Capítulo 46

Navidades

La celebración estaba saliendo a pedir de boca, pensaba Jason aliviado. Familia y amigos se habían acercado a su casa para celebrar un acontecimiento verdaderamente alegre. La enfermedad de Miriam, que tan mal pronóstico había tenido en su día, se había curado definitivamente. La exomedicina, como se denominaba a aquella rama médica derivada directamente de tecnologías importadas de razas alienígenas, se imponía rápidamente sobre los métodos convencionales de la ciencia médica humana. La reprogramación genética se había demostrado como eficacísima para eliminar cualquier género de enfermedad cuyo origen pudiera hallarse en los genes, como era el caso del cáncer. Las listas de espera para la curación de todo tipo de enfermedades a través de este nuevo método, de ser inicialmente cortas y de escasa duración, a medida que mostraban su eficacia y bondad, empezaban a congestionarse y amenazaban incluso en convertirse en un posible escenario de conflicto social. Todos querían curarse pero había pocos hospitales en el mundo que tuvieran implantada esta tecnología y los propietarios de la patente exigían royalties millonarios. La posición de Jason en el Instituto le había abierto muchas puertas, y sin la preciada ayuda de Eleanor, la verdadera impulsora de ese tratamiento para Miriam, tal vez no podrían estar reunidos para aquella celebración.

Jason y Miriam habían pronunciado unas palabras de agradecimiento al inicio, en un brindis que estuvo cargado de emoción y que hizo llorar a Miriam. Parecía que había rejuvenecido diez años. Jason no sabía si era debido a la curación o un efecto secundario de aquel tratamiento milagroso. Un tratamiento que había sido capaz de eliminar cada una de las células tumorales mediante la introducción de un mecanismo vírico que se detonaba cada vez que encontraba un gen defectuoso en el cromosoma de una célula. La tecnología que manipulaba y replicaba las cadenas de ADN de un individuo, las codificaba en un virus y éste pasaba a formar parte del sistema inmune del sujeto eran de procedencia alienígena.

Pero la alegría de Jason era incompleta. Le habría gustado reunir al equipo de monte Lemmon, y había resultado imposible. Larry estaba demasiado ocupado organizando su campaña política. Era ya el candidato a la Casa Blanca e iba a disputar la reelección a la actual presidente. David estaba en un estado de máxima decadencia. Apenas acudía al trabajo y Jason temía que el expediente disciplinario que había abierto la universidad terminara en su despido. Cada vez parecía más afectado por la bebida y no cesaba de repetir a todo el mundo que se aproximaba el fin, en un discurso lleno de paroxismo que le hacía parecer un verdadero demente.

Pensar en Manley le provocaba un profundo dolor. Había discutido con él muy ásperamente unos meses atrás, cuando tras visitar a David se encaró con él, exigiéndole que se explicara, que le dijera que cartas mantenía ocultas, qué sabía él o al menos, por qué David le había acusado de manera tan fehaciente. Pero Manley permaneció callado y se negó a dar ninguna explicación en un silencio exasperante y triste que a Jason le parecía ser un clamoroso reconocimiento de que, efectivamente, era poseedor de un secreto inconfesable. Aquella negativa ofuscó a Jason, que dejó de considerarlo una persona de confianza, y pese a los ruegos de Miriam, se negó a invitarlo. Darcy, siendo su pareja, rechazó la invitación ya que por lealtad no podía acudir sin Manley. La ausencia de aquella chica le había dolido en el alma pues le tenía verdadero aprecio. En suma, la celebración había servido para corroborar que el equipo de Lemmon ya era historia, y aquella realidad deprimía a Jason. De todos ellos sólo había acudido Eleanor.

La gente hablaba animadamente. El salón estaba abarrotado de amigos, familia, algunos vecinos. Eleanor era un rostro conocido y popular y entorno a ella se arremolinaban muchos que preguntaban y escuchaban con interés sus opiniones. Pero a Jason el asunto alien le tenía un poco aburrido. Tenía tantos youbugs como el que más, pero si ya era difícil dar con un verdadero amigo entre los humanos, aún lo era más difícil con un alienígena, y Jason reconocía que el curiosear y la diversión que provocaban aquellas conversaciones galácticas, muchas veces insustanciales, no le procuraban paz interior y generalmente mucho desasosiego, aunque no sabría decir cuál era la causa exacta. Incluso le había afectado al trabajo. Ya carecía de tanto interés mirar hacia las estrellas. El misterio del firmamento nocturno se había desvanecido. Podía hablar con seres que se situaban a más de cien mil años luz de distancia, lo cual representaba un acontecimiento extraordinario sobre una base que ya de por sí resultaba increíble. Daba la impresión de que para saber lo que ocurría más allá del sistema solar en vez de mirar hacia el cielo se debía bajar la cabeza en dirección al móvil.

En ocasiones consideraba que era el aspecto de aquellos seres inhumanos, en otras ocasiones la cultura, en otras la evidente superioridad tecnológica, en otras el estupor ante consideraciones filosóficas o religiosas tan diferentes, era lo que le atribulaba. Aquellas comunicaciones suponían un contraste permanente de cada uno de los valores, culturales, sociales, con los que Jason había crecido. Someterlos al terremoto que suponía revisarlos con cierto espíritu crítico surgido de la confrontación con otros sistemas alternativos lo agotaba, y comprendía perfectamente, cuando Eleanor hablaba de que la humanidad estaba «disolviéndose», a qué se refería. Él mismo lo experimentaba.

—… así que la última tendencia en cuanto a exoreligiones se denomina la exometempsicosis —se explicaba Eleanor en medio de un grupo de atentos oyentes—, es decir, la reencarnación, solo que ahora ya no se trataría de la tradicional reencarnación en todo género de seres vivos… terrestres, sino que estaríamos hablando de exoencarnación. En la red están prosperando los testimonios de gente que se cree que vivió en otros planetas siendo individuos de otras razas inteligentes. Es la religión que más está creciendo en todos los países del mundo según todas las encuestas… No dejan de aportarse testimonios, blogs, declaraciones… Me pregunto que decía toda esta gente hace unos años cuando no se tenía ni idea de cuanta gente pululaba por nuestro universo…

Sí, Jason estaba harto de alienígenas y se retiró a descansar a su despacho. Cerró la puerta y el murmullo de las conversaciones se apagó ostensiblemente. Podría sentarse un rato a apurar una copa y descansar. Preparar un encuentro con tanta gente siempre era una tarea fatigosa y él ya tenía cierta edad. Necesitaba un paréntesis y Miriam no se lo reprocharía. Ella era el centro de atención a fin de cuentas.

Como siempre se sentó mirando hacia su pantalla. Estaba dispuesto a entretenerse un rato ojeando algún canal de noticias científicas, que últimamente bullían a un ritmo trepidante, cuando observó un parpadeo en su otro monitor, el correspondiente a su obsoletísimo exolector, que mantenía encendido por una fe romántica en que aquella misteriosa raza, los legoranos, volviera algún día a dar señales de vida.

Y allí había un legorano, parecía el mismo de la última vez, «¿cómo saberlo después de tanto tiempo?», mirándole fijamente y esperando a que captara su atención. Su mirada plácida y serena le sorprendió. ¿Cuánto tiempo llevaría allí ese ser esperando comunicarse? ¿Cinco minutos… o tal vez cinco días? ¿Cuándo había sido la última vez que se había molestado en comprobar aquel monitor?

Esta vez se fijó en más detalles que en la primera ocasión, debido sobre todo, a que la brevedad inesperada de la primera comunicación la había tomado por sorpresa y prácticamente no prestó la debida atención. Activó el servicio de grabación de la conversación, algo que había echado mucho de menos la vez anterior.

—Saludos, humano —la voz silábica, nítida y clara de aquel ser le reconfortó. El subtitulado era fácil y perfectamente comprensible.

—Saludos legorano —saludó a su vez Jason.

Jason observó con detalle la piel de aquel ser, que parecía delicada, sus ojos tranquilos, y el uniforme monocromático que lucía, de colores grises combinados con un negro de fondo, resultaba tan anodino como el escenario en el que se situaba el alienígena.

—Ha pasado mucho tiempo desde nuestra última comunicación. Pensé que había sido descartado —explicó Jason con cautela.

—Nosotros nunca descartamos individuos, sino razas —corrigió el legorano. ¿Había sonreído? A Jason le había parecido una sonrisa infantil, sin malicia—. Somos prudentes en nuestras comunicaciones y seguimos un estricto protocolo. Originalmente el código establecía un protocolo de comunicación… Desconocemos la causa exacta pero con el tiempo se superpuso un nuevo código que obviaba ese protocolo en el código fuente.

—¿Qué reglas establecía ese protocolo? —preguntó Jason sumamente interesado.

—Una serie de normas. Sólo se debía utilizar el comunicador de código por un único individuo y raza. Dicho individuo se denomina Agente de Comunicación, y deberá estar estrictamente supervisado por un Consejo de Comunicación que conozca el código. —El legorano hablaba muy pausadamente. Su voz era nítida y el subtitulado se leía con suma facilidad—. La comunicación nunca podía incluir trasvase de conocimientos tecnológicos, para evitar todo género de contaminación tecnológica, así como cualquier género de información que pueda influir en el devenir de la otra raza. Igualmente por prudencia nunca debían darse las localizaciones exactas de las razas comunicantes; ni sistema solar ni otras indicaciones que pudieran ayudar a establecer su ubicación en el espacio. La comunicación además deberá establecerse con pautas temporales prolongadas de silencio entre cada ocasión.

Jason se echó para atrás en su asiento, murmurando para sí; «horror». Parecía que la Humanidad había incumplido sobradamente cada una de esas indicaciones.

—Por su expresión deduzco que su raza no ha seguido esas indicaciones de prudencia.

—Eso creo —atestiguó Jason.

—No se preocupe. La inmensa mayoría de las comunicaciones que se mantienen a través del código incumplen dicho protocolo. Me imagino que la inteligencia es en gran medida una gran aliada de la curiosidad y eso impele a los usuarios del código a comunicarse con frecuencia.

«¿Con frecuencia?» —pensó Jason— «más bien diría que compulsivamente».

—Si, es posible que así sea —indicó sin embargo Jason en voz baja. En seguida se repuso y quiso realizar una pregunta—. Ese protocolo… ¿se estableció para evitar los denominados Silencios Negros?

—No estamos muy seguros de eso… —su interlocutor apartó la vista de él por un momento y la centró en un monitor cercano, intuía Jason, aunque no podía estar seguro. Parecía como si leyera algo—… pero pensamos que debe existir cierta correlación. Por eso hemos establecido un rango de niveles de civilizaciones. Nivel uno para los que no han sufrido ningún episodio de Silencio Negro. Nivel dos para los que han superado un evento de este tipo.

—Por supuesto que los humanos estamos en el nivel uno. ¿Y su raza?

—En el nivel dos. Hemos superado un episodio de Silencio Negro… hace mucho tiempo. Pero por supuesto no puedo relatarle en qué consiste. Seguimos el protocolo y eso nos impide revelar ese género de información. Sí puedo atestiguarle que la mayoría de las razas que hemos conocido, varios miles de millones hasta la fecha, se encuentran o se encontraban en el nivel uno…

Jason suspiró. Parecía que tenía la miel en los labios, pero finalmente le iban a privar de conocer el secreto que encerraban aquellas dos palabras.

—Parece que los temas de conversación que permite su raza están bastante limitados.

—Sí, pero así nos queda tiempo realmente para hablar de cuestiones verdaderamente importantes. Por ejemplo y a raíz de lo que estábamos comentando anteriormente, observamos a menudo razas que confunden completamente el sentido de inteligencia y sabiduría. Me refiero a que es habitual que el individuo reconozca claramente la diferencia, pero la especie obra única y exclusivamente por razón de inteligencia. No existe una estrategia de desarrollo como civilización, sino que la sociedad construye y fabrica aquella tecnología que le resulte accesible, sin importar los riesgos o las consecuencias que se deriven de la misma. Desde el punto de vista de la raza rara vez se analiza el porqué último por el que se investiga y se realizan descubrimientos o invenciones, siempre se piensa en el «para qué» va a servir lo que se descubre. Es el uso inmediato lo que impele a obrar.

—Así sucede en la nuestra sin duda —reconoció Jason tras sopesarlo unos segundos—. Seguramente se deba a que nuestro mundo está fragmentado en naciones, empresas, organizaciones diversas… Se impone un principio de competencia que vendría a decir; si no lo fabrico yo lo hará otro. ¿Ustedes no tienen esa fragmentación?

—No, afortunadamente hace tiempo se disolvieron esos conceptos, nunca completamente, por supuesto. El individuo no está sojuzgado. Pero las naciones como elementos creadores de conflicto fueron disueltas y superadas. Toda especie que quiera perdurar ha de superar esa traba arcaica así como otras divisiones artificiales de la especie.

Jason sonrió. Pensaba en su país… en tantos países y regiones del mundo que se aferraban a sus banderas.

—Mi planeta bulle en pequeñas guerras. Cada rincón de mi mundo tiene algún género de violencia. Cuesta imaginar a la humanidad desligada del belicismo y la confrontación.

—¿No tienen algún esquema filosófico o religión o ideología común?

—Hasta en eso tenemos diferencias y son a veces causa de guerras.

—En mi mundo fueron causa de unidad y de superación de personalismos.

Jason suspiró.

—¿No tienen democracia? ¿Diferentes partidos políticos? ¿Libertad? ¿O tal vez tienen un organismo mundial que los gobierna benévolamente?

El legorano miró hacia el monitor situado a su derecha. Cuando volvió parsimoniosamente la vista hacia Jason fue para despedirse.

—Disculpe humano. Nuestro tiempo de comunicación se ha terminado. Espero encontrarle igualmente en nuestra próxima conexión.

Jason casi no tuvo tiempo de despedirse y el legorano abandonó la estancia con movimientos lentos y templados. Había sido una comunicación que resultó extremadamente corta después de tanto tiempo de ausencia.

Después de unos momentos de sopesar sentimientos opuestos Jason llegó a la conclusión de que los legoranos le intrigaban tanto como le exasperaban.