Capítulo 13
E
xperimenté algo parecido a una sensación de déjàvu al recorrer con mi propio coche las mismas calles que unas horas atrás habíamos atravesado con Sadri, el taxista de Bebek. No debía de haber decenas de paradas cerca de la casa de Dilek Aytar, y aun en el supuesto de que las hubiera, sólo en una habrían asesinado últimamente a un taxista.
En cuanto cogí la calle de la izquierda, tras pasar los semáforos de Yeniköy, empecé a mirar atentamente los alrededores, sin dejar de conducir. Me adentré un poco más y divisé enseguida la parada del taxista asesinado, tal como habría hecho cualquiera que hubiese seguido los últimos informativos de la tele, por el bullicio inusual que la rodeaba. Numerosos taxis, unas cuatro veces la capacidad de la parada, se habían aglomerado de cualquier manera alrededor de la caseta con el rótulo iluminado de metacrilato que contenía la inscripción «Keyif Taxi». El interior de la caseta iluminada con neones estaba llena de gente fumando con las caras largas. Los que no habían logrado entrar estaban fuera, algunos de pie, otros acuclillados. Se palpaba la tristeza y la rabia que llegaban a contagiar a los que se les acercaban. Adelanté un poco más, hasta encontrar un lugar donde dejar el coche.
Mientras volvía atrás, hacia la parada, yo también puse cara larga sin querer y encendí un cigarrillo. Me acerqué a la multitud a paso lento. Alguien apoyado en la pared lloraba a lágrima viva. Dos personas agachadas permanecían a su lado, en silencio. Tenían las manos apoyadas en el hombro del que lloraba. Asomé la cabeza por la puerta abierta de la caseta.
—Los acompaño en el sentimiento, compañeros —dije.
—Gracias —contestaron al unísono. Me echaron una mirada y volvieron a sumirse en la rabia y el dolor.
Se oyó sonar el teléfono de la parada.
El hombre de bigotes espesos y retorcidos contestó a la llamada:
—¿Sí?... Sí... Gracias, muchas gracias... Mañana nos reuniremos en la gasolinera que está en la carretera... —Escuchó durante un rato antes de proseguir—: Así es. Los compañeros piensan hablar con el alcalde... Cuantos más seamos mejor, claro. Después de la manifestación, iremos todos juntos al entierro.
Me aproximé al que, entre los que estaban fuera, mejor parecía conservar la serenidad.
—¿Cómo fue?
—Al parecer, el hijo de puta le cortó la garganta de aquí hasta aquí —dijo enseñándome con la mano la trayectoria del corte—. Comentan que cogió el dinero y se esfumó.
—¡Hijo de puta! —dije yo también.
—¡Hijo de la grandísima puta! —repitió.
—¿Había ido a recoger a un cliente?
El que lloraba acuclillado abandonó un instante sus llantos para intervenir.
—El pobrecillo no debería haber ido —explicó con dificultad. Me acuclillé a su lado.
—Dejó pasar dos veces el turno. No sé si es que estaba desanimado, o qué. Un poco más allá está el edificio Onur. —Se quedó callado unos segundos e intentó contenerse—. Cuando llamaron de allí, por fin aceptó ir. Fui yo quien le avisé. —Su llanto se hizo aún más fuerte.
¿El edificio Onur? ¿Aquel en cuya entrada me había plantado hacía unas horas y leído los nombres al lado de cada timbre?
No creo en la casualidad. Aunque quisiera creer, sería incapaz. No cabe la menor duda de que la vida misma me demostrará que nada es casual.
El hombre prosiguió con frases entrecortadas por el llanto:
—Se había... comprado unas nuevas botas... Me las enseñó... Unas flamantes botas con tacos... Ni pudo estrenarlas, el pobre...
Tras pronunciar la última palabra, el tono de su voz bajó y los sollozos se hicieron muy fuertes. Quienes le acompañaban agachados a su lado intentaron consolarlo con suaves golpecitos en el hombro, aunque sin pronunciar palabra.
El teléfono de la caseta volvió a sonar. De nuevo el de bigotes retorcidos cogió la llamada.
—Hoy no trabajamos, señor —dijo después de haber escuchado—. ¿No se entera, o qué? Le repito que hoy nadie trabaja, estamos de duelo. —Y colgó el teléfono con brusquedad.
Cuando los que estaban sentados a su alrededor aún no habían acabado de asentir con la cabeza, el aparato volvió a sonar. Con un gesto de la cabeza, el bigotudo mandó al que tenía al lado contestar a la llamada, al tiempo que se levantaba para salir afuera. Palpó los bolsillos como si buscara el paquete de tabaco, y entonces le ofrecí uno de los míos.
—Gracias —dijo mientras encendía el cigarrillo con las cerillas que había sacado del bolsillo. Después me miró a la cara—. ¿A qué parada perteneces?
—A la del otro lado.
Volvió a examinarme.
—No tienes pinta de taxista.
Me miraba directamente a los ojos.
—De hecho, soy funcionario del Estado, de vez en cuando trabajo en los turnos de noche.
Su mirada seguía tan penetrante como antes.
—Lo mejor será que vayas largándote poco a poco. Aquí no hay nada para ver. Los compañeros ya están bastante cabreados. Diles a tus superiores que mañana ni se les ocurra crearnos problemas.
No quise decirle que yo no era de la policía para no verme obligado a dar un montón de explicaciones un tanto extrañas. Le toqué el hombro con suavidad.
—Tranquilo. Ya se descubrirá al hijo de puta que lo hizo.
—Esta noche, cuando salgas a trabajar, ve con mucho cuidado —dijo sonriente.
Eché una última mirada a los que se encontraban dentro de la caseta y delante de la parada y me puse a andar hacia el edificio Onur. Quería comprobar una vez más que en la vida las casualidades no existen. Mientras me acercaba al edificio, iba fijándome en la fachada. Prácticamente había tantas ventanas con las luces encendidas como con las luces apagadas. Leí una vez más los nombres que aparecían junto a los timbres. El nombre de Dilek Aytar parecía destacar entre los demás.
Di al botón que correspondía a dicho nombre. Esperé unos cinco segundos. No se oyó ningún ruido de interruptor, y tampoco hablaron desde el interfono. Volví a pulsar, sin que respondieran.
«No puede estar durmiendo a estas horas, pero bueno, lo intentaré otra vez, por si acaso», dije para mis adentros y di al botón, esta vez todavía más tiempo. Nada.
Luego di al botón de más arriba, con la suficiente brevedad como para no enfadar a nadie.
—¿Quién es? —me llegó la voz de un hombre desde el altavoz del interfono.
—Soy de la parada de taxis. Quería preguntarle algo.
—Entiendo —dijo una voz comprensiva. Se oyó el pulsador eléctrico de la puerta.
Entré y di al interruptor de la luz de la escalera. Justo al lado de la entrada, había un tablón de anuncios enmarcado con un cristal. Comprobé allí que Dilek Aytar había pagado sin retrasos la cuota del mes de abril. Vivía en el número cinco. Subí rápidamente por las escaleras y encontré la puerta en el segundo piso. Su nombre estaba grabado en un rótulo de metal de la puerta. En la alfombrilla se podía leer la inscripción «Welcome». Seguí subiendo. En el último piso, un hombre en camiseta interior me estaba esperando en la puerta apenas entreabierta. Llevaba en la mano un cigarrillo encendido. Al acercarme, empujó un poco más la puerta, sin abrirla del todo.
—Siento molestarle —dije.
—Hum —replicó moviendo la cabeza.
—¿Ha llamado usted esta tarde a la parada de taxis?
—No.
—¿Podría decirme en qué puerta vive el presidente de la escalera?
—Yo soy el presidente.
—He tenido suerte, entonces. ¿Quiere ayudarme? Voy a llamar a la puerta de cada vivienda para hacerles unas pocas preguntas. ¿Aceptaría acompañarme? No vayan a pensar mal.
—Espere un momento —dijo, se metió dentro y cerró la puerta.
Le esperé fuera mientras hacía pequeños ejercicios de estiramiento y de respiración. Cuando el hombre volvió, llevaba una camisa y había apagado el cigarrillo.
—Le acompaño en el sentimiento —me dijo mientras avanzábamos hacia la puerta de enfrente.
Le di las gracias. Esperé delante de la puerta para que el hombre tocara el timbre. Yo estaba parado a un paso de distancia. El hombre dio al timbre y se apartó de la puerta, y yo hice lo mismo. Una mujer de cara huraña y unos treinta y cinco años nos abrió, y enseguida averiguamos que ese día no había pedido taxi.
Bajamos un piso. El hombre del número seis que nos abrió la puerta conversó con mi acompañante acerca del último asesinato de un taxista. No obstante, averiguamos que tampoco el odontólogo señor Muzaffer había llamado a la parada aquella tarde.
No le impedí que tocara la puerta de Dilek Aytar. Al ver que no abrían, mi acompañante se dirigió al piso inferior sin hacer comentarios.
En el número cuatro no había nadie.
—La abuelita Gül nunca coge taxi, pero le preguntaremos, nunca se sabe.
Abrieron apenas tocó el timbre. Era una mujer casi octogenaria. Había trenzado apretadamente el pelo blanco. Llevaba un vestido con estampas de flores. Noté que se relajaba al ver que el presidente de la escalera me acompañaba.
—Abuelita Gül, ¿has pedido algún taxi esta tarde?
—No. ¡Estoy yo para coger un taxi! ¿Qué pasa? ¿Por qué me lo preguntáis?
—El compañero es de la parada y se lo pregunta a todos los vecinos —aclaró y empezó a bajar las escaleras.
Justo cuando estaba a punto de seguirlo, me paró la voz de la viejecita.
—La mujer del número cinco pidió un taxi esta tarde —dijo la señora Gül a mis espaldas.
Me di la vuelta.
—¿Está segura?
—Claro que sí, hijo. No creas que por ser tan vieja, ya chocheo.
—Jamás se me ocurriría, señora —respondí.
—Además, se subió a uno de Keyif Taxi.
Me pareció que había abierto un poco más la puerta.
—Hace poco vi los informativos. Mi más sentido pésame. Ojalá el que lo ha hecho encuentre su merecido.
Oí sonar un timbre del piso de abajo y luego unas conversaciones.
—¿Se acuerda más o menos de la hora que era?
—No estoy muy segura. Lo que le puedo decir es que ya había oscurecido. Acababa de echar una cabezada. Al despertarme, me levanté y me preparé el café, para tomármelo sentadita al lado de la ventana. Entonces fue cuando la vi. Estaba muy emperifollada.
—¿Iba sola?
—Sí. Parecía vestida para la noche, iba de lo más despampanante.
Sentí los pasos del presidente de la escalera en la planta de abajo. Debía de estar dirigiéndose hacia la puerta de enfrente.
—Muchas gracias, señora —dije—. Estoy a su disposición para cualquier cosa que necesite.
Se oyó otro timbrazo que provenía de abajo.
—Te lo agradezco, hijo. Me dio mucha pena, ¡con lo joven que era!
Asentí tristemente con la cabeza. La señora Gül cerró la puerta, y yo bajé por las escaleras. Mientras me acercaba, el presidente tocó otra vez el timbre. Frunció la nariz y me indicó con un gesto que no había nadie.
—Le agradezco su amabilidad y siento haberla molestado a estas horas de la noche.
—No tiene ninguna importancia. Sentí mucha pena por el chico. A ver si atrapan pronto al desgraciado que ha podido hacer semejante cosa.
—Ya lo cogerán, si Dios quiere. Gracias de nuevo.
Tan pronto como el hombre empezó a subir las escaleras, me eché a la calle. Había refrescado. No parecía que fuera a llover como en la noche anterior, aunque tuve que subir la cremallera de mi cazadora. No era casualidad, de acuerdo, pero ¿en qué medida? A la hora que era, no quise volver a casa con más interrogantes que respuestas. Cuando vi que había una plaza justo enfrente del bloque, decidí qué hacer. Anduve cuesta abajo y miré de lejos la caseta de Keyif Taxi. Ya no había tanta muchedumbre como antes, aunque seguía habiendo gente dentro y fuera de la caseta.
Subí al coche y puse el motor en marcha. Avancé muy despacio, sin encender las luces, y metí el coche en la misma plaza en la que, el día anterior, el portero Zafer había aparcado el Mazda azul. Incliné un poco el respaldo del asiento y me apoyé para ponerme cómodo.
«Debe de ser mi destino apuntarme al turno de noche para vigilar el edificio Onur desde el otro lado de la calle», me dije.
Permanecí con las luces apagadas y sin encender un cigarrillo para que no se me viera desde el exterior. En vez de fumar, respiré hondo varias veces. Sentía el aire en la nariz, en la boca, en la garganta, y de allí lo empujaba hacia abajo, muy abajo. Una vez el aire llenaba la parte inferior de mis pulmones, lo presionaba hacia más abajo, hasta mi hara, al fondo del diafragma. Lo mantenía allí todo lo que podía, para luego soltarlo con la misma felicidad que experimenta un buceador que sale a la superficie. Repetí la operación unas cuantas veces.
Si ese ejercicio se repite bastante tiempo, se percibe un agradable frescor en el paladar y se siente el vértigo propio de la primera calada de la mañana. Si el día es frío, el calor se propaga por todo el cuerpo. Se tiene la sensación de notar las pulsaciones en la punta de los dedos. Uno se relaja y, como a mí me pasa algunas veces, siente su cuerpo estirarse.
Mi hambre había aumentado y, a pesar de los ejercicios de respiración, me apetecía fumar. Si bajaba la guardia, me quedaría dormido ahí mismo.
No obstante, esperé, sin cerrar los ojos y sin fumar. Estiré las piernas hasta donde pude. Las luces de las ventanas se apagaron una tras otra. El tráfico comenzó a escasear. Un par de peatones pasaron muy rápido, sin detenerse a mirar el descampado lleno de coches. La señora Gül estaría durmiendo desde hacía un buen rato. Puede que el presidente de la escalera estuviera mirando el canal Playboy.
Pasadas las dos de la madrugada, al divisar la luz de los faros a lo lejos, me dije como si lo intuyera: «Ya viene». Un taxi paró justo delante de la puerta. Pude ver la cabeza de Dilek Aytar en el asiento trasero. Kayahan Karasu, inclinado hacia delante, pagaba al chófer.
Mientras el taxi se alejaba, Dilek Aytar buscó en su bolso. Los pasos cortos que daba a fin de mantener el equilibrio delataban que no se había contentado con un par de copas de vino. Al final pudo entregar a Kayahan Karasu lo que supuse que eran las llaves. Kayahan Karasu se agachó para abrir la puerta, sin dejar de agarrar a Dilek Aytar por la cintura.
Cuando vi que entraron por la puerta, yo salí muy despacio del coche. Mientras ellos atravesaban el vestíbulo y se dirigían hacia las escaleras, crucé la calle con rapidez pero procurando no hacer ruido, al tiempo que bloqueaba las puertas del coche con el mando de la alarma. La puerta de hierro del edificio se iba cerrando al ritmo que le sometía el chisme con pistones. Conseguí llegar justo antes de que se cerrara del todo y puse el pie. Entré rápidamente y dejé que la puerta se cerrara con un ligero clic.
El ruido de dos pares de zapatos, uno de ellos de tacón, y las risitas que se intentaban reprimir resonaban a través del hueco de la escalera de arriba abajo. De repente, el ruido de zapatos cesó. Una puerta se abrió y se cerró. A medio camino, la luz automática de la escalera se apagó. Encontré sin dificultad el interruptor que se encontraba en el rellano, entre dos puertas, y volví a encender la luz. Cuando ya me encontraba delante de la puerta número cinco, tiré el cigarrillo al suelo, lo apagué y con una patada lo lancé por el hueco de la escalera.
Pegué la oreja a la puerta para escuchar. No se oía ningún ruido. Después pulsé el timbre y lo solté enseguida.
Oí los pasos de alguien con zapatillas que se acercaba a la puerta y paraba de repente.
—¿Quién es? —dijo la voz de Dilek Aytar.
—Remzi Ünal.
Hubo un momento de silencio.
—¿Cómo? —dijo sorprendida Dilek Aytar.
—Soy yo, señora Aytar, Remzi Ünal.
La puerta con la cadena puesta se entreabrió. Al volver a apagarse la luz de las escaleras, retrocedí dos pasos para dar al interruptor.
Dilek Aytar me miraba con los ojos entornados y el cuerpo escondido detrás de la puerta.
—Sé que es un poco tarde, pero ¿puedo pasar?
Cuando tuvo la certeza de que era yo, pareció recuperar la compostura.
—Es tarde, desde luego —dijo—. Un momento...
La puerta se cerró. Esperé encima de la alfombrilla con la inscripción «Welcome», el tiempo de contar de uno a cincuenta y cinco aproximadamente, y entonces Dilek Aytar retiró la cadena y abrió la puerta invitándome a entrar.
Kayahan Karasu estaba justo detrás de ella, por lo que deduje que había respetado la decisión de la anfitriona y que, no obstante, estaba al acecho para intervenir en el caso de que ocurriese algún incidente desagradable.
—Buenas noches —dije a ambos al entrar.
Kayahan Karasu no me replicó. Tampoco Dilek Aytar me invitó a entrar a alguna sala de dentro. Llevaba una bata corta.
—Siento molestarlos a estas horas de la noche. Tengo que darles una noticia bastante desagradable. Estuve esperándolos en la calle.
—¿Qué es lo que le ha hecho esperar tantas horas...? —empezó a decir Kayahan Karasu, sin terminar la frase. «Como un perro», había estado a punto de decirme tal vez. O puede que pensara decir otra cosa, pero al mirar los ojos de Dilek Aytar se callara de golpe.
—Esperé también un poco por usted —expliqué a Dilek Aytar—. En mi lugar, podría haber llamado a su puerta la policía. Puede que mañana lo hagan.
—¿La policía? —exclamó Dilek Aytar, sorprendida.
—¿Qué tiene que ver Dilek con la policía? —dijo Kayahan Karasu.
—Será mejor que entre, nos sentemos y me cuente tranquilamente de qué se trata.
Kayahan Karasu se apresuró a entrar antes que nosotros, como si quisiera llegar antes, para guardar alguna cosa que no deseaba que viera un extraño. Dilek Aytar entró en el salón, y yo la seguí.
Era una sala más grande que la mía, con las cortinas abiertas, iluminada únicamente por una lámpara que había encima de la mesita. Por las ventanas, sólo se veía la profunda oscuridad de la obra de enfrente. El suelo estaba recubierto de una alfombra de pelo espeso. En el centro de la mesa redonda del comedor había unas flores cuyo nombre desconozco. En la esquina, entre la ventana y la pared, había un escritorio parecido, si mal no recuerdo, a los que usaban los presidentes estadounidenses a principios de siglo. Kayahan Karasu estaba de pie a su lado, con cara de culpable, como si acabara de guardar en uno de sus cajones la ropa interior de Dilek Aytar que yo no debería ver. Un sofá y dos sillones de líneas redondeadas, tapizados con una tela muy suave, ocupaban el centro del salón. Una vista nocturna de Nueva York cubría la totalidad de la pared que había enfrente de la biblioteca.
Dilek Aytar se dejó caer a un lado del sofá, sin esperar a que nos sentáramos. Se frotó la cara con las manos y atusó su pelo hacia atrás. Llevaba una falda negra muy corta y una bata verde que no pegaba nada con aquélla, y en las piernas, unas medias negras recogidas. Se sentó tapándose con la bata las partes que la falda corta dejaba al descubierto. Kayahan Karasu vino hasta el sofá y permaneció de pie. Había aflojado la corbata, sin quitársela, con las dos puntas colgando a cada lado del cuello. Yo me senté en uno de los sillones.
—Adelante —dijo Kayahan Karasu.
—Cuéntemelo todo, me muero de curiosidad —dijo Dilek Aytar.
—Esta tarde mataron a Muharrem, el chófer del taxi que tomó usted. Le degollaron dentro del coche.
—¡Dios mío, Dios mío! —gritó Dilek Aytar tapándose con ambas manos la boca y la nariz—. ¡Dios mío!
—¿Quién ha sido? —preguntó Kayahan Karasu.
—Aún no se sabe. Se llevaron el dinero.
Dilek Aytar se frotó los ojos con las manos, y el maquillaje se le corrió.
—¡Vaya suerte! —dijo Kayahan, sin que yo comprendiera a qué se refería.
Sin decir nada ni moverse de su sitio, Dilek Aytar extendió la mano con dos dedos apartados, hacia Kayahan Karasu. Movía la cabeza de un lado a otro como si se mostrara incrédula ante lo ocurrido. Él sacó enseguida un cigarrillo del bolsillo y se lo dio. Luego se inclinó para encendérselo.
Yo saqué uno de mi paquete. El humo espeso se propagó por el halo de luz que se elevaba desde la lámpara de la mesa de centro hasta el techo.
—Y Dilek ¿qué tiene que ver con todo eso? —preguntó Kayahan Karasu, que seguía de pie—. Han atracado y matado al chófer de un taxi que ella había cogido. Es terrible, pero en Estambul cosas así suceden muy a menudo.
—Así que lo han matado. ¡Pobre! —exclamó Dilek Aytar para sí. Tenía la mirada clavada en algún punto de la alfombra.
—Es muy probable que la señora Aytar sea la última persona que lo haya visto con vida. La policía querrá hacerle algunas preguntas.
Dilek Aytar habló sin apartar la mirada de la alfombra.
—Me llevó Muharrem. Siempre que necesitaba un taxi, llamaba a la parada para que éste viniera a buscarme. Era un chico muy simpático. Siempre comentábamos los partidos.
De repente, Kayahan Karasu se puso serio.
—¿Qué partidos? —preguntó.
—Muharrem Serdarli era también el lateral izquierdo del Karasu Güneshspor —dije—. ¿No lo sabía?
—No. El fútbol no me interesa. —Luego frunció la frente como si acabara de descubrir algo muy importante—. ¿Cree que el asesinato guarda alguna relación con el asunto por el que mi padre lo ha contratado?
No le contesté. Habían ocurrido muchas cosas extrañas desde que yo había entrado en escena, pero no quería compartirlas con Kayahan Karasu.
—¿A qué hora pidió el taxi? —pregunté a Dilek Aytar.
Tomó una calada y se quedó pensativa.
—Debía de ser a eso de las ocho. Había quedado con Kayahan por la noche. Pedí un taxi para no tener que conducir bebida a la vuelta. Llamé a la parada, como siempre.
—¿Adónde fueron?
—Al Troubadour. Me bajé justo en la puerta.
—¿Vio que lo cogiera otro cliente después?
—No. Había mucha gente delante del local. Y además, entré enseguida en el restaurante.
—¿Hablaron durante el trayecto?
—Usted no me ha contestado y ahora no para de hacer preguntas —espetó Kayahan Karasu.
—Puede que tenga un par de preguntas también para usted —dije sin saber qué pregunta podía hacerle.
Kayahan Karasu se puso de repente nervioso.
—¿Qué pregunta me quiere hacer a las tantas de la noche, estúpido? —gritó Hizo como si se tuviera que controlar para no abalanzarse sobre mí, se dirigió hacia el escritorio y removió nerviosamente los papeles que había por encima. Un papel se cayó al suelo, y él lo recogió de inmediato y volvió a ponerlo encima de la mesa, boca abajo. Lo que pude ver en aquel segundo me hizo recordar otra cosa que había ocurrido la noche del desfile.
—¡Por favor, Kayahan! —le avisó Dilek Aytar antes de dirigirse a mí—. Señor Ünal, estamos agotados, créame. Puede que hayamos perdido los nervios con la noticia que nos dio. Le propongo que lo dejemos para mañana.
De hecho, yo también tenía sueño y estaba hambriento. En el fondo, estaba dispuesto a dejar que siguieran lo que, con mi llegada, habían tenido que interrumpir. Sin embargo, no lo hice. Se me había metido algo en la cabeza, y decidí probar suerte. Apagué el cigarrillo en el cenicero que había en la mesa de centro y me levanté.
—En tal caso, buenas noches —dije. Al ver el alivio de sus caras, añadí—: Ahora que pienso, ¿alguno de ustedes tiene idea de dónde puede estar Aysu Samanci?