Capítulo 7

 

E

ncendí un cigarrillo, en aquella ocasión, con mi propio mechero. Apoyé la espalda en la pared y empecé a escuchar la música que seguía sonando a lo lejos. Me pareció que habían subido un poco más el volumen. Ahora, incluso en el jardín, uno tenía la sensación de no poder dar un paso sin que le retumbara en los tímpanos el insufrible ritmo desprovisto de melodía, que debía de ser producto del fallido intento de unos extraterrestres de añadir, de paso por este mundo, su granito de arena a la música pop. Me veía incapaz de imaginar los diseños que las modelos podrían presentar al compás de semejante música.

De todos modos, no me tocaba a mí evaluar el desfile de la colección primavera-verano de Karasu Textil. Lo que me pasaba era que ya estaba aburrido de pasar tanto rato sin hacer nada. Ojalá la esperada llamada que soplaría a Ilhan Karasu el lugar y la hora de la cita para el amaño se produjera cuanto antes. Cualquier otro detective que tuviera contactos en todas partes, o que se permitiera llevar a buen término todas las inversiones tecnológicas necesarias, podría tener la ocurrencia de controlar todas las conversaciones telefónicas de Ilhan Karasu, pero semejantes chanchullos quedaban fuera de mi alcance. La ley que me permite ejercer mi profesión —y que pudo comenzar a aplicarse gracias a que el presidente no la vetó— no chocaba de momento con las normas que yo mismo me había impuesto.

Cuando volví al bar para pedir otro vino, no encontré al camarero que estaba trabajando en la barra, ni a los demás camareros que hacía un momento deambulaban por allí. Me dije que ellos también tenían derecho a contemplar las transparencias. Detrás de la barra encontré un vaso limpio y una botella abierta de vino blanco.

Oí la primera detonación justo cuando iba a llenarme el vaso. Levanté la cabeza y, cuando acababa de darme cuenta de la lluvia de luces que caían del cielo, se oyeron una segunda y una tercera explosión. Uno tras otro, círculos luminosos verdes y rojos se elevaron al cielo. En la noche ligeramente nublada se dibujaron globos, ramas de árboles y cascadas de luces. Primero se trazaba, desde la tierra hasta el cielo, un hilo de luz, seguido de la detonación. Después otro, y otro más. Los fuegos artificiales esperaban su turno en el cielo, esparciendo luces y colores. Anduve despacio, con el vaso en la mano y la mirada en el cielo, en dirección al mar. Si allá, en el lujoso hotel Ciragan, festejaban con luces la boda, yo la disfrutaba desde las ruinas del palacete de Esma Sultan.

En un primer momento las explosiones aplastaron el ruido de la música, pero en cuanto las luces, conforme a la ley de la gravedad, se derramaron hacia el suelo, la percusión despiadada y la música descabellada volvieron a dominar la escena. Tenía la sensación de estar viendo (y formando parte de) una película acompañada por una música digital en estéreo. En aquella noche de abril de Estambul, en la que se temía que lloviera, mil y una impurezas vistas y por ver se limpiaban en un baño de luces y sonidos.

La naturaleza no me permitió seguir contemplando aquel festejo. Menos mal, ya que de lo contrario me hubiera puesto a reflexionar acerca de la vida, lo bueno y lo malo, lo puro y lo impuro. Por necesidad, tuve que volver al principio apenas perceptible y manejable, pero cada vez más acuciante, de ir al lavabo. Seguía sin haber gente en los alrededores. Al pasar junto al bar, dejé mi copa en el mostrador y anduve en la dirección que el camarero había indicado al jugador.

No sé exactamente a cuántos metros de los servicios oí el primer disparo, confundido con el ruido de los fuegos artificiales y la música que no paraba de tocar. Pero oí claramente el segundo disparo, entre dos detonaciones de fuegos artificiales. Me quedé quieto para, en caso de que hubiera un tercero, poder escucharlo mejor.

Hubo dos disparos seguidos más.

Mi primera reacción fue preguntarme si los tiros iban dirigidos a mi persona. Los músculos del pecho y las piernas se me contrajeron. Pero después, por el sonido que emitieron los disparos comprendí que no había un espacio libre entre el arma y yo. Me eché a andar, doblándome un poco: era posible esquivar una patada o un puñetazo, pero no librarse de una bala.

Delante de las dos puertas adosadas de los lavabos no se veía a nadie. Primero, pegué el oído a la puerta en la que habían dibujado con trazos infantiles a un hombre fumando una pipa. Ni un solo ruido. Luego, abrí poco a poco la puerta y entré. No había nadie entre los dos urinarios, ni tampoco en los dos inodoros, así que volví a salir. Todo parecía indicar que, en medio de tanto ruido, yo era el único que se había percatado de los disparos, puesto que no se veía a nadie correr hacia ese lado.

Después, abrí con la misma cautela la segunda puerta, en la que habían dibujado a una mujer sonriente con el cigarrillo en los labios. Pensé que aunque hubiera alguna mujer dentro, al oír los disparos se habría incorporado rápidamente. Allí tampoco había nadie, así que salí afuera.

Desde allí podía ver que el desfile seguía a todo ritmo. Salvo el que disparó, el disparado y yo mismo, la gente seguía con entusiasmo, los modelos transparentes y los no transparentes.

Tomé un respiro delante de los servicios. Me preguntaba si los disparos habían sido imaginación mía. No lo creía. Desde mis tiempos de estudiante de las Fuerzas Aéreas, había escuchado el ruido de disparos de pistola bastantes veces como para saber distinguirlo del ruido de los fuegos artificiales. Di la vuelta a los lavabos.

El olor a pólvora esparcido en el aire era otra prueba de que no habían sido producto de mi imaginación. También lo eran los ojos abiertos que miraban fijamente al vacío y pertenecían al fotógrafo gordo de traje blanco, que yacía sin vida entre las cajas de latas vacías de coca-cola y zumos que había volcado al caerse.

Mi primera reacción fue echar un vistazo rápido a mi alrededor y asegurarme de que estaba solo. Y mi segunda reacción fue largarme, puesto que yo era uno de los últimos que había hablado con él y, para colmo, el único que había oído los disparos. ¿De qué serviría que yo respondiera o no a las preguntas —que, además, quién sabe cuánto tiempo durarían— de las decenas de policías que, con o sin chaleco antibalas, muy pronto invadirían el lugar?

Sin embargo, allí, detrás de los lavabos posteriormente añadidos del palacete de Esma Sultan, algo en el aspecto del fotógrafo gordo de traje blanco, que indudablemente no volvería a hacer fotos, me retuvo. No se veían en la chaqueta, ni en la camisa, ni tampoco en los pantalones del periodista deportivo Yildirim las gordas manchas rojas que uno esperaría encontrar allí.

Me incliné, examiné más atentamente el cadáver y comprobé que efectivamente no había rastro de sangre, ni tampoco una herida que no hubiera sangrado. Pensé entonces que podría haber algo en su espalda. Al mirar a mi alrededor, encontré en un rincón una rama gruesa y seca que debía de estar allí desde el otoño pasado. Me dije: «Que Dios me perdone», e introduje la rama debajo de su torso. Levanté muy despacio la rama, temiendo que se rompiera. Como el cuerpo todavía no se había puesto rígido, sus brazos se movieron, lo cual me causó una impresión desagradable. No obstante, pude ver lo que quería: tampoco en su espalda había rastro de sangre.

En semejantes circunstancias, suelo alejarme del lugar cuanto antes. En aquella ocasión, quizá porque la falta de sangre me había hecho sentirme más seguro, me permití repasar un rato más mi entorno. No encontré ningún casquillo. La cámara con inmenso teleobjetivo del cadáver se había caído a su lado como si antes la hubiera sacado del cuello y la tuviera agarrada con la mano. No parecía haberse roto. Tuve la tentación de echar un vistazo a las fotos que había tomado, pero cambié de parecer, puesto que llevar un aparato tan grande en la mano llamaría la atención.

Todo en aquella cara redonda, a excepción de los inmóviles ojos abiertos, parecía normal. Era como si estuviera allí estirado, después de apostar acerca del tiempo que sería capaz de permanecer sin respirar ni pestañear. Me dije que ya era suficiente y volví a la entrada de los lavabos. Después de comprobar que nadie había llegado mientras tanto, me metí en los lavabos de caballeros.

Sentí gran alivio cuando por fin pude abrir la cremallera delante del urinario. Al no haberme visto nadie hasta entonces, a partir de aquel momento, independientemente de cuándo y quiénes descubrieran el cadáver, yo ya no sería más que un testigo entre cientos, uno de los que habían necesitado orinar y habían ido corriendo al lavabo. «¡No me diga! ¿Un muerto detrás del lavabo, de muerte natural? ¡Qué horror! ¿Se sabe quién es?»

Me levanté la cremallera al tiempo que me acordaba de la chica con el ombligo al aire, con la que hacía sólo un rato el fotógrafo, entonces aún con vida, había estado discutiendo.

Que yo no tuviera respuestas que dar a los policías no implicaba que no tuviera preguntas que hacer a la chica. Salí después de lavarme las manos.

Anduve rápidamente en dirección a la música que seguía a todo ritmo, como si, después de la pausa obligatoria, me apresurara para no perderme los diseños o a las modelos. Por lo visto, la persona que había apretado cuatro veces el gatillo, mientras yo miraba si había alguien en los lavabos de caballeros y de señoras, se había largado por el otro lado de la caseta que tenía forma rectangular. En aquel preciso instante, podía estar entre la multitud de invitados, o bien podía haberse marchado tranquilamente. Me paré un momento y di vuelta atrás, hacia la entrada principal.

La única persona que se veía junto a la entrada era un joven con el uniforme de guardia de seguridad que leía un cómic, sentado en una silla reclinada contra la pared, con dos de sus patas en el aire. Del cinturón le colgaba una porra de madera.

—Joven —pregunté al chico, sin darle tiempo a incorporarse—, ¿alguien ha salido por la puerta hace un momento?

No sé cómo se las ingenió para bajar las patas de la silla y levantarse al mismo tiempo sin caer. Me respondió prácticamente ya en posición firme, con la mano que sujetaba el cómic escondida atrás.

—Nadie, señor. Los últimos que salieron fueron un par de periodistas, hace cerca de media hora.

Me giré enseguida al otro lado para que, si alguien se lo preguntaba, no pudiese describir mis rasgos. Puesto que nadie había salido de allí, o el autor del disparo había tirado el arma al mar, o bien estaba siguiendo el desfile mezclado con la muchedumbre. La verdad es que no veía muy probable la primera opción. A pesar de todo, pensé que más valía curarse en salud y me dirigí en dirección al mar. La música seguía tocando, pero ya no se oían los fuegos artificiales.

Mi amigo publicista estaba fumando, sentado encima de un amarradero, mientras miraba hacia Besiktas.

Empecé a caminar más despacio para que al verme tan apresurado, no pensara que algo insólito estaba pasando. De todos modos, estaba tan absorto que ni siquiera se dio cuenta de mi llegada. Cuando llegué a su lado y le toqué el hombro, levantó la cabeza.

—Ah, eres tú.

—¿Qué te pasa? —pregunté.

—No aguantaba más la música —respondió, como si me lo hubiera dicho sin que le hubiese preguntado—. Me largué para fumarme un cigarrillo, vi los fuegos artificiales y me vine aquí. Hace poco que se acabaron.

—¿Aún falta mucho?

—No creo. Deben de estar a punto de acabar.

No me atreví a preguntarle si había visto a alguien saltar al agua.

Mi amigo me miró por primera vez a la cara desde que me había acercado a él.

—Tienes mala cara. ¿Ha pasado algo? —dijo.

Sopesé rápidamente si me convenía hablarle del ruido de los disparos y del fotógrafo gordo tirado en el suelo. Al final decidí no contárselo. Me di cuenta de que no veía claro hasta qué punto él confiaría en mí y viceversa. Esbocé una mueca con la boca para que viera que me aburría tanto como él.

—¿Qué pasará cuando acaben de desfilar? —pregunté en vez de darle explicaciones.

—La gente aplaudirá a sus anchas, y supongo que el señor Karasu se subirá a la tarima entre ovaciones y saludará a los invitados. A estas alturas no creo que vaya a dar un discurso. Y después, la gente se dispersará.

—¿Tienes que quedarte más tiempo?

—¡Qué va! —dijo mientras tiraba el cigarrillo al mar y se ponía de pie—. Ya he estado presente suficiente rato en esta noche tan importante para mis queridos clientes. Me muero de sueño. Me marcho ahora mismo, que mañana a primera hora vuelo a Esmirna.

Nos pusimos a andar los dos juntos; cuando aún no habíamos alcanzado las ruinas, se oyeron aplausos. Mientras éstos se prolongaban, apagándose e intensificándose sucesivamente, algunos de los invitados se levantaron y se dirigieron hacia la salida, tan impacientes como los que, en los cines, se apresuran para salir sin esperar los créditos finales.

—Yo también me marcho. Ya nos veremos —dijo mi amigo, y se unió rápidamente a los apresurados que se marchaban.

Escogí un rincón apartado, desde donde podía observar a todos los que abandonaban el lugar. Aún se escuchaban ovaciones, aunque aumentaba la cantidad de gente que se marchaba. Me puse a mirar con suma atención, para que no se me escapara la chica con el ombligo al aire. Justo cuando los aplausos tocaban a su fin, sentí la primera gota de lluvia caer sobre mi cabeza. Luego llegó la segunda. Los aplausos se cortaron con la misma rapidez con la que rompió a llover. Había ya mucha gente fuera. Huían sin dejar de reír por cómo había finalizado la noche. Los que se encontraban delante de la puerta estaban apretujados como en un tren de cercanías. La chica que buscaba no se encontraba entre la multitud, o bien no lograba verla entre tanta gente. Vi al equipo de fútbol marcharse, con algunos de los jugadores bostezando. Se alejaban muy deprisa, aprovechando que no había ninguna cámara a la vista. Me arrepentí de no haberme puesto al lado del vigilante que leía el cómic, para no perderme a la chica de barriga descubierta. Cem Tümer y la bella señora pasaron delante de mí. A pesar de la fuerte lluvia, Tümer había prestado la chaqueta de su esmoquin a la mujer, y ésta la mantenía encima de su cabeza. Detrás de la mujer andaba la chica con el ombligo al aire. Tenía la cabeza agachada para protegerse la cara de la lluvia. Y procuraba mantener la distancia con la pareja, aunque sin apartarse de ellos. Tuve que empujar a unos cuantos y seguirles los pasos, para no perderlos de vista. Los tres atravesaron la puerta juntos, y yo hice lo mismo a unos quince metros de distancia.

Una vez fuera, algunos se quedaban parados como si esperaran un taxi, y otros se ponían a andar en dirección a Besiktas o Kuruçesme. El trío no hizo ni una cosa ni la otra. El Gran Cherokee negro que estaba aparcado en el lugar más inapropiado, ocupando casi todo el ancho de la acera, encendió las luces, y ellos se dirigieron hacia él. Se subieron rápidamente al coche: Cem Tümer y su mujer se sentaron en la parte de atrás; la chica, delante, al lado del chófer. El todoterreno arrancó sin importarle poner en un apuro a la gente y se alejó rugiendo hacia Kuruçesme.

«Aquí se acaba la persecución, querido Remzi —me dije—. Qué se le va a hacer. Algo es algo.»

Me abrí camino en dirección contraria, entre la gente aglomerada en la salida, y volví a meterme dentro. Los camareros estaban recogiendo las botellas, los vasos, los platos y las servilletas sin usar. Fui hacia el podio situado en medio de las ruinas. El equipo de Karasu Textil, por fin a solas, estaba reunido en una atmósfera de júbilo. Los técnicos corrían de un lado para otro, con los cables y las luces en las manos. Las modelos, en tejanos y camisetas, se habían convertido en unas altas chicas del montón.

Me acerqué a Ilhan y Kayahan Karasu, y a Dilek Aytar, que se habían resguardado de la lluvia bajo una de las arcadas.

Quise estrechar la mano a Ilhan Karasu en primer lugar.

—Le felicito. Ha sido una noche fantástica.

Tenía razones suficientes para pensar que la noche había sido realmente fantástica.

—Muchas gracias —respondió. Tenía la cara resplandeciente de satisfacción—. No conoces a mi hijo. Mira, Kayahan, éste es Remzi Ünal, del que te he hablado.

—Encantado —dije a Kayahan Karasu—. Ha sido impresionante.

—Muchas gracias. ¿Ha visto, al menos, algo que le pueda interesar?

No pude comprender muy bien si la pregunta iba dirigida al detective privado Remzi Ünal, que trabajaba sobre un caso de tongo, o al representante que iba a llevarse un montón de trapos a Kayseri. Como no sabía hasta qué punto 11-han Karasu mantenía informado a su hijo, di una respuesta neutra:

—He tenido la oportunidad de ver todo lo que me interesaba —dije mirando más bien a Ilhan Karasu. De todos modos, Kayahan Karasu me demostró lo poco que le interesaba mi respuesta, pues se puso a examinar sus zapatos manchados de barro.

—¿Estará mañana en su despacho? —pregunté a Ilhan Karasu.

—Supongo que me iré un rato por la tarde. En honor a la noche pasada sin contratiempos, todos en Karasu Textil tenemos mañana día libre.

Dilek Aytar intervino:

—Señor Ünal, vamos a celebrarlo a algún lugar. ¿Quiere unirse a nosotros?

—Me encantaría, pero tengo un asunto que arreglar. Le felicito también a usted, ha sido maravilloso. ¿Cómo ha conseguido que no lloviera hasta el último momento?

—Es pura magia —replicó con todo su encanto.

Un poco más tarde, caminaba por las callejuelas de Ortaköy que desembocaban en la plaza. Hacía rato que los vendedores de bisutería habían recogido los puestos. Sin preocuparme de la lluvia que caía ahora a bocajarro, avancé hacia los teléfonos públicos. El de la primera cabina no funcionaba, así que me metí en la siguiente.

Marqué uno, cinco, cinco.

La voz cansina de un guardia me respondió.

—Hay un hombre muerto detrás de los lavabos del palacete de Esma Sultan, en Ortaköy —dije.

—No me tomes el pelo —dijo el guardia, desmotivado.

—Si no van enseguida, usted también se va a ahogar.

Colgué sin decir nada más.