TREINTA Y NUEVE

Jimena aterrizó a las once de la mañana en la pista del aeródromo de Gibraltar y, sin perder tiempo ni detenerse a admirar desde allí la inmensa roca recortada contra el cielo claro de ese jueves veraniego de mediados de agosto, se dirigió a la aduana. Era la primera vez que visitaba ese territorio, aunque lo había visto muchísimas veces en los días claros desde la urbanización de Estepona en la que los padres de una compañera de facultad tenían una casa y en la que ella había pasado alguna corta temporada. También había atravesado el Estrecho en barco, rememoró, más que nada para no tener que pensar en muchas otras cosas, pero nunca hasta hoy había pisado propiamente su suelo. Su primera impresión fue la de que no se había ido de casa, de que todavía seguía en España, pero en cuanto entregó la documentación le sorprendió el extraño idioma mezcla de español e inglés que utilizaba el funcionario. El llanito, recordó que se llamaba, y sonrió al hombre regalándole, sin que él pudiera llegar a apreciarlo, su primera sonrisa espontánea en mucho tiempo. Era una graciosa forma de hablar, tenía que reconocerlo.

No tardó demasiado en alquilar un coche con GPS y, dejándose guiar por él, salir del aeropuerto y conducir al centro de la ciudad, a la calle Main Street, que al parecer empezaba justo en la plaza del Reloj. Cuando llegó comprobó que se trataba de una vía repleta de tiendas de electrónica, informática, joyerías, perfumerías y boutiques formada por una desordenada mezcla de antiguas construcciones portuarias, fortificaciones centenarias y edificios grises de nueva construcción al pie de la gran montaña rocosa convertida en fortaleza.

Un teleférico servía para ascender al risco central de la cumbre, según le explicaron en una cafetería en la que entró para tomar el segundo desayuno de la mañana. El viaje silencioso del teleférico a la cima del peñón permitía divisar el perfil recortado de la costa africana, de Ceuta a Tánger, donde las aguas del Atlántico entraban en el Mediterráneo.

En la cafetería uno de los camareros, todo amabilidad, le indicó también dónde recabar información sobre el tráfico de buques y barcos del puerto. Se trataba de un edificio oficial que regulaba la actividad comercial del puerto deportivo no muy lejano en el que un amable empleado se avino a buscar en el registro si hubo alguna vez un barco que alquilara allí su amarre y que respondiera al nombre de Olimpo.

Para su decepción, le informaron de que en la actualidad no existía ninguno con ese nombre anclado en Gibraltar, aunque, ante su insistencia, sí llegaron a comprobar gracias a sus registros informáticos que en efecto hubo un Olimpo perteneciente a un tal José Cardoso cuya licencia se había cancelado hacía cuatro años.

Jimena se sintió frustrada y algo ridícula, allí, ante el empleado, con la sensación absurda de que había hecho un viaje inútil por el que se había enfrentado a casi todo su entorno para que concluyera, nada más empezar, en menos de una hora desde que había llegado allí, en un callejón sin salida. En un primer momento tuvo la intención de agradecer al funcionario su colaboración, dar media vuelta y volver por donde había venido, primero al aeropuerto y después a Madrid. Pero una luz en su cabeza se encendió y se dijo que, como abogada, estaba acostumbrada a analizar desde muy diversos puntos de vista un caso, a veces incluso desde el extremo opuesto, el del contrincante, para ver por dónde enfocarlo.

¿Y si el tal Cardoso fuera el cabo del que tirar?.

¿Qué pasó con el Olimpo?. ¿Sería posible que vendiera el barco, que lo desguazara o que aprovechara sus piezas para otra nave también de su propiedad?.

En primer lugar, decidió, tenía que enterarse de quién era ese hombre. Y, también, asegurarse de si seguía allí, si tenía otro barco.

Regresó de nuevo a la ventanilla y preguntó si era posible conseguir la información inversa: saber si José Cardoso tenía algún barco atracado allí aunque no fuera el Olimpo.

Yes —sonrió el funcionario después de teclear un rato—. El Wallstreet.

¿Wallstreet? —repitió Jimena incrédula. No sabía por qué, pero el nombre prometía.

En cuanto pisó de nuevo la calle, volvió sobre sus pasos a la acogedora cafetería en que había estado antes. Tenía mesas amplias y conexión wi-fi, de modo que pidió otro café y se instaló en una de ellas, en la que abrió su portátil. La primera información que obtuvo sobre Cardoso procedía de una breve nota biográfica de un periódico provincial malagueño que, varios años atrás, daba cuenta de que Cardoso era un diplomático en excedencia residente en Estepona, donde, con otros socios a los que no se mencionaba, tenía una empresa de importación y exportación constituida en Gibraltar.

¿Gibraltar?. Vaya, qué coincidencia, pensó con ironía segura de que, en este caso, las coincidencias no existían. Por pura curiosidad, ya que en el aspecto biográfico no parecía que fuera a encontrar mucho más, buscó en Google imágenes del sujeto. Halló, para su sorpresa, más de las que esperaba: eran instantáneas tomadas en fiestas de la jet que visitaba en verano Mallorca y la Costa del Sol; de esas fotos de grupo que los periodistas del corazón tomaban a los famosos de turno en el photocall de cualquier sarao y luego aparecían en los medios con un pie donde simplemente se enumeraba la lista eterna de nombres de los retratados, la mayoría con apellidos compuestos y alguno, incluso, con título nobiliario adosado. Al parecer, Cardoso, un tipo bajito, medio calvo y con gafas, era todo un asiduo, y su señora, de acuerdo con lo que mostraba la foto, un buen ejemplar de rubia recauchutada a punto de reventar por la silicona.

Sí, pensó Jimena, lo cierto es que a la luz de esas imágenes, le encajaba perfectamente el nombre de su barco. Y de pronto decidió que quería echarle un vistazo al Wallstreet.

Le costó un rato acceder al puerto y poder encontrar aparcamiento cerca, pero en no más de media hora ya estaba recorriendo las pasarelas de madera y comprobando con ojo clínico cuál sería el barco que llevara inscrito, en letras presumiblemente doradas, el nombre de Wallstreet. Cuando por fin lo encontró no le sorprendió ver que era una de las naves más grandes y ostentosas. No parecía haber nadie en cubierta ni trabajando en él limpiándolo u ocupándose del mantenimiento, pero aun así, daba la sensación de que era usado con frecuencia. Todo él relucía. Sobre la cubierta, bien sujetos a la barandilla, pudo distinguir el contorno de dos salvavidas. Uno era blanco con rayas rojas, el otro, algo más ajado a simple vista, con detalles azules. Quiso fijarse en si tenían algún nombre escrito, el del barco o cualquier otro, pero para ello tendría que acercarse más, incluso atravesar la escalerilla que daba acceso al barco desde la pasarela. Si alguien la veía podía resultar un gesto sospechoso, pero decidió arriesgarse. Sacó su teléfono móvil del bolso, lo manipuló hasta ponerlo en función de cámara fotográfica y, con él en la mano, después de echar un vistazo a uno y otro lado sin ver a nadie cerca, cruzó la tambaleante escalerilla, bien sujeta a su barandilla de cuerda, hasta llegar justo a la altura de la cubierta de su objetivo. Con sólo dar un pequeño salto podría subir a él sin problemas y pasearse a sus anchas rebuscando a su antojo, pero se abstuvo muy mucho de hacerlo. Era abogada, sabía perfectamente que eso supondría allanar una propiedad privada.

Sí, desde ahí tenía una mejor perspectiva de los dos salvavidas. Los enfocó con la cámara del móvil y disparó un par de veces rogando para que el resultado, al pasarlo al ordenador, le proporcionara un par de tomas más o menos aceptables, y fue entonces cuando oyó una voz airada a sus espaldas.

—¡Oiga! —le gritó un hombre joven vestido con camiseta raída y vaqueros remangados—. ¿Me puede decir qué hace?.

—Perdón, no sabía que no podía… —farfulló Jimena nerviosa—. Es que es un barco tan bonito… En Puerto Banús se fotografían todos y nadie protesta… —alegó, pretendiendo con esta frase hacerse pasar por una turista cualquiera.

—¡Precisamente por eso venimos aquí! —gruñó el hombre—, ¡para alejarnos de cotillas como usted!

Era muy malencarado, en una mano traía un cubo, pudo fijarse Jimena, y en la otra un cepillo de madera. Buenas armas, sobre todo esta última, si venía con ganas de pelea. Jimena se alarmó, su tono, sus palabras, guardaban un matiz ciertamente agresivo, de modo que retrocedió hasta la pasarela principal y, todavía excusándose, comenzó a desandar sus pasos hasta volver a las dependencias portuarias, llenas de gente entre la que, en un momento dado, pudiera sentirse protegida.

Cuando llegó hasta allí, se permitió volver la vista atrás: el hombre seguía plantado con las piernas bien abiertas y el rostro malencarado mirando hacia ella a pesar de la distancia. Lanzando un suspiro de alivio, Jimena apuró el paso hasta llegar a su coche y ya en él, intentó tranquilizarse tras asegurarse de que el cierre centralizado estaba activado. Luego regresó a Main Street, a todas luces la vía principal del centro de Gibraltar, y preguntó, en un puesto de información turística, por la dirección del Registro Mercantil Gibraltareño. Se trasladó hasta él y allí, otro simpático funcionario le indicó amablemente la ventanilla a la que debía acudir para obtener la información que necesitaba. En cuanto estuvo ante ella, comprobó que no había colas, ni empleados enfurruñados, ni trabas ni formularios que rellenar. «Esto es que son ingleses», pensó, y expuso con claridad su interés en comprobar cuántas empresas o sociedades aparecían en las que fuera titular único o societario José Cardoso. La mujer que le atendió tardó un buen rato en dar con toda la información.

«Normal —la justificó Jimena—, Gibraltar es un paraíso fiscal, un lugar opaco, inaccesible e impenetrable en la lucha contra el dinero sucio». Desde luego, no colaboraba con España en ninguna de las operaciones de blanqueo de dinero descubiertas en la Costa del Sol o en las islas Baleares. Habitualmente, las pesquisas de los expertos en lucha contra el lavado de dinero solían chocar contra un muro infranqueable al llegar a la Roca, convertida en los últimos años en una de las sedes favoritas, por ejemplo, de las principales compañías mundiales de apuestas por Internet. Aparentemente, las principales fuentes de ingresos del lugar eran el transporte marítimo y el turismo, pero la realidad era que las actividades financieras suponían su mayor negocio. Amparado en su condición de territorio exento de IVA y al margen de la unión aduanera, había desarrollado una legislación fiscal que la convertía en un activo centro financiero offshore, con ventajosas condiciones fiscales; además de la no existencia de control de cambios para las personas físicas o jurídicas allí residentes.

Jimena había oído comentar a Aitor en más de una ocasión la paradoja de que Gibraltar contara con una población de apenas veintiocho mil personas y, en cambio, tuviera registradas más de treinta mil compañías. Era, pues, un lugar óptimo para ocultar las operaciones de la delincuencia económica internacional y el blanqueo de dinero procedente de actividades ilícitas.

—Aquí tiene —le dijo entonces la funcionaría, sacándola de sus pensamientos—. Disculpe la tardanza, pero…

—Sí, ya sé —respondió Jimena con una sonrisa interrumpiéndola—, tienen ustedes más de treinta mil compañías registradas: es mucho buscar, lo sé. Mil gracias.

Y salió apresuradamente, con las páginas impresas en su mano, en parte porque sabía que la oficina estaba ya a punto de cerrar y, también, porque comenzaba a tener hambre. Entre unas cosas y otras, se le había ido la mañana.

Eran ya las tres de la tarde y a Jimena la cabeza le daba mil vueltas. Se había quedado bastante harta de deambular Main Street arriba, Main Street abajo, por Gibraltar durante aquella larga mañana. Por ello, nada más salir del Registro Mercantil pensó abandonar el Peñón. Convencida de que allí no había nada más por indagar, decidió coger el coche para salir de la Roca en dirección a Estepona. Gracias a la noticia que había leído en Internet sobre José Cardoso sabía que este residía allí y, aunque por la tarde buena parte de las instituciones públicas estaban ya cerradas, pensó que siempre podría enterarse de algo más sobre él en su ciudad y, de paso, encontrar un hotel seguramente mucho más agradable que cualquiera de los de Gibraltar.

A eso de las siete de la tarde entró en Estepona por la autovía del Mediterráneo y en la primera gasolinera en que se detuvo preguntó por un buen hotel donde descansar; le recomendaron uno relativamente cerca de allí. Se trataba de un hotel pequeño, uno de esos «con encanto», agradable y dotado de personalidad propia.

Hotel Albero, se llamaba, y aunque no parecía que contara con muchas habitaciones, y a pesar de que estaban en plena temporada alta, tuvo la suerte de conseguir la última que quedaba libre de las quince con que contaba el edificio.

Fue la propia dueña del negocio, una chica más o menos de su edad llamada Myriam, la que la guió hasta la habitación. Por el camino, le fue explicando que ella misma había decorado personalmente cada una de las estancias de un modo diferente y que todas respondían, por su nombre y temática, a una ciudad especialmente evocadora a la que, a través de los objetos que dotaban de personalidad a cada cuarto, se invitaba de algún modo a viajar. A Jimena le tocó la llamada Fez, y nada más entrar percibió, en efecto, la sensación de sentirse en Marruecos. La habitación estaba pintada de color ocre y la cama, más baja de lo normal, ocupaba una parte importante del cuarto; unos cojines cuidadosamente distribuidos por un rincón, con una llamativa lámpara dorada en el centro, conformaban el lugar destinado a la lectura; de la pared, en vez de cuadros, pendían unos tapices que hacían juego con el color de la colcha; el resto del muro estaba decorado con caligrafía árabe.

Jimena, tras dejar sus cosas sobre la cama y despedirse agradecida de Myriam, fue directa al baño, donde, en la medida de lo posible, continuaba la ficción marroquí: el lavamanos simulaba una fuente con azulejos de estilo mozárabe que culminaban con un arco de forma ojival al igual que el espejo y junto a la amplia bañera, que contaba con hidromasaje y era evidentemente moderna, una repisa encastrada en la pared y adornada con los mismos azulejos lucía una amplia colección de vasijas de cristal de colores llenas de velas, sales y jabones.

«Era justo lo que necesitaba», sonrió, y sin pensar la llenó y se dio un largo, relajante baño.

Al salir no había nadie con una toalla esperándola y dispuesta a abrazarla, y sintió una punzada de remordimiento por todo lo que le había dicho a Roberto.

Pero tenía cosas que hacer. Bien envuelta en un maravilloso y amplio albornoz, se sentó en la cama a leer el fajo de papeles impresos que había obtenido en el Registro de Gibraltar.

En el trasiego de nombres y empresas que manejaba y de los inmuebles asociados a ellas coincidían, de manera recurrente, dos nombres: Cardoso y un tal Puertoareas. A ellos se atribuía en exclusiva, sin intervención de otros socios, dos sociedades creadas en Gibraltar.

«¿Quién es este Puertoareas?», se preguntó Jimena. Y sin pararse a vestirse se sentó ante el ordenador para teclear un par de e-mails, brevísimos, a Lola y Jorge. A Roberto no, decidió tras meditarlo un instante.

En ellos les informaba de sus investigaciones y de que iba a pasar la noche en Estepona y dónde. Al final, les hacía, en idénticos términos, la misma petición: «Buscad toda la información que aparezca sobre Ignacio Puertoareas y las empresas en las que tenga alguna participación, por pequeña que sea».

Luego, acomodándose sobre los cojines, en la zona de lectura, siguió enfrascada en el estudio de los papeles del Registro sobre las actividades mercantiles de Cardoso. Un nombre, de los muchos accionistas con que contaban sus negocios, llamó su atención: Joaquín Wiren. «El marido de Paloma —pensó—, otra vez vuelvo a encontrarme con este desalmado». Y reparó de nuevo en las coincidencias y en cómo unos nombres volvían a llevar a otros.

Ahora, a las siete, no podía con aquel dolor de cabeza. Notó que el albornoz, aún húmedo, estaba enfriando su piel y decidió vestirse y salir. No había comido desde su segundo desayuno gibraltareño más que un mal sandwich envasado al vacío comprado en la gasolinera que medio mordisqueó en el trayecto en coche hasta Estepona y estaba muerta de hambre. Se vestiría y saldría a cenar, pensó, se daría un homenaje, que bien se lo merecía.

Y sin dudar se puso un vestido ligero de algodón y, tomando el coche, condujo, guiándose por el eficaz GPS, hasta Puerto Banús. Le apetecía dar un paseo por la playa, visitar algunas boutiques que seguro estarían de rebajas y abiertas hasta tarde y cenar en un italiano frente al puerto, con vistas a los superyates de los potentados. Conocía y frecuentaba la Trattoria desde hacía años, desde los tiempos en que su amiga la invitaba a su casa de Estepona.

Al acabar la cena se dio el lujo de pasear un rato. A las diez de la noche, Puerto Banús bullía de veraneantes y turistas. Luego, remoloneando, llegó al hotelito, subió a pie hasta la tercera planta, donde estaba su habitación, tomó el ordenador y, saliendo a la amplia terraza, se sentó para bajarse el correo en uno de los cómodos sillones de enea colocados en ella. Tenía, en efecto, tanto respuesta de Jorge como de Lola.

El primero le pedía disculpas repetidamente, no cesaba de preguntarle cómo estaba y le advertía que tuviera cuidado. Poco más. Sí, una última cosa: le decía que Roberto parecía destrozado.

El de Lola, en cambio, le resultó mucho más útil. Le hablaba de Ignacio Puertoareas, le decía que se le relacionaba, en efecto, en varios negocios con Cardoso y Wiren y, ahí venía lo interesante, también con un narco colombiano llamado Barroso.

«¿Crees que esto puede tener algo que ver con la coca que se encontró en el barco de Aitor?», preguntaba. Y, a continuación de esta pregunta que dejaba en el aire, añadía los datos de que disponía sobre Barroso.

Jimena leyó las noticias que había pegado Lola en su e-mail con avidez. La más reciente detallaba que uno de los últimos presuntos narcos que había conseguido huir de las manos de la Justicia era, precisamente, ese Barroso, junto a uno de sus socios, apellidado Godoy, también de nacionalidad colombiana. Ambos habían sido detenidos en Huelva y supuestamente eran los responsables del cargamento de cocaína más importante aprehendido en España, escondido en el interior de un buque con bandera turca. Pese a ello, sólo pasaron dos años a la sombra. El juez Beltrán González ordenó prisión preventiva sin fianza, pero curiosa e inexplicablemente, pasados los veinticuatro meses, el magistrado de la Audiencia Nacional se vio obligado a ponerlos en libertad porque se había superado el plazo establecido para solicitar la prórroga del encarcelamiento. Una vez en la calle, Barroso y Godoy debían comparecer ante el juez todos los días, obligatoriamente, y sobre ellos pendía, por supuesto, la prohibición expresa de abandonar España.

Quince días antes de que se agotara el plazo procesal previsto en la Ley, la Fiscalía Antidroga pidió a González que convocara la audiencia de las partes para debatir la prórroga del encarcelamiento otros veinticuatro meses, ya que los dos individuos estaban catalogados como tipos muy peligrosos. Sin embargo, en ese momento, el juez se encontraba casualmente en Colombia, participando en un seminario dedicado a las desapariciones forzosas, y a su vuelta a Madrid, de manera inopinada, ignoró la petición de la Fiscalía. Poco después, el mismo magistrado salió nuevamente de viaje alegando asuntos personales y con permiso del Consejo General del Poder Judicial, de suerte que la comparecencia para prorrogar la prisión de los dos detenidos se celebró pasada la fecha preceptiva. En la misma, el juez González dictó dos autos accediendo a la prolongación de esta medida cautelar, argumentando con «la gravedad de la pena a que podían ser condenados los acusados». Sus abogados alegaron, inmediatamente, que el plazo para prorrogar el encarcelamiento había concluido cuatro días antes.

Jimena bufó, todo ese asunto le parecía demasiado rocambolesco como para creer a pies juntillas las excusas dadas por el juzgado, que se limitó a atribuir el desaguisado a un simple error humano. Siempre había pensado que era ilógica la inexistencia de algún mecanismo que avisara a sus señorías de los límites temporales y así evitar que se les colara la fecha en casos de semejante importancia. «Nosotros nos la cargamos si se nos pasa la fecha de un recurso; si el cliente nos denuncia en el colegio, nos crujen por negligentes —pensó—. Pero parece que los jueces tienen bula», al margen de que en este caso concreto, lo que acababa de leer rayaba en la mala fe y la negligencia y rebasaba, con mucho, la categoría de «simple error humano». Máxime cuando en el caso del juez González, según relataba Lola, el magistrado, conocido como uno de los jueces estrella de la Audiencia Nacional, por aquel despiste no sufrió ninguna sanción.

Y, siguió leyendo, en cuanto al expediente abierto por el Consejo General del Poder Judicial a González por la excarcelación de los dos presuntos narcos, Godoy y Barroso, este quedó en una falta leve de incumplimiento injustificado de los plazos para resolver sobre la prisión preventiva. Lo mejor de todo era que durante los meses que González estuvo pendiente de la resolución de este expediente sobre su actuación, los dos colombianos cumplieron las exigencias judiciales y se presentaban a diario ante la autoridad que los controlaba, pero casualmente, ambos desaparecieron tras el dictamen del Consejo General del Poder Judicial sobre el caso que exoneraba al juez. Y eso que teóricamente estaban siendo estrechamente vigilados mediante un estricto dispositivo policial.

«Vaya amiguitos los de Puertoareas y, probablemente, Cardoso —pensó Jimena—. Y qué casualidad que el dueño de un barco relacionado con el incidente de Aitor, como parece ser Cardoso, tenga algo que ver con estos narcos…»

Y, agotada por el cúmulo de información, decidió que ya era hora de ir a dormir por más que todavía fuera temprano. Definitivamente, ese jueves había sido un día demasiado largo.