Capítulo 2
A
quel lunes, me levanté temprano. Me tomé el café mientras miraba por la ventana si venía el chico del colmado, que no me había traído el periódico. Fuera, la primavera no se decidía a instalarse de una vez por todas. Una madre subió al coche a una niña que había perdido el autobús escolar. Había acabado el café y todavía no me habían traído el periódico. Tomé nota en mi memoria de no olvidarme de echarle la bronca al tendero, el padre del chico. Sentía todavía un ligero cansancio por el entrenamiento del sábado, por lo que me metí directamente en la ducha, sin hacer los ejercicios de calentamiento de aikido. Después de la ducha me tomé otro café.
La agencia de mi amigo publicista se encontraba cerca de mi casa, en el barrio de Levent, así que decidí ir hasta allí a pie. A la altura del colegio de Sisli Terakki, pasé andando lentamente junto a la gente que esperaba dentro de los coches embotellados en el cruce. Entre ellos se encontraban la niña que había perdido el autobús escolar y su madre que suspiraba.
Según pude observar, la agencia seguía dominada por la languidez de un lunes por la mañana. Las ventanas, que acababan de abrir, empezaban a renovar el aire de las salas que habían quedado cerradas todo el fin de semana. La recepcionista, que acababa de pintarse los labios, todavía tenía la barra de labios y el espejo de bolso encima de la mesa.
Me conocía de las raras ocasiones en que había venido por el anuncio del Hürriyet. En cuanto me vio, levantó el auricular.
—Ha llegado el señor Ünal —dijo después de toser para aclararse la voz. Luego se volvió hacia mí—: Le está esperando.
Sabía dónde estaba el despacho. Sonreí a la chica y me fui. Subí por las escaleras sin dejar de mirar las manzanas de cristal colocadas en los nichos que había a lo largo y ancho de las paredes que rodeaban el hueco de la escalera.
Encontré a mi amigo sentado junto a una mesa cubierta de fajos de periódicos a medio leer. Tenía en la mano la taza de café más grande que nunca había visto.
—¿Tomas café? —preguntó sin levantarse.
—Gracias, ya me he bebido dos —le contesté mientras me sentaba en uno de los sillones que tenía enfrente.
—Tráeme el anuncio inmediatamente, llegaremos tarde —dijo por teléfono—. Nunca llegamos a la hora —me aclaró y volvió a su periódico.
Sin decir nada, escogí entre los periódicos el que no me habían traído esa mañana.
Me salté las noticias políticas. Hicieran lo que hicieran, no conseguirían cambiar mi vida. Me enteré, en la tercera página, de que el domingo que me había encerrado en casa, se habían cometido cuatro asesinatos. En dos de los casos se sabían las causas y la policía había dado con el sospechoso; no así en el otro par. Las fotografías de las víctimas estaban sacadas de los carnés de conducir o de los DNI. Los sospechosos se habían cubierto la cara con las chaquetas mientras los fiases se disparaban. Habían intentado linchar a uno de los sospechosos que la policía había llevado al lugar del crimen. Siempre pasan cosas así.
Pasé rápidamente a la página de deportes. De los partidos de primera división leí únicamente los titulares y me detuve en los de tercera. Me costó encontrar los resultados publicados en una esquina de la segunda página. El Karasu Güneshspor había empatado. Ocupaba la antepenúltima posición, a un punto del equipo siguiente.
Justo cuando estaba pensando que no me gustaría estar en el lugar del director técnico del Karasu Güneshspor, una mujer vestida como las del anuncio de Karasu Textil y que llevaba un enorme maletín en la mano asomó la cabeza por la puerta.
—Ya está listo, jefe —dijo la mujer mientras golpeaba ligeramente la moldura de la puerta.
—Vamos —me dijo. Plegué y volví a poner en su sitio el periódico. De todos modos, sabía de antemano que iban a atrapar a los asesinos y que dos equipos iban a bajar de división. Me levanté. Empezamos a bajar las escaleras con las prisas de los que no quieren retrasarse más, sin que mi compañero me presentara a la mujer que nos esperaba en la puerta mientras salíamos. Le dijo a la chica de recepción que volvería dentro de un par de horas. Delante de la entrada nos esperaba un Jaguar con la puerta abierta.
Me tocó sentarme al lado del chófer trajeado como un diplomático. Los de atrás, en cuanto se sentaron, abrieron la maleta y empezaron a examinar su contenido.
El chófer con pinta de diplomático debía de saber adónde íbamos, puesto que, sin antes consultarlo, condujo el enorme Jaguar con el cambio automático hacia la autopista TEM pasando por Cuarto Levent. Avanzábamos silenciosamente. Me eché hacia atrás y me puse a mirar la carretera con la mano en el cinturón de seguridad.
En la carretera que pasaba por detrás del aeropuerto, después de pasar por delante de dos edificios de prensa y de emisoras de televisión, nos adentramos en las calles laterales. Intenté grabar en mi mente, a través de los párpados que intentaban cerrarse, cada esquina que cruzamos. El maldito Jaguar se deslizaba suave y silenciosamente.
Al final, el coche desaceleró delante de una puerta corrediza. Un guardia bastante desaliñado se acercó tímidamente a la ventana, impresionado por el imponente coche. Inmediatamente después de que mi amigo pronunciara unas palabras mágicas, la puerta de hierro, que habían pintado con los colores del equipo, marrón y amarillo, se abrió a un lado.
Un enorme patio servía de aparcamiento a un montón de coches de particulares, furgonetas y coches de servicio. Justo enfrente de la puerta de hierro, la entrada con escaleras cuyas dimensiones habían sido ideadas para impresionar al cliente era la única parte del edificio en la que se notaba la mano de un arquitecto. En el frontón que había encima de la entrada, estaba escrito en letras enormes: «Karasu Textil». Nos dirigimos hacia la entrada. Mi amigo publicista iba delante, seguido de la joven que llevaba el maletín; yo iba el último.
Mi amigo repitió el mismo conjuro al guardia uniformado que estaba sentado detrás del mostrador de la entrada, y nos invitaron a pasar por una nueva puerta.
Ahora nos encontrábamos en una sala amplia que nada tenía que ver con la fealdad de la fachada. Incluso yo me dejé impresionar por la decoración soberbia de la sala. Habían colgado en la pared fotografías de modelos nacionales e internacionales, que yo conocía por los extras dominicales. Sin duda lucían los vestidos de Karasu Textil; cada foto era del tamaño de una ventana y estaba iluminada como en las galerías de arte. La sala daba a un largo pasillo con varias puertas a ambos lados. Por unos altavoces invisibles llegaban suaves melodías de jazz.
Era obvio que mis compañeros publicistas sabían muy bien hacia dónde dirigirse; sin embargo, mostraron un atisbo de duda, como si esperaran la llegada del comité de recepción. Palparon la corbata, se ajustaron la falda...
No tuvimos que esperar mucho rato. El comité de una sola persona irrumpió desde una de las puertas al fondo del largo pasillo y se dirigió hacia nosotros. ¡Menudo comité de recepción!
La mujer más bella, más atractiva y más llamativa de todo el Oriente Medio y de los Balcanes venía hacia nosotros con el andar medido de las pasarelas, pero en versión mucho más humana y más segura, con una sonrisa que haría derretir a cualquiera, una mirada tan inocente como cautivadora, la cabeza alta, la espalda recta...
La contemplé mientras se nos acercaba, saboreando cada detalle, como cuando se mira a velocidad normal una película filmada a cámara rápida. Llevaba una blusa blanca sin mangas, que se ondulaba como si fuese de seda, y debajo de la blusa, la falda más corta que jamás había visto en las mujeres de mi entorno. Y debajo de ésta, unas medias negras que dejaban ver unas piernas mucho más rellenas pero no menos perfectas que las de las modelos internacionales de la pared. O no llevaba mucho maquillaje en la cara, o estaba tan bien pintada que no se le notaba. Llevaba un collar hecho de grandes trozos de metal brillante. Cada vez que daba un paso, el collar se sacudía como si los círculos metálicos quisieran colarse por la suntuosa abertura de la blusa. Nuestra delegación empezó a moverse, avanzó y acortó las distancias para los apretones de mano delante de la primera puerta del pasillo. Como no lograba apartar la vista de la belleza que se nos acercaba, me olvidé de mirar en el interior de la habitación.
—Bienvenidos —dijo con una voz ronca que no pegaba con su imagen, mientras extendía la mano hacia mi amigo.
—A ver qué nos traes hoy —dijo.
Estrechó también la mano de la compañera publicista, sin mirarle la cara, ya que estaba ocupada en examinarme con cara de: «¿quién será éste?».
—Remzi Ünal —me presentó mi amigo publicista, sin añadir ningún calificativo ni mencionar mi profesión.
Le dediqué la sonrisa más amplia de la que era capaz.
—Dilek —dijo ella con un suave pero firme apretón de mano—. Dilek Aytar.
—La señora Aytar es la directora del departamento de Relaciones Públicas y Publicidad de la empresa —aclaró mi amigo.
Dilek Aytar desvió su atención hacia los publicistas.
—El señor Ilhan Karasu aún no ha llegado —dijo—, me imagino que por culpa del tráfico. Podemos esperar en mi habitación y así, de paso, echaremos un vistazo a lo que habéis traído.
Nos pusimos en marcha, con el objeto de alcanzar la última habitación del pasillo. Ahora ya podía echar una ojeada en las habitaciones que cruzábamos. Ofrecían el aspecto habitual de las oficinas, con despachos repletos de hombres y mujeres jóvenes que aún arrastraban el sopor matutino.
Entré el último en la habitación de Dilek Aytar. Aparte de la enorme mesa de trabajo y la de reuniones, aún más grande, llamaban la atención un hombre y una mujer desnudos. Claro que no eran de carne y hueso, sino que eran maniquís. Ambos miraban sin pestañear en dirección a las persianas de la ventana, colocadas, más que para impedir que se viera el interior, para que los de dentro no vieran el exterior. La única prenda que llevaba puesta la mujer era un fular, en el cuello.
No había sitio donde sentarse delante de la mesa de trabajo, así que tomamos asiento en las sillas de ejecutivo que circundaban la mesa de reuniones. Dilek Aytar recogió los papeles y los catálogos que había encima de la mesa.
—¿Qué quieren tomar?
Pedimos café, y ella, en vez de encargarlos por teléfono, pulsó el botón del interfono que había al lado. Encomendamos los tres nescafés, dos con leche y otro solo, en las habilidosas manos de una tal señora Nimet.
Dilek Aytar se sentó también enfrente de mi amigo publicista.
—¡Qué nervios, con la noche que me espera! —dijo, a pesar de que no se la notaba nada nerviosa.
—No te preocupes, mujer, ya verás cómo todo saldrá a la perfección —dijo mi amigo.
—Ya lo sé —respondió ella—. Pero siempre surgen un montón de contratiempos, a ver qué nos tiene reservada la noche de hoy. Se lo digo para quejarme; el señor Ilhan Karasu lo ha dejado todo en mis manos. Ayer, por si fuera poco, me vino con lo del equipo de fútbol: que sería beneficioso desde el punto de vista de las relaciones públicas, que estaría bien que se subieran a la pasarela. Y después no para de lamentarse...
—Hay que aguantarle algún que otro capricho. Por algo él es el jefe —dijo mi amigo.
—Al César lo que es del César: también sabe apreciar el trabajo bien hecho —añadió Dilek Aytar.
La publicista, que no había pronunciado palabra hasta entonces, se agachó, cogió el enorme maletín que tenía en el suelo y lo puso encima de la mesa. De allí sacó el boceto de un anuncio, con muchas fotos y pocas letras. Volvió a dejar el maletín en el suelo y empujó el boceto hacia Dilek Aytar.
—¡Qué creativo! —gritó Dilek Aytar con voz medida.
—Mantenemos la idea de «Cuando la vida te da un revés, Karasu...» —aclaró la publicista.
—También en el desfile de hoy, las modelos andarán hacia atrás —dijo Dilek Aytar.
—De ese modo alcanzaremos la coherencia absoluta —añadió la publicista.
«Espero que no tropiecen en medio de la pasarela», pensé.
—No quiero adelantar las cosas, pero en mi opinión, el anuncio le gustará al señor Karasu. De todos modos, está conforme con el concepto.
—Elegimos juntos las diapositivas, ¿se acuerda? Lo que sucede es que me urge tener la aprobación definitiva. Tenemos que separar los colores sin más dilación —dijo Dilek Aytar. Luego preguntó—: ¿Cuál es la fecha de entrega?
—Esta tarde a las seis. La revista entra en imprenta a medianoche.
—Siento tener que decirlo, pero siempre nos lo traen en el último momento —dijo Dilek Aytar, dirigiéndose más a mi amigo que a la publicista.
—Pero si el señor Karasu no encontrara...
Mi amigo la interrumpió:
—Tanto el señor Karasu como la señora Aytar están muy ocupados —dijo—. Es nuestra responsabilidad tomar las necesarias precauciones. Si quieres, haz una llamada y manda el anuncio a separación de colores y, en el caso de que el señor Karasu nos pida que hagamos algunos cambios, lo corregiremos sobre la marcha.
La publicista sacó el móvil del bolso y tecleó los números mientras caminaba hacia la ventana con persianas. Dilek Aytar sonrió felizmente a mi amigo.
—¡Vaya, vaya, quiénes están ahí! —gritó alguien que entró sin llamar—. A ver qué nos traen.
Los tres nos pusimos de pie como si hubiésemos recibido alguna orden. Todo parecía indicar que estaban a punto de presentarme al gran cliente, el presidente del Karasu Güneshspor, Ilhan Karasu.