CAPÍTULO PRIMERO

La rata acorralada

—QUÉDENSE quietos, hijos —dijo la señora Marble—. ¿No ven que papá está ocupado?

Así era, en efecto. El padre dejó descansar la dolorida frente en su mano y tironeó de su bigote rojizo en un triste esfuerzo por concentrarse. Era difícil no apartar el pensamiento de esas malditas cifras, y lo sería aun cuando Winnie no tratara de molestar a John con una regla en los momentos en que no se afanaba y rezongaba frente a su deber de geometría. Marble martirizaba su bigote a la vez que contemplaba la columna de cifras en el trozo de papel que tenía ante sí. Parecían bailar envueltas en una niebla tenue delante de sus ojos. Hacía ya varias semanas que trataba de cobrar ánimo para este esfuerzo, y en el mismo instante en que comenzó, deseó abandonar. Estaba seguro de que con mirar las cifras no lograría nada. Ya no había nada que hacer.

La columna de cifras ostentaba el encabezamiento escueto de “Deudas”. El alquiler estaba atrasado en tres semanas, y ésa era la cantidad menor asentada. Debía más de cuatro libras al carnicero, lo mismo que al panadero, y la cuenta del lechero llegaba a más de cinco. ¿Cómo diablos podía haber hecho Annie para que la cuenta del lechero subiera a cinco libras? A Evans, el almacenero, le adeudaba más de seis libras. Marble sentía que odiaba a Evans, lo había odiado desde la época en que, unos doce años atrás, él y su joven esposa llegaron a Malcolm Road recién casados, y Evans, con su equipo completo de delantal, canasto y bigotes, vino a pedirles se contaran entre su clientela. Annie acababa de decirle que Evans la había amenazado con entablarle juicio si no le pagaban. Y era indudable que si esto ocurría lo despedirían del banco. Ante los cansados ojos de Marble la silueta de Evans pareció extenderse de pronto sobre el papel que contemplaba, enseñando los dientes y con un brillo malévolo en la mirada como el demonio que en realidad era. Marble mordió con rabia el extremo del lápiz en un repentino acceso de odio.

Además la columna incluía otros ítems. En la hoja de papel aparecían los nombres de algunos empleados del banco, y junto a ellos se veían las cantidades que Marble les adeudaba. Algunos de estos hombres tenían entradas aun menores que las suyas, y a pesar de todo lograban mantenerse libres de deudas, y algunas veces hasta podían prestar dinero a pobres diablos como él. Pero por supuesto no eran casados, o si lo eran no tenían mujeres derrochonas como Annie. Y sin embargo, Annie no era en realidad derrochona. Solamente descuidada. Algo así como él mismo, pensó Marble en un rapto de hastiada autocrítica, inclinándose nuevamente sobre las cifras. ¡Sus deudas sumaban treinta libras, ni más ni menos! En la columna del haber no había escrito nada. Conocía demasiado bien el total de sus entradas como para tomarse ese trabajo. Tenía aguda conciencia de ello. El balance de su cuenta en el banco había quedado reducido a cinco chelines y conservaba dos florines en el bolsillo. Ninguna posibilidad de excederse en el crédito: también eso significaría el despido.

La culpa era suya, supuso débilmente. Desde el verano anterior veía venir esta situación y a la sazón había llegado al resultado de que suprimiendo las vacaciones y todo gasto extra para Navidad, podrían salir del paso. Pero tuvieron vacaciones y en Navidad gastaron más de la cuenta. No, eso había sido culpa de Annie. Ella adujo que a la gente le llamaría la atención el hecho de que no fueran a Worthing después de haber dicho que irían. Y lo repitió tantas veces que finalmente fueron. Como es lógico, ella había sido la verdadera causa de todas esas cifras colocadas junto a los nombres de los empleados del banco en la pequeña lista del señor Marble. Un hombre tiene que tomar una copa de vez en cuando al salir de la oficina a las once y media. Y por supuesto también debe convidar a sus amigos, si están con él. Fácilmente habría podido pagarlas si Annie no hubiese gastado todo su dinero. Y también tenía que fumar, y regalarse cada tanto con un buen almuerzo. Resueltamente, Marble se negó a pensar en la cantidad de dinero que invirtiera en su hobby, la fotografía. Sabía que era excesiva, y en algún rincón de su conciencia se agitaba la desagradable sensación de que faltaba otra cuenta, no consignada en la lista: la del químico de la esquina a quien le comprara elementos para ese propósito. Los estantes del cuarto de baño de arriba estaban repletos de materiales, y Marble no quería pensar en esto, pues ni siquiera había empleado la mitad, entreteniéndose más en los últimos tiempos en contemplar su hobby y alimentarlo con cosas nuevas que en hacer realmente algo.

Todo resultaba sumamente fastidioso y exasperante. ¡Cómo le dolía la cabeza, y qué cansado se sentía! Su mente estaba embotada. El horrible sentimiento de desesperación quedaba atenuado por una total laxitud de alma. Vagamente, comprendía que su tantas veces repetida amenaza de enviar a los niños a la cama sin comer, pronto tendría que cumplirse aun a pesar suyo. Lo despedirían del banco y jamás conseguiría otro empleo. Eso, fuera de toda duda. Pensaba que a la larga todo terminaría como esos casos que se leen en el periódico: sus hijos con las venas abiertas, y él y su mujer envenenados con gas. Pero actualmente eso apenas le importaba. Todo lo que quería era descansar. Cuando esas benditas criaturas se hubieran acostado, arrimaría su sillón al fuego, apoyaría sus pies en el cajón del carbón y leería el diario, disfrutando de esa placidez durante un rato. En el botellón guardado en el aparador todavía conservaba algo de whisky. No mucho, por supuesto; quizá lo suficiente para tres vueltas, o tal vez cuatro. Marble deseó que fuesen cuatro. Con un whisky, un periódico y el fuego, olvidaría momentáneamente sus preocupaciones, ya que esa noche nada podía hacer por remediarlas. Marble casi no se daba cuenta de que estaba diciéndose lo mismo noche tras noche, desde hacía ya varios meses. La perspectiva se le antojaba inefablemente seductora. Ansiaba echar mano del botellón. Y afuera el viento aullaba, la lluvia castigaba las ventanas. Eso lo haría sentirse aún más cómodo cuando se encontrara junto al fuego.

Pero antes era preciso desembarazarse de los niños. Por alguna razón misteriosa, a Marble no le gustaba beber whisky en presencia de sus hijos. Su mujer no importaba gran cosa, si bien habría preferido verse libre también de ella. Un vistazo al reloj enfrió algo su entusiasmo. Sólo eran las siete y media, y los niños no se acostarían hasta dentro de otra media hora, por lo menos. De súbito, se sintió irritado. Atisbo subrepticiamente por debajo de sus cejas para ver si lograba sorprenderlos en alguna travesura y podía así mandarlos a la cama sin más trámites. El whisky le sabría mejor si lo precedía de un triunfo paterno y una demostración autocrática de autoridad.

—John, deja de hacer ese ruido —ordenó, con rudeza extraña e insegura.

Algo asombrado, John levantó la vista desde su silla junto al fuego. Cinco segundos antes había estado absorto en la lectura de Cómo Inglaterra salvó a Europa, conduciendo a la Brigada de Fusileros sobre pilas de cadáveres por las ensangrentadas colinas de Albuera. Clavó en su padre una mirada vacía.

—No me mires como tonto —rezongó Marble—. Obedece y no hagas ese ruido. —Las órdenes eran equivalentes, pero John no lo entendió así.

—¿Qué me dijiste? —preguntó en tono vago.

—Nada de impertinencias. Dije que dejaras de hacer ese ruido.

—¿Qué ruido, padre? —volvió a preguntar John, más para ganar tiempo y poner en orden sus pensamientos que por cualquier otra razón. Pero la pregunta fue fatal.

—-No trates de negarlo —dijo Marble.

—Vamos, Johnny, tú estabas haciendo un ruido, y lo sabes —intervino la señora Marble.

—Estabas dando pataditas en el suelo —saltó Winnie.

—Yo no lo negué —protestó John.

—Sí —dijo Marble.

—Sí —coreó Winnie.

—Cállate, Winnie —estalló Marble, volviéndose en contra de su favorita de costumbre en forma inusitada—. Tú no eres mejor que él, y lo sabes. ¿Has hecho tus deberes? Te mando a una buena escuela, y éste es el pago que recibo por ello.

—Pero —objetó Winnie, alzando bruscamente la cabeza— obtuve una beca.

—¿También tú te estás haciendo la impertinente? —inquirió Marble—. No sé qué les pasa a los dos. Cuando comienzan a mostrarse irrespetuosos con sus padres es señal de que ha llegado el momento de irse a la cama.

Las palabras fatales estaban dichas, y los hijos intercambiaron una mirada de desaliento. La señora Marble intervino en favor de ellos con uno de sus típicos y medrosos esfuerzos.

—Oh, no, todavía no —suplicó.

Esa era toda la oposición que Marble necesitaba para decidirse con firmeza aun mayor sobre el asunto.

—En seguida —sentenció—. John, a la cama, y deja ese libro aquí. Winnie, ordena tus cosas para mañana y acuéstate tú también. Y que esto les sirva de lección.

—Pero todavía no terminé mis deberes —se lamentó Winnie—, y no quiero pensar en lo que va a pasar mañana si no los tengo listos.

John no respondió. Se preguntaba de qué manera se arreglarían los fusileros para seguir sin él durante el resto de su avance. Hasta la señora Marble se decidió a formular una nueva protesta ante la drástica medida pero ambas partes ignoraron sus tímidas súplicas.

—Vamos, estoy esperando —dijo Marble.

Era inevitable. Malhumorada, Winnie comenzó a recoger sus libros. John se levantó y colocó Cómo Inglaterra salvó a Europa sobre la mesa. Pero cuando el plazo estaba por expirar sobrevino la diversión bajo la forma de un fuerte golpe en la puerta de calle. Durante un segundo todos se miraron entre sí asombrados, pues los visitantes eran especímenes raros en Malcolm Road, especialmente a la hora extraordinaria de las siete y media. Winnie fue la primera en recobrarse de la sorpresa.

—Iré yo —dijo, y salió al vestíbulo.

Los demás la oyeron descorrer el cerrojo, y luego el gas tembló súbitamente al conjuro de la ráfaga de aire que penetró por la puerta de calle abierta. Una voz masculina, desconocida y fuerte, se dejó oír preguntando por el señor Marble. Éste estaba a punto de acudir cuando Winnie reapareció.

—Alguien pregunta por ti, papá —dijo, y mientras hablaba el dueño de la voz extraña llegó tras ella.

Era un hombre joven, alto, que parecía una sinfonía en castaño, con su abrigo y bufanda castaños, su traje de tweed castaño, sus zapatos y medias castaños. También su rostro era castaño, si bien el fuerte viento que soplaba afuera le había dado una tonalidad rosada. Era joven, buen mozo, de aire desenvuelto, y las chispas de lluvia sobre su bufanda, el brillo de sus ojos oscuros y la ráfaga de aire frío que se coló con él en la habitación, se combinaron para hacer a su inesperada aparición tan dramática como John, que azorado permanecía de pie junto al fuego, podría haberlo deseado.

El desconocido se detuvo un momento en el vano de la puerta.

—Buenas noches —dijo, con cierta timidez.

—Buenas noches —contestó Marble, preguntándose quién diablos podría ser.

—Supongo que usted es mi tío William —dijo el recién llegado—. No esperaba que me reconociera.

—Temo que no.

—Mi madre era la señora Medland, Winnie Medland, su hermana, señor, según creo. Acabo de llegar de Melbourne.

—Oh, sí, por supuesto. ¿Eres el hijo de Winnie? Entra, pero no, primero quítate el abrigo. Annie, aviva el fuego. Winnie, desocupa esa silla.

Marble pasó al vestíbulo, acompañando al visitante. La señora Marble y los chicos lo oyeron preguntar, mientras lo ayudaba a despojarse del abrigo:

—¿Y cómo está tu madre?

La pregunta no tuvo respuesta inmediata. El abrigo y el sombrero habían quedado colgados en el perchero, y los dos hombres ya estaban por reaparecer en el comedor antes de que la respuesta, vacilante, casi susurrada, llegara hasta quienes desde allí escuchaban.

—Ha muerto. Murió hace seis meses.

Marble seguía murmurando las condolencias convencionales cuando penetraron en el comedor, pero no bien se le presentó la ocasión propicia trató de dar a la conversación un giro alegre. En honor a la verdad, no sentía ningún interés particular por su hermana Winnie, en quien probablemente no había pensado durante los trece años y medio transcurridos desde que bautizaran a su hija con su nombre. Además, comenzaba a fastidiarle este joven que venía a interferir en la placidez y comodidad de su velada. Pero Marble no era hombre de demostrarlo. La hostilidad, de cualquier clase que fuese —aun la hostilidad instintiva contra extraños—, era un sentimiento que se debía ocultar cuidadosamente. Tal era la lección aprendida en una vida dedicada a dar cumplimiento a las órdenes de los demás.

—Annie —dijo Marble—, éste es nuestro sobrino, Jim. ¿Recuerdas cuando, de pequeño, partió con Winnie y Torn rumbo a Australia? Yo creo que me acuerdo. Vestías un traje de marinero, ¿no es cierto, Jim? Winnie, éste es su nuevo primo, a quien no conocían. Siéntate, siéntate, hombre, y escuchemos tus noticias.

—Ocupe esa silla, señor... Jim, quiero decir —intervino la señora Marble, titubeando incómoda al tener que dirigirse a un desconocido, buen mozo y además bien vestido, por su nombre de pila—. Debe de estar muerto de frío.

El recién llegado demostraba casi tanta timidez como su anfitriona, pero se resignó a ser empujado suavemente hacia la mejor silla de la casa —la que Marble codiciara durante toda la tarde— mientras la señora Marble se estrujaba el cerebro en busca de algún tema de conversación y los hijos se acercaban tanto como podían sin salir del segundo plano que les correspondía.

Marble inició la conversación abruptamente.

—¿Cuándo llegaste? —preguntó.

—Esta misma mañana. Vine en el Malina, que arribó a Tilbury a las doce. En realidad, antes de venir aquí lo único que hice, una vez en Londres, fue buscar un hotel y comer algo.

—¿Pero cómo sabías que vivíamos aquí?

—Mamá me dijo su dirección antes de m... morir. —La vacilación podía perdonarse. Después de todo, el muchacho no tendría más de veinte años—. Habíamos hablado sobre este viaje muchas veces. En realidad, ella iba a venir conmigo. Nunca le gustó Australia, no sé por qué, y después de morir papá...

—¿También Torn murió? ¡Qué mala suerte!

—Sí. Falleció a principios del año pasado. En realidad, eso fue lo que hizo que mamá...

—Comprendo, comprendo —se apresuró a murmurar la señora Marble tratando de expresar pena. Le disgustaba sobremanera oír hablar de la muerte de alguien.

Su esposo aprovechó para encauzar la conversación hacia asuntos más interesantes.

—¿Y cómo marchaban los negocios de tu padre?

—Oh, bastante bien. Hizo mucho dinero durante la guerra. Él no lo quería, usted sabe, pero de todos modos vino, como él solía decir. Pero mamá vendió todo después de su muerte. Decía que ella sola no podía encargarse de esa enorme agencia naviera, y yo era demasiado joven, de modo que cuando le hicieron una buena oferta la aceptó.

—De manera que ahora eres un joven de fortuna, ¿eh?

—Supongo que sí. Acabo de terminar mis estudios en la Universidad de Melbourne. En primer lugar quiero ver un poco las cosas, eso era lo que mamá pensó siempre que yo haría.

—Muy acertado, por cierto —dijo Marble, con la deferencia instintiva hacia el rico e independiente, que ahora era rasgo inevitable de su temperamento.

Por espacio de algunos momentos la conversación decayó, y el muchacho, sin perder del todo su timidez, tuvo ocasión de mirar a su alrededor. Estos eran los únicos parientes que le quedaban en el mundo, y quería aprovecharlos al máximo, si bien, admitía íntimamente, la primera impresión no se le antojaba muy atractiva. La habitación era francamente horrorosa. El empapelado floreado de las paredes estaba cubierto con fotografías y grabados de la peor especie. En la repisa de la chimenea, imitación mármol, se veían en desorden algunos adornos de pésimo gusto. De los dos sillones, uno estaba tapizado de felpa, el otro de un chintz que ofrecía un triste contraste con el empapelado. Las otras sillas eran lisas, de madera torneada. Sobre una mesa, colocada junto a la ventana, había aspidistras polvorientas en grandes floreros de loza verde. En el sillón situado frente a él se sentaba su tío, que vestía un raído traje azul visiblemente manchado en varias partes. Era un hombre pequeño, de escaso cabello rojizo e hirsuto bigote de igual tonalidad. Sus apagados ojos grises tenían una expresión preocupada; aún más preocupada que la que advirtiera antes en los ojos del hombre cansado que se sentó frente a él en el ómnibus que lo llevara allí. Una cadena de reloj, de plata, cruzaba su ajado chaleco, y calzaba informes pantuflas de las cuales asomaban unas medias jaspeadas que, sin el sostén de las ligas, caían arrugadas alrededor de sus tobillos. Junto a él, sin quejarse, pero no por ello menos incómoda, en una de las sillas de madera, estaba su mujer, pálida y desprolija; lo que más llamaba la atención en ella eran sus anteojos de armazón de acero. A los hijos sólo podía verlos cuando volvía la cabeza. Sin lugar a dudas, eran más atractivos. La niña, Winnie, sentada cerca de la mesa con las manos juntas sobre su falda, ofrecía en sus rasgos enjutos una innegable promesa de belleza; y el varón —John, ¿era ése su nombre?— era un hermoso muchacho de catorce años. Sin embargo, el joven Medland distaba mucho de sentirse cómodo en su situación actual. Seis semanas a bordo de un trasatlántico de primera clase, siendo el único pasajero varón soltero entre los quince y los cincuenta años, no constituyen la mejor introducción a la vida de un hogar suburbano castigado por la pobreza. Medland sintió la súbita necesidad de pensar en otra cosa.

—¿Puedo fumar? —preguntó.

—Sí, por supuesto —dijo Marble, recordando de pronto sus deberes de hospitalidad.

Marble hundió la mano en su bolsillo en busca del aplastado paquete amarillo de cigarrillos que allí guardaba. Tenía tres cigarrillos, lo sabía, y los había conservado como un preciado tesoro para fumarlos más entrada la noche. Demoró todo lo posible en sacarlos, y su táctica tuvo éxito. Medland ya había extraído su cigarrera y se la tendía, cortés.

Era una cigarrera de cuero, regalo de despedida de una de las mujeres de edad mediana que viajaban a bordo. Las mujeres nunca comprenden que una cigarrera de cuero echa a perder los cigarrillos. Pero ésta era mucho más que una mera cigarrera. Era una verdadera cartera, con bolsillos para estampillas y tarjetas de visita, y en la parte de atrás, abierta por la forma en que Medland la sostenía, había un compartimiento para dinero. Y estaba lleno. Cuando la cartera se movió en su dirección, Marble advirtió un grueso fajo de bonos del Tesoro, por lo menos veinte libras, quizá treinta —decidió Marble, sopesándolo con los ojos de un empleado de banco—. Junto al primero, había otro fajo de billetes de banco —de cinco libras, con toda seguridad—. La visión, literalmente deslumbró al pobre señor Marble. Pero también trajo un rayo de esperanza a las sórdidas celdas de muda desesperación de su alma. No hacer una observación al respecto, era más de lo que la carne y la sangre podían resistir.

—¡Qué bonita cartera! —comentó Marble, tendiendo un fósforo encendido hacia su huésped.

—Sí. —Medland acercó más su cigarrillo a fin de asegurarse de que estaba bien encendido—. Es un regalo —agregó modestamente, y la sostuvo de modo que su tío pudiera observarla con más libertad.

Los billetes de banco volvieron a relampaguear ante los torturados ojos de Marble.

—Y bien forrada, además —dijo Marble, luchando para que en su tono no se advirtiera ningún dejo de envidia.

—Sí, los conseguí en Port Said... oh, ¿usted se refiere a los billetes? —Medland hizo cuanto pudo por no demostrar sorpresa ante el mal gusto de su tío. Para lograr mejor su propósito se extendió en explicaciones innecesarias—. Tuve que cambiar una de mis cartas de crédito no bien llegué a Londres. El viaje me dejó sin un centavo, poco más o menos, y todo lo que tenía era, naturalmente, dinero australiano.

Era un discurso bastante fútil, pero bastó para hacer que Marble comenzara a pensar rápida e ininterrumpidamente. Este muchacho había llegado justo a tiempo para salvarlo. Seguramente no negaría un préstamo a su tío recién hallado. Esos bonos del Tesoro lo salvarían, o aun solamente los billetes de banco. Y un préstamo concedido por un sobrino no era lo mismo que una deuda contraída con ese demonio de Evans, que acudiría a la Justicia sin mayor trámite. Ni siquiera podía clasificarse en la misma categoría que el dinero adeudado a los empleados de la oficina, a quienes había tenido que ir pagándoles lo suficiente para que no se quejaran a sus superiores, operación que absorbió todo su salario del mes. Pegada a los talones de estos pensamientos, llegó la aterradora comprensión del peligro que implicaba la situación en que se encontraba. Sólo estaban a tres del mes, y toda su fortuna ascendía a diez chelines, con los cuales debía mantener a raya a sus acreedores y atender a las necesidades de la familia hasta el próximo día de pago. Antes había cerrado los ojos a esta situación, recurriendo a la ínfima dosis de resolución que le quedaba. Pero ahora que vislumbraba una posibilidad de escapar, el peligro que lo acosaba volvía a hacer presa de él, contagiándole un leve temblor involuntario y haciendo que el corazón latiera desordenadamente en su pecho. Mecánicamente, dirigió la mirada hacia el aparador donde descansaba el botellón. Pero se contuvo. No iba a desperdiciar uno de sus tres —¿o eran cuatro?— últimos tragos en este muchacho. Sin ningún miramiento, hizo a un lado la idea del whisky y comenzó a efectuar cautelosos avances en la dirección deseada.

—¿Te costó mucho trabajo encontrar el camino hasta aquí? —inquirió. Pregunta inevitable, eternamente formulada al recién llegado a los suburbios.

—Oh, no —replicó Medland—. Tenía, por supuesto, su dirección. Mi madre, antes de morir, la buscó en las cartas que ustedes le enviaban. De modo que sabía que era Dulwich, y en Trafalgar Square encontré docenas de ómnibus que iban a Dulwich. Tomé uno de ellos y me bajé en la terminal. Lo demás fue fácil. La primera persona que interrogué me indicó el camino para llegar a Malcolm Road.

—¿De modo que fue así? ¿Y dónde dijiste que paras?

Medland no había dicho que parara en ninguna parte, pero ahora lo dijo. Era un hotel importante del Strand. Fue entonces cuando Medland, a propósito de esto, hizo el comentario que alteraría todo.

—Es curioso —dijo, esforzándose por mantener viva la conversación—, pero aparte de ustedes no hay en Inglaterra un alma que sepa algo sobre mí. No creo haber estado en el hotel más de una hora, y sólo dejé allí mi valija de mano. El resto de mis cosas está en Euston. Con la ida al banco y demás no tuve materialmente tiempo de recogerlas. Casualmente mientras venía hacia aquí pensaba para mis adentros que en caso de que me perdiese y no pudiera encontrar el camino de regreso, nadie se preocuparía por ello; excepto ustedes, por supuesto.

—¡Hum! —dijo Marble, y al instante sus pensamientos tomaron otro cauce, y volvió a estremecerse.

La anterior timidez de Medland se estaba convirtiendo en charla pueril. Se volvió para mirar a los niños.

—Y bien —dijo, sonriendo—, ustedes dos no parecen tener mucho que decir.

Winnie y John no salieron de su mutismo. Habían permanecido tan silenciosos como les fue posible a fin de no atraer la atención sobre ellos y evitar así que resurgiera el asunto pospuesto de la ida a la cama. Pero, aparte de eso, John estaba perdido en una ola de admiración hacia ese personaje curtido por el aire y el sol, recién llegado de Australia, que se refería con tanta despreocupación, como para no decir una palabra al respecto, a un viaje tan extraordinario por mares surcados por piratas. ¡Y además hablaba de hoteles en forma tan casual! El año anterior, en Worthing, John había notado que su padre hablaba de la gente que vivía en hoteles con un cierto temor reverente en la voz, a diferencia de quienes se alojaban en habitaciones, o aun en casas de pensión. ¡Y he aquí que este hombre vivía en un hotel y ni se inmutaba por ello!

En cuanto a Winnie, estaba pensando que era el hombre más hermoso que viera jamás. Su ardiente rostro moreno y sus ropas extrañas con el aroma embriagador que despedían eran maravillosas. Y cuando él la miraba fijamente y sonreía, como acababa de hacerlo ahora, aparecía más buen mozo que cualquiera que ella pudiese imaginar, mucho más que el príncipe encantado de la pantomima de Navidad.

—Hablen, criaturas —dijo Marble. En los oídos fastidiados de Medland la frase sonó como si hubiese agregado: “Díganle la buenaventura al caballero”.

Los niños ensayaron una sonrisa tímida. Winnie no podía pronunciar palabra. Pero John hizo un esfuerzo, desacostumbrado como estaba a la conversación de resultas de las severas reprimendas que su padre le aplicaba en sus períodos de mal humor de los últimos tiempos.

—Hay canguros en Australia, ¿no es cierto? —aventuró con la cortedad propia de un muchachito de catorce años.

—En efecto, los hay —dijo Medland—, y también los he cazado.

—Oooh —musitó John en éxtasis—. ¿A caballo?

—Sí, a lo largo de millas y millas por el campo, a todo galope. Algún día les contaré al respecto.

Los niños resplandecieron de gozo.

—¿Y bandidos? —preguntó John—. ¿Vio... vio alguna vez a Ned Kelly?

—No, nunca tuve esa suerte —respondió él—. No abundaban en el lugar en que yo vivía. Pero sé de un magnífico libro que habla de ellos.

Robbery under Arms —saltaron ambos al unísono.

—Oh, ¿lo leyeron?

—¿Leerlo? Ya lo creo que sí. —Este fue el aporte con que Marble contribuyó a la conversación—. Estos hijos míos son fanáticos por la lectura. Nunca se los ve sin un libro.

—Eso es bueno —dijo Medland.

Pero luego de esta interrupción la conversación decayó sin esperanzas de resurgimiento. Y Marble, deseoso de tener a Medland para él solo y de poder utilizarlo de acuerdo con sus propósitos, lanzó una mirada severa a sus hijos y luego alzó la cabeza en gesto significativo. Los niños comprendieron, y se levantaron pesarosos de sus sillas.

—¿Es hora de acostarse, pequeños? —dijo Marble en un tono sorprendido que no logró su propósito de engañar a Medland, puesto que la señal de Marble no le había pasado inadvertida—. Buenas noches, entonces. ¿Cómo es que no vienen a darme un beso?

No habían tenido intención de besarlo. La costumbre había desaparecido meses atrás, cuando Marble comenzó a volverse hacia el botellón del aparador en busca de distracción para sus pesares, y, tratándose de niños, un hábito omitido durante tres meses era lo mismo que si nunca hubiese existido. Además, John ya era casi demasiado crecido para besos. Tanto John como Winnie besaron a su padre torpemente, y a su madre en forma casual. Luego John dio un apretón de manos a su nuevo primo. Era la primera vez que lo hacía de hombre a hombre, clavando sus ojos en los ojos del otro como lo hacen los hombres, y se sentía orgulloso de ello. También Winnie trató de imitar a su hermano, pero algo en la sonrisa de Medland y en la suave atracción que ejerció en su mano la hizo inclinarse y besar la boca de rasgos infantiles que se le tendía. Fue un beso extraño, diferente de cuantos conociera hasta entonces. Una pareja sumida en completo silencio trepó por las escaleras.

Marble se apartó con alivio evidente cuando ellos cerraron la puerta.

—Ahora podemos ponernos cómodos —dijo—. Aproxima una silla más cerca del fuego, eh... Jim. Qué nochecita —agregó, mientras el viento aullaba afuera.

Medland asintió pensativo. Se encontraba en una situación embarazosa. No se sentía nada cómodo entre esa gente extraña. Le desagradaba la forma en que Marble se comportaba con sus hijos. No tenía nada en contra de los pequeños, naturalmente, y la madre era un cero a la izquierda. Pero en el ambiente flotaba una atmósfera que le era odiosa. Apartó esos pensamientos lejos de sí y trató de desprenderse del lúgubre y extraño presentimiento que lo oprimía. Era absurdo, por supuesto. El viejo Marble era un individuo sumamente vulgar. Pobre y miserable, pero nada más. Ahora sus labios se contraían en una sonrisa empalagosa, pero eso no tenía que significar algo, forzosamente. Al diablo con todo. Si no le gustaba el lugar, podría dejarlo al cabo de algunos minutos y no regresar jamás. Luego los pensamientos de Medland se inclinaron de pronto hacia el absurdo más absoluto: cambiaría de hotel a la mañana siguiente y entonces nunca podrían encontrarlo. La sola idea bastó para volver su mente a la realidad. No había ninguna razón que lo indujera a pensar en cosas como ésa. Los niños eran simpáticos, y trataría de verlos todo lo posible mientras durara su permanencia en Inglaterra. Podría llevarlos a una cantidad de lugares que sentía debía visitar, la Torre de Londres y la catedral de San Pablo, por ejemplo. Sería estupendo.

Ahora Marble hablaba con su esposa.

—¿Qué tal si sirves algo de comer, Annie? —decía—. Supongo que nuestro joven amigo debe de tener apetito.

—Pero... —comenzó la señora Marble, desesperada, para luego rehacerse apresurada y torpemente al ver el ceño fruncido de su esposo.

—No se moleste por mí, por favor —intervino Medland—. Comí antes de salir.

—No hay nada dicho, entonces —replicó Marble—. Yo, en cambio, comí apenas llegué.

Y rió. Su risa tenía algo de forzado.

La conversación comenzó nuevamente, reasumiendo su giro vago, inconexo, mientras Medland se preguntaba, en la forma perezosa típica de la juventud, por qué demonios no se levantaba y se iba en el acto. Las razones eran varias. Una, que el viento y la lluvia seguían dejándose oír desde el exterior; otra, que el fuego le resultaba sumamente atractivo —era lo más atractivo de toda la casa—; pero bien en lo profundo de su ser experimentaba una sensación de alivio al no verse obligado a permanecer en un hotel sin tener nada especial que hacer. Medland había pensado divertirse en grande a su llegada a Inglaterra, pero al presente añoraba su hogar y no estaba de humor para diversiones de ninguna clase. Tanto habría dado que se sintiese en otra forma.

La señora Marble hacía incursiones esporádicas en la conversación. Formuló preguntas domésticas tales como si se había mareado durante la travesía, y si la comida era suficiente, si tenía ropas de abrigo adecuadas para afrontar el invierno en Inglaterra. Medland respondió con cortesía, pero Marble se mostró decididamente grosero con ella en más de una ocasión. De súbito, Medland se encontró contemplando al hombrecito con curiosidad. Su rostro estaba ligeramente humedecido, y sus ojos brillaban más que antes, como si estuviera excitado por algo que los otros ignoraban. Interrumpió en seco a su mujer repetidas veces, y sus preguntas se tornaron cada vez más personales. Medland reconoció que para una persona del carácter de Marble la noción de conversación debía consistir en una serie de preguntas, pero ni siquiera ésa era una excusa para este examen indagatorio sobre sus recursos, sus amigos y su conocimiento de las cosas.

¡Pobre Marble! ¡Y pobre Medland! Minuto a minuto el primero comprendía con mayor claridad su propia situación, agravada más aún por el triste contraste que ofrecía con la de Medland, mientras que cada respuesta de éste parecía calculada de modo de apremiar a Marble para que hiciera algo. Marble no estaba seguro de lo que era. No podía ser simplemente pedirle un préstamo: hacía ya horas que decidiera intentarlo. El loco latir de su corazón dentro del pecho parecía indicar algo más desusado que eso. Marble estaba juntando fuerzas para tomar un curso de acción definido —por primera vez en su vida, dicho sea de paso—.

Con la astucia propia de los débiles, hizo cuanto pudo para disfrazar el estado emotivo en que se hallaba, mientras que, sin intención consciente de su parte, su mente furtiva se retorcía y revolvía sin cesar, lucubrando el plan de acción que debía poner en práctica. No era de extrañar, entonces, que Medland lo mirara a ratos con expresión curiosa.

El tiempo parecía transcurrir con celeridad extraordinaria. Se le antojaba a Marble que cada vez que miraba el reloj barato colocado sobre la repisa de la chimenea otra media hora se había desvanecido. En dos oportunidades notó en Medland la intención de marcharse no bien se produjera una pausa en la conversación, y cada vez se había zambullido sin más trámites en la brecha, diciendo tonterías, como reconocía personalmente, en su intento por detener la crisis que surgiría llegado el momento.

Su mente afiebrada se despertó a una nueva actividad. Trató de cobrar ánimo para el sacrificio que sentía era inevitable, y se incorporó en su asiento en forma tan casual como le fue posible.

—¿Qué te parece si tomamos un trago? —preguntó. Trajo el asunto a colación tan al azar, que Medland no advirtió cuánto le costó.

Medland vaciló antes de responder; todavía no era tan hombre de mundo como para considerar el ofrecimiento de un trago como acontecimiento ordinario; pero durante ese breve titubeo Marble había atravesado la habitación hasta llegar junto al aparador, del otro lado de la mesa. Por un instante se perdió de vista, agachado más abajo de la altura de la mesa. Cuando volvió a erguirse tenía un sifón de soda —lleno a medias— bajo el brazo, dos vasos en una mano, y en la otra, sostenido con mucho, mucho cuidado, un botellón de whisky, lleno hasta su cuarta parte. Colocó estos elementos sobre la mesa próxima a su silla, y mientras lo hacía se situó muy cerca de su esposa, aprovechando la oportunidad para musitarle algo. Habló en voz rápida y baja; tan baja, en verdad, que Medland, si bien advirtió la maniobra, no alcanzó a oír las palabras, y las tomó por un comentario sobre algún asunto doméstico, probablemente una observación sobre lo escaso del whisky. Lo que Marble dijo, en realidad, fue: “Queremos hablar de negocios. Ve a acostarte. Pretexta dolor de cabeza”.

Annie Marble oyó las palabras cierto tiempo antes de unirlas a su significado. Este hecho era acostumbrado en ella. Aun cuando captó su importancia, bastante minúscula para ella, no obedeció en el acto. Siempre demoraba un rato en coordinar sus facultades para pasar de uno a otro curso de acción.

Marble sirvió una dosis con premeditación. No muy generosa, pues se veía frente al problema de ofrecer a un invitado tanto como le fuera posible, conservando al mismo tiempo para sí lo suficiente para salvar las apariencias; y, sin embargo, su alma toda clamaba por ese whisky. Su mano se agitó en leve temblor al verter el líquido, de modo que el botellón tintineó débilmente contra el borde del vaso, pero con un postrer esfuerzo desesperado controló firmemente sus nervios y terminó la tarea, sin haber consultado a su huésped respecto a la cantidad, ni siquiera en el grado convencional de rigor. Luego volvió a ocupar su silla, entre angustiado y satisfecho. Se las había arreglado a la perfección. Había servido bastante a Medland, a la vez que una cantidad respetable quedaba en el botellón. Fácilmente alcanzaría para otra vuelta, y el plan, formado a medias en la mente de Marble, exigía que en el botellón quedara lo suficiente para dos tragos. Pero sorber despreocupadamente del fresco vaso que sostenía en su mano, le imponía un esfuerzo terrible. Ansiaba beber con verdadero frenesí, pero todo lo que pudo permitirse fue hacer una parsimoniosa inclinación de cabeza en dirección a Medland, sorber apenas y luego dejar el vaso a un lado con indiferencia. Pero aun esa cantidad ínfima bastó para aplacar sus nervios excitados, de modo que su cuerpo tembloroso quedó tan calmo como su mente seguía activa e incontrolable.

Cuando volvió a posar el vaso, Annie Marble se puso de pie. Sabía el papel que le era preciso asumir, y por algún extraño capricho de equilibrio mental lo representó a la perfección. Su mente cerrada nunca había llegado a comprender del todo el sórdido peligro que corría el destino de su marido y el de ella misma; nada de cuanto Marble pudiera decir —y no decía mucho que digamos— grabaría en ella esa idea mientras pudiese seguir obteniendo crédito en los comercios; pero sabía que se hallaban en apuros de alguna clase, y comprendía que Marble estaba tratando de que este nuevo sobrino suyo los ayudara a salir de esa situación. En consecuencia, le correspondía colaborar lo mejor posible, aparte, por supuesto, del hecho de que su personalidad negativa respondía siempre a los menores caprichos de su marido, tal como él quería.

—Creo que subiré a acostarme, Will —dijo, levantándose de la incómoda silla de madera con aire fatigado—. Me duele un poco la cabeza.

Marble demostró honda preocupación.

—¿De veras, querida? —dijo, poniéndose de pie—. Eso se llama tener mala suerte. Toma un traguito antes de acostarte. —Y señaló con la cabeza hacia el botellón.

Pero al mismo tiempo que lo hacía, con su rostro oculto a los ojos de Medland, una pequeña arruga formada entre sus cejas dio a la señora Marble la pauta de lo que se esperaba de ella.

—No, gracias, querido —dijo—, subiré directamente y mañana me sentiré mejor.

—Como quieras —respondió su esposo.

La señora Marble avanzó hacia Medland.

—Buenas noches, Jim —saludó, tendiéndole la mano.

—Buenas noches. Ojalá que realmente se sienta mejor mañana.

—Buenas noches, querida —dijo Marble—; trataré de no molestarte cuando suba. Supongo que demoraré un rato.

Rozó apenas con sus labios la fría mejilla de su esposa, en un típico beso marital. Pero Marble no tenía la costumbre de besar a su esposa al final de cada jornada, y jamás se había preocupado en lo más mínimo por no molestarla al acostarse. Sin embargo el gesto dio a la escena esa apacible atmósfera doméstica que la mente subconsciente de Marble, que para entonces lo controlaba totalmente, había decidido era necesaria para la ocasión.

La señora Marble se había retirado, y minutos más tarde oyeron sus pisadas en la habitación superior.

—No hay ninguna prisa, supongo, en vista de que eres un soltero joven y alegre —dijo Marble.

—En absoluto —replicó Medland, y en el mismo instante en que pronunció esas palabras se arrepintió de haberlas dicho. En realidad, no sentía ningún deseo de seguir aburriéndose durante un nuevo e interminable período. Pero su respuesta lo había comprometido a otra media hora cuando menos, y trató de reconciliarse con la idea.

Durante un corto lapso apenas, Marble recobró el dominio de sí mismo, y luchó fugaz y vagamente contra lo inevitable hacia donde una fuerza interior más poderosa lo arrastraba. Una vez más, comenzó a hablar sobre el dinero de Medland, el tema en el cual su falta de la reticencia más elemental ya había molestado a su huésped.

—¿De modo que ahora eres al parecer hombre de fortuna? —dijo, con jovialidad exasperante.

—Así creo —fue la seca respuesta.

—¿Lo bastante como para pensar en inversiones, me imagino?

Fue una manera errada de expresarlo, y fracasó. Aun en el transcurso de la travesía más de un hombre se había acercado a Medland presentándole proyectos para hacerse rico en un abrir y cerrar de ojos, y él se había dado maña para adivinar sus intenciones. Y tantas personas le habían pedido dinero prestado, que el proceso le era tan familiar como molesto. Medland decidió detener en seco la intentona, de una vez por todas. Podría parecer torpe a primera vista, pero en el futuro le ahorraría inconvenientes sin fin. Clavó su mirada en los ojos de Marble.

—No —dijo—, no tengo nada para invertir. Estoy satisfecho con los arreglos que hizo mi padre antes de su muerte. Poseo justo lo suficiente, y nada más. Y me conformo con eso.

Lo dicho ponía punto final al asunto aun para la mente más obtusa, pero, para sorpresa de Medland, Marble no dio muestras de disgusto. Medland no lo sabía, pero de un solo salto la fuerza que acechaba agazapada en el interior de su tío había vuelto a tomar posesión de él, y al instante comenzó a preparar el terreno para lo inevitable.

—Una medida sabia, por otra parte —afirmó Marble, y la forma en que lo dijo hizo surgir en Medland serias dudas respecto a si su pregunta anterior realmente había tenido por objeto sondearlo para pedirle un préstamo—. Hoy en día el mercado está en condiciones desastrosas. Yo no compraría nada por el momento, ni siquiera oro en polvo. Quédate tranquilo y atérrate a lo que tienes, ése es mi lema, ahora.

Lo dijo en tono sincero, e hizo que Medland se sintiera propenso a considerar a su tío con más simpatía. En esa época Medland se hallaba en serio peligro de caer en el error que tan a menudo se presenta a los hombres de fortuna que han sido ricos desde la infancia y de quienes los inescrupulosos se han aprovechado con harta frecuencia. Estaba en peligro de imaginar que todos y cada uno de cuantos se le acercaban trataban de ganar algo a sus expensas. El modo más seguro de llegar a su corazón era convencerlo de lo contrario, y en esos escasos instantes Marble había logrado tal propósito.

La conversación pasó sin inconvenientes a una discusión sobre el mercado de valores y sin que en ella entrara la nota personal que tanto incomodaba a Medland. En algún rincón oculto de su fuero íntimo, Marble poseía un hábil don para las finanzas, que hasta el momento no había podido, por pereza, entre otras razones, desarrollar. Medland, con la perspicacia para los negocios heredada de su padre, descubrió en Marble un espíritu sorprendentemente gemelo al suyo. Por primera vez en esa noche comenzó a disfrutar verdaderamente de la velada. Vació su vaso casi sin percatarse de ello; el entusiasmo terminó por vencer su repugnancia juvenil por el whisky, a pesar de que nunca había logrado que le gustara.

Los ojos entrecerrados de Marble lo observaban con atención vehemente. Medland apenas lo notó, y si lo hizo no le dio importancia. Luego Marble abandonó su silla, vaso en mano, y se aproximó al botellón. Su tonto corazón volvía a latir desenfrenadamente, pero sin llegar a afectar sus actos, bien sujetos bajo control, el control ejercido por esa fuerza interior que se había apoderado de él y que reconocía lo inevitable.

Marble extendió el brazo y apartó el vaso de Medland de su mano.

—Sólo queda un trago para cada uno —dijo—. Lo siento, pero, ¿sabes?, esta noche no esperábamos visitas.

Lo dijo en tono tan casual que Medland no tuvo oportunidad alguna de siquiera tratar de negarse a una segunda vuelta. Despreocupado, Medland vio cómo Marble vertía whisky del botellón con la minuciosidad penosa que caracterizara su acción anterior. El líquido alcanzó niveles iguales en ambos vasos. Marble se disponía en apariencia a agregar el resto del contenido del sifón, cuando se detuvo de pronto como si estuviera escuchando.

—Un momento —dijo—, creo que uno de los niños está llamando.

Medland no había escuchado nada, pero no estaba familiarizado con los ruidos de la casa, de modo que se abstuvo de formular ninguna objeción. Tampoco Marble había oído nada. Dijo eso para tener una excusa que le permitiera salir de la habitación y subir al otro piso. Era lo más natural del mundo que saliera sigilosamente de la habitación para comprobar si alguno de sus hijos estaba asustado, y también resultaba lógico que llevara en su mano el vaso que sostenía en el momento en que su atención se distrajo. Medland lo vio salir; todo era tan natural que ni siquiera se dignó considerarlo dos veces.

Apenas un minuto después Marble bajaba la escalera en puntas de pie y penetraba en la habitación, el vaso todavía en su mano.

—Falsa alarma —dijo—. Uno se acostumbra a estas cosas cuando se es padre de familia.

Se volvió hacia el sifón, y el burbujeante líquido cayó en los vasos. Luego alcanzó a Medland el suyo. Cuando éste lo tomó, el viento aulló afuera con más fuerza que antes; las ventanas se sacudieron, y sintieron cómo la lluvia golpeaba contra el vidrio.

—Qué nochecita —dijo Medland.

—Bebe —replicó Marble, lenta, muy lentamente.