VEINTICINCO
El océano se extendía hasta el infinito, más allá del horizonte. Era una masa de agua uniforme azul, pausada, que acunaba en su seno una cáscara de nuez. El vaivén de las olas, rítmico, algo agitado, hacía bailar la chalupa de madera al ritmo de la más bella samba brasileña, tal vez de esa que su mejor amigo solía escuchar con demasiada frecuencia y demasiado alto para sus compañeros de despacho: «tristeza nao tem fim, felizidade sim…»,, susurraba el viento acompasado al respirar del inmenso Atlántico que, calmo, arrastraba lánguidamente su bote hacia ninguna parte.
La enormidad del mar condenaba el bote a la nada y, al mismo tiempo, lo elevaba, por su carácter de excepcional, de punto en el infinito, al centro de la existencia. Aunque por zonas comenzaba a parecer deteriorado, se mantenía misteriosamente a flote, desorientado e inconsciente, como toda materia inanimada, a la carga de historia y de futuro que sobrevivía en su interior.
En la base del bote, sin más ni menos mérito que el otorgado por el destino, el azar o algún Dios omnipresente, reposaba un cubo con escasos víveres; un recipiente sucio de plástico que protegía el más preciado de los bienes: agua dulce y, algo más allá, un montón informe y desvencijado que dejaba entrever las formas de un traje de neopreno. Su dueño, probablemente, era el hombre inconsciente que yacía al descubierto sin percatarse de que el fuerte sol, más que tostar, estaba quemando su piel y al que quizá el graznido de algún ave marina, el empellón de alguna ola, los rugidos del viento o la casualidad impulsaron a abrir los ojos.
Era mediodía, el sol resplandecía soberano e impenitente en lo alto y Aitor se sintió por un momento deslumbrado por su claridad. Quiso sonreír al contemplar la belleza del agua azul, de la mañana clara, pero entonces recordó su situación de náufrago solitario, de hombre perdido al que ni siquiera acompañaba, según pudo comprobar, su propia sombra, escondida y cobarde como todas.
Verificó con urgencia, casi con desesperación, que los víveres seguían en su lugar; a pesar de que no formarían parte de los manjares más codiciados en una buena mesa, le parecían ahora un lujo desmerecido. Desalentado, se preguntó cuánto tiempo más duraría esa situación. En el suelo del bote no había nada más, ni resto de remos, ni cuerdas, ni radio… Nada, absolutamente nada del equipamiento de seguridad que con tanto esmero él había preparado para una circunstancia como aquella. Lo único que vio, además de los víveres y su traje de neopreno amontonado a sus pies de cualquier manera, fue una toalla húmeda que no sabía cómo había llegado allí y que usaba para cubrir su cabeza y un salvavidas que, a diferencia del bote, no pertenecía a su embarcación y no le servía absolutamente para nada en medio de ese desastroso despropósito.
Pero no tenía sentido darle más vueltas a la realidad, y por eso, porque nada sucedía, porque el tiempo pasaba y todo seguía igual, se tumbó, exhausto, y quizá porque su cerebro estuviera desprovisto de la cantidad adecuada de oxígeno, dejó que su mente, amparada en la semiinconsciencia, comenzara alocada a divagar en una vorágine de delirios y recuerdos mezclados con sueños.
De pronto se incorporó sobresaltado. ¿Qué hacía allí?. ¿Dónde estaba?. El desconcierto lo invadió durante unos instantes que se convirtieron en una eternidad hasta que las primeras imágenes acudieron a su mente para sustituir el temor de lo desconocido por la angustia de lo incomprensible. ¿Dónde quedó su equipo de buceo?. ¿Y su pequeña embarcación?. Cerró los ojos y alcanzó a rememorar sus últimos momentos de felicidad y paz, sumergido, respirando el oxígeno de la pequeña bombona que le asistía y rodeado por la magia del mundo marino. Se dejó llevar por esa sensación de calma, sabiendo que era un espejismo, pero decidido a escapar como fuera del desánimo de su actual estado. Y así se mantuvo durante un buen rato hasta que sintió que el calor le impedía respirar.
Con sus dos manos unidas simulando un pequeño cuenco, se inclinó sobre la borda para recoger agua del mar fresca, tan salada, tan fría, tan viva, y la vertió sobre su cabello con el ánimo de hacer así huir el calor insoportable. Las primeras gotas saladas que resbalaron por sus mejillas hasta alcanzar sus labios lo trasladaron en el tiempo, a cenas felices, a besos y abrazos recibidos hace poco, tal vez un par de semanas atrás, pero que ahora le parecían tan lejanos, tan perdidos, que casi le hacían llorar. Miró otra vez a su alrededor, agua por todas partes, sol abrasador, olas y silencio. Y soledad.
Se preguntó cómo habría llegado hasta allí, y en ese estado, y se obligó, a pesar de las nieblas que empapaban su pensamiento, a centrarse y recordar. A argumentar con lógica y, con grandísimo esfuerzo, claridad.
Así se mantuvo un buen rato, con la frente sostenida por sus manos, hasta llegar a determinar con absoluta certeza que no era lógico pensar que su estado actual fuera consecuencia de un naufragio. «No —se dijo—, no puede ser». Si hubiera ocurrido algún accidente tendrían que poder vislumbrarse restos de su embarcación desordenados, esparcidos por la enorme masa azul. Además, aunque no acertaba a calcular cuánto tiempo había permanecido inconsciente y cuántas veces había logrado despertarse, aunque fuera a medias, de sus ensoñaciones delirantes, en caso de haber sufrido una tormenta probablemente el mar debería estar agitado, bravo. «No tan impasible como ahora ante mí y mi desgracia —reflexionó—, no tan malditamente contemplativo. No tan pasivo ni yo, por tanto, tan desesperado».
Otro día más perdido a la deriva, o al menos eso creía, pensó Aitor al despertar, aunque podía ser también que se tratara todavía de la misma jornada. El sol, el ojo del cielo, comenzaba a esconderse por el oeste y el horizonte se teñía lentamente de otoño y su propia melancolía, o fueron tal vez sus sentidos, agotados, los que le hicieron apreciar reflejos ocres en el agua del mar antes azul.
Intentó sin mucho éxito abrirse camino entre la vigilia, el sueño y la razón y comenzó a cavilar acerca de las escasas posibilidades de que disponía para salir con vida de semejante aventura. No tenía ni idea del lugar en que se hallaba, comenzó a enumerar; ni dónde estaba la costa ni, sin remos ni motor, cómo avanzar. «Pero de pequeños nos enseñaron a Nacho y a mí que el mar devuelve todo a la orilla —se dijo para consolarse—, lo que significa que tarde o temprano, muerto o vivo, apareceré».
«Tengo que pensar en algo —se dijo—, mantenerme entretenido para no flaquear, para no perder estas ráfagas de lucidez». Y, absurdamente, vinieron a su mente los asuntos del despacho que había dejado en manos de sus compañeros. ¿A qué día del mes estaría hoy?. ¿A jueves, a viernes?. Hizo cuentas: él se había hecho a la mar el miércoles 28 de julio y, si no se engañaba, la última vez que se sumergió fue el jueves día 5, muy temprano. De pronto recordó que no tenía por qué someterse a esos cálculos, para eso estaba su reloj, su maravilloso y carísimo reloj con su calendario y, lo más importante, su radio. Alzó la mano con esfuerzo y, al ver su muñeca desnuda de él, con la marca más clara en la piel que había dejado la ancha correa tras tanto tiempo expuestos sus brazos desnudos al sol durante aquella travesía, maldijo su suerte casi a gritos. Qué más daba, nadie podía oírle.
Retomó el hilo de sus pensamientos para procurar no volver a alterarse y, por hacer algo, se puso a contar con los dedos y calcular. Lo más probable es que el día que ahora veía terminar fuera el viernes 6 de agosto, concluyó, y que a estas mismas horas Roberto, Jorge y Jimena estuvieran en el Sensaciones repasando los acontecimientos más destacados de la jornada ante sendos tintos de verano. ¿Qué habría ocurrido con Paloma Blázquez?. ¿Habría decidido al fin plantar cara a su marido?. ¿Y con el cierre de Continental, S. A.?. Esperaba que Martínez y Roberto aún no se hubieran enfrentado. A ratos se le nublaba de nuevo la mente, sentía que las fuerzas le fallaban y acariciaba la idea de dejarse ir, de no luchar ya más, de abandonarse a su suerte y, al fin, desfallecer. Pero entonces volvía a demostrarse a sí mismo el poder de su fuerza de voluntad y hacía esfuerzos sobrehumanos para ocupar su pensamiento en algo, lo que fuera, y sobreponerse al desánimo.
«Jimena —se decía para darse ánimos—, volvamos a ella»: Tendrá puesto un vestido ligero para soportar el calor del verano, y seguramente estaría sentada en el medio de sus dos amigos, contenta si al fin Paloma Blázquez le hubiera pedido que llevara su caso o refunfuñando si hubiera ocurrido lo contrario. Roberto la estará mirando, como siempre, como todos, pero procurando en vano con ese ridículo sentido suyo del pudor que no se le note demasiado; seguro que intentará tocarla por debajo de la mesa, dejar caer una mano y acariciarla sin darle demasiada importancia, como sin querer, como para decirle a ella, sólo a ella y sin que los demás se den cuenta: «Te quiero». «Yo, desde luego —se dijo para sus adentros—, lo haría».
Ella le respondería con una de sus famosas sonrisas enigmáticas y él, Aitor o Roberto, qué más daba, se derretirían por dentro. Ella reiría entonces de un modo más evidente, quizá dejando escapar una risilla que los demás acogerían con un leve sobresalto por lo inesperado; se erguiría un poco sobre el asiento y, por más que procurara no demostrarlo, por mucho que intentara parecer discreta y modosa con su cara de niña buena, por dentro se sentiría orgullosa, segura y altiva, convencida de su fuerza y de la victoria que suponía saberlos atrapados.
«Qué tontos somos los hombres», tuvo fuerzas para reírse de sí mismo en semejantes circunstancias; «qué rematadamente tontos», y rompió en carcajadas que fueron subiendo de volumen hasta adquirir el tono y la consistencia de la histeria. Después, vencido, dolorido por el hambre y el esfuerzo de su propia risa, se dejó caer de nuevo sobre la lona del bote, cada vez más sucia, y regresó, por no pensar en el presente, al pasado.
No hay nadie más aquí, se dijo de pronto, los ojos llenos de lágrimas producto de la risa de antes o, quién sabe, fruto del recuerdo. Dime: ¿te arrepientes de haber vuelto con ellos?.
Con sólo apretar con fuerza los párpados, volvió a caer con suma facilidad en la ensoñación de los recuerdos y se vio a sí mismo, tan seguro y convencido de su brillante futuro, nada más entrar en Duran y Asociados. Era una mañana brillante y clara, podía verla con total nitidez, y acababan de darle su primer caso de responsabilidad desde que estaba trabajando allí. Se trataba de la quiebra o, como ahora se llamaría, el concurso de acreedores de una antigua y renombrada empresa familiar de muebles, La Vieja Colonial, creada allá por 1900 y de tamaño mediano. La industria en cuestión había caído en la ruina a causa de la mala gestión del biznieto del patriarca fundador, bastante inútil, cuando este sucedió a su padre en la gerencia de la misma. El propietario había contratado a Duran y Asociados para que le ayudara a finiquitar el negocio, pero Aitor, al ver la evolución de la compañía, consideró injusto que un número considerable de trabajadores se fuera al paro porque un niñato hubiera sido incapaz de administrar aquel negocio heredado. Le salió la vena solidaria que desde siempre le había guiado, aunque fuera en el momento más inoportuno; esa que su madre llamaba la de «defensor de causas perdidas», y se preguntó qué colega estaría defendiendo a los trabajadores. Abandonó el superdespacho, en el que dada su manera de ser nunca iba a sentirse cómodo, y se puso en contacto con la otra parte. Lideró las reivindicaciones de los curritos, llegaron a un acuerdo con la patronal y terminó montándoles una Sociedad Anónima Laboral que tuteló durante el tiempo suficiente para que aquello empezara a caminar solo. Luego, sin trabajo, sin bufete y con unas ganas enormes de retener a Maika, comprendió que tenía que hacer las cosas por sí mismo, que no valía para tener jefes, y se puso en contacto con sus más queridos amigos, con Jorge, con Roberto y, también, con ella, con Jimena. Les propuso montar un despacho para todos ellos y sus respectivas especialidades.
Meneó la cabeza incrédulo, sin llegar a comprender todavía por qué le dijeron que sí. Vale que Jorge y Roberto, que como él eran unos idealistas dedicados a las causas perdidas, no se sintieran a gusto en sus respectivos trabajos y quisieran ir por libre para dedicarse a lo que de verdad les atraía, Inmigración y Penal, por más que luego todos acabaran echándose un cable y metiendo mano y opinando en los casos de los demás. Y tanto por ayudarse mutuamente como por no perder la práctica en todas las áreas posibles. Vale que Jimena les adorara a los tres, no en vano eran sus amigos del alma, y a Roberto, por supuesto, en especial, por mucho que lo suyo hubiera empezado no hacía mucho tiempo. Vale, insistió en su razonamiento, que viniendo como venía de una más que trabajadora familia, considerara un orgullo, un hito significativo en la evolución familiar establecerse por su cuenta, trabajar para sí misma, poseer la cuarta parte de un negocio, firmar en papeles timbrados que llevaban su apellido en el membrete. Vale, pero de todos ellos, la que más sacrificó sin duda, la que tenía el porvenir más brillante, a la que se rifaban los grandes despachos, era a ella.
Todos pusieron el grito en el cielo cuando iniciaron su andadura. Los familiares y amigos comunes más cercanos hicieron un análisis al uso del futuro despacho y vaticinaron su fracaso. Argumentaban con las posibles rencillas personales que se podían despertar, con Jimena en medio de tres hombres, con dos de los cuales había mantenido una relación que iba más allá de lo meramente profesional. En cambio, no tenían en cuenta su capacidad profesional y la sinceridad en los sentimientos y la honestidad entre todos ellos. Y, sin embargo, lograron salir adelante. Con Roberto conteniendo sus caricias, es cierto. Por lo menos al principio. Con miradas furtivas que él, Aitor, tenía que reconocer que dedicaba a Jimena sin poder contenerse y que ella fingía ignorar, y con Jorge revoloteando a su alrededor, persiguiendo maduritas, ajeno a esta especie de lío entre los tres. Por lo menos al principio. Pero ahí estaban. Habían triunfado, y sin perder su alma en el camino, hasta el punto de que todavía hoy, puntualísimos año tras año, los responsables de La Vieja Colonial le seguían invitando a la cena de empresa por Navidad.
Y él acudía, claro, y no por los manjares que le ofrecían porque estaba hasta el gorro de comer fuera de casa por motivos profesionales. Cuánto daría ahora por un simple mendrugo de pan, aunque estuviera reseco, pensó Aitor. Y por tomarse ese tinto de verano que sus compañeros estarían saboreando. Y, qué narices, por volver a verlos.
Era tal el esfuerzo que debía hacer para evitar languidecer que se sintió tentado a dejarse ir, a no volver a levantarse de nuevo para refrescarse con el agua salada por el dolor que le provocaba. Ni hablar de intentar rescatar algo para llevarse a la boca del fondo de ese cubo con víveres que no sabía quién había dejado a su alcance. Le podían el desánimo, el temor y el miedo de pensar que tenía que racionarlos, que no sabía cuánto más debería resistir hasta que lo rescataran, estirando la comida hasta el máximo, intentando tal vez pescar algo. «Pero no ahora, que ya oscurece, sino quizá mañana».
Mientras masticaba trabajosamente, comenzó a repetirse un mantra destinado a darle ánimo y fuerza: «Nekane, Jon, Lola, Nacho, Roberto, Jorge, Jimena». Así una y otra vez hasta contar cien, doscientas, trescientas veces el mismo soniquete. Eran los nombres de sus personas más queridas, los que debían darle fuerzas y ánimos para aguantar y resistir. Nekane, Jon, Lola, Nacho, Roberto, Jorge, Jimena de nuevo. Nekane, Jon, Lola…
Poco a poco, casi sin darse cuenta, comenzó a sentir frío. Sin pensar, sin saber cómo, se le había pasado con impensable rapidez el tiempo y ya prácticamente era de noche, comenzaba a refrescar en el océano.
Asumió que no serían suficientes el bañador y la fina camisa de algodón que le cubrían y que, ahora que reparaba en ello, no recordaba que le pertenecieran. Miró en derredor en busca de algo con lo que abrigarse. No había mantas, por supuesto, pero sí distinguió el bulto informe de lo que, suponía, había sido o todavía era su traje de neopreno. Al parecer, sea como fuera que hubiera llegado allí, quien o quienes le habían abandonado en el propio bote que formaba parte del avituallamiento de su Taylor habían mostrado la piedad suficiente como para dejarle víveres, agua y las prendas que le cubrían en el momento de perder el sentido. En no menos de dos pasos llegó hasta el traje de neopreno, amontonado de cualquier manera, y lo alzó dispuesto a ponérselo. Al hacerlo, notó que algo caía a sus pies provocando un leve sonido metálico contra el suelo del bote. Miró con curiosidad y, al descubrir de qué se trataba, sintió que un mareo hacía que le temblaran las piernas. No podía ser verdad, tenía que tratarse de una alucinación. Nadie que hubiera intentado abandonarle allí, a su suerte, a la intemperie en medio del mar, sería tan estúpido como para dejar esa salida al alcance de su mano.
Pero no se trataba de una visión inventada, sino de algo real.
Sin duda estaba allí, el carísimo reloj Breitling Emergency dotado con radiobaliza. Rió, esta vez de alegría, incrédulo con aquel vuelco de su suerte y rápidamente se inclinó para recogerlo y ponérselo bien sujeto a su muñeca. Y entonces comprendió por qué sus atacantes, o boicoteadores, o piratas o quienquiera que fuera quien le hubiera abandonado en esa situación, no se habían percatado de que lo llevaba encima en el momento del ataque: tenía la manía de ocultarlo bajo la manga para no dañar la esfera con un golpe involuntario. Por eso, cuando le arrancaron el traje de buceo, la trabilla de la correa debió quedar enganchada al dobladillo del neopreno, de modo que se rompió la correa y el reloj permaneció oculto dentro, entre la gruesa tela. Pero ahora no le importaba en absoluto que la correa estuviera rota, le daba exactamente igual. Siguió riendo sin terminar de asumir que estuviera en su mano, en su poder, y que, pese al golpe y el enganchen de la correa, siguiera funcionando. Pudo comprobar que, por lo que indicaba el reloj, llevaba ya casi tres días y medio en esa situación, pues eran casi las diez de la noche del domingo 8 de agosto, y con un cierto rubor se riñó a sí mismo por haber errado en sus cálculos. Sus amigos, pues, no estarían ya en el Sensaciones celebrando que la semana había terminado sin incidentes, sino preparándose para la que estaba a punto de comenzar y él, en cambio, había perdido cuarenta y ocho horas completas de sus recuerdos.
Con un suspiro, casi se arrepintió en el momento en que accionaba el botón del reloj que ponía en funcionamiento el sistema de alarma mediante radiobaliza. Menudo susto iba a darles, pensó, seguro que les estropeaba el fin de semana. Pero meneó la cabeza y alejó ese pensamiento de su interior. Solo estaba bromeando consigo mismo, por supuesto, al cuerno con los sobresaltos, lo importante era que estaba vivo, que iba a sobrevivir, que pronto estaría a salvo.
Tenía la boca seca, sintió el impulso de beber de un solo trago toda el agua dulce que le quedaba, y sin embargo se contuvo. No había que adelantar acontecimientos, ya que lo más posible era que tuviera que pasar la noche al relente hasta que llegaran las patrullas de rescate. Enfundado en el neopreno, que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, se acostó como pudo sobre el bote e improvisó una almohada rellenando el salvavidas con la camisa que hasta entonces había llevado.
Así, tumbado boca arriba, se entretuvo, ahora con una sonrisa en la boca, contemplando la maravilla de las estrellas sobre él, con el cielo de una noche de verano despejado tan próximo ya a la lluvia de luceros de San Lorenzo. Despacio, poco a poco, mecido por las olas fue sumiéndose en ese estado de ensoñación que le permitía a uno viajar en el espacio y en el tiempo, de regreso a su Taylor o, tal vez, más abajo, mucho más abajo. Estaba buceando, volaba con su imaginación envuelto en esa sensación de abrazo infinito que tan bien transmite el mar cuando se está sumergido en él. Se sentía acariciado sin ser tocado, a salvo de la presión en los oídos, se giró y buceó durante un rato boca arriba embargado por ese delicioso sentimiento que sólo provocaba sentirse bajo el agua y observar desde allí el cielo.
Bucear para Aitor siempre había sido tener la sensación de que el mundo se había dado la vuelta y la mirada alcanzaba el vértigo del infinito. La magia submarina, en su sueño, o quizá en su delirio, hacía posible que pudiera sentir el roce de los corales aun a través de los cinco milímetros de neopreno de su traje, tan gruesos, o al menos eso sentía entonces, como para protegerlo de cualquier amenaza. Ya estaba llegando, una rica amalgama de colores anunciaba la presencia de los jardines coralígenos que se extendían ante él; numerosas gorgonias o abanicos de mar, comunidades enteras de Corallium rubrum explotado y esquilmado desde la antigüedad para su uso en joyería; erizos, bosques de algas, laminarias de cuatro metros paraíso y refugio de un sinfín de especies… La sensación al bucear era de libertad absoluta, como si estuviera nadando en el espacio vacío, sobrevolando el Amazonas, permitiendo que las copas de los árboles que se extendían hacia el cielo acariciaran su cuerpo desnudo.
Aitor percibió en su sueño que se acercaba a un acantilado sumergido de profundidad incalculable. Al iniciar el descenso apareció una cavidad en la roca que lanzaba destellos anaranjados. ¿Corales luminosos?, pensó. ¿Cómo podía ser?. De acuerdo con las investigaciones de Lesser, tendría que encontrarse en las aguas templadas del Caribe para poder presenciar semejante maravilla natural… Con todo, siguió nadando en dirección a la fuente de los destellos y, en cuanto llegó ante ella, quedó paralizado al percatarse de que el brillo parecía provenir de un doblón de oro bruñido, tan brillante que, al incidir el agua sobre él, emitía múltiples reflejos. Se acercó, recogió la moneda de la arena y permaneció un buen rato agarrotado, doblón de oro en mano, y perplejo. Observó durante un momento eterno cómo, sobre el lugar de donde había sacado la moneda, la arena algo revuelta y los sedimentos se acomodaban para volver a posarse tratando de recobrar la armonía inicial y regresar a su serena acumulación de milenios.
Dubitativo, optó por colocarse la moneda entre uno de los bolsillos internos del traje de neopreno mientras su mano derecha, la que sostenía la lámpara, retiraba el foco de la tierra agitada para elevarlo alumbrando al frente y mostrándole una imagen más sorprendente si cabía que el propio hallazgo de la moneda que acababa de realizar. Lo que se abría ante él no era una cueva, como pudo parecerle en un principio, sino un pequeño túnel excavado en el interior de la roca. Sin detenerse a pensar, sin meditarlo ni un segundo, avanzó a través de él impulsado por el movimiento semicircular de sus piernas, ayudadas de las aletas, y paulatinamente, a medida que progresaba, comenzó a vislumbrar una luz al final que brillaba cada vez con más intensidad. Aquello no podía ser ningún fenómeno natural, pensó, y continuó hacia delante hasta llegar a una gran sala abierta, a una especie de llanura oculta en medio de la montaña submarina que estaba recorriendo y en la que numerosos buzos parecían desarrollar una gran actividad que en un primer momento le dejó confuso. Ahora, en sus sueños o recuerdos —dado su estado de debilidad, no sabía qué era lo que su mente estaba reviviendo—, creía recordar que se trataba de una mina. Sin saber por qué, tal vez por un soplo de su instinto, apagó con prontitud su lámpara y, quieto, reparó en cómo varios buzos recorrían y escudriñaban las profundidades del cañón en busca de algo irreconocible. También había muchas luces que se perdían en la distancia, movimiento de personas y cajas, incluso un considerable despliegue de maquinaria a tal punto que llegó a parecerle como si toda aquella gente trabajara para montar un huerto sumergible o, qué locura, un invernadero bajo el mar. Clavaban estacas y maderas formando pequeños rectángulos, apilaban material, se hacían señas distribuyendo y ordenando la actividad y, de pronto, la sensación de que había sido descubierto y de que se hundía, se hundía, y no podía respirar… Aitor se sacudió sobre el bote dudando, enfrentándose al pertinaz duelo entre sueño y vigilia, entre ficción y realidad, y procuró por todos los medios regresar a la fábrica submarina, volver para averiguar qué era lo que veía.
Le fue imposible. El ruido de los helicópteros sobre su cabeza alborotaba su pelo y su pensamiento. Por más que lo intentó, no logró regresar al fondo del mar.