CAPÍTULO X
El hijo
AHORA que había adquirido experiencia y el equilibrio que da la experiencia, Madame Collins era una intrigante eficacísima. A ninguno de los habitantes de los suburbios, ni siquiera al lechero en su ronda diaria, se le presentaba una oportunidad para el chisme mejor que aquella de la cual disfrutaba la modista de barrio. Una vez probado el vestido, y pasando naturalmente del tema fácil y fértil de las ropas, en toda entrevista con la dienta llegaba un momento en que resultaba inevitable comentar los asuntos locales. Algunas solamente se referían a cuestiones parroquiales, y con éstas Madame Collins tenía que andar con pies de plomo, pero la mayoría se mostraba siempre dispuesta a hablar sobre la vida y milagros de los vecinos, especialmente con un auditorio comprensivo integrado por una sola persona, y para colmo mujer. Madame Collins se enteró de todo lo relativo al recientemente adquirido bienestar de Marble casi en el mismo momento en que éste lo adquirió. Tomó nota de la información mentalmente; los hombres ricos siempre constituyen relaciones apetecibles, máxime para una mujer totalmente hastiada de la vida suburbana y de la pobreza, luego de las variadas experiencias por las cuales atravesara de joven en un distrito ocupado por tropas inglesas durante la guerra.
El histórico encuentro con Marble el día de la llegada de los muebles fue planeado, pero sólo a medias. En ese momento Madame Collins acertaba a pasar por Malcolm Road en cumplimiento de obligaciones perfectamente legítimas, cuando vio que entraban esa masa dorada en la casa, y quedó realmente impresionada. Debía haber costado una suma enorme de dinero, a pesar de su gusto abominable; y cuando pudo ver a Marble en persona, alfiler de corbata, reloj de pulsera, cigarrera, ropas bien cortadas y todo, su mente llegó a una decisión instantánea. Debía haber mucho de cierto en lo que oyera acerca de su fortuna. Después, trabar relación con él fue la cosa más fácil del mundo.
Al cabo de una semana, Madame Collins sabía sobre la familia Marble todo lo que valía la pena de saber, excepto el detalle, para ella carente de importancia, de cierta transacción consumada en el comedor de los Marble veinte meses atrás. Los vecinos ya habían dejado escapar algunas indirectas acerca de que las relaciones entre ambos esposos no marchaban del todo bien, y eso era cuanto Madame Collins necesitaba saber. Un hombre adinerado, distanciado de su mujer —y ésta lo bastante simple como para dejarse vendar los ojos—, que vivía a una distancia conveniente, significaba todo el colorido y el dinero que la monótona existencia de Madame Collins pedía a gritos; especialmente teniendo en cuenta el hecho evidente de que era un hombre poco experto en tratos con el sexo opuesto, y cuyo dinero no había obrado en su poder el tiempo suficiente como para echarlo a perder.
Ala señora Marble, Marguerite Collins le había obsequiado verdaderos presentes griegos. Le ofreció una amistad que la solitaria mujer aceptó ansiosa. La invitó a su casita de la cuadra siguiente, y allí le presentó a su esposo, lo cual demostraba, fuera de toda duda, que era una mujer casada perfectamente respetable. A Annie Marble le pasó inadvertido el hecho de que Collins era un cero a la izquierda.
Personaje oscuro y trágico, Collins llevaba sobre sus hombros la desgracia de tener una sensibilidad musical profunda combinada con una ausencia absoluta de talento creador. Durante toda su existencia, con la excepción de un violento intervalo en Francia, el último año de la guerra, que culminó con su casamiento con Marguerite, se había ganado la vida afinando pianos. Era muy bueno en su oficio, y la firma que lo empleaba tenía de él un alto concepto. Pero en eso mismo radicaba la tragedia. Pues el afinador de pianos perfecto no debe tocar el piano jamás. Si lo hace, su valor como afinador se reduce a la mitad. Su oído pierde ese matiz ansioso de precisión que lo hace el afinador perfecto. De modo que Collins, sediento de música, inexplicablemente emocionado por la música, se pasaba la vida en una fábrica de pianos afinando uno y otro de estos instrumentos, sin solución de continuidad. No sin razón Marguerite Collins encontraba a la vida monótona y aburrida.
Collins aceptó el advenimiento de los Marble en la vida de su mujer con la misma falta de interés que evidenciaba hacia todo lo demás. Conversó con Marble con cansada cortesía en las contadas ocasiones en que aquél acompañó a Annie. Pero era más que seguro que ni siquiera sabía sus nombres. Después de tantos años de vida marital, las andanzas de su mujer lo tenían sin cuidado. Marguerite, con su cabello rojo, sus ojos negros, su temperamento apasionado, y la astucia de sus antepasados campesinos como guía, estaba lejos de ser la mujer ideal para él. A la sazón, ambos lo sabían.
Marguerite jugó su nuevo papel con suma destreza —aunque a decir verdad no se precisaba mucha—, considerando que el mayor deseo de Marble era caer en sus redes, siempre y cuando nadie más lo supiera. Los ardientes ojos negros de la mujer le habían dirigido una o dos miradas que dejaban a Marble en completa libertad para encontrar en ellas toda clase de significados. También se produjeron coincidencias extrañas; ella acertaba a andar de compras justamente cuando Marble regresaba a su casa desde la parada del ómnibus que lo trajera de la estación. Entonces, al amparo de la cómoda oscuridad, ella caminaba a su lado, muy cerca, para hacerle sentir la tibieza de su cuerpo junto al suyo. Hacía ya mucho tiempo que decidiera rendírsele, pero no lo haría demasiado pronto. Quería dinero al igual que intriga, dinero que pudiera colocar en la cuenta abierta en el banco a su nombre, en la cual su esposo nada tenía que ver. La avaricia del campesino estaba en su sangre, la avaricia que exige dinero, y dinero en cantidad, bastante como para permitirle abandonar a su pusilánime esposo y vivir su propia vida en Ruán o aun en París.
Pero al no poseer todos los datos, poco faltó para que cometiera un error en sus cálculos. Un día, en vez de los agradables y ligeros almuerzos en la ciudad —cuando se suponía que ella se dedicaba a comprar materiales— se sugirió una cena. Marguerite llevaba todos los detalles grabados en su imaginación. Habría un saloncito privado, y un mozo discreto, y abundante vino de primera calidad; borgoña, pensaba, sería el más apropiado. Luego, cuando Marble estuviera lo suficientemente enardecido, vendría la historia de pérdidas financieras inesperadas y de deudas apremiantes. Marble podría no creerlo; eso la tenía sin cuidado. Pero de todos modos ofrecería un préstamo, y una vez que pusiera el dinero a buen recaudo en su cartera, se mostraría toda gratitud hacia él. Sería sumisa, complaciente, cariñosa. Luego se olvidaría del préstamo. Pero, a pesar de todo, la farsa sería necesaria. De lo contrario, a Marble podrían ocurrírsele ideas raras, como, por ejemplo, que solamente sus encantos personales habían vencido la resistencia de la mujer. Y Marguerite prefería que las cosas se apoyaran en una sólida base financiera.
Al principio todo salió de acuerdo con lo planeado. Marguerite llegó con sólo diez minutos de retraso, justo lo necesario para hacer nacer cierta ansiedad en Marble, pero no tanto como para disgustarlo. Y al verla, toda ansiedad se desvaneció. Vestía un espléndido traje de noche, de escote bajo y deslumbrante, y el espectáculo cortó la respiración a Marble. Por su parte, él vestía traje de calle, por cuanto algo tan extraordinario como salir con ropa de etiqueta, habría exigido dar alguna explicación a su esposa.
No tropezaron con ninguna dificultad para conseguir un saloncito privado; el mozo se mostró discreto, el vino era bueno, la comida era excelente. Marguerite notó con placer que Marble apenas comía. Parecía devorado por una fiebre extraña.
En realidad, Marble no prestaba la menor atención a la mujer sentada frente a él. El café y el coñac esperaban sobre la mesa que se sintiera dispuesto a saborearlos. El mozo se había ido, la cuenta pagada. Marguerite estaba a punto de comenzar a desempeñar su bien ensayado papel, cuando advirtió la expresión de su rostro. Marble tenía la vista fija, clavada con feroz intensidad en algo situado detrás de ella. En esa dirección estaba la puerta que conducía al vulgar dormitorio, pero resultaba obvio que no pensaba en ella. La expresión de sus ojos era de agonía.
Marble había comenzado a sentirse intranquilo no bien la llegada de Madame Collins dejó a sus pensamientos en libertad de deambular por donde quisieran. Pronto nació en su interior la terrible sospecha de que mientras él se entretenía allí, alguien rondaba por el cantero de su jardín. Si eso era verdad, no sería otra cosa que justicia poética; esa clase de justicia poética que tanto da que hablar a los periódicos. Podía imaginar sus comentarios moralistas en los suculentos artículos que aparecerían en los periódicos del día siguiente. Casos de ese tipo, en que el cadáver permanece oculto mucho tiempo, eran casi tan populares en la prensa como los de cuerpos quemados o descuartizados. Y entonces lo llevarían preso. Luego sus pensamientos saltaron de pronto a fragmentos semiolvidados de un ejemplar perdido de La balada de la cárcel de Reading que pasara por sus manos. En ella se hacía mención al banquillo de los acusados. Su mente permaneció concentrada en esa idea un momento, para luego rememorar todos los horribles versos sobre “el hombre silencioso que lo vigila noche y día” y la visión fugaz de su propio ataúd camino a la horca. Acudió a su memoria el pasaje que habla sobre la sensación del paño sobre el rostro y el lazo en torno al cuello. La respiración de Marble escapaba con ruido estertóreo de sus labios resecos y entreabiertos. En su imaginación, ya tenía el paño sobre el rostro. Podía sentirlo sofocándolo, cegándolo, mientras los verdugos se movían a su alrededor, preparándolo todo. Marguerite se revolvió en su asiento.
La voz de Madame Collins llegó hasta él, aparentemente a través de una distancia inmensa, preguntándole si se sentía mal. Aun entonces, se rehízo sólo a medias y contestó con risas a sus preguntas ansiosas. Annie Marble había oído esa risa una vez en su vida. Era un sonido lúgubre, repugnante. Marguerite se encogió de terror, persignándose. La silla de Marble arañó horriblemente el piso cuando él la separó de la mesa al ponerse de pie.
—A casa —dijo, apoyándose primero en la mesa, luego en el hombro de la mujer, en busca de apoyo—, a casa, rápido.
Bajaron juntos la escalera, él arrastrando los pies, pero esforzándose no obstante por apresurarse, ella con horror y miedo en los ojos. Regresaron tan rápidamente como un automóvil de alquiler los pudo llevar. Los temores de Marble carecían, lógicamente, de fundamento. Nadie había estado en su fondo. Pero no podía explicar a Marguerite Collins el susto estúpido que él mismo se había dado. Y por otra parte, tampoco podía convencerse de que su miedo era injustificado. La obsesión crecía. Marble se sentía cada vez menos dispuesto a pasar sus ratos de ocio en un lugar desde el cual no pudiera vigilar su jardín. Y sin embargo codiciaba a Marguerite Collins, la del cabello suave, como codiciara muy pocas cosas en su vida. Tal era el motivo de la excitación tan agradable que lo invadía al ver a su familia alejarse desde Victoria Station rumbo al Grand Pavilion.
También Marguerite se sintió complacida. Era una mujer de mucho sentido común, y no había tardado en recobrarse del susto pasado aquella noche.
Para Marble comenzó entonces el mes más feliz que conociera desde la visita de James Medland. No tenía a su alrededor nadie que lo importunara. Se preparaba su propio desayuno, y para las demás comidas iba a un restaurante, excepto cuando compraba alimentos ya preparados y los consumía en su casa. Al principio, las tardes fueron muy largas y placenteras. Podía sentarse a meditar en la salita, con un libro de crímenes sobre las rodillas, bebiendo tanto como quería, sin que los ojos preocupados de su mujer lo persiguieran, y si bien en ocasiones sus pensamientos se encauzaban hacia el descubrimiento de su crimen y el fracaso, ahora podía darles otro giro, gracias al nuevo interés que había aparecido en su vida. Porque a veces, al caer la oscuridad, se oía un ligero golpe en la puerta, y él acudía y franqueaba la entrada a Marguerite Collins. Ella llegaba con su madurez soberbia, esplendente, y entonces Marble olvidaba momentáneamente sus preocupaciones. Él no compartía la predilección de Madame Collins por los buenos vinos, pero siempre procuraba tener alguno para ella. Por su parte se conformaba con whisky, y el tiempo volaba. Al final de la velada, un pequeño fajo de billetes pasaba de una a otra mano —dadas las circunstancias, Marble recurría a cheques lo menos posible— y Marguerite partía tan silenciosamente como había llegado.
Eran noches extrañas, mitad ensueño, mitad pesadilla. Por un singular capricho mental, Marble descubrió que le resultaba sumamente reconfortante compartir su casa y la vista de su jardín con Marguerite. Podía perderse en el nido de sus brazos blancos y tibios en forma mucho más total que antes. Los ojos oscuros de la mujer parecían de terciopelo cuando los iluminaba la llama de la pasión, y sus pequeños suspiros de amor, sólo a medias fingidos, lo transportaban por todos los nebulosos laberintos del animalismo. Por lo menos Marguerite le permitía extraer valor de su dinero.
Hasta el despertar del día siguiente, con la mente embotada y la boca pastosa, no era tan deprimente como se podría haber supuesto. Por lo menos tenía por compañera a la grata soledad, y a Marble la soledad le era sumamente grata, a no ser que Marguerite lo acompañara. La mirada ansiosa de su mujer no estaba allí para incomodarlo; podía deambular a su antojo por la casa y convencerse por milésima vez de que nadie rondaba por el jardín; podía vestirse lentamente y dejar la casa sin todo el ajetreo que implican las despedidas. Como es lógico, por regla general llegaba con media hora de retraso, mas eso no importaba. Sabía que su despido de la oficina era inminente e inevitable, pero la idea no le preocupaba. Día tras día advertía en la mirada del socio más joven de la firma, aquel que con tanta humildad le ofreciera quinientas libras anuales, un disgusto cada vez más marcado al ver su aspecto desaliñado y su falta de puntualidad. Como es lógico, no había hecho nada por ganar el sueldo que percibía. No ayudó a la firma a dar ningún gran coup como el que un día asestara en su propio beneficio. Eso —él lo había sabido todo el tiempo— era sumamente improbable ahora que faltaba el acicate de la necesidad urgente. Pero la nueva firma podía despedirlo cuando se le antojara. El tenía una renta propia de mil doscientas libras anuales, y no quería verse atado a una obligación. De modo que allá iba, rumbo a la oficina, con los ojos enrojecidos y sin afeitar, las manos temblorosas. Su escaso pelo rojo se estaba tornando gris a ojos vistas.
El resto de la familia Marble trataba de disfrutar todo lo posible de las vacaciones. Algunos de sus miembros obtuvieron diverso grado de éxito en el logro de esa finalidad. El trío había constituido motivo obligado de diversión para quienes holgazaneaban en la galería a la sombra de palmeras. La señora Marble iba tan mal vestida, a pesar de los esfuerzos errados de Winnie, y además resultaba obvio que los porteros y mozos la asustaban; la misma Winnie despertó cierto interés en algunos corazones. Era joven, cualquiera podía verlo, pero nadie adivinaba cuánto. Sus ropas sencillamente obligaban a un comentario, lo mismo que sus actos. Llevaba el rostro excesivamente empolvado, y estaba adquiriendo el hábito de mirar de soslayo a los hombres a cuyo lado pasaba. Esa mezcla de juventud e inocencia y aparente desenfado, despertaba extraños anhelos en el pecho de algunos de los hombres de edad que la veían.
Los más astutos se aproximaron primero a la madre. El vestíbulo del hotel presenció conversaciones fortuitas surgidas de la nada, y la señora Marble quedó agradablemente sorprendida al ver que hombres de sienes blancas y modales distinguidos la trataban con tanto respeto como si fuera una duquesa. Eso la hacía sonrojarse y la turbaba, pero era maravilloso alternar con esos caballeros. Uno o dos de ellos hasta le proporcionaron el placer de comer en su mesa con ella y su hija, y no faltó quien las acompañara en pequeñas excursiones a lugares de la vecindad. Winnie disfrutaba en grande.
También algunos hombres jóvenes trataron de trabar relación con el extraño grupo. El interés de uno de ellos se esfumó al descubrir que la señora Marble no poseía joyas, ni en realidad le interesaban, pero los otros no cejaron. Bailaban con Winnie por las tardes, o la llevaban al teatro de la localidad “para pasar el rato”. El descubrimiento de que la señora Marble daba por sentado que ella debía acompañarlos les causó no poco disgusto; pero por su mente no cruzaba otro pensamiento que ése. No podía imaginar una situación en que alguien prefiriera estar a solas con su hija sin que también ella estuviera presente. Pero pronto los hombres, jóvenes y viejos por igual, descubrieron un modo seguro de disfrutar de la compañía de Winnie sin testigos molestos: consistía el mismo en acompañar a la señora Marble al muelle a escuchar la banda e instalarla cómodamente en una silla tijera, y luego llevar a Winnie a dar un paseo. La señora Marble se sentía sumamente complacida al comprobar cuán atentos eran los hombres con ella, y cómo se preocupaban de que estuviera cómoda y tuviese todo lo que apetecía. No dejaba de ser un cambio agradable después de diecisiete años de vida conyugal con William Marble. Y resultaba asombroso ver con cuánta frecuencia respondía Winnie a la pregunta de su madre. “¿Qué quieres hacer esta mañana?” (o esta tarde), con la respuesta lista. “Oh, vamos al muelle a escuchar la banda, mamá.”
Pero en medio de todas esas diversiones, John distaba mucho de divertirse. En todo el Grand Pavilion Hotel no había un solo lugar donde poder sentarse y leer con comodidad, y la playa y el paseo estaban demasiado atestados de gente como para permitírselo. Por supuesto que podía recurrir a la Giant Twin, pero no siempre se sentía con ganas de salir en ella. El placer de andar en una bicicleta con motor, aunque fuera el mejor ejemplar de la mejor marca del mundo, empieza a palidecer luego de tres semanas de complacencia forzosa, y llegó un momento en que John se sintió soberanamente aburrido. Estaba harto de la comida del hotel, de los amigos del hotel, y de los salones del hotel. La música que servía de telón de fondo a sus comidas había dejado de ofrecer atracción para él. Los hombres que buscaban la compañía de Winnie comenzaron a mirarlo con franca antipatía, y ni siquiera se tomaban el trabajo de ocultar sus sentimientos. Por otra parte, Winnie compartía su opinión y tampoco trataba de disimularla. Si por lo menos tuviese alguien con quien discutir sobre bicicletas con motor; pero jamás encontraba a alguien que hubiera tenido una cosa semejante.
John estaba aburrido, total e irremediablemente aburrido. Al cabo de quince días dejó entrever algo de su estado de ánimo a su madre, pero las indirectas no resultaban muy eficaces que digamos en el caso de la señora Marble. Tres días más tarde volvió a probar suerte, también esta vez en vano. Cuando hubo resistido tres semanas enteras, decidió ir directamente al grano y anunció su deseo de regresar al hogar.
—¿Pero por qué, mi querido? —preguntó la señora Marble.
John trató de explicárselo lo mejor que pudo, pero desde el principio supo que todo sería inútil. Su intuición resultó correcta, pues la señora Marble, al no haber estado aburrida jamás, no comulgaba con el aburrimiento.
—No creo que a papá le guste que regreses
—dijo—. Estas vacaciones le han costado mucho dinero, y tú deberías valorarlo.
—Pero es que no tengo nada que hacer —arguyó John.
—Pero ¿cómo?, hay muchísimas cosas que hacer, querido. Puedes escuchar la banda, o salir en tu bicicleta, o... o... bueno, hay miles de cosas que hacer. A un niño activo como tú no le debería resultar difícil encontrar algo que hacer.
—Un niño activo como yo no puede estar sentado escuchando la banda durante todo el día y toda la noche —dijo John—; suponiendo que fuera un niño, y aun cuando me gustara muchísimo escuchar la banda, cosa que no ocurre. Vaya, si ni siquiera puedo encontrar un libro interesante para leer, y cuando lo encuentro no hay ningún lugar donde poder leerlo en paz.
—No discutas con él, mamá —intervino Winnie—. Está tratando de encontrarle defecto a todo.
“Encontrar defectos” era a los ojos de la señora Marble una especie de vicio al cual el sexo masculino se sentía muy predispuesto en momentos inconvenientes. En algunas ocasiones en que el humor de Marble no era el que debería, ella sufría por eso mismo. Winnie aprovechó la ventaja que esa diestra embestida táctica le confirió.
—No veo por qué razón no puede regresar a casa —dijo—. Le haría compañía a papá, y además solamente es por una semana, hasta que nosotros regresemos.
Sus argumentos no eran especialmente felices, ya que hicieron que la señora Marble recordara con un ligero estremecimiento aquella vez en que tuviera que interponerse entre su hijo y su marido. Por otra parte la idea de la presencia de dos hombres solos en la casa que tanto trabajo le costara arreglar, la haría sentirse positivamente desdichada, es decir, cuando se acordara de estarlo. Pero Winnie tenía motivos personales para querer desembarazarse de John, motivos no del todo desconectados con caminatas por el muelle y visitas a los teatros y cinematógrafos locales.
—En tu lugar, yo dejaría que se marchase —dijo Winnie—. Entonces podrá buscar varios de esos dichosos libros que tanto quiere leer. Pronto se hartará de estar en casa, y entonces volverá. Solamente sería por uno o dos días. No aguantará tener que hacerse él mismo el desayuno. Y cuando vuelva, te podrá contar cómo se las arregla papá.
Era una jugada astuta. La señora Marble, en los intervalos en que no se sentía intimidada por mozos y camareras y cesaba de disfrutar del lujo que éstos representaban, sentía ciertos remordimientos al pensar en la soledad de su esposo. Poco o nada sabía de él; apenas uno o dos garabatos atrasados no le habían dicho nada. Más habrían significado demasiado trabajo para Marble. En consecuencia, la sugerencia de Winnie llegó en el momento oportuno.
—Bueno; hazlo, entonces, querido —dijo la señora Marble—. Vete a casa solamente por esta noche y trae todos los libros y las cosas que desees. Por supuesto, puedes quedarte más tiempo si papá no se opone y tú lo quieres. Pero no debes hacer nada que lo enoje.
Sus palabras difícilmente podían interpretarse como el congé libre de trabas que a Winnie le hubiera gustado concederle, pero ya era algo.
Cuando John anunció su intención de partir en el acto, la señora Marble puso el grito en el cielo. Cambiar de domicilio con diez minutos de preaviso era para ella algo inconcebible. Finalmente logró persuadir a su hijo de que postergara la partida hasta el día siguiente, sábado.
Aun entonces no pudo menos que impartirle centenares de instrucciones de último momento.
—¿Sabes dónde hay sábanas limpias, verdad, querido? —dijo—. En el cajón de abajo de la cómoda grande. No te olvides de airearlas antes de tender tu cama. Ah, ¿y podrás traerme mi piel blanca cuando vuelvas? Está haciendo un poco de frío de noche. ¿Estás seguro de que sabes bien el camino? Es un trecho bastante largo para que lo recorras solo.
John a menudo había cubierto una distancia tres veces mayor en un solo día, pero se cuidó mucho de decir nada al respecto. Le pareció más conveniente dejar que su madre dijera todo lo que tuviera que decir, y luego irse, sin más trámites. Ella prosiguió, sin prestarle atención:
—¡Estaré tan preocupada por saber si llegaste bien! Acuérdate de escribir no bien llegues, y no te olvides de decirme cómo está tu padre. Y..., y..., por favor, recuerda lo que te dije acerca de no hacerlo enojar.
Esto último hizo que John se agitara intranquilo en su silla. Por fin, la señora Marble terminó con:
—Bueno, adiós, querido. Que te diviertas.
¿Tienes bastante dinero? Entonces, adiós. Recuerda todo lo que te he dicho. Ahora nos vamos al muelle con el señor Home. Adiós, querido.
Y Winnie y la señora Marble y el señor Horne partieron.
Ese día fue sumamente divertido para John. No era prisionero del hotel ni estaba en su hogar con su padre. Era la etapa de transición. Pasó su tiempo deliciosa, maravillosamente. Primero se dio un baño solitario en el extremo más alejado del pueblo, su último baño antes de emprender el regreso. Eso le llevó tiempo, pues lo aprovechó al máximo. Luego volvió al Grand Pavilion Hotel, sacó la Giant Twin del garage donde permanecía impaciente e incómoda junto a todas esas limousines y demás automóviles domesticados. El arranque obedeció en el acto, y el motor lanzó su dulce rugido. John montó en la máquina, soltó el embrague, y la Giant Twin saltó impaciente hacia adelante. Juntos treparon la pronunciada pendiente de la calle lateral sin el menor esfuerzo, se abrieron paso por las estrechas callejuelas de los barrios bajos de las afueras del pueblo, y en quince minutos se encontraban en pleno campo. Pero John estaba decidido a no desperdiciar ni un minuto de la felicidad de su día. Redujo el ardor de la Giant Twin a apenas veinticinco kilómetros por hora, velocidad de Rocinante, digna de su temperamento quijotesco, como pensó para sus adentros. Se sentía de excelente humor mientras recorría la ancha carretera. El viento lo fustigaba suavemente, y John llenó sus pulmones de aire, suspirando de placer. Cuando salió eran las doce; a la una apenas había cubierto cincuenta kilómetros, ni siquiera la mitad de camino. John almorzó solo en un hotel grande, pero de aspecto acogedor que encontró al borde del camino. Decididamente, era todo un cambio después de los almuerzos del Grand Pavilion Hotel, con una orquesta que lanzaba sus sones estridentes a menos de tres metros de distancia, y mamá hablando de trivialidades —pobre querida, ella no podía remediarlo, pero después de una o dos semanas resultaba cansador— y Winnie que echaba miradas discretas a los hombres de las otras mesas, o, lo que era peor aún, charlaba con algún badulaque de cabellos engrasados invitado después de convencer a su madre. De un modo u otro lo cierto era que todos tenían el cabello engrasado, y ni uno solo sabía hablar de compañero a compañero, ni siquiera los jóvenes. ¡Y en cuanto a los viejos! ¡Uno de esos idiotas decrépitos había llegado a preguntarle si tenía ratones blancos! John extendió las piernas debajo de la mesa, poniéndose cómodo, y encendió un cigarrillo. Gracias a Dios, eso ya había pasado. No podría haber soportado ese lugar un solo día más. Confiaba en que su padre no opusiera inconvenientes a su llegada. Papá estaba extraño de un tiempo a esta parte. Pero en apariencia, todo lo que quería era que lo dejaran tranquilo, y ése era también su propio deseo. De modo que lo más lógico era que se llevaran bien. En caso contrario... bueno, de cualquier forma no sería tan malo como en el hotel, con su madre moviéndose en torno de él y Winnie molestando todo el tiempo. Había algo de rústico y de huraño en la personalidad de John.
Pero su optimismo había renacido cuando salió del hotel y reanudó la marcha en la Giant Twin, dispuesto a recorrer el último tramo que lo separaba de su hogar. También ahora avanzó despacio, en parte por propia voluntad, en parte debido al creciente volumen del tránsito de sábado por la tarde que encontró. Dobló en Croydon, y la Giant Twin lo llevó cuesta arriba del Crystal Palace sin el menor esfuerzo. Diez minutos más tarde la bicicleta bajaba silenciosamente, sin motor, la pendiente de Malcolm Road, deteniéndose frente al número 53. John desmontó tomándose su tiempo para ello. Había sido un día glorioso, aunque todavía no era de noche. Nada había mejor que las horas crepusculares de una tarde de agosto, como broche de un día radiante. La callejuela de aspecto más bien deprimente, aparecía celestial a los ojos del exilado después de tres semanas en el Grand Pavilion Hotel. El cielo ostentaba un ligero tinte rojizo, allá donde el sol comenzaba a hundirse. El rostro de John se iluminó a medias con una sonrisa al mirar a su alrededor, al tiempo que hurgaba en su bolsillo en busca del llavero. Cuando introdujo la llave en la cerradura hasta sonrió abiertamente. Y luego penetró en la casa.
Últimamente Marble se había acostumbrado a esperar alborozado la llegada de sus tardes de sábado. Tras una mañana ociosa en la oficina, y un almuerzo también ocioso en el centro, podía regresar sin prisa a su hogar, una vez calmado el movimiento del tránsito propio del mediodía. Y en su casa —pues en este caso valía la pena desafiar la vigilancia de los vecinos, especialmente considerando que como ella llegaba antes que él, bien podían creer que iba en cumplimiento de algún encargo o para ver si la casa necesitaba algo— estaría esperándolo Madame Collins, Marguerite, Rita, como la llamaba ahora. Y entonces tendrían toda la tarde para ellos. Ella no partiría antes de que oscureciera. Sería un día maravilloso. “Comed, bebed, y sed felices, pues mañana moriréis.” Marble comía, bebía, sin asomo de duda, y era feliz si tal término puede aplicarse a la pesadilla de abandono salvaje en que se sumía. Y el abandono sólo era posible porque estaba en Malcolm Road 53, y podía así tener la plena seguridad de que por el momento no moriría en forma repentina.
John penetró en el comedor. No había nadie. Pero la vista de la habitación hizo nacer el primer estremecimiento en su corazón. El dorado chillón de los muebles flameaba a la pálida luz del sol; en la habitación reinaba un desorden indescriptible: fuentes sucias y botellas vacías yacían por doquier, y el piso estaba cubierto de ceniza y colillas de cigarrillo. Y, para colmo, una sutil y nauseabunda mezcla de olores impregnaba el ambiente. Por sobre el tabaco rancio y el enrarecimiento de la atmósfera resultante de no abrir nunca las ventanas, se percibía el olor do bebidas derramadas y dominando el conjunto había otro olor —tenue, pero penetrante—, un hedor nauseabundo de jacintos marchitos. John frunció la nariz asqueado cuando la mezcla espantosa hirió su olfato. Podía explicarse la bebida, y el tabaco, y la atmósfera viciada, y el barro; en realidad, había esperado encontrarlos aunque en menor escala. Pero ese otro olor, irritante para su olfato de muchacho incontaminado, era distinto. Le repugnaba más aún que todos los demás.
Se apresuró a dejar la habitación. Ya había llegado a la conclusión de que su padre no estaba en la casa. Colocó un pie en el primer peldaño de la escalera, dispuesto a subir a su cuarto y abrir las ventanas de par en par, permitiendo que el aire límpido de la noche circulara por lo menos allí, cuando lo asaltó una idea repentina. Lo más probable era que su padre estuviese en la salita trasera; ya hacía mucho que tenía el hábito de permanecer en ella horas y horas. Si estaba allí, y bebiendo, posibilidad que John tuvo que reconocer de mala gana como más que certera, lo mejor que podía hacer era presentarse en el acto e informarle de su llegada cuanto antes. Su padre se pondría furioso al enterarse de que estaba en la casa sin que él lo supiera. John dirigió sus pasos a la salita, hizo girar el picaporte de la puerta, y entró.
Pero no llegó más allá del umbral. Allí se detuvo, por espacio de dos segundos enfermizos, infernales, mientras el olor de jacintos se abalanzaba sobre él, pero con mayor volumen, su procedencia ahora explicada. El espectáculo que se ofrecía ante sus ojos lo dejó clavado en su lugar, espantado. Era bestial, nauseabundo, abominable. Se volvió, tambaleante, tratando de encontrar el picaporte de la puerta en medio de la ceguera febril que lo envolvía, y salió corriendo. Sumándose al tumulto de horribles recuerdos vino la visión, justo cuando emergía al aire libre, de su padre corriendo tras él, murmurando algunas palabras salvajes que no pudo entender, pero cuyo propósito evidente era que no so fuera, que se quedara y le permitiera explicarle. Pero John huyó.
No podía hacer otra cosa. Todas y cada una de las células de su cuerpo clamaban por aire, aire, aire. Aire para lavar esa hediondez de jacintos; aire para inundar su cerebro y borrar esa imagen de bestial, ebria desnudez: ¡aire!, ¡aire!, ¡aire!
Al borde de la acera estaba su único amigo verdadero, la Giant Twin, que jamás lo traicionaría. Se apoyó un segundo sobre el asiento amigo, mientras su mente convulsa trataba de recobrarse lográndolo sólo en el grado más ínfimo. ¡Aire!, ¡aire!, ¡aire! Se arrojó sobre el asiento, sus manos se dirigieron automáticamente al contacto y al acelerador. El motor todavía estaba caliente, y emitió su familiar rugido cuando él pateó el arranque. Al segundo siguiente se había ido, lanzando salvajemente la máquina por el camino, con el motor rugiendo jubiloso mientras él abría más y más el acelerador.
El crepúsculo teñía el cielo, sanguinolento y moreno, a medida que el sol se desvanecía detrás de las casas, pero todavía hacía mucho calor. El aire que cortaba las mejillas de John bien podría haber provenido de un horno. Rasgaba sus mejillas, le tiraba de los cabellos, llenaba sus pulmones hasta que parecían a punto de estallar, pero sin embargo no lo aliviaba. El acelerador fue abriéndose cada vez más, y ahora la Giant Twin aullaba por los caminos como si fueran una pista. John no sabía dónde se dirigía, ni le importaba. Aire era todo lo que quería; aire, más aire. Iba sentado bien atrás en el asiento, mientras el huracán por él engendrado lo aferraba con una miríada de dedos. Ello no obstante, seguía temblando ante el recuerdo del hedor de jacintos. Ahora el acelerador estaba abierto al máximo, y doblaban las esquinas en ángulo muy cerrado en medio de una lluvia de cascotes. ¡Aire, más aire! La mano de John empuñó una palanca prohibida, y la máquina dio un salto hacia adelante, todavía más rápida, mientras los gases tronaban al pasar por la válvula de escape.
No podía durar. Ni siquiera la Giant Twin, siempre leal, podía resistir sobre las calles resbaladizas a esa velocidad. Una última esquina, y los neumáticos perdieron su asidero sobre el bache apenas perceptible. La Giant Twin se lanzó en locas cabriolas a través del camino, sobre la acera. Una fría pared de ladrillos los aguardaba, en un estrépito desgarrador de ruina y de silencio.