Capítulo 61
Manley se incorporó del suelo donde sentía que había permanecido tendido largo tiempo. Su cuerpo clamaba dolorido un descanso, pero un miedo cerval se sobreponía sobre el resto de confusas sensaciones de entre las que destacaba un clamor apocalíptico, un retumbar sordo que afectaba a todo en su derredor.
La tierra vibraba en un terremoto interminable.
No podía creer que justo entonces, justo cuando había encontrado la solución, los acontecimientos se precipitasen.
Había trabajado intensamente en los últimos días, estudiando a fondo el tratado de los legoranos, comprendiendo cada vez mejor cuál era el equívoco que había llevado a construir una sonda que no resolvía adecuadamente la singularidad creada. Su teoría no era errónea, sino incompleta. Esa era la causa de que la singularidad creada por la sonda, una vez que se llegaba al destino, no se disolviera como una pompa de jabón, sino que rebotara hasta su punto de origen, ocasionando la perturbación gravitatoria que aunque su fuerza ya menguaba considerablemente, había obrado el poder de alterar mortalmente el sistema Tierra-Luna.
El polvo del cemento desmenuzado flotaba irreal en el aire, mientras las luces de su despacho iban y venían. En la semioscuridad Manley palpaba el suelo. Necesitaba imperiosamente localizar su portátil. Sus manos frágiles le parecían ancianas y torpes. Al fin dio con la funda de cuero que recubría el pequeño ordenador y miró en torno a sí. Parecía que todo estaba cambiado de lugar, los muebles arrinconados por los temblores, junto a la pared. Una estantería caída impedía acercarse siquiera a la puerta. Tironeó de la misma pero sus fuerzas eran escasas. Se sentía como un viejo decrépito. A duras penas, casi a cuatro patas, logró sortear el mueble caído, y a pesar de las vibraciones del suelo, se situó junto a la puerta.
Manley no recordaba la última vez que había salido del despacho. El gobierno, o lo que quedaba de él, le había asignado un grupo de tropas de élite para que custodiaran el observatorio hasta el último momento y le permitieran centrarse en su trabajo. Por otro lado un grupo de ingenieros y científicos aguardaba en Houston a que Manley les diera instrucciones, porque había una esperanza y esta tenía un nombre, la sonda Viajero II, una réplica de la primera, con la que se contaba para una misión similar a la de su antecesora. Manley había comprendido que usándola adecuadamente, realizando la maniobras acertada entre las infinitas posibles, e introduciendo nuevos parámetros de funcionamiento, sería capaz de compensar las perturbaciones creadas. Se trataba de una peligrosa carambola cósmica, pero era una opción factible. Trabajaba en línea con el centro de investigación Ames, de la NASA, y acababa de recibir el resultado de sus cálculos.
El edificio del observatorio gemía cruelmente, como una bestia moribunda, o como una caja de sonajero que un niño agita ignorando que en su interior una hormiga pelea por su vida. «¿Dónde estaba Darcy?».
Consiguió abandonar su despacho. Ahora que tenía la solución… le preocupaba Darcy. Observó unas piernas, con uniforme y botas, que indicaban donde un cuerpo yacía sepultado por escombros.
—¿Darcy? —murmuró.
Las puertas del observatorio estaban abiertas, deshechas. A sus espaldas se oían cascotes que caían, cristales rotos… el caos. En un último vistazo hacia el interior de la sala de control observó su viejo exolector siete, despedazado por un gran mole de hormigón. El piloto rojo que indicaba su capacidad operativa se hallaba irremisiblemente apagado.
Por fin salió al exterior. Tenía que enviar las instrucciones. Coordenadas, datos… un archivo con todo lo necesario para programar al Viajero II, lanzarlo al espacio a un punto tal que sus efectos contrarrestaran la influencia de la perturbación primera y devolvieran a la Luna y a la Tierra a sus órbitas originales. Era una maniobra precisa en la que llevaba trabajando días. Y tenía al fin, una solución que resolvía un sistema de ecuaciones endiabladamente complicado. Y la sonda debía activarse en el segundo preciso, en el punto exacto del espacio… «¿serán capaces?».
Pero a pesar de la atmósfera cargada, una luminosidad insana confería al paisaje un aspecto irreal, como de ensueño. Elevó la vista al cielo, y en la noche, descubrió la Luna, una Luna amenazadora y cercana…
La Luna abarcaba medio horizonte bañando la noche de la Tierra con una luz pálida pero potente, que era capaz de atravesar aquella atmósfera caliginosa e iluminar la oscuridad como un raro día de niebla. Era fácil distinguir sus montañas, sus cráteres contoneados pero abruptos, las sombras en los valles dibujando puntiagudas siluetas. Su cercanía, la nitidez de sus detalles, quitaba el aliento.
Pulsó el botón de comunicaciones. Su interfaz estaba a un nivel mínimo de batería. Sería imposible una comunicación visual… ni siquiera por voz. Era un último intento.
—Dios mío, —exclamó— cuarenta años para prever esto… y ahora me va a faltar tiempo…
Manley cayó de rodillas en el suelo y lloró, suplicó, rezó. Junto a él apareció Darcy, que arrodillándose junto a él, le abrazó. Por encima de ambos el dios de la noche, un dios cruel y despectivo para con el Hombre, parecía abalanzarse sobre ambos.
Un tímido bip de la consola anunció un mensaje críptico.
«Houston. Mensaje recibido».