CUARENTA Y CUATRO
Sabía que no iba a ser fácil. Con mujeres como ella nunca lo era o, por el contrario, era todo sospechosamente sencillo, tanto que casi resultaba preferible a veces que sus rasgos y su belleza no le allanaran el camino, que la trataran exactamente con el mismo desdén que reservaban a todas las demás inmigrantes, a todas las otras mujeres negras.
Ese día, contra su costumbre, había intentado pasar desapercibida. No sabía si lo había conseguido y, por las miradas inequívocas que le dedicaba el colombiano que regentaba aquel locutorio, comenzaba a dudarlo. Decidió ignorarlo y no ponerse nerviosa. Total, qué podía perder si todo a su alrededor se había ido ya a la mierda. Qué podía pasar. Qué podía empeorar.
Rebuscó en su bolso diminuto hasta dar con el papel, arrugado, manchado de carmín, que su amiga Claudia le había pasado. No era su nombre auténtico, por supuesto, como tampoco lo era el suyo, Noemí, pero lo cierto es que le venía como anillo al dedo. Julianna, pues así es como se llamaba su amiga, era una rusa rubia, alta y delgada, clavadita a Claudia Schiffer. Estaba muy solicitada, y no era nada extraño dado que sus medidas y su melena dorada eran perfectas y, además, era toda una profesional. Y lo decía con conocimiento de causa, sonrió, porque en más de una ocasión habían tenido que trabajar juntas sobre el mismo tío. Claro, razonó mientras introducía las monedas suficientes para llamar a Madrid y para no confundirse marcaba lentamente el número apuntado en el papel. «Todo aquel que pueda tener una Claudia y una Naomi a su disposición y dinero para pagárselo, cómo iba a resistirse a disfrutar con dos putas idénticas a las más famosas modelos del momento…» Rió y volvió de inmediato a fruncírsele el ceño al reparar en el marrón en el que, por tonta, por idiota, por buenaza, se había metido. Menos mal que Julianna, o Claudia, qué más daba, era lista. Mucho. Y tenía contactos. Porque lo que era ella, Naluya, a la hora de ayudar a los demás, de pensar en los otros, de sacar una agenda llena de teléfonos a los que llamar sabiendo que al otro lado estarían dispuestos a echarle un cable, se mostraba totalmente ineficaz. Absolutamente perdida. Nula.
Y de hecho, ahora que lo pensaba, volvió a reñirse, no tenía ni idea de por qué hacía esto, se dijo una vez más.
Por su carita de niña perdida.
Porque por las mañanas, a la hora de desayunar, se peinaba con trencitas y parecía que echaba de menos a su mamá.
Con lo fácil que sería coger sus cosas y largarse a Barcelona, o a la capital, sin mirar atrás…
—Beltrán, Castro, Daroca y Martin, ¿qué desea? —bufó una voz, metálica y seca, a través del teléfono.
—Quería hablar con Aitor. —Naluya procuró pronunciar con cuidado el nombre también apuntado en el papel, que le sonaba bastante raro.
—Aitor no está en el despacho.
—¿Cuándo vendrá?.
—No vendrá en mucho tiempo. —Y a Naluya le pareció que la mujer que le hablaba al otro lado del aparato, allá en Madrid, se alegraba al decirle aquello.
—¿Y Jimena?.
—Jimena qué…
—Que si está Jimena, cono. —Esa estúpida de secretaria empezaba a tocarle las narices, y buena era ella, Naluya, si la cabreaban o, lo que era casi lo mismo, si le parecía que la ninguneaban, aunque fuera por teléfono. Y la imbécil que le hablaba no podía adivinar que era negra.
—No. —La satisfacción rebosaba de la boca de la idiota—. Ella tampoco está.
—¿Hay alguien ahí que sea abogado con quien pueda hablar? —Ahora ya era una cuestión personal, Naluya no estaba dispuesta a darse por vencida.
—Lo cierto es que ya casi estamos a punto de cerrar. Tiene suerte, porque estas no son horas. ¿Es usted cliente del bufete?.
—No.
—Ya, entiendo, ¿y de parte de quién digo que llaman?.
—De parte de tu puta madre.
Tras una pausa, larga, demasiado larga, en la que se mantuvo a la espera escuchando una versión horrible del Guantanamera, un hombre retomó la comunicación.
—Buenas tardes —parecía agitado—, ¿en qué puedo ayudarla?.
—Buenas —Naluya fue al grano, ya no estaba para gaitas—, tengo una amiga que está presa en el CIÉ de Málaga. Me han dicho que Aitor o Jimena pueden sacarla, pero no están.
—No, ahora mismo no están en el despacho, pero somos cuatro abogados. Si le interesa, podemos ayudarla —dijo el hombre con un tono que parecía más calmado. Parecía amable.
—Antes de seguir tengo que decirle que no sé si nos alcanzará el dinero. Hemos hecho un fondo entre varias, pero no sé si ustedes son caros o… —Naluya pensó en cómo proseguir sin resultar demasiado brusca. Una de las costumbres entre las que se dedicaban a su oficio era hablar de dinero sin ambages y cuanto antes, pero tampoco quería pasarse y cargarse la única ayuda que había sido capaz de encontrar antes de empezar siquiera a explicar el caso.
—No se preocupe —zanjó el hombre, que cada vez le iba cayendo mejor—. Podremos llegar a un acuerdo, seguro. Sabemos que las personas que tienen la desgracia de acabar en un CIÉ no son millonadas. Dígame, ¿qué le ha sucedido a su amiga?.
—Yo estoy acostumbrada a hablar sin rodeos, ¿me entiende?. Así que no se asuste si digo las cosas claras, es que soy un poco bruta.
—Tranquila, no tenga miedo a hablar. —Notó la intriga, la curiosidad en su voz—. El Código deontológico le garantiza la confidencialidad en todo lo que vaya a contarme, lo que no puedo garantizarle es que no vaya a escandalizarme —dijo el hombre. Naluya supo que estaba bromeando. Y le gustó.
—Mi amiga es puta, como yo —se lanzó—. El otro día estaba haciendo un servicio y se le murió el cliente. Se asustó, se largó de allí casi con lo puesto y cuando volvió al piso que compartíamos, la jefa le dijo que de eso nada, que se buscara la vida como pudiera, pero que allí no había sitio para ella. La pobre no tenía adonde ir y al final la pilló la policía. Como sus papeles no están en regla y es inmigrante, como yo y como todas, ha acabado en el CIÉ.
—Comprendo. Y las compañeras os habéis puesto de acuerdo para sacarla de ahí.
—Más o menos. Después del lío que se montó con la muerte de ese tío nos han desmantelado el piso, porque el que la palmó era un pez bien gordo que hasta era medio socio y dueño del negocio, aunque nosotras de eso no estábamos enteradas. Ahora andamos todas manga por hombro. Pero más o menos has acertado: algunas sentimos pena por Saskia y queremos que salga de ahí.
—¿Tu amiga se llama Saskia?.
—Sí. —Naluya intuyó que estaba apuntando los datos.
—¿Y tú?.
—Noemí.
—Venga, dime tu nombre de verdad, no el de guerra. Te doy mi palabra de que puedes confiar en mí.
—Naluya. —Y en cuanto lo dijo pensó que posiblemente era una mema y terminaría arrepintiéndose, pero en ese momento, era cierto, se fiaba de ese abogado—. Ella, Saskia, no es una criminal ni nada de eso. Es una buena chica. No tuvo ninguna culpa de que el otro la palmara, a saber qué se habría metido.
—Creo que podemos ayudaros. Necesitaré, claro, que nos des más datos, pero has hecho bien al llamarnos, porque justamente una de nuestras especialidades es inmigración y sacar a gente de los CIÉ. ¿Puedo hacerte un par de preguntas?.
—Dispara.
Él rió.
—Bien, la primera es fácil: ¿de qué nacionalidad es tu amiga?.
—Creo que rumana, pero no lo sé. De alguno de esos países del Este.
—Entiendo… —Naluya supuso que seguía anotando.
—¿Y la segunda pregunta? —le apremió. Temía que se le terminaran las monedas.
—¿Desde dónde llamas?.
—Desde un locutorio.
—No, me refiero a la ciudad en la que trabajáis tú y Saskia.
—Ah, en Puerto Banús.
—Vale, y una más…
—Ya son tres —le cortó.
—Te prometo que será la última, es pura curiosidad personal: ¿cómo es que nos has llamado a nosotros?.
—Una de las chicas, Julianna, se acostaba también con el muerto, el que ahora sabemos que es uno de los jefes, y en varias ocasiones le oyó despotricar contra un abogado llamado Aitor Castro. Y también contra una socia suya, Jimena Beltrán. Por eso ella y yo pensábamos que si nos poníamos en contacto con vosotros, no correríamos el peligro de que fuerais amigos o socios suyos o algo.
—No me digas… ¿y se puede saber quién es el muerto?.
—Joaquín Wiren. ¿Te suena?.
Cuando la conversación terminó, Naluya estaba razonablemente satisfecha. De hecho, lo estaba tanto que si hubiera tenido delante al abogado que la atendió tan amablemente y no a cientos de kilómetros de distancia, se lo habría tirado, de majo que era.
Mucho más tranquila, convencida de que Saskia saldría de aquella, se dijo que tenía que llamar a Julianna para darle las gracias. Y, ya de paso, proponerle un negocio montado por las dos. Ya que con sus dúos habían hecho de oro a la madame y a los amos del negocio, por qué no trabajar para sí mismas. Suspiró. Estaba segura de que la rusa le exigiría que dejara sus vicios, se olvidara del alcohol y la coca, de robar a los clientes cuando estaban dormidos y se controlase con el látigo cuando le pedían algo de sexo duro. En fin, creía que podría hacerlo. En el fondo, ahora que no tenía nada que perder, ahora que debía empezar de cero, era mucho más libre. Y ser su propia jefa tenía sus ventajas, además. Podría rechazar a los clientes que no le gustaran, racionalizar sus jornadas sin trabajar a destajo, vivir en un lugar que le resultara agradable y decorado por ella, tener tiempo libre por las mañanas para pasear y comprar y hasta ir al mercado… Todo podía pasar. ¿Acaso no sucedía en Pretty Woman?.