Capítulo 36

Un mes después

Manley y Jason caminaban por lo profundo del bosque a través de un sendero serpenteante que ascendía a una de las cumbres en las que se establecía el observatorio. Era un camino alejado de todo rastro de civilización, estaciones de esquí, carreteras, aparcamientos.

Era un día libre y habían decidido ambos hacer algo especial a sugerencia de Jason, que necesitaba recordar los tiempos del observatorio que añoraba profundamente. Había transcurrido algo más de un mes desde que se celebrara la primera reunión del Consejo del IAE y pese a que el veterano astrónomo reconocía en su fuero interno que aquel trabajo le fascinaba, el hecho de no tomar la carretera camino del viejo observatorio y subir atravesando el bosque de pinos hasta la cima no sólo era algo que echaba de menos, sino que se había convertido en un ritual que le serenaba y era capaz de transmitirle una misteriosa paz interior que ahora echaba en falta. Por el contrario, las instalaciones del instituto no eran otra cosa que un edificio de oficinas en el que se sentía enclaustrado. Pese a la remuneración y la fama comprendía que no había salido ganando precisamente. Ambas eran cuestiones de las que podía prescindir completamente. Esto era algo que estaban hablando mientras ascendían hacia la cima. Llegó un momento en el que los árboles empezaron a ralear y el calor del sol hacía su esfuerzo aún más penoso. Pero ya estaban cerca de la cima. Finalmente Jason eligió un emplazamiento que conocía de antiguas excursiones, a la sombra de un pino ancho y viejo, y allí se sentaron a almorzar. Ambos aliviaron el peso de sus respectivas cantimploras tras un largo trago.

—Así que ya hemos superado el número cien —afirmó Jason pero con la intención más bien de inquirir a Manley que le confirmara ese extremo.

—Eso es —repuso Manley para volver a echarse un largo trago de agua fresca que aliviara el calor que experimentaba—. Ciento una para ser exactos. Vamos a buen ritmo. Y no sé cuántas razas más podemos encontrar…

—¿Tal vez algunos miles?

—Sí… me imagino que llegará un punto donde contactaremos con individuos de razas ya descubiertas.

—Tal vez… y… ¿alguna especial?

—Bueno… los exobiólogos se están volviendo locos intentado realizar algún género de clasificación, pero hablando con Darcy el otro día me decía que a nivel coloquial los operadores de comunicación hablan de los insectoides, que son la mayoría, y los que no los son. Entre ellos se distinguen los carnosos, los óseos y los acuáticos, aunque de estos solo tenemos contacto con dos.

—Los insectos ganan.

—Curiosamente, como aquí, en la Tierra. Lo que sucede es que aquí encontraron límites en la biosfera a su crecimiento. Tal vez si las condiciones hubieran sido otras tú y yo tendríamos un par de antenas en la cabeza y nuestro cuerpo segmentado en tres lóbulos.

Ambos rieron con ganas. Cada cual desenvolvió su almuerzo.

—Hay una raza, una de las últimas que hemos descubierto, que no sabemos realmente cuál es su naturaleza.

—¿A qué te refieres? —inquirió Jason.

—Ya la verás cuando te toque pero te anticipo que resulta inquietante. Parte es máquina, o robot, según prefieras, pero también hay parte biológica. No sabemos si la inteligencia reside en un cerebro artificial o en uno biológico convencional.

—No estoy tan seguro de querer seguir descubriendo «bichos» —replicó Jason.

«Bichos» era el nombre coloquial con el que se denominaban popularmente a cualquier raza alienígena.

—¡Caramba! Y por cierto… hablando de bichos… aún no entiendo cómo es que Darcy y tú no estáis juntos. Muchacho, pocas veces en mi vida he visto una jugada tan clara. Os conozco a los dos por separado. Sé que le gustas a Darcy pero cada vez que ha intentado acercarse a ti ha metido la pata.

Manley le miró de reojo.

—¿Meter la pata? Verás, ya lo he intentado un par de veces. Por hacerte caso a ti siento que he hecho el ridículo. La primera vez saliendo de la primera reunión del Consejo justo cuando tenía otra cita con otro. Dos semanas más tarde y gracias a tu insistencia volví a invitarla a cenar y me dijo que tal vez debería dirigirme a mi amiga la señorita Eleanor para ese fin. Un plantón, Jason.

—Manley. Lo único que sucede es que está celosa de tu amistad con Eleanor. Es muy sencillo de comprender. No puedes tontear con Eleanor y pedirle una cita a Darcy. Ella cree que la utilizas para poner celosa a Eleanor.

Manley clamó al cielo soltando varios exabruptos acerca de la complejidad del cerebro femenino.

—Pues claro que me llevo bien con Eleanor. Ella habla, responde, se ríe… No sé qué pasa con Darcy, pero desde que aquella vez que tomamos un café en el bar de Nicks y me dejó colgado allí mientras ella se iba en su coche…

Jason rio.

—Sí, es verdad. Te tuve que ir a buscar —comentó divertido—. Ella pensó que le estabas haciendo proposiciones deshonestas, como si fuera una cualquiera.

Manley agitó la cabeza asqueado. Sí… recordaba que en aquella época no se había comportado muy decentemente.

—Me encanta Darcy… pero cada vez que intento acercarme a ella es un completo desastre, peor que el Titanic.

—Inténtalo de nuevo —insistió divertido Jason mientras pasaba un pañuelo por su sudorosa y bruñida calva.

—Ni hablar Jason… y cambiemos de tema.

Ambos observaron un halcón que planeaba sobre los árboles, un centenar de metros más abajo.

—Me gustaría hablar de David, Manley.

—Cuéntame.

—No, presiento que eres tú el que me tiene que contar algo a mí —comentó Jason suavemente—. Soy un veterano y sé cuando alguien se esconde un as en la manga. Yo sé que tú tienes un as escondido… y no sé si tiene que ver con lo que le pasa a David.

—Lo dices por el monitor número siete, aquel día en la nave industrial dónde tenía mis conexiones interestelares.

—Correcto.

—Lo siento Jason, te digo la verdad. Estoy tan sorprendido como tú por lo que le pasa a David. Sé que desde ese instante no ha vuelto a ser el mismo. Pero todos hemos intentado hablar con él y no suelta prenda. Sinceramente, no sé lo que vio. Fue el primero y el último que vio algo en ese monitor. Y piensa lo siguiente… ¿No crees que si yo hubiera sabido algo de lo que se veía a través de esa conexión de alguna forma no estaría afectado más o menos como David?

—Bueno, Manley, tal vez tengas razón, pero entonces dime… ¿dónde está ese aparato, el número siete? Lo he buscado por todas las instalaciones del Instituto provisional sin dar con él.

Manley calló.

—Y no sólo es eso, Manley. Sé que has puesto una solicitud para que te asignen una escolta… a ti. ¿Estamos en peligro… o eres tú el único que lo está? —Manley cruzó una mirada de sorpresa con Jason y éste intuyó que lo había sorprendido con la guardia baja. Jason prosiguió con su arrebato—. Sí, Manley, me doy cuenta de que nos estás ocultando algo y no sé qué pensar de ti ni de todo esto.

Pero Manley sacudió la cabeza. «Exageras», dijo mirando al suelo sin responder.

Las sospechas de Jason seguían alimentadas por el comportamiento inconstante de Manley. Había aprendido a reconocer en él una pauta, un pequeño desaliento que incluso en los mejores momentos lastraba su sonrisa. Intuía en el científico una preocupación y sabía que tenía algo que ver con el código. No sabía de qué se trataba, pero seguramente versaba sobre algo que Manley tenía ya conocimiento cuando tuvo su primera reunión con el equipo para exponer el primer contacto. Decidió probar fortuna de otra manera, y mientras mordía un sándwich enorme de embutido y manteca pensó en su siguiente pregunta.

—Recuerdo tu exposición inicial. La caja de Pandora, ¿recuerdas? Parece que ambos estábamos equivocados con nuestras presunciones sobre los peligros de esa comunicación… ¿no crees?

Y en ese momento lo vio. Manley tardó un segundo más de la cuenta en sonreír. Era un rictus obligado, y mientras Jason lo observaba de reojo, sentía que confirmaba sus sospechas. «Pero ¿qué demonios es lo que sabe este chico?» se preguntaba mientras Manley sonreía finalmente y asentía.

—Sí, es verdaderamente frustrante por otro lado. En cierto sentido Darcy tenía razón cuando en la reunión de la semana pasada comparaba el código con realizar una llamada aleatoria a un teléfono de los Estados Unidos. ¿Cuál es la probabilidad de que el que esté al otro lado de la línea sea un astrofísico como tú? Infinitesimal, sin duda.

—Sí… pero entonces, ¿qué hacen esos individuos con semejantes aparatos? No sé… resulta incomprensible —concluyo Jason.

—Eleanor comentaba en la última reunión del Consejo que sospechan que varias naciones europeas ya tienen acceso al código. Muy probablemente algún país asiático también. La verdad es que estamos compitiendo en una carrera loca por contactar con cuantas más razas mejor… como si tuviéramos que echar una partida de cartas y el que más tenga de entrada más posibilidades tiene de ganar. No sé dónde vamos a acabar —comentó Manley casi para sí mientras su vista se perdía en el bello horizonte de la planicie que se extendía a sus pies, más allá del bosque.

—No sólo se trata de las naciones Manley. Un amigo al que hace tiempo no veía pasó el otro día por el instituto a curiosear. Es un directivo. Trabaja para una multinacional potente, un laboratorio farmacéutico. No te puedes ni imaginar lo que están invirtiendo en exocomunicación. Una barbaridad. Creen que puede ser un atajo formidable y una revolución el hecho de contactar con civilizaciones más avanzadas. A saber qué tecnologías relacionadas con la salud disponen, técnicas de manipulación de moléculas o incluso átomos, ingeniería genética y demás. Y me imagino que es la punta del iceberg. Toda la industria armamentística habrá pensado lo mismo… y no sólo en nuestro país, Manley. Es posible que esa carrera silenciosa que no vemos esté efectuándose, acelerándose más y más cada día que pasa.

El rostro de Manley se ensombreció.

—Pero sin embargo ningún alienígena ha soltado prenda. Otro tanto le pasará al ejército o a cualquier multinacional que invierta en el código. Se van a sentir profundamente defraudados… al menos en proporción a los millones que vuelquen en ello.

Jason le dio la razón y rieron un tanto al recordar las quejas de Eleanor respecto a la ausencia de avances que repercutieran en un beneficio estratégico, económico o social del país. Lo único que habían logrado era un impulso a la economía que había entrado en una sorprendente espiral de consumo hasta en sectores insospechados. Lo último que se había divulgado era el éxito de ventas de todo género de artilugios de lo más variopinto que se suponían servían para entablar comunicación con esos seres estelares mediante telepatía, o la proliferación de médiums que cumplían ese mismo fin por un precio asequible y se anunciaban profusamente en las teletiendas. Era increíble la cantidad de dinero que estaba moviendo ese sector a todas luces fraudulento. Los medios de comunicación estaban en sus mejores días de audiencia. Cada nueva raza que se descubría provocaba un alud de visitas a webs, de seguimiento de los informativos y de las audiencias de las tertulias de radio. Pero a Eleanor le frustraba que aparte de esas consecuencias inesperadas, no podía decir que aquel proyecto millonario hubiera dado una ventaja, la más mínima, para los Estados Unidos. Se veía que la presidenta le presionaba de lo lindo con ese asunto y en cada reunión del Consejo aparecía más agobiada. También la omnipresente sonrisa de Larry había dejado de parecer tan ancha. El también sentía el yugo firme y apretado.

Jason se quedó pensativo al final.

—Al principio, Manley, pensé que tal vez era mala idea este proyecto. También había una consideración, que me hería, me hacía verdadero daño. Era la esperanza de que tal vez la divulgación del contacto permitiera a nuestra humanidad progresar en toda clase de campos científicos… incluido el médico. Pensé que más pronto que tarde se hallaría una cura al cáncer para Miriam. Ahora, después de haber aceptado todo esto y ver que esa esperanza se desvanece otra vez… siento como si fuera un nuevo diagnóstico terminal… como si toda la pesadilla de la enfermedad de mi mujer se repitiera de nuevo, o incluso peor… volviera a empezar todo desde el principio. Y no sé si tengo ánimos ni fuerzas para seguir soportando esto.

Manley le preguntaba por Miriam todos los días en el Instituto, pero él no tenía ocasión de sincerarse. Ese había sido un buen momento para ello. En cierto sentido Jason sintió que al decir aquel simple pensamiento se había quitado un peso de encima.

Manley se entristeció por ello y le dijo que sentía que fuera así y que no perdiera la esperanza.

—¿Qué crees que va a pasar con todo esto, Manley? —preguntó finalmente Jason con rostro serio.

Manley arrojó lejos de sí el corazón de la manzana que acababa de devorar. Miró al horizonte unos segundos antes de responder.

—No tengo ni remota idea Jason. No tengo ni idea

Ambos quedaron en silencio observando el inmóvil paisaje de las montañas esperando que éste les inspirara una idea reveladora.