QUINCE
Saskia se sentía mal, como le ocurría todos los días antes de ponerse a trabajar. Eran las siete de la tarde y no le apetecía levantarse de la cama, pese a lo cual lo hizo, aunque con desgana.
Qué triste era su vida, pensó, y no debería ser así. Nadie tendría que despertarse sin ilusión, comenzar su día con miedo y recelo, con aprensión por lo que le podría ocurrir en vez de con ganas de sonreír y vivir y ponerse en pie con esperanza por lo que pudiera depararle el porvenir.
Aunque fueran las 7 p. m., las 19.00 en formato de 24 horas, el día debería empezar como sucedía en las películas norteamericanas que tanto le gustaba ver por televisión, con pájaros cantando, un amable chaval pasando en bicicleta y arrojando con un golpe seco el periódico ante tu puerta y algún vecino cortando el césped mientras ella tomaba una buena, humeante, enorme taza de café. Con magdalenas.
Pero en lugar de esos banales, ínfimos placeres, se arrastraba a un baño no demasiado limpio lleno de potingues y maquillajes y luego se obligaba a elegir algo sutilmente sexy que ponerse del armario que ella y sus compañeras llamaban «común»; ese que todas solían dejar, para enfado de la jefa, revuelto y descuidado. Solo entonces, medianamente presentable, al menos según los parámetros que le forzaban a seguir, se sentaba ante la mesa de la cocina para tomar lo que para ella era el desayuno a las siete de la tarde: una buena taza de cacao con galletas. De esta manera recordaba esos tiempos no tan lejanos, cuando era niña en Rumania, y su madre todavía estaba ahí para acariciarle la cabeza y peinarle la larga melena en dos trenzas rubias. Un peinado que ya nunca usaba; como mucho, una coleta de caballo, y eso si no estaba trabajando. Debía parecer mayor para evitar problemas con algún cliente al que de repente le surgiera un arrebato de decencia y se le ocurriera denunciar ante la policía que en determinado club podía haber menores de edad ejerciendo la prostitución. Sintió que se ruborizaba llevada por los recuerdos. Qué pensaría su madre ahora si supiera lo que hacía, si la viera con su pelo rubio encima de cualquier viejo. Por eso, era por eso por lo que no se atrevía a mirarse al espejo cuando se vestía y peinaba para trabajar, mucho menos si llevaba el pelo recogido. Y por eso también ahora esquivó su propia mirada y salió del baño sin pararse a contemplar su rostro.
Todavía seguía algo sonrojada cuando llegó a la cocina, donde Noemí, según su costumbre, se servía un buen trago de ginebra para desayunar.
—No sé si te queda cola-cao, niña —le dijo sin más, sin saludarla, ni una sonrisa ni mucho menos un «buenos días, querida, ¿qué tal has dormido hoy?». De esos que, en las películas norteamericanas, las madres dedican a sus hijas, casi tan rubias como ella.
—No importa, tomaré la leche sin nada.
Noemí sonrió, pero no con una sonrisa amable, de comedia romántica norteamericana, sino como la desalmada madame que cada día escudriñaba la mercancía que tenía para vender; con la expresión de una fiera, falsamente risueña, con la misma expresión que la de los animales que aparecían en algunos documentales que a veces, si no daban ninguna película, Saskia acostumbraba a ver en la sobremesa cuando se levantaba lo suficientemente pronto como para comer a una hora normal.
—Podrías acompañarme, me siento muy sola cuando desayuno mi cóctel especial.
—No, gracias, de verdad. —Intentó no parecer demasiado esquiva al decirlo. Pero su compañera, que no amiga, se dio perfecta cuenta de la lástima que implicaba su negativa.
Dio un bufido, rabiosa, y con inusitada agilidad se levantó de un salto para salir sin despedirse de la cocina. La dejó confusa y lastimada, aunque no a punto de echarse a llorar, como le ocurría al principio de convivir con ella, aunque sí lo bastante sorprendida todavía como para encarar el desayuno con ganas o un mínimo atisbo de ilusión o, no digamos ya, de alegría.
Tras unos instantes, pensó que debía de estar empezando a acostumbrarse a sus salidas de tono, porque no tardó en encogerse de hombros y proseguir con su rutina pensando, una vez más, si no sería mejor hacer como Noemí; si no sería más fácil escapar de todo, de esto, y comenzar cada jornada con lo que ella llamaba su desayuno especial: una mezcla explosiva de alcohol y cocaína que la mantenía despierta y alerta, falsamente feliz y lo suficientemente drogada como para ver su asquerosa vida de otro color, cualquiera que fuera menos negro, qué más daría.
A lo lejos, oyó el sonido del teléfono repiqueteando incansable. Será para Noemí, pensó, y en cierto modo justificó sus más que cuestionables hábitos. Su compañera, que en realidad se llamaba Naluya y provenía de Sudán, era con toda certeza la más solicitada, la que más éxito tenía entre todas ellas. Y no era de extrañar porque su aspecto físico era impactante: alta, esbelta, musculosa y de una piel con un color similar al marrón, parecido al más oscuro chocolate con leche. Asimismo era poseedora de unos rasgos exóticos y llamativos, puede que exageradamente marcados, pero poderosos y atractivos. Por eso todos la llamaban Noemí, porque le encajaba como un guante el sobrenombre de la diosa de ébano con que la prensa había calificado a la otra Naomi, la modelo, no mucho más bella que ella, pero con mejor suerte en la vida. Eso desde luego.
—Saskia, es para ti —la reclamó una voz al final del pasillo.
Fastidiada y hastiada, apuró de un trago el fondo de su taza de leche fría y se levantó con más calma de la necesaria. Tampoco había que acelerarse, se dijo, aún está empezando el día y quien me reclama, por fortuna, no es la jefa, sino otra compañera, Eva, la más amable de todas; una buena chica.
—Sí, ¿diga? —preguntó nada más tomar el auricular.
—Saskia, soy yo —dijo la jefa. Ya le parecía raro no haber tenido hasta ahora noticias de ella—. Prepárate. Tengo un cliente especial. Pasará un coche a recogerte en una hora.
—¿Qué me pongo? —preguntó sin alterarse. Para la jefa la mayoría de los clientes eran especiales. Para ella, en cambio, todos eran iguales.
—Ropa europea y elegante. De primera. Y cuida en especial el cabello, ha recalcado que le interesa especialmente una chica rubia. Y dulce.
—¿Saldremos primero?.
No era infrecuente que numerosos asistentes y jefes de protocolo solicitaran de las chicas servicios adicionales a los que por definición debían prestarse, dada la categoría a la que pertenecía el negocio. La jefa, con mucho celo, había conseguido crear, primero con su cuerpo y luego con su cerebro, una de las casas más prestigiosas de la ya de por sí selecta ciudad. En numerosas ocasiones Saskia, de una belleza serena y elegante, era solicitada como chica de compañía, como geisha destinada a acompañar y lucir hermosa junto a un varón destacado en una cena, una fiesta o cualquier otro tipo de acto social.
—Sí, primero cena de negocios y luego lo demás. Sé discreta y ya sabes, sumisión absoluta y todo lo demás. Si te portas como debes, hasta te puede caer una joyita o algo similar.
—Ya, claro. —Y como no parecía haber más instrucciones que esperar, colgó y se dirigió por segunda vez al baño. Tenía mucho por hacer.
En la cocina, a través de la ventana entreabierta, además de los chillidos de alguna gaviota perdida, comenzaron a llegar los sonidos de una ciudad que se desperezaba después de la tarde de siesta y sol en las hamacas de la playa. Ruidos de música y mesas y sillas metálicas que los camareros, diligentes, comenzaban a limpiar y colocar cuidadosamente en las terrazas y, también, alguna nota chill-out amortiguada que ya los disc jokeys comenzaban a pinchar para calentar el ambiente.
«Más fiesta —pensó Saskia mientras abría el grifo de la ducha—, más carne, más sexo, más alegría y pasión. Más marcha.
«Y también más pena, más vergüenza, más humillación y dolor.
«Más diversión para los que pueden pagarlo, para el que vaya a disfrutar de mí sin culpa ni pecado. Para mí, más desgracia».