CAPÍTULO XII

La hija

No HAY soledad comparable con la que uno puede encontrar en un suburbio londinense. Es desoladora, impresionante. Las últimas semanas habían encontrado a los Marble perdidos en esa soledad, y suspendida sobre ellos, como amenaza constante, estaba la certeza no expresada de un secreto compartido. Pasaban los días juntos en las recargadas habitaciones de la planta baja; también las noches los veían juntos, en la enorme cama dorada del dormitorio principal; pero no obstante su mutua compañía, cada uno de ellos estaba solo y asustado. El peso de su secreto les impedía sostener toda conversación que no versara sobre tópicos domésticos obligatorios, y aun entonces se atenían deliberadamente al mínimo más estricto. No intercambiaban una docena de palabras por día; no decían nada, no hacían nada; no pensaban en otra cosa que no fuera aquello espantoso de lo cual no osaban hablar. La soledad de los suburbios en que estaban sumidos era suya por propia elección; se habían aislado voluntariamente de sus vecinos, y éstos, a su vez, se alejaron de ellos, burlándose desdeñosamente de la ropa nueva que tan poco lucía en la señora Marble y de los muebles resplandecientes que podían vislumbrar a través de las ventanas del piso bajo del número 53. Pero este aislamiento no era nuevo, y resultaba fácil de sobrellevar; en muy distinto plano estaba la separación espiritual que mediaba entre ambos.

Convivían sin otra compañía en la casita; cada uno había elegido la sociedad del otro —pronto descubrieron que ninguno de los dos quería, ni podía soportar, que el otro estuviera fuera de su vista por mucho tiempo—, pero en semanas enteras sus ojos no se encontraron ni una sola vez. Y nunca, jamás, hicieron el menor comentario sobre su aislamiento.

De regreso a este mundo de pesadilla, venía Winnie, sonrojada por los triunfos obtenidos en la escuela. Ahora era bonita a ojos vistas y estaba vestida a la perfección, libre de los grilletes impuestos por la reglamentación del colegio. En la escuela, su belleza le había granjeado la adhesión de un partido, y el dinero casi ilimitado de que disponía para sus gastos, la de otro. Apenas once meses más joven que su hermano muerto, tenía ahora dieciséis años; la buena instrucción preliminar recibida en la escuela secundaria —que recordaba con horror, y acerca de la cual siempre había guardado discreta reserva— le había evitado muchos inconvenientes con los estudios, permitiéndole pasar al curso superior tras un año de permanencia en la escuela. Winifred Marble tenía la más alta opinión de sí misma.

Volvía al hogar en la forma que le era tan característica. No había dado a sus padres ningún dato exacto sobre la fecha de su regreso y al descender del automóvil de alquiler frente al número 53 de Malcolm Road, sabía que difícilmente estarían esperándola. Bajó despaciosamente a la acera. Malcolm Road podía parecerle una callejuela sórdida pero por nada del mundo se perdería un ápice de la sensación que sabía estaba causando su aparición. Tras las cortinas de todas las ventanas de los alrededores, podía ver cabezas atisbándola; de modo que decidió dar a los vecinos amplia oportunidad para contemplar la montaña de valijas apiladas en el techo del automóvil, y para que admiraran y envidiaran su elegante traje azul. Con una orden escueta al conductor, al efecto de que entrara su equipaje, se dirigió a la puerta y llamó con un rat-tat-tat resonante.

Adentro, su padre y su madre estaban juntos en la salita trasera, él con su libro sobre las rodillas, como de costumbre; ella contemplando el vacío, recorriendo en su forma vaga característica todas las avenidas mentales que su esposo siguiera mucho tiempo atrás. Al oír los golpes de Winnie, Marble la miró, asustado. Ella se puso de pie mientras un miedo alocado aceleraba los latidos de su corazón.

—Will —dijo—, ¿no será...?, ¿no será...?

Solamente la policía podía golpear de ese modo a la puerta de Malcolm Road 53. Marble no pudo responderle por el momento. El golpe se repitió. Marble trató de encender un cigarrillo con mano temblorosa. Viniera lo que viniese, trataría de parecer indiferente, de comportarse con calma, como lo hacían esos hombres de quienes hablaban sus libros, cuando llegaba el momento fatal del arresto. Pero sus manos temblaban demasiado. Hasta sus labios se movían convulsivamente de modo tal que el cigarrillo oscilaba como un junco entre ellos. Los golpes se repitieron. Por fin, la señora Marble juntó fuerzas.

—Iré yo —dijo, con un susurro apenas perceptible.

Se deslizó por el corredor con su paso silencioso, fantasmal. Marble, todavía forcejeando con su cigarrillo, oyó cómo se abría la puerta, tras lo que le parecieron siglos de espera. Luego escuchó que la señora Marble decía: “Ah, mi querida, eres tú. Oh, querida, querida...”, y hasta sus oídos llegó la voz refinada de Winnie que respondía. El alivio de la tensión anterior hizo que los fósforos resbalaran entre sus dedos. El cigarrillo se le cayó de la boca. Se inclinó hacia un costado apoyándose en el brazo del sillón, los ojos desmesuradamente abiertos, demasiado débil para moverse, mientras el corazón reasumía su ritmo normal con golpes irregulares. Así lo encontraron Winnie y su madre, cuando penetraron en la salita en busca de la bienvenida de rigor.

Tal era el ambiente al cual regresaba Winnie, tres días antes de Navidad. Sus compañeras de colegio, que envidiaban sus baúles llenos de ropa y el dinero de que disponía para sus gastos, habían hablado por espacio de semanas enteras sobre lo que intentaban hacer esas vacaciones. Se habló de cacerías, de bailes, de teatros. Se hicieron comparaciones entre la comida del colegio y la que las esperaba en sus hogares durante ese período de bocados deliciosos. Y en todas esas conversaciones, Winnie había intervenido en esa forma activa que siempre le correspondía en las charlas escolares. Sin embargo, se había visto obligada a recurrir a toda su imaginación, y con su ayuda logró bosquejar un panorama más o menos similar a las perspectivas de sus compañeras. Eso contribuyó a que el desencanto fuera más amargo todavía. Ese día, el siguiente a su llegada, la familia Marble almorzó jamón, pan duro y manteca, y no exactamente en abundancia. Las ropas de su padre estaban ajadas y sucias y sus pies calzaban restos de pantuflas. Durante la comida tomó whisky en cantidad; además, resultaba obvio que había bebido con exceso durante su ausencia. Su madre vestía blusa y pollera a cual más raída, que se abrían por donde podían, y sus medias formaban arrugas en torno a sus delgadas pantorrillas. Winnie frunció el ceño, y sus labios se contrajeron al observar todo esto.

La señora Marble notó que Winnie no estaba satisfecha, y se irguió en movimiento instintivo. Sabía que la forma en que cumplía sus obligaciones domésticas dejaba bastante que desear, pero no permitiría que su hija, una jovencita de dieciséis años, manejara su casa.

—¿No hay alguna otra cosa para comer? —preguntó Winnie, una vez desaparecida la última tajada de jamón, que la dejó con más apetito que al principio, acostumbrada como estaba a las comidas bien preparadas y abundantes de la escuela de Berkshire.

—No, no hay —contestó la señora Marble de mal modo.

—¡Pero, caramba! —protestó Winnie.

Difícilmente podía ser ése un buen comienzo de vacaciones. Winnie lo soportó durante dos días, y luego, la víspera de Navidad, entró de lleno en las operaciones activas. Su madre, a la cual recurrió primero, no le dio ninguna satisfacción.

—Oh, no me molestes —dijo, con un apasionamiento raro en ella—, ya tenemos bastantes cosas de que preocuparnos.

—¿Pero de qué tienes que preocuparte tú? —adujo Winnie, con genuino asombro—. Con preocupación o sin ella, lo cierto es que tenemos dinero suficiente, ¿no?

La señora Marble se aferró a esta excusa, pero no era hábil para el engaño, y sus frases incoherentes acerca de que la situación financiera de la familia no era del todo sólida, murieron al encontrar los ojos incrédulos de Winnie.

—No seas tonta, mamá —dijo Winnie y la señora Marble bajó mansamente la cabeza dispuesta a capear el temporal.

—No, querida, si no se trata de dinero. Tu padre me da todo lo que necesito en ese sentido.

—¿Cuánto por semana? —inquirió Winnie, inexorable.

La señora Marble hizo un postrero y desesperado esfuerzo por resistir frente a esa mujer implacable, surgida tan sorpresivamente de la dócil chiquilla de otrora.

—Eso no te importa —dijo—. Es asunto mío, y ésta es mi casa, y tú no tienes ningún derecho a inmiscuirte.

Winnie lanzó una exclamación de desdén.

—¡Bah! ¿Crees que no tengo ningún derecho, después de comer jamón tres veces y carne solamente una vez en dos días? Mañana es Navidad, y supongo que no has hecho nada al respecto. ¡Y mira tus ropas! Estás peor que la última vez que vine a casa. Estoy segura de que antes de volver al colegio te dejé bien arreglada. Tenías un traje precioso y... y...

Este fue un paso en falso de Winnie, pues todavía ni ella ni su madre podían hablar del muchachito muerto, por quien la señora Marble comprara ropas de luto con ayuda de su hija durante las vacaciones anteriores.

—Cállate, hija, por favor —dijo la señora Marble, con lágrimas en los ojos.

Las lágrimas no obedecían exclusivamente al recuerdo de su duelo, pero sirvieron para aplacar a Winnie que hasta llegó a sentirse algo turbada y confundida a la vista del dolor de su madre. De modo que suspendió el interrogatorio, justo en el momento en que un poco más de presión de su parte habría obligado a su madre a revelar el hecho asombroso de que mientras Marble preveía un presupuesto doméstico de diez libras por semana, ella sólo gastaba en realidad dos; casi menos de lo que gastaban antes de ser ricos.

Pero una de las cualidades de Winnie era la perseverancia. Fracasada la tentativa con su madre, decidió probar con su padre, llegando hasta el punto de osar interrumpir su ensoñación alcohólica en la salita.

—Papá —preguntó Winnie—, ¿somos pobres, ahora que no vas más a la oficina?

Marble clavó en su hija una mirada empañada por el alcohol. Luego sintió que una ola de orgullo lo invadía; orgullo por su hazaña de algunos meses atrás todavía comentada con respeto y envidia en los círculo bursátiles, pero que nunca le reportara el galardón de reconocimiento de los suyos.

—No —dijo—. Tenemos mucho dinero.

—Perfectamente, entonces. Mañana es Navidad. Quiero dinero, y bastante. Mamá todavía no se ha ocupado de nada.

En lo recóndito de la memoria de Marble comenzaron a agitarse viejos fantasmas. Recordaba aquellas veces —ahora le parecía que habían transcurrido siglos desde entonces— cuando quería que su mujer gastara dinero, y le resultaba increíblemente difícil inducirla a hacerlo.

Obediente, se levantó de su silla y caminó con paso casi firme hasta el ridículo escritorio dorado, ubicado en un ángulo de la habitación. Lo abrió; extrajo su libreta de cheques; llenó uno con mano temblorosa.

—Los bancos cierran a las tres y media —dijo—. Tendrás que apresurarte.

Winnie sólo tuvo que dar una ojeada fugaz al cheque. Era de cien libras.

—Gracias —dijo, y aun antes de abandonar la habitación, ya estaba gritando a su madre que se pusiera el sombrero.

Nunca en su vida había estado la señora Marble tan apurada y aturdida como esa víspera de Navidad.

Primero, una corrida hasta el ómnibus que las llevaría a Rye Lane. Luego, otra corrida hasta el banco para cambiar el cheque. Winnie guardó el dinero en su cartera, como si tener cien libras fuera para ella cosa de todos los días.

Después vinieron una serie de corridas por Rye Lane, atestada de gente que hacía sus compras de Navidad, surtiéndose de todo lo que la señora Marble había omitido, lo cual incluía muchos artículos de primera necesidad lo mismo que otros superfluos, pero inevitables en la ocasión. La señora Marble se sentía a punto de desvanecerse de cansancio, de un cansancio jamás experimentado, cuando Winnie llamó un automóvil de alquiler y la introdujo, a ella y a la montaña de paquetes que habían acumulado, en el interior.

Pero ni siquiera eso satisfizo a Winnie. Tampoco quedó satisfecha con el pavo que su madre preparó al día siguiente, ni con los pasteles adquiridos la víspera, que aquélla recalentó. No se conformó con conseguir que, ante su insistencia, su madre tendiera la mesa con un mantel limpio y desplegara sobre ella toda la platería. No se contentó con repartir obsequios —adquiridos con el dinero obtenido el día anterior— a su madre y a su padre, ni mostrándoles lo que comprara para ella con dinero también proveniente de la misma fuente. No se sintió satisfecha colgando muérdago y hojas de acebo por toda la casa. Pasada Navidad, y cuando sus padres creían haber soportado todo lo que su resistencia les permitía, comenzó a recorrer la casa “arreglando las cosas”. La escuela de Berkshire a la cual concurría se enorgullecía del adiestramiento doméstico que impartía a sus alumnas, pero la escala de ese adiestramiento estaba calculada para mujeres que probablemente jamás tendrían que ocuparse de la economía de una casa cuyo valor imponible ascendía a treinta libras por año y en la cual no se permitía la entrada de una sirvienta, ni siquiera por horas. Las ideas de Winnie eran de alto vuelo.

Finalmente, todo lo que consiguió fue disgustar a su madre, y, por reacción lógica, también a su padre. No era la primera vez que Marble se sentía desdichado, pero hasta entonces su desdicha había sido negativa y pasiva. Se había establecido una rutina, y la rutina, con el carácter permanente que implica, le era grata a un hombre sobre el cual caía la sombra del patíbulo. Le disgustaba cualquier cosa que significara una perturbación de esa rutina. Ya se había acostumbrado a alimentarse mal, y jamás notó los demás detalles de las faenas domésticas. Hacía ya mucho tiempo que hasta había dejado de sentirse orgulloso de sus muebles estilo Imperio. Y Winnie lo molestaba con toda su actividad y movimiento. Sin darse cuenta de ello, la pasividad de su mujer le resultaba agradable, sabiendo que ella significaba una menor probabilidad de que revelara el secreto que, sabía, ella ocultaba en su pecho. Y he aquí que ahora Winnie venía a alterarlo todo. No le gustaba. Y le gustó todavía menos cuando descubrió que Winnie ponía mala cara al comprobar su afición a la bebida y hasta planeaba interferir en esos hábitos suyos.

Pero afortunadamente Winnie no era de esa clase de personas que llevan las cosas hasta el fin, cualquiera sea la oposición que encuentren. En ese sentido era como su padre, pues podía hacer un gran esfuerzo y realizar mucho, pero luego quedaba imposibilitada para cualquier otro durante un lapso considerable. Su actividad decayó paulatinamente, y al cabo de poco tiempo se encontró aceptando los métodos negligentes de su madre en el manejo de la casa. Además, no tardó en comprender que se aburría soberanamente.

También en esta oportunidad había hecho una incursión por el guardarropa de su madre, tratando de poner en él un poco de orden, y tanto insistió que finalmente logró que usara las ropas buenas amontonadas al descuido por todos los rincones del dormitorio. Cuando restituyó la elegancia a su madre, y tras ordenar todo nuevamente de acuerdo con el sistema que apenas dos períodos escolares habían bastado para inculcarle, Winnie llegó a la conclusión de que su interés en los quehaceres domésticos se estaba esfumando, y que la vida en Malcolm Road 53 era decididamente tediosa.

En consecuencia, escribió una o dos cartas a amigas de la escuela. Poco importa su contenido, fuera realidad o ficción, si adujo enfermedad —por supuesto, no contagiosa— en la casa, o desdicha familiar. Lo cierto es que logró su objetivo. Poco tiempo después recibía dos invitaciones para pasar el resto de las vacaciones con sus amigas.

A la sazón ni el señor ni la señora Marble sintieron pesar al verla partir. Había ocasionado demasiadas perturbaciones, de modo que la despidieron filosóficamente. Marble, en parte como prueba de mero reconocimiento, en parte por un postrer destello de orgullo al pensar que una hija suya residiría como invitada en una casa cuya única dirección estaba integrada por un nombre y un condado, le entregó otro cheque. La vida se había convertido para ellos en algo tan extraño e irreal, que no les parecía nada extraordinario dejar que una jovencita de dieciséis años conviviera con gente que no conocían, llevando casi cien libras en su cartera.

Al fin de cuentas, la renta de Marble era de casi mil doscientas libras por año; las cantidades entregadas a Winnie sumaban casi trescientas, pero de las novecientas restantes apenas había gastado la cuarta parte. Un hombre que tiene quinientas libras por año y no les encuentra uso, no se preocupa por cien más o menos; especialmente cuando pasa todos los minutos conscientes de su existencia aterrorizado ante la perspectiva de morir en la horca.