TREINTA Y OCHO

No había vuelta de hoja: estaba gafado.

El vigilante esperaba el tren en el andén con una bolsa de viaje colgada del hombro y un gesto hosco, sombrío, en el rostro mal afeitado.

Estaba de un humor malísimo, pero, peor aún en su caso, también estaba agotado.

Mientras deambulaba por los pasillos del hospital, tras el ataque fallido, con sus botas paramilitares y la bata blanca que le sentaba tan mal como a un ladrón un hábito, había conseguido conservar la calma y no apurar el paso. Pero en cuanto llegó a la puerta había echado a correr como alma que lleva el diablo y, desde entonces, no había parado.

Primero llamó al jefe informándole del desaguisado y explicándole los motivos: la habitación de ese abogado en el hospital tenía más trajín que un puticlub en hora feliz; siempre gente entrando y saliendo y mil enfermeras y médicos atendiéndole con especial cuidado.

Luego, después de asegurarse de que no se lo habían tomado a mal en la organización, y mucho menos el puto amo, pues de él era, personalmente, el encargo, hubo que pasar por la buhardilla desde donde vigilaba a los compañeros de despacho del hospitalizado para borrar su rastro, y más tarde por su propio piso para, a toda leche, meter apresuradamente en la primera bolsa que encontró, una que llevaba habitualmente al gimnasio cuando podía pasarse por allí a tirar unos golpes al saco, algunos objetos de aseo, tres o cuatro camisas, un par de mudas y otro de vaqueros. Después una breve reunión con el jefe en el jardín interior de la estación de Atocha, como dos amigos que quisieran perder el tiempo antes de que uno partiera de la ciudad. Recibió los billetes y una considerable cantidad de dinero para salir momentáneamente del mal paso y obtuvo la garantía de que no se lo tendrían en cuenta. «Eso puede pasarle a cualquiera —le dijo—, no sé qué cono tiene ese Aitor, pero él solo tiene más vidas que una docena de gatos».

Al final se abrazaron, como dos hermanos que se despiden, con aprecio de veras, y ahora ahí estaba, esperando al maldito tren y sin saber cuándo podría regresar a Madrid, su territorio, una ciudad de la que odiaba separarse por más que ardiera en verano.

Aunque, pensándolo bien, en Estepona no iba a pasar menos calor que aquí. ¿O era en Mijas donde le esperaban?. Qué más daba, le sonaba que una ciudad estaba al lado de la otra, o tal vez era la misma, o quizá un barrio. Y a él, lo único que le importaba era que allí la organización tenía varios pisos y negocios y no era un mal sitio para esperar, discreto y callado, a que la tormenta escampara en la capital.