Capítulo 10

Al día siguiente

Darcy se sentó en el borde de la mesa de Manley displicente, dispuesta a darle conversación. Manley le miraba de reojo, un tanto intimidado. Se sentía como un ratoncillo que es observado por una pitón que siente un gran vacío en su estómago. Sabía que todavía estaba molesta con él a raíz de su «malentendido» con la instalación del equipamiento nuevo. También había que sumar su conversación infructuosa en el bar de la estación. Había tenido que tomar un taxi y aguantar durante una larga semana los saludos de Darcy cargados de ironías; «pequeño» y «cariño» eran epítetos usados refiriéndose a él que hacían reír a más de un compañero del observatorio y que ella pronunciaba con acentuada feminidad. Y eso había sido hacía más de un mes atrás. «Cómo se las gastaba la chica» pensaba Manley entre intimidado y curioso.

No tenía ganas de ahondar en los malos entendidos, pero parecía que Darcy no estaba precisamente a buenas con él. Debido a eso le extrañaba esa rara visita de cortesía a su despacho.

—¿Qué tal Manley? ¿Todo en orden por aquí?

Manley suspiró mientras volvía la vista a la pantalla de su portátil. Una larga serie de ecuaciones se deslizaba verticalmente mientras él la inspeccionaba con cara de aburrimiento.

—¿Qué tal va el trabajo? ¿Todo bien?

—Un poco aburrido a veces. Tengo alguna que otra discrepancia matemática que depurar. No es cosa seria pero implica revisar teoremas bastante complicados

—Un asunto aburrido ese ¿no?

—Sí… la verdad es que sí

Darcy se levantó y se acercó a una de las estanterías del despacho, atiborradas de libros. Los ojeó distraídamente mientras Manley le miraba de reojo con cierto recelo. Había dejado de escrutar sus ecuaciones.

—Mmm… sin embargo los chicos dicen que te lo pasas pipa… que estas todo el día metido en conversaciones. Te oyen reírte… o exclamar. ¿Qué sucede? ¿Las ecuaciones te hacen cosquillas? —Darcy clavó la mirada en un sorprendido Manley que no esperaba semejante tema de la conversación.

Sonrió ampliamente para rearmarse.

—Ah… Darcy, tú sabes cómo soy yo. Todo extroversión. Cuando me estoy peleando con las matemáticas río, grito, lloro… para mí es un auténtico combate. —Manley lució su sonrisa franca que siempre le había servido para encaminar hasta la conversación más difícil.

—Ajá… no sabía que las matemáticas fueran tan… apasionantes —dijo Darcy con unos ojos chispeantes de escepticismo arrastrando la última palabra casi hasta con tono seductor—. Habrás de saber que tus compañeros de observatorio hacen apuestas por todo tipo de conjeturas… pero claro, como eres el que ha aportado fondos a través de «tu» Fundación… nadie se atreve a chistarte.

Darcy le guiñó el ojo y salió del laboratorio.

Manley se dejó caer en el respaldo reclinable del asiento, que osciló hacia atrás. Se sentía un tanto incómodo, pero sobre todo estúpido. Debía de haberse preocupado más de ser discreto. Pero claro… «su investigación» resultaba tan apasionante… era tan… increíble todo lo que estaba sucediendo que la adrenalina se le disparaba.

El cursor se movió por la pantalla hasta activar un programa que le permitía alterar la fuente de suministro de imagen y la pantalla de ecuaciones desapareció, y en su lugar figuró una pantalla completamente distinta, la imagen congelada de un rostro de apariencia insectoide que no tardó en desvanecerse.

«Lástima de conversación». Pensó Manley.