Capítulo 1
N
o era mi intención hacer daño al tipo que tenía enfrente. Sólo quería pararle la mano derecha que estaba a punto de blandir como una espada cortante, antes de que alcanzara mi sien, e inmovilizar su enorme cuerpo. No sabía lo que iba a hacer a continuación, pero en aquel momento eso era lo de menos.
Me había puesto ligeramente de lado para defender la entrepierna, que cualquier hombre de mi edad querría proteger de posibles patadas. Inspiré muy hondo, bajé el aire hacia los pulmones, hasta mi hara, y lo mantuve allí; no debería haberme puesto tenso, pero no pude evitarlo. El hombre llevaba una sonrisa irónica en su cara barbuda que recordaba al malo de la película Bandolero. Sus ojos me decían que estaba a punto de recibir un golpe peor que la temible bofetada otomana.
No me considero un hombre de baja estatura, pero él era todavía más alto; tampoco soy muy delgado, pero él era aún más corpulento. Pelos canosos asomaban por el cuello de la camisa, que se le había abierto mientras luchábamos. Me alegró ver que tenía las sienes, ambos lados de la nariz y el cuello empapados en sudor.
No era difícil de adivinar de dónde vendría el golpe. Adelantó el pie derecho para mover su enorme cuerpo hacia delante, levantó el brazo derecho con los dedos de la mano muy tiesos y lo blandió hacia mi cabeza como si se tratara de una espada. Era un ataque premeditado, tranquilo y controlado.
Logré impedir que bajara el brazo. Di un paso adelante a la vez que lo agarraba con la mano izquierda por debajo del codo, y con la mano derecha por la muñeca. No pudo hacer nada, a pesar de que parecía lo suficientemente experimentado como para prever una reacción así. Ahora, el hombre tenía el brazo derecho bajo el control de mis manos, con nuestros cuerpos mirando en la misma dirección.
Solté el aire y di un paso más hacia la izquierda. A pesar de ser más alto, al bajar yo los brazos, se quedó doblado. Ni siquiera intentó pegarme con la mano izquierda que tenía libre, sino que trató de apoyarla en el suelo para no caer. Esa vez me abrí paso hacia la derecha. Él perdió del todo el equilibrio y con su mano libre trató en vano de coger impulso, y al final no tuvo otro remedio que venir hacia donde yo lo arrastraba. Con el último paso que di hacia delante, se quedó definitivamente clavado en el suelo.
Mientras él se derrumbaba, me puse de rodillas. Seguía agarrándole con la mano izquierda el codo de ese lado, estirado de tal forma que formaba un ángulo recto con su cuerpo, y con la derecha le agarraba la muñeca. Apoyé la rodilla izquierda en su costado. Estaba bajo mi absoluto control. De nada le sirvió resistirse con todo el cuerpo. Ya no me hacía falta hacer ninguna presión, lo tenía dominado; no podía levantarse, girarse, ni resistirse.
Lo tenía totalmente sometido, pero a partir de ahí ya no sabía qué hacer. De antojárseme, nos hubiéramos quedado en aquella posición durante horas, hasta hubiéramos tenido tiempo para contarnos cosas. Podríamos haber permanecido así un buen tiempo, con su cuerpo estirado a mi lado, el brazo izquierdo pegado al suelo debajo de mi mano y la mano izquierda dando palmaditas en el suelo.
Y como no sabía lo que tenía que hacer a partir de entonces, le solté el brazo y me reincorporé inmediatamente. El hombre cuya cara recordaba al malo de la película Bandolero se puso también de pie y empezó a frotarse el codo del brazo que tenía pegado al suelo sin que se le desdibujara su cruel sonrisa. Ahora me tocaba a mí: retrocedí un paso y, antes de que pudiera acercarse demasiado, inicié un ataque meditado, tranquilo y controlado. El hombre resultó ser mejor que yo. La sonrisa se le borró y adoptó la expresión de plácida concentración de un relojero minucioso. A pesar de su gran estatura, se movía cerca del suelo con la agilidad típica de los de Extremo Oriente. Enseguida me encontré con la espalda pegada a la colchoneta. Pero no importaba, ya llegaría mi turno.
Después, el maestro dio unas palmadas.
En cuanto lo oímos, nos apartamos ligeramente el uno del otro, y lo mismo hicieron las otras cinco parejas que luchaban encima de las colchonetas para tumbar a su contrincante. Nos pusimos de rodillas, juntamos los brazos delante —primero el brazo derecho, luego el izquierdo— y, con la cabeza ligeramente levantada, nos inclinamos mirando en los ojos del que teníamos enfrente.
El amigo publicista que había diseñado mi pequeño anuncio para el periódico Hürriyet, gracias al cual yo recibía más llamadas que mis colegas, se me acercó con su shikko después de haber saludado a su ukame.
—No te marches justo después de la ducha, quiero comentarte algo —dijo.
Afirmé con la cabeza. En ese momento, los diez aikidokas, en la postura seiza, mirábamos al maestro. Todos nosotros —mi amigo publicista, el director de cine con el que acababa de batirme, el comerciante de hierro, el estudiante que se preparaba para la selectividad, nuestro compañero en paro que había vuelto recientemente del servicio militar, el suministrador de barcos, el programador, la periodista, que era la única mujer entre nosotros, y yo mismo, el detective privado Remzi Ünal— estábamos observando la nueva técnica que nos enseñaba el maestro con la ayuda del más antiguo del dojo. Como siempre me pasa, no comprendí a la primera el nuevo movimiento.
Seguimos una media hora practicando en la colchoneta, intentando tumbar al contrincante. A medida que pasaba el tiempo, los kilos que sobraban, los cigarrillos fumados, la sedentaria vida urbana, la alimentación incorrecta y todas las demás actividades que acostumbran a dejarnos en baja forma nos iban pasando factura, y todos empezamos a resoplar, menos el compañero bachiller y la periodista, que se las arreglaba para conservar su figura. A pesar de eso, después de haber acabado con el entrenamiento, conseguí hacer los veinte ukemis.
Al final del entrenamiento, después de habernos intercambiado los saludos O'Sensei, el maestro nos dijo: «Domo arigato gozaimashoit!».
Le respondimos: «Domo arigato gozaimashita!». Como siempre, nos dimos las gracias, y, como siempre, me pregunté qué pintaba yo allí. Me costaba respirar, las rodillas me temblaban, estaba a punto de sentir náuseas, estaba empapado en sudor y el corazón me iba a cien por hora. Tal vez, practicar el aikido tres veces a la semana como yo fuera algo reservado a los más jóvenes.
Después de la ducha, recuperé la integridad espiritual y física que me ayudaría a ganarme la vida cumpliendo lo que se me pidiera, y a afrontar la parte que me tocaba de este mundo lleno de maldades. Pero no me hagan mucho caso, no tenía nada entre manos en aquel momento. El pequeño anuncio del Hürriyet sólo servía para que algún que otro colgado se sincerara en mi contestador. Ah, y estaba también esa misteriosa mujer que olvidó dejarme sus señas.
Mientras me vestía, escuchaba, sin entrometerme, los comentarios que hacían el comerciante de hierro y el director de cine acerca de la actual crisis económica. Mi amigo publicista, tras ponerse los calzoncillos, aparentemente más caros que los de los demás, se aplicó el desodorante con esmero y, cuando agarró con la mano los michelines de su cuerpo desnudo, hizo una mueca de descontento.
—El régimen se fue otra vez al garete —me dijo.
No le contesté, y él no se lo tomó a mal. Se puso primero los pantalones, que eran tan anchos que, de ponérmelos, tendría un aspecto cómico, y luego se puso la camisa de seda y los zapatos italianos. No se le olvidó pasar el fular por el cuello.
—¿Te quedas para el desayuno? —me preguntó.
Le dije que no con la cabeza, como de costumbre. Mi amigo publicista, el comerciante de hierro, el maestro, el suministrador de barcos y el director de cine, después del entrenamiento de los sábados, se pegaban unos desayunos descomunales, allá arriba, al lado de la piscina, a la sombra de las encinas. Nunca me unía a ellos, no sé si por el ardor que me producía comer tan temprano, o porque sus conversaciones no me interesaban demasiado. El bachiller, el programador, el compañero que aún no había encontrado trabajo y yo nos despedíamos de los demás deseándoles un buen fin de semana y nos íbamos, cada uno por su lado. Nuestra compañera periodista a veces se quedaba a desayunar con ellos.
—¿Tienes algún caso entre manos? —me preguntó mi amigo mientras se peinaba.
Hacía rato que yo estaba vestido y que echaba de menos sentarme delante de mi Cessna Skylane RG. Asimismo, hacía tiempo que sentía la necesidad de hurgar en el lado oscuro de alguna vida ajena.
—Creo que podría soportar el tener que escuchar a un cliente más —contesté mientras deseaba para mis adentros que no se tratara de él. Puede que no me conviniera hacer un iriminage a un cliente. Es cierto que le ayudé a descubrir a los editores que habían estafado a su agencia, y él, a cambio, publicaba el pequeño anuncio a un precio reducido, pero esto no era un trato de negocios, sino más bien una pequeña demostración de solidaridad de aikidokas con la que se inició nuestra amistad.
—Es probable que uno de mis clientes te necesite.
—Sabes que no acepto casos de morosos.
—Ya lo sé. No se trata de nada por el estilo. Tampoco te pedirá que sigas a su mujer.
—¿De qué se trata, entonces?
—Del dueño de Karasu Textil —explicó—. Ya sabes, aquel anuncio publicitario que hicimos con un montón de mujeres que se caían al agua.
Me acordé del anuncio. Mujeres con aspecto de directivas se tiraban al agua sin que tuviéramos tiempo de ver muy bien la ropa que llevaban. Cuando salían de la piscina, se notaba que no llevaban gran cosa debajo de sus vestidos mojados. No llegué a comprender a qué venía el anuncio, aunque mi amigo me comentó que fue todo un éxito.
—¿Se ahogó alguna actriz? —le pregunté esbozando una sonrisa.
—No —dijo, soltando una carcajada al acordarse del dinero que había ganado con el anuncio—. El tipo tiene un equipo de fútbol. Su preocupación está relacionada con éste.
—El Karasu Güneshspor —dije.
—Exactamente —dijo.
Conocía al equipo. Era del barrio de Estambul y subió a tercera división el año pasado. Después de que Karasu Textil accediese a patrocinarlo, el equipo fue mejorando, y al final consiguió, después de muchos años, dar el salto a la liga profesional. Compraron algunos jugadores relativamente importantes, por los que tuvieron que desembolsar bastante dinero. Sin embargo, a finales de temporada la situación del equipo no era muy buena.
—¿No pensará comprar al árbitro?
—Pues no.
—Si no amaña el partido, su equipo puede bajar de categoría.
—Eso es lo que le preocupa. Se ve que alguien intentó comprar a sus jugadores.
—Aunque la garza vuele muy alto, el halcón la mata —comenté.
—Es todo lo que sé —dijo mi amigo poniéndose más serio—. El otro día, después de la reunión me preguntó en privado si conocía a alguien competente que supiera mantener la boca cerrada. Pensé en ti.
—Te lo agradezco —dije. Efectivamente, sabía mantener la boca cerrada; sin embargo, tenía algunas dudas sobre mi competencia.
—Bueno, si te interesa, ven conmigo a la reunión del lunes. Así podrás hablar con ellos. Suele ser generoso a la hora de pagar.
—El lunes estoy libre.
—Perfecto. Ven a buscarme a la agencia a las nueve y vamos juntos. Me reúno con él a las diez. Lo mío no durará mucho, te lo presento tan pronto como haya dado luz verde a mi anuncio publicitario.
—¿Otra vez se trata de mujeres mojadas?
—No, esta vez están patas arriba.
Me pasé el fin de semana intentando volar de manera reglamentaria de Chicago a Nueva York en el Flight Simulator. Era un vuelo un tanto aburrido, pero aún seguía resultándome una experiencia bastante estimulante.