Capítulo 14

El lunes siguiente

La reunión era para planificar el trabajo de las próximas noches. En ella se repasaban los últimos resultados, las cancelaciones, los datos perdidos o que no alcanzaban los cánones mínimos de calidad y entonces se valoraba qué sesiones de observación habían de repetirse. También se cuantificaban los logros obtenidos, si es que había alguno que mereciera ser comentado. Una de las principales misiones, por no decir que casi en exclusiva, a la que se dedicaba aquel observatorio era al descubrimiento de NEOs, una misión, la de descubrir objetos (asteroides) cercanos a la Tierra, que cuando se explicaba a los escolares en los colegios en las conferencias a las que eran invitados con cierta regularidad, lograba despertar la curiosidad de los chiquillos y que estos abrieran enormemente sus bocas en señal de sorpresa y admiración, sobre todo al enterarse que entraba dentro de lo probable que una roca malvada y enorme pudiera un día chocar contra la Tierra y acabar con todos y con todo, incluidos los Estados Unidos de América, como en su día les había sucedido a los dinosaurios. Esa era otra de las palabras mágicas que conseguía dejar a los más pequeñajos con los ojos abiertos de par en par: «dinosaurios». Cuantas más veces la repitieras mayor era el éxito según habían podido corroborar una y mil veces.

Y de hecho era un trabajo fascinante… hasta que se ponían sobre la mesa las cifras, frías y crueles. Miles de esos objetos figuraban en un censo mundial que crecía año tras año y la aportación del equipo de Jason a ese censo creciente resultaba minúscula. Sí, el observatorio incorporaba un porcentaje mínimo de NEOs cada año. Sofisticados telescopios por todo el mundo a través de procesos cada día más informatizados y autónomos ampliaban el catálogo con más eficacia y rotundidad que aquel equipo del Lemmon, y vistas las cosas, su contribución resultaba ridícula. Mucho tiempo de observación, de detección de movimientos de puntos luminosos en fotografías dónde había miles de ellos, y aún más tedioso el tiempo dedicado a calcular las órbitas de los objetos detectados. Además, como guinda que resultaba un tanto desmoralizante, si algún día se diera el caso de localizar un NEO con probabilidades altas de impacto en la Tierra, ser el descubridor de semejante eventualidad no parecía ser precisamente un honor por el que pelearse. Pero era lo que había y todos lo sabían. Los únicos que estaban al margen de esa investigación eran Darcy, que tenía una colaboración con la universidad de Harvard para el estudio de supernovas, y Manley, cuyo trabajo le resultaba a Jason tan opaco como la gran nebulosa del Saco de Carbón.

Jason estaba dando por concluido el encuentro, en el que participaban Jeremy, Larry y David, cuando vio pasar ante la puerta de su despacho al distraído Manley que o bien iba al baño o bien a buscarse un café a la sala de descanso, únicas razones conocidas por las que ocasionalmente y en las últimas semanas se le veía deambular por los pasillos. Le llamó.

—Manley, ¡vente!, pasa y charla un poco con nosotros, que a veces pareces más un fantasma que otra cosa —le dijo Jason mientras movía efusivamente la mano derecha haciéndole gestos para que se acercara.

Manley cabeceó, como si una poderosa fuerza le impidiera cambiar de rumbo y supusiera un gran trastorno, pero finalmente cedió, dispuso su espléndida sonrisa como si acabaran de contarle un chiste de lo más simpático, y se incorporó a la reunión, sentándose con gran formalidad en una de las sillas que quedaba libre frente al amplio escritorio de Jason. Larry estaba medio derrengado en su silla y David parecía, con las piernas cruzadas una sobre otra, en una actitud relajada pero más educada. Jeremy estaba estirándose hacia atrás sobre una silla que se apoyaba en sus patas traseras, en una de las esquinas del despacho.

—Venga Manley, suelta prenda y coméntanos qué haces aquí. Ya está bien de hacer tantas elucubraciones… No utilizas tiempo de observación de los telescopios, tienes dispuestos esos raros artefactos en el hangar principal, te pasas las horas encerrado en tu despacho… ¿qué diablos te financia esa gente de Rockefeller? ¿Unas vacaciones pagadas? —Larry preguntó con una amplia sonrisa en la boca que eliminaba cualquier posible mala interpretación de sus palabras.

Manley hizo una mueca antes de responder y se estiró, como si fuera a dar una larga y engorrosa explicación, colocando las palmas de sus manos en su nuca. Era un gesto que Jason había observado hacía muy a menudo cuando era interpelado con una pregunta directa.

—Bueno… la verdad es que tengo una teoría revolucionaria entre manos… algo que no está muy relacionado con el campo de investigación en el que trabajáis, por cierto… pero dado que era un observatorio que tenía cierta facilidad de tiempo de observación y yo por otra parte no requería de grandes instrumentales para certificar mis conjeturas… pues resultó idóneo el trasladarme a este lugar…

—Bueno bueno… —interrumpió David, que se desesperaba y que en el fondo tenía tanta curiosidad como cualquier otro por saber a qué se dedicaba el joven investigador—. Cuéntanos a qué te dedicas…

Manley suspiró. Tomó aire antes de contestar.

—Bien… aunque es simplemente una teoría más de la gravedad modificada, resuelve una de las grandes incógnitas de la cosmología moderna, la energía oscura. Este asunto me empezó a interesar cuando estudiaba el Gran Atractor. ¿Qué diablos era eso?, me dije. Ya sabéis a lo que me refiero, un río de miles de galaxias que se precipitan… ¿hacia donde?… a un punto de inmenso poder gravitacional e invisible al que denominamos Gran Atractor. Y por otro lado ¿qué empuja al universo a expandirse cada vez más rápido? La energía oscura, respondemos… pero en el fondo no sabemos nada, ni lo que es ni por qué actúa como lo hace. Mi teoría del universo parte de unas matemáticas un tanto diferentes a las convencionales. En mi universo matemático el espacio no es simplemente una dimensión más… o mejor dicho, como estructura dimensional se comporta de forma distinta en relación a la gravedad. Parece un matiz pero sus implicaciones matemáticas y cosmológicas son importantes. El espacio no sólo se deforma, sino que es capaz de dilatarse, de crecer, como un efecto adicional de la gravedad… de una serie de focos de gravedad tan inmensos que nuestra mente no es capaz siquiera de imaginar… Es un concepto tan enorme que referirse a ello como agujeros negros sería ridículo.

—Perdona —le interrumpió Larry—. No vayas tan rápido. Es decir que nosotros mismos, o nuestro planeta, o el Sol, al deformar el espacio también lo expandimos.

—Correcto, aunque de manera infinitesimal e inapreciable. Para que el universo, su espacio, se expande como lo hace, he calculado que es necesario la existencia de unos tensores cósmicos con una capacidad gravitacional…

Jason rió.

—Hablando en plata muchacho, ¿qué es lo que sugieres?

—Bueno, yo considero que deben existir algo que podríamos llamar agujeros negros abisales… esparcidos por todo el cosmos. Se trataría de un género de abismo gravitatorio cuya masa puede equivaler a la de centenares, o tal vez millares de galaxias como las visibles… todo concentrado en una singularidad de poder inconcebible.

—En comparación con eso, los agujeros negros supermasivos que conocemos serían poca cosa… casi un chiste. Y por supuesto, estableces que son igualmente invisibles… —conjeturó Larry en voz baja.

—Correcto, no emitiría radiación alguna porque ya habrían engullido cualquier género de materia en su entorno… y la luz que incluso habría emitido en el pasado habría sido atrapada en su horizonte de sucesos. Nunca habría podido llegar hasta nosotros.

—¿Y entonces? —solicitó David.

—Ah… demuestro que si por ejemplo, nosotros, observadores, estuviéramos a mitad de camino de dos engendros como esos, dos tensores cósmicos, observaríamos que el espacio a nuestro alrededor se dilata, independientemente de que hubiera un proceso de expansión inicial, como por ejemplo a través del big bang, las galaxias se alejarían de nosotros cada vez más rápidamente, en direcciones opuestas, puesto que el espacio mismo esta dilatándose como efecto de que está precipitándose en dichos abismos… Veríamos justamente lo que vemos, un Universo donde las galaxias se agrupan en filamentos en expansión.

—Los agujeros negros no sólo devorarían materia, sino también serían agentes creadores… ¡de espacio!, ¿las tres dimensiones se expanden conforme un agujero negro devora materia? —concluyó Larry.

—Y también significa que si fuera cierto… pondrías en jaque la teoría del Big Bang.

—Y el tiempo, por supuesto, sería un verdadero sumidero del universo mismo… tal vez fueran capaces de rasgar nuestro universo y precipitar todo cuanto han devorado en otro universo espejo… —elucubró David.

—Resulta una teoría fascinante —sentenció Jason.

—Resuelve definitivamente el problema de la energía oscura, según considero —concluyó Manley—. Claro está que esto es fácil de decir. Las matemáticas que subyacen tras estas ideas son otra historia. Y lo curioso es que también tiene profundas implicaciones en lo que atañe a nuestra percepción del tiempo… pero no os aburriré con mecánica cuántica ahora.

Los cinco se quedaron callados. El hecho de por un momento abandonar su pueril caza del asteroide y abordar cuestiones cosmológicas dejaba a los cuatro astrónomos del observatorio fuera de juego, como si de pronto hubieran sido trasladados a su época universitaria en la que era habitual enfrascarse en todo género de conjeturas y divagaciones, por más fantasiosas que fueran, mientras se tomaban un café en la universidad. La vida los había conducido a trabajos pueriles, rutinarios y aburridos, y hete que aquí, de pronto, un joven avispado les «abofeteaba» diciéndoles; «pobres estúpidos, yo no sólo he ideado una teoría revolucionaria, sino que además he conseguido un patrocinador que me financie».

El trabajo del día a día los había encorsetado en labores prosaicas, mezquinas, que habían consumido su vida. Se cruzaron las miradas entre ellos silenciosamente. El único que sonreía de oreja a oreja era Manley.