. Sería mucho mejor morir en su espléndida cama dorada con los cupidos entrelazados en la cabecera. Realmente el regreso sería peligroso, mas finalmente decidió correr el riesgo. Pero, ¡ay!, ¡le resultó tan difícil! Se arrastró por el piso, jadeante, empujando el vaso, con las llaves colgando de un dedo. Era arduo, pero por fin logró su meta. No derramó ni una gota en el camino.
El vaso estaba ahora en el piso, junto a la cama. Enderezarse a medias y echarse sobre la cama, fue cuanto pudo hacer. Luego tuvo que dejarse estar un momento y descansar. Pero ahora estaba lista por fin. Primero debía ocuparse de que todo quedara prolijo y aseado. Con dedos torpes alisó las ropas de cama a su alrededor, y se enderezó la cofia y arregló la cinta en torno a su garganta. Luego se inclinó hacia un costado y tomó el vaso en su mano. No vaciló al alzarlo hasta sus labios. Lo vació de un sorbo. El vaso resbaló de sus dedos hasta el piso y rodó debajo de la cama.
Pero ni siquiera ahora las cosas fueron fáciles para ella. Ese cianuro había permanecido en solución durante más de un año, reaccionando lentamente consigo mismo y con la atmósfera. No fue una muerte fácil, una muerte rápida.