CUARENTA
A primera hora del viernes, con Lola en el hospital ocupándose de Aitor, Jorge y Roberto se vieron libres al fin para reunirse en el bufete.
—Ayer recibí un e-mail de Jimena —comenzó Jorge—, bueno, en realidad recibí dos: uno por la tarde y otro antes de que se fuera a dormir.
—Yo no he sabido nada de ella —reconoció Roberto—. Absolutamente nada, ni un SMS, ni una mísera llamada…
—Sí que está cabreada —consideró Jorge—. A mí, en realidad, no me hablaba de nada personal, ni siquiera me saludaba, ni un qué tal, Jorge, ni un aquí hace mucho calor… Nada. Solo pedía información.
—¿Sobre quién?.
—Sobre un individuo llamado Puertoareas. Al parecer, es socio de José Cardoso, y este es, a su vez, dueño de un barco llamado Wallstreet y antes lo fue de otro llamado Olimpo. ¿Te suena? —Y tras ver que Roberto asentía con un gesto leve de la cabeza, continuó—: Pero eso no es lo peor.
—¿Mi, no?.
—No, lo peor es que Puertoareas se relaciona, a su vez, con un narco llamado Barroso que fue detenido en su momento con el mayor cargamento de cocaína importado a España.
—¿Qué? —Roberto alzó la cabeza, alarmado, y Jorge pudo reparar en el intenso gris azulado de sus ojeras.
—Como lo oyes. La niña no es tonta, hemos de admitirlo. ¿No te parece?.
—Sí lo es, de remate, y está en peligro. —Y sin previo aviso, como activado por un resorte, se levantó con una agilidad inusitada en un cuerpo de su tamaño y se encaminó en dos zancadas hacia la puerta.
—¿Qué haces?. ¿Adonde vas?.
Desde el pasillo Roberto, los ojos brillantes, el rostro resuelto de un hombre de acción, tuvo la deferencia de perder un minuto de su tiempo para despedirse de Jorge.
—Me voy a buscarla, siento dejarte solo con el bufete, pero tengo que hacerlo. No puedo permanecer aquí sabiendo que anda metiendo las narices en los asuntos de tipos como esos.
Y, sin más, dejando a Jorge con la palabra en la boca, desapareció.
Jorge, tras reponerse de la sorpresa, otra más en esos días ya de por sí ajetreados, tuvo la delicadeza de enviar un SMS a su amigo con los datos del hotel de Jimena.
Pensó también en enviarle un mensaje a ella informándola de que Roberto iba en camino, pero pronto desistió de hacerlo. Bastante cabreo tenía ya ella y, sobre todo, bastantes fuegos tenía él que apagar a su alrededor como para aceptar una vela, también, en ese entierro.